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Zaldívar aboga por la ley del embudo para militares 

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El día Domingo 22 de junio pasado, el diario El Mercurio, cabeza del duopolio informativo de Chile, ha asumido la defensa de los ‘inocentes’ uniformados condenados y/o sometidos a proceso ante los tribunales de justicia. En el cuerpo “Reportajes”, páginas D5 a D7 hace suyas las poco afortunadas declaraciones del transitorio presidente del Senado, honorable (por ley) Adolfo Zaldívar, llamando a terminar con los juicios a militares vinculados a violaciones de derechos humanos durante la dictadura militar. Firmado por el periodista Mauricio Carvallo, un artículo suyo utiliza el conocido estilo mercurial de no comprometer sus opiniones propias con valentía y de frente, sino que pone en boca de terceros lo que ese diario y sus asalariados no se atreven a exponer como criterios propios.

Realmente, de no haber existido la tragedia de miles de muertos, desaparecidos, torturados, injustamente encarcelados sin juicio alguno, y las decenas de miles de compatriotas expulsados del país por haber pensado y actuado para tener una patria libre y soberana, lo que ahora publica el diario de Agustín Edwards debiera considerarse un mal chiste cruel, tal como lo es la actual posición del señor Adolfo Zaldívar, antaño cofundador de la Comisión Chilena de Derechos Humanos y que hoy clama por que se terminen a la brevedad los procesos a los militares querellados a causa de delitos cometidos en contra de personas y familias, irreversiblemente dañados por generaciones a causa de aberraciones y crímenes cometidos en aquella negra época.

Los otrora burdos remedos de cowboys, vestidos con uniformes militares y luciendo ostentosamente pistolones al cinto como símbolo del poder omnímodo que dan las armas frente a los indefensos ciudadanos que tuvieron la ‘osadía’ de acceder a todo aquello que nuestra intocable oligarquía les había negado desde los albores de la independencia de España; esos ridículos remedos de forajidos, protagonistas de películas del “far west” norteamericano, imponían la ley de la selva con desprecio a la vida humana. Hoy, procesados o condenados y asustados por la consecuencia de sus actos, respiran mas tranquilos al ver que que le salieron tan ardorosos defensores y deben sentir el nirvana de la felicidad, porque ya tienen voces potentes que pretenden se hunda en el olvido todo el daño que causaron. Los dueños de vidas y haciendas del pueblo chileno, otrora tan soberbios y vociferantes, hoy están sintiendo –mínimamente por cierto- lo que es tener que rendir cuentas por la irracionalidad de sus actos, las muertes causadas, la destrucción de familias y personas cuyo gran delito fue querer liberarse de los yugos impuestos, con privilegio que ellos nunca dieron. Nuestra democracia, mala e imperfecta, pero democracia a fin de cuentas, les posibilita ser juzgados por jueces que respetan las leyes y que obligadamente deben atender los recursos y triquiñuelas legales que presentan sus abogados defensores. Ellos, los actuales procesados, por supuesto, en su momento, se sentaron en los tribunales, en los jueces y en las leyes. Esporádicamente, y como burla condenaban de antemano, hicieron juicios, pero sumarios o inventaron Consejos de Guerra a civiles, aberración jurídica que dejó estupefacto al mundo civilizado. Ahora, lloran porque se les procesa legalmente…

Los generales, coroneles, mayores, capitanes, tenientes y el ‘perraje uniformado obediente’,  malamente sienten hoy lo que es el peso de la ley, se quejan y lloran, suplicando por lo que llaman ‘Los Derechos Humanos Para Militares’, derechos que ellos pisotearon sin misericordia y con la ferocidad que les fuera inculcada en la tristemente conocida Escuela de Las Américas con asiento en Panamá y dirigida desde Washington.

Cual perritos falderos gimen a sus promitentes salvadores que se les haga justicia, sin caer en cuenta que es precisamente eso lo que están recibiendo: ¡Justicia! Justicia y pago por los crímenes cometidos. La justicia que reclaman desde sus tumbas los muertos ajusticiados a manos asesinas; justicia que claman las madres de las poblaciones humildes cuyos hijos fueron detenidos sin derecho a amparo ni ley; justicia que piden los degollados Santiago Nattino, Manuel Guerrero y José Manuel Parada; justicia que no tuvieron Carmelo Soria ni el cura Woodward; justicia por la atrocidad de la ‘caravana de la muerte’ ; justicia para los asesinos del dirigente sindical Tucapel Jiménez; en fin, justicia para quienes si vieron vulnerados todos sus derechos a manos de estos sádicos de uniforme que hoy se acogen a las ‘benevolentes’ declaraciones del H (por ley) Adolfo Zaldívar, sus corifeos y los seguidores del dictador.

El periodista autor del artículo intenta movernos a compadecer al santísimo e inmaculado general Manuel Contreras Sepúlveda, otrora señor de horca y cuchillo, condenado a presidio por sus crímenes, indicando que ese ‘inocente palomo’ de actuales 79 años de edad, sufre de colostomía de colon, diabetes mellitus, insuficiencia renal, hipertensión arterial. Tarde o temprano, todos sufrimos los embates de los años y no por viejo se deja de ser un criminal, como lo fue ‘el Mamo’ a contar de los 44 años de edad, época de juventud y pleno discernimiento de lo que hacía como ejecutor de las órdenes de su superior, Augusto Pinochet. Además de sus características  de matarife, lo consumió la soberbia. Muchos lectores recordarán su entrevista en la televisión declarando con arrogancia: ‘Jamás estaré un día en la cárcel’. Pues, allí está. ¿Acaso se conmovió cuando sus sicarios asesinaron a Carlos Contreras Maluje, detenido a vista de cientos de testigos en calle Nataniel? Inaudito, pero el periodista Carvallo lo muestra como uno de los casos de inocentes militares, atropellados en sus derechos e injustamente perseguidos…

Del mismo modo, el articulista presenta casos de varios ex uniformados de alto rango, cuyas quejas se refieren a ‘no tener atención médica’, ‘procesos de venganza y no justicia’ etc., etc., burdas patrañas que pretenden santificar a los asesinos de ayer para que nos olvidemos de las atrocidades que cometieron, del mismo modo que muchos años atrás se quiso santificar al gañán despiadado que ganó el apodo de “Chacal de Nahueltoro” y a quien, por el poder de la prensa, prontamente se le levantaron de esos monumentitos que conocemos como ‘animitas’ , diseminados por calles y caminos de Chile, objeto de veneración popular.

Los que fuimos perseguidos, encarcelados y torturados, nunca vimos un médico ni un paramédico que auxiliara a los enfermos, a los heridos en la sádica tortura de los “teléfonos, submarinos, parrillas eléctricas, mujeres condenadas a la infertilidad por introducción de roedores en sus vaginas, violadas sin compasión. Jamás se vió un galeno en los campos de concentración y por cierto, ni los enfermos graves tuvieron acceso a medicinas, médicos y/o paramédicos, enfermeras ni Cruz Roja… Estos militares procesados, presos o libres, son piadosamente trasladados a sus hospitales institucionales, gozan de la mejor atención facultativa que en su época de esplendor ellos jamás nos proporcionaron. Ahora, falsamente se quejan. ¿Ley del Embudo? Claro que sí.

Obviamente el H. (por ley) no cuenta con bajas en su familia. No sabe el dolor de la esposa cuyo  marido murió a manos de los que ahora pretende defender. Tampoco sabe lo que es perder hijos y hermanos. Acurrucado en un cómodo curul, no puede entender el desconsuelo de los niños por el padre ausente que jamás verán, ni el sentir de la madre violada y torturada (en el mejor de los casos), o cruelmente asesinada a manos de los santos varones que se pretende olvidemos y perdonemos, porque esos casos de violaciones ‘son una materia que se arrastra, que se usa políticamente y que nos mantiene anclados en el pasado’ (sic), como dice a El Mercurio.

El H. (por ley) nunca conoció de los sufrimientos de miles de compatriotas echados del país sin otro equipaje que la ropa puesta, por decisión unilateral de sus hoy defendidos. Claro está que uno de sus hermanos, ex Honorable, ex Ministro, tuvo un cómodo exilio al amparo del dictador Franco, en España, curioso desarraigo que le hemos visto exhibiendo casi como una condecoración, pese a que fue uno de los cofrades de don Patricio Aylwin, verdadero co-promotor y defensor antaño del alzamiento militar en 1973. No cabe duda que el H. (por ley) debe tener archivadas como precioso recuerdo las numerosas cartas recibidas de los procesados en agradecimiento por su patriótico gesto a la causa de los ‘injustamente procesados y/o encarcelados’.

La increíble postura del denominado colorín ha originado el nacimiento de una nueva institución que denominan Cruzada por la Reconciliación Nacional, ya conocida como CREN, sigla del nombre, que en verdad mas mereciera ser apellidada como Criminales Reunidos Nacistas (CREN) por su origen. Esos pobres ‘CRENES’ elaboraron y entregaron a los señores senadores que les apoyan una carta en la que expresan que los procesos no han hecho mas que destruir la vida de cientos de integrantes de las FF.AA. y de Orden, además de Investigaciones, Gendarmería y civiles, ‘en temerarios e ideologizados procesos’ (sic).  Estos individuos, al igual que sus corifeos y gamonales, dan la impresión de carecer de cerebro, puesto que están muy lejos de aquilatar la significación que tuvieron en la patria los crímenes de lesa humanidad que caracterizaron  la aberrante dictadura del Emérito comandante en jefe del Ejército, el impúdico criminal bautizado como José Ramón Augusto Pinochet Ugarte, y a quien juraron lealtad irrestricta y cuidado de él y su familia una vez retirado de filas.

¡No señores procesados! Ni la historia ni los ciudadanos afectados por la arrogancia que mostraron en la plenitud del régimen les perdonaremos. Así como se clama por el no perdón de los delincuentes comunes que allanan y roban en domicilios, a veces con víctimas inocentes, ustedes, los que no pueden dormir tranquilos por los lamentos de sus víctimas, que con certeza les penan cada vez que apagan la luz de sus dormitorios, deben pagar por lo que hicieron. Pero, y para finalizar, tengan un consuelo, ya que otrora jóvenes, los años les acercan cada vez más al inexorable camino de la muerte. Ignoro si en el otro mundo (si lo hubiere), habrá una mano justa capaz de castigarles. Si existe otra vida, allá se encontrarán con todas y cada una de sus víctimas, sin tener armas ni balas que acallen lo que en esta tierra ustedes quieren eludir.

– El autor es ex preso político, ex torturado, ex vejado en la dignidad humana y actual sufriente de aquellos sucesos que dañaron mi vida.

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