La vida en el modo subjuntivo

Cuando usted encuentra en internet esos boletos de avión a precio de huevo piensa que ha descubierto una falla en el sistema. Poco menos que una fisura en la Matrix. Usted cree que debe aprovecharse, que no hay tiempo que perder. Usted se considera astuto, incluso afortunado, incluso inteligente. Por descubrir las fallas del sistema, ya se dijo.

Pero usted sabe que no es el único; hay otros como usted. Astutos, aprovechados, inteligentes. Y usted sabe que la fortuna no es para todos, pues de ser así no se llamaría fortuna. Como el paraíso o como la riqueza. Por lo tanto, usted se apresura. Qué digo: ni siquiera lo piensa, pues para comprar un pasaje de avión por internet no es necesario pensar demasiado sino sólo contar con una tarjeta de crédito. Usted posee más de una, eso está fuera de discusión. Usted y esos otros que entran en la pelea por el paraíso en la tierra o donde sea.

Entonces, digamos: usted compra dos boletos de avión a un precio ridículo, más propio de una falla en la Matrix que de una oferta razonable. La Astucia y la Inteligencia lo aplauden en ese momento. Compra dos boletos, digo. Uno para usted y otro para su mujer. Usted tiene una mujer, que es su segunda mujer. Porque antes hubo una primera. Eso es evidente. Pero a veces conviene hablar un poco de lo más evidente.

No es tan evidente que usted ame o quiera a su segunda mujer, por no decir que esté enamorado de ella. A cualquiera podría pasarle, la soledad es cosa seria y feroz. Pero los pasajes están regalados y usted se aprovecha de lo que ya se dijo. Pues todo el mundo se aprovecha y ya dijimos que el paraíso es sólo para unos pocos, así es nomás.

El hecho es que su mujer actual, por lo que yo entiendo, sí está enamorada de usted. Digamos que se presentan asimetrías de información, lo cual es un desastre para el funcionamiento eficiente de los mercados, según nos dicen. Incluso para el mercado del amor.

Pero ¡putas qué baratos los pasajes!, se dice usted para sus adentros, pongamos. Pongamos en el modo subjuntivo, que es el modo verbal de lo deseado, lo probable, lo eventual, de todo aquello que no hinca el diente en la realidad, a diferencia del famoso modo indicativo, ése de las cosas que fueron, son y serán.
Los pasajes a precio de huevo forman parte del modo indicativo. La falla en la Matrix acaso pertenezca al universo subjuntivo. Habría que indagar un poco. Yo digo, de momento, que corresponde introducir aquí el núcleo de la historia. Preste atención, por favor.

Cuando usted compra esos pasajes a un precio que parece una tomadura de pelo; cuando usted, a continuación, compra uno de esos paquetes turísticos siete días y seis noches, cuatro días y tres noches, o qué sé yo, que incluyen tours guiados a ruinas y monumentos prehispánicos, paseos en lancha para tomarse fotos con delfines o bailar con delfines o sostener conversaciones con los delfines, que según dicen son tanto o más inteligentes que nosotros —pero incapaces de encontrar fallas en la Matrix—, o qué sé yo otra vez, digo que cuando usted ha comprado lo que debía comprar, le acontece aquello que conforma el núcleo de su historia: usted no es el sujeto de su viaje sino todo lo contrario, su objeto.

Para esto hay que inventar una nueva lengua o quizás hacerla aflorar de napas subterráneas. Una lengua espuria y cacofónica por donde se la escuche, y que por supuesto gobierna nuestras vidas. Le pongo unos ejemplos para que usted me entienda: a usted el viaje lo viajea; el turismo lo turistea; usted no descubre una falla en la Matrix, la falla lo descubre a usted. Esos pasajes low cost lo low costean. O en oración pasiva: usted es low costeado por los pasajes a un peso.

Entonces este viaje que lo viajea, lo hace aterrizar en una playa que lo playea. El hotel lo hotelea. El Caribe de ensueño lo caribea. Suma y sigue. Las palmeras lo palmerean. Sus cocos lo coquean. Los delfines lo delfinean. El karaoke lo karaokeao como se diga en esa lengua de los paquetes turísticos.

Permítame hablar un poco de esa noche con karaoke a la cual asiste usted en calidad de objeto. Usted es el objeto de amor de su segunda mujer, que sin duda espera muchas cosas de su parte, que usted, a fin de cuentas, no está dispuesto a conceder. Pues cada cual tiene sus límites bien demarcados, uno sabe dónde empieza y dónde termina y nadie está dispuesto a dar más de sí, porque la verdad es que no se puede. NO SE PUEDE. Usted lo ha escrito en su cerebro para soportar el amor de su mujer, que le quiere arrancar un pedazo de su ser y robárselo.

Yo diría, entonces, que su mujer escenifica ese acto frustrado de querer robarle el corazón en este viaje low cost al Caribe, tomando en un arrebato el micrófono que se ofrece a la concurrencia variopinta como un desafío sólo para valientes. Ella es valiente. Ella está con usted y para eso se requiere valentía. Ella ha empezado a cantar con toda el alma una de esas canciones románticas que a mí me dan escalofríos. Pero yo no cuento, pues estoy fuera de la historia. Usted, en cambio, está bien adentro y sabe que ella le dedica la letra de la canción como si le disparara besos o flechas por el aire caliente y húmedo de este hotel frente a una playa.

¿Y qué hace usted cuando todos esos extraños que no verá más en su vida le dirigen la mirada esperando un gesto o una reacción de su parte? No es que les importe mucho; en realidad les importa un cuesco, el karaoke también karaokea con ellos, todos lo sabemos, no estamos pasándolo bien con la noche, ella lo pasa de película con nosotros.

Usted se levanta y actúa. Perdón. La actuación lo actúa, la risa lo risea, sus pasos melodramáticos hacia su mujer lo pasean, su histriónica mano sobre el corazón lo manea, su propio corazón y sus latidos regulares lo corazonean, su incognoscible deseo lo desea, y todos se matan de la risa con el espectáculo que están dando usted y su segunda mujer en el comedor del hotel. Ustedes sacan aplausos. La vida entera lo aplausea, por decirlo de algún modo.

Y por cierto: cuando usted viaja, hiberna. Cuando usted viaja, se criogeniza. Usted se suspende, entra en coma. En ese hotel, bajo los aplausos, su vida está suspendida y todo importa un cuesco. Usted mismo también. Usted paga por importar un cuesco para usted mismo o entrar en coma autoinducido, ya se dijo.

Por lo tanto, cuando usted viaja no tiene ninguna experiencia. Las experiencias no se pueden comprar, no hay tales fallas en el sistema. Usted mira el mundo y no puede tocarlo. Ésa es la idea. No intenta tocarlo pues no está en posición de hacerlo. Usted vive a la manera del modo subjuntivo.

Pero bueno. El mundo existe. La vida transcurre. Hay hechos que se empeñan por demostrarlo y son tan extemporáneos, tan fuera de lugar como si el sujeto intentara reivindicar su posición frente al objeto y una fuerza muy agresiva pero ilocalizable lo descentrara con su impulso centrífugo. Me perdonan la expresión. Estoy contaminado de esta lengua subterránea y bastarda.

Digo que el mundo existe y usted lo sabe, criogenizado y todo. El mundo se acerca a usted en la forma de ese inconfundible turista indio –de la India, digo–, borracho odioso que apenas se sostiene en pie en el lobby del hotel y algo dice a su mujer en un idioma imposible, algo vulgar o poético, jamás podrá saberlo pues no entiende una sola palabra de su lengua. El indio lo india y usted entiende que debe molestarse por su impertinencia, aunque le da lo mismo lo que puedan decirle a su mujer, sea un piropo o alguna obscenidad. Usted empuja al turista indio contra una columna del lobby y el viaje, con toda probabilidad, también viajea a ese hombre cuyo comportamiento penoso da lástima.

Después de usted, que se ha apartado con su mujer hacia la barra del bar —el vodka lo vodkea, el tequila tequilea a su mujer—, aparece el gringo. El gringo musculoso y la mulata con pinta de prostituta. Cuando pasan junto al indio la mulata recibe el mismo piropo, la misma obscenidad o tal vez otras palabras. Usted jamás podrá comprender ese idioma mazamorriento.

Da lo mismo. El gringo se vuelve hacia el borracho de la India, lo toma del cuello con ambas manos y con tal fuerza le azota la cabeza contra el piso que usted oye como si una sandía se hubiera reventado, pero es el cráneo del indio. Un charco de sangre crece bajo su cabeza y usted jura que debe haber muerto en el modo indicativo.

Como no quiere nada con la justicia extranjera, toma a su mujer de la mano y se aparta del lobby. El aire libre lo airea unos instantes, caliente y pegajoso como está. La noche quisiera nochearlo otro poco y no lo consigue, ya se comprende bien por qué. ¿Dónde está la falla en el sistema?, pongamos que se pregunta usted.

Entonces su viaje low cost termina con serias dudas. ¿Es la vida objeto de la muerte? ¿O la muerte objeto de la vida? ¿Habrá gringado el gringo al indio o el otro se lo ha indiado hasta la tumba?… Por suerte los kilómetros lo kilometrean de regreso a su patria, que lo patria o patrea y le impone distancia con la visión del indio en el lobby, hasta hacerla decantar al nivel de una anécdota en el modo subjuntivo.

De vuelta en la patria usted oye su lengua subterránea. Por lo pronto su trabajo lo trabajea como de costumbre; y me atrevo a decir que, en general, su vida lo videaincluso más de la cuenta, como si se cobrara venganza de los pasajes a precio de huevo. Pero bueno. Usted es objeto del amor de su mujer. La respiración de sus pulmones lo respira o respirea, vaya con las conjugaciones en este idioma infernal. Algo en el aire frío y seco lo mantiene inquieto pidiendo otro poco más de usted. Quizás una escapada al Caribe; debe ser lo que más necesita. O dicho en nuestra lengua: la necesidad lo necesitea a tiempo completo.

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