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La ética hurtadiana del trabajado asalariado y la empresa

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PiensaChile, les ofrece el presente artículo escrito por el sacerdote jesuíta, Gonzalo Arroyo, uno de los fundadores del Movimiento Curas por el Socialismo, allá por los años 60. Es nuestro afán transmitir ese aspecto del Padre Hurtado que hoy se silencia o se muestra de una forma chabacana y caricaturesca: su enorme sensibilidad social y crítica concreta a la injusticia social que sigue imperando en nuestra sociedad.

Es muy claro el interés y dedicación del Padre Hurtado, en los últimos años de su vida, en apoyar al mundo obrero sindicalizado y sobre todo desde que fundó la Asich (Acción Sindical Chilena) en 1947. Refleja también su interés permanente en fundamentar éticamente la lucha por la justicia social a la que invita a laicos cristianos y hombres de buena voluntad. Conocí al Padre Hurtado en abril de 1951. Más tarde, en 1952, cuando yo, joven ingeniero agrónomo, estaba recién comenzando mis años de noviciado, quise seguir sus enseñanzas sobre el sindicalismo. Más aún, intenté, algo atolondradamente, lograr adeptos a la Asich entre los campesinos cercanos a nuestra casa de primera probación en el pueblo de Marruecos.

Sin embargo, este año, al leer por primera vez el texto que se publica en “Moral Social”, centrado en la cuestión del salario y de la empresa, debo confesar que no pude menos de constatar que los análisis sociales del Padre, referidos a los problemas propios de otro Chile, no el de hoy sino el de hace más de medio siglo, no ayudan directamente a resolver los problemas y desafíos del presente. Algo semejante sucedió a comienzos del ’90, al regresar a Chile después de mis largos años de exilio. Comenzaba entonces a trabajar en la revista “Mensaje”. Se me solicitó un estudio de su obra quizás más conocida “¿Es Chile un país católico?” para incluirlo en un número especial de la revista sobre el ya entonces beato Alberto Hurtado. Esta obra tenía el mérito de ofrecer un fresco despiadado y preocupante de los problemas religiosos y sociales de esa sociedad oligárquica, de bajo desarrollo y plagada de injusticias, como era nuestro país a comienzos de los ’40. Pero sentía que algunas de sus recomendaciones sociales y pastorales como que no encajaban totalmente en el Chile en plena modernización de fines del siglo pasado.
Ahora bien, de ninguna manera quiero siquiera insinuar que el pensamiento ético del Padre Alberto Hurtado ya no tiene validez en el mundo globalizado de hoy. Al contrario, su visión ética es solidísima como veremos más adelante. El problema proviene de la ética aplicada a las cuestiones laborales y de empresas de su tiempo. Esta tiene menos vigencia práctica hoy dadas las transformaciones tecnológicas, económicas, sociales y culturales producidas en el capitalismo globalizado. Pero sí la tienen los principios que la sustentan y aún llevan a reflexiones sugerentes sobre la responsabilidad social de las empresas. En los párrafos que siguen analizaré el texto del autor y trataré de comentar, mediante los principios éticos que lo inspiran, cuáles podrían ser algunas aplicaciones al trabajo y las empresas hoy.

El primer tema que toca en el texto seleccionado es el monto del salario. Para determinar la cuantía del mismo, el Padre Hurtado examina las diversas teorías clásicas del liberalismo (Smith, Malthus y otros) y también la concepción marxista del valor trabajo, y concluye que el trabajo humano es “personal y necesario”. (El Padre Hurtado no era economista y eso explicaría que cita sólo a los economistas clásicos y no menciona la teoría neoclásica que surge a comienzos del siglo pasado. Este es el cuerpo teórico que domina en las escuelas de economía de hoy y que es la base económica del neoliberalismo, una ideología que surge más tarde en la Universidad de Chicago con Friedman y Hayek a la cabeza y que ponen en práctica los “chicago boys” en el Chile de Pinochet y más tarde Margaret Thatcher y Ronald Reagan en Gran Bretaña y Estados Unidos, respectivamente. Tampoco menciona a la escuela de Keynes, economista que muere en la década del ’40 y que preconiza políticas macroeconómicas a aplicar por el Estado en favor del pleno empleo y una economía de libre mercado más regulada y que es rechazada más tarde por el neoliberalismo).

Lo primero, porque (n. de la Red.: el trabajo)  “no es una simple mercadería, sino algo inherente a la persona y no puede, por tanto, estar sujeto a la ley de la oferta y la demanda como si fuera una cosa material. Lo segundo, el trabajo por ser necesario “ha de servir para sustentar la vida”. Este es un deber común a todos y un derecho de procurarse de aquellas cosas que son menester para sustentar la vida. Y concluye que el único camino para los pobres es a través del salario.
Enseguida, extiende estos principios a los conceptos de “salario vital y salario familiar” y los aplica a la realidad de nuestro país. Pone mucho énfasis en que el patrón debe pagar en justicia (conmutativa) el salario vital al trabajador. Pero el salario familiar es debido también en justicia (social) por dos razones: porque es un derecho del trabajador en cuanto jefe de familia y además por que la sociedad “no puede subsistir sin una familia bien constituida y sin un salario familiar no puede subsistir”.

Su análisis de la empresa capitalista de la época es somero. Se centra en los derechos del asalariado para recibir un salario como una participación de los frutos de la empresa, frutos que van también en buena parte al capital y a la dirección de la misma. Por eso el salario guarda relación, para arriba y para abajo, con la situación de la empresa. “Las necesidades de la vida del trabajador constituyen el límite mínimo del justo salario. Las posibilidades de la empresa, constituyen el límite máximo”.

La fuerte proposición del Padre Hurtado es realista: los asalariados deben tomar en cuenta en sus reivindicaciones los resultados más o menos favorables de la empresa. Pero es también progresista: pues la justicia exige a la dirección de las empresas subir los salarios y/o las participaciones de sus asalariados cuando las ganancias crecen. Lo que ciertamente no se cumplía plenamente antes ni tampoco hoy. Lo mismo podríamos decir del salario familiar en que la familia de hoy está en plena evolución, en nuestros tiempos de controles de la natalidad y de cambios valóricos. La solución no parece encontrarse sólo al nivel de la empresa sino en la regulación del mercado laboral de parte de la sociedad.

El texto analizado revela sólo algunas de las fuentes de inspiración que podrían explicar el fuerte sentido social del santo. Sus referencias sobre los temas del salario y de las empresas provienen de las encíclicas sociales como Rerum Novarum de León XIII y de los Códigos Sociales como el de Malinas muy consultado en la época. También utiliza las enseñanzas morales papales sobre patrones y obreros y el rol de los católicos en los sindicatos mixtos, temas recurrentes en los pontificados de Pío XI y Pío XII, coetáneos del sacerdote Hurtado.
Sin embargo, no se explica su fuerza ética y compromiso sólo por sus contactos con el mundo obrero en su época de estudiante y luego de sacerdote, sobre todo en los últimos años de su acción sacerdotal cuando funda la ASICH. En verdad, hay algo más y esto es su santidad que se expresa mejor a través de los escritos espirituales suyos que hoy conocemos.

El “plus” del Padre Hurtado es que era un hombre de Dios, no sólo un abogado, educador e intelectual, un sacerdote bien formado entregado generosamente a su ministerio y además virtuoso. Había algo más que los que lo conocimos podíamos ya constatar. A través de él percibíam
os algo sobrenatural, sentimiento que se manifestó más masivamente en el momento de su muerte. Las visitas que llegaban a despedirse a su cuarto de enfermo, en la clínica de la Universidad Católica, veían al hombre cada vez más agobiado físicamente pero siempre bendiciendo y consolándolos y así partían espiritualmente saneadas. Los funerales fueron otra revelación para muchos de la santidad del Padre Hurtado. Monseñor Manuel Larraín en su homilía fúnebre lo expresa bien cuando comienza señalando que el Padre Hurtado ha sido “una visita de Dios a nuestra patria”. Y así lo sentía la gran muchedumbre que con dolor, pero también con exaltación espiritual, acompañaba al santo a su tumba en ese brillante día de agosto.

En verdad, el secreto de Alberto Hurtado es su fuerte identificación con Jesucristo que fue creciendo en su vida sacerdotal. En 1941 publica, como dijimos “¿Es Chile un país católico?” donde delata las miserias e injusticias que aquejaban a nuestra patria. Este libro está marcado por la pregunta “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. El texto bíblico quizás más citado en sus numerosos escritos publicados, notas espirituales, cartas, homilías y conferencias, felizmente conservados y clasificados, es: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,28). Un autor que ha analizado sus obras de marcado carácter ético llega a la conclusión que “la persona de Cristo está en el centro de sus escritos y, claramente, constituye su motivación más profunda” y cita al mismo Hurtado: “Mi idea central es ser otro Cristo, obrar como él, dar a cada problema su solución”. él cree firmemente que el cuerpo místico de Cristo resucitado, aunque sea distinto de nuestros cuerpos humanos, no es menos real. él lograba vivir en ambas realidades. Esto se percibe hoy en sus escritos por el énfasis que ponía en el concepto de bien común. Pero hay otros rasgos que nos permiten comprender mejor el fundamento de su sentido social. Se trata de la espiritualidad ignaciana de seguimiento de Cristo y su completa fidelidad a la Iglesia, que marcaron profundamente al santo. Sin duda, Alberto Hurtado era un hombre de oración.

Tomando en cuenta lo ya dicho sobre el “plus” de la ética social del Padre Hurtado, vale la pena explorar en qué puede hoy iluminarnos sobre el trabajo asalariado y la empresa, en este Chile del nuevo milenio insertado en el mundo globalizado. ¿Cuál es su impacto sobre el mundo del trabajo y la empresa?
Desde la vuelta a la democracia en los ’90, la economía chilena logra insertarse más competitivamente en un mundo en plena globalización y las filiales de multinacionales comienzan a instalarse en el país trayendo nuevas tecnologías y formas de administración. Este proceso cambia profundamente el mundo del trabajo, no sólo en la agricultura, que en gran medida se moderniza hoy exitosamente, sino en la industria, las finanzas, los servicios y los medios de comunicación. La importancia de los sindicatos industriales decrece pues baja su reclutamiento y pierden fuerza las antiguas federaciones de empleados. Surgen nuevas formas laborales más precarias: no sólo los bajos salarios de antes, sino el trabajo informal, la subcontratación de personal externo y un desempleo aparentemente estructural. Más aún, se produce en los jóvenes profesionales un cambio valórico respecto al trabajo. Quizás pocos de éstos sueñan con obtener un empleo de por vida, por ejemplo, en la administración pública o las grandes empresas, como soñaban los jóvenes en la sociedad industrial del siglo XX. Hoy al contrario, no pocos buscan activamente cambiarse a nuevos y mejores empleos y aspiran a trabajar en la cresta de las últimas tecnologías e innovaciones dentro del mercado mundial.
 
Reproducción autorizada por la revista “Mensaje”, edición especial “Alberto Hurtado. santo” (octubre 2005). La segunda parte de este artículo se publicará el lunes.

Artículo tomado del diario La Nación del día de hoy, desgraciadamente sin link, por lo cual lo hemos reproducido completo, para que Ud. lo pueda leer y consultarlo cuando lo desee.

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