El Libro de las Palabras

Conocí al maestro Constantino García en 1998, con ocasión de mis primeras gestiones para articular en Chile el Programa de Estudios Gallegos, que funcionó en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, entre los años 1999 y 2009, para interrumpirse por la suspensión del aporte de la Xunta de Galicia, la falta de presupuesto universitario local y el desinterés de la colectividad gallega residente por acceder a estudios (gratuitos) de lengua y cultura gallegas. (Es esta una penosa realidad que afecta a casi todos los centros y entidades de la Galicia exterior).

A Constantino me lo presentó mi buen amigo, Manuel González, director del Instituto de Lingua Galega, en la Universidad de Santiago de Compostela. Fue para mí un regalo y un hallazgo conocer a tan notable maestro de la filología gallega, a través del constante ejercicio periodístico, sobre todo desde sus breves textos publicados en La Voz de Galicia, durante décadas, con un amor entrañable por la lengua gallega, estimada por él como corpus vivo y dinámico, opera magna construida, a lo largo de los siglos, por sus principales falantes: campesinos y marineros de Galicia, entendiendo, además, que la academia sólo cautela las correctas expresiones lingüísticas, a través de normas que regulan lo que llamamos el “buen uso” del idioma, pero que estas nunca podrán sustituir, ni menos opacar, ese rumor milenario que brota (agroma) del inconsciente colectivo de un pueblo como el nuestro, el gallego, que tradujo la visión única y particular de su cosmogonía por medio de la construcción de una lengua rumorosa, onomatopéyica y singularmente poética que constituye uno de los imprescindibles cantos vitales y estéticos de este planeta llamado Tierra, en el venero de las culturas multifacéticas que jamás quisiéramos ver uniformadas ni menos avasalladas por ningún centralismo, sea estadual o global, amenaza que hoy se cierne sobre la diversidad civilizatoria y que apreciamos, con alarma y rebeldía, en este rincón del austro llamado Chile, ejercida como violenta realidad en contra de la cultura vernácula mapuche y su maravillosa lengua, el mapudungun.

Escribe el maestro:

“Todo falante sabe que a súa fala é un código co que se entende coas demáis persoas que o rodean e ten sempre uns modelos ou patróns lingüísticos para imitar. Eses modelos adoitan se-las persoas que teñen un prestixio meirande ca el. Iso sucede en calquera lingua ou dialecto, e en calquera época da súa historia, Se pensamos no vasto mundo do Imperio Romano, vemos que en tódalas partes se conservou una grande unidade da lingua falada porque tódolos falantes imitaban ós mandos políticos, administrativos, educativos ou comerciais, que á súa vez, mantiñan a mesma relación con respecto ós representantes do poder central de Roma manifestados nos seus patricios. Cando estes modelos romanos non foron xa tidos en conta polos demais falantes do imperio porque as invasións xermánicas romperon as comunicacións, a lingua latina foise quebrar e rompeu en varios dialectos…

“…Pouco a pouco estas linguas vulgares van suplindo ó latín e converténdose en linguas non só de comunicación normal, senón tamén de comunicación cultural, literaria, etc. Pénsese que nesta época practicamente non había lectores e polo tanto os modelos eran orais: A fala dos crérigos nas súas prédicas, a dos notarios, administradores de xustiza, alcaldes, etc., representarían os modelos de prestixio social. A influencia dos xograres e dos actores das representacións teatrais serían os patróns da influencia literaria na lingua oral”.

Cuando hoy, amigo lector, se nos presenta alguna duda léxica, semántica o gramatical, podemos recurrir a la gigantesca biblioteca virtual de Internet y así dilucidarla. Mi padre, y también nosotros, recurríamos a los diccionarios de la RAE o al de Martín Alonso. (Para el idioma gallego no poseíamos entonces diccionarios). En las extensas épocas de la oralidad, antes del libro –producto de considerable difusión desde no hace tanto–, había que consultar a los más cultos o enterados de la comunidad, para dar realidad lingüística y conceptual a un objeto o a un ente nuevo cuyo nombre desconocíamos. Pero debemos entender que el idioma es dinámico, así como lo afirma Constantino:

“As palabras cambian ó longo dos tempos a súa significación e mesmo poden desaparecer e ser substituídas por outras que tiñan significados algo parecidos ou por palabras de nova creación ou de recreación doutras xa existentes”.

Cosechadora de palabras fue Rosalía de Castro, en la Galicia de la segunda mitad del siglo XIX, pese a que no era una hablante gallega, como bien aclara Xesús Alonso Montero, puesto que en el seno de su familia no se hablaba esa “lengua de campesinos”, pero que supo descubrir en aquella habla popular un gran patrimonio estético y poético para su propia recreación de genial escritora.

En Chile, Gabriela Mistral hizo lo propio, acopiando términos verbales, giros y tópicos que permanecían aún en boca de los habitantes del Valle de Elqui, en la IV Región de Chile, conservados durante cuatro siglos en esa vastísima biblioteca sin muros que constituye la oralidad. Lo mismo continúa haciendo hoy Renato Cárdenas, en Chiloé (Nueva Galicia), donde perviven usos idiomáticos de los siglos XVII y XVIII que ha mucho desaparecieron en la Península Ibérica, junto a la riqueza léxica del entorno huilliche(1).

En julio de 1999 volví a reunirme con el amigo Constantino, en dependencias del Instituto. Me dijo, con su habitual pachorra y retranca galega: -“Ti non parece que foras doutro sitio ca este, Moure… Non che vexo traza de sudamericano, se cadra”… No supe si tomarlo como un elogio, desde mis genes galaicos, o como un denuesto, desde mi condición de chileno del sur de sures. Luego, le pedí doce ejemplares de un diccionario breve de la lengua gallega, para mis noveles alumnos en Chile. Se levantó de su asiento, dejó la pipa sobre el escritorio, cogió del andel seis volúmenes, para entregármelos con un gesto obsequioso. Entonces, tomé por mi cuenta otros seis, diciéndole que necesitaba ese material para mis cursos en el remoto Chile, y los sumé a la ruma. Me espetó: -“Moure, imos ver, ti é un ladro ou qué?”

Cuando terminó aquel inolvidable curso de Lingua e Cultura Galegas al que concurrí, en julio de 1999, Ano Xacobeo, para mayor abundamiento, a Constantino le correspondió entregarme el diploma que certificaba allí nuestra aprobación académica. Al extenderme el pergamino –él estaba en la testera del salón de honor, junto a Fraga Iribarne, a Celso Currás y a Manuel Regueiro–, me dijo:

-“Doucho de lástima…” Le respondí al instante: -“Conste que falo mellor galego ca ti”. Era un exabrupto mío, una arroutada intempestiva quizá, pero en el contexto de dos gallegos blandiendo la ironía como un estilete, resultó graciosa esa brincadeira, y todos rieron de buena gana.

Constantino García se entregó a la causa de la lengua gallega, desde y por el oficio de la palabra, haciendo gala de su proverbial bonhomía y generosa humildad, ajena por completo a la búsqueda de prebendas, títulos o galardones. Actitud que en alguna oportunidad contrastamos con las prácticas mediocres y ramplonas de una burocracia que suele actuar, –aquí y allá–, respecto de los bienes culturales y artísticos, como si se tratase de una grosera compraventa de artículos suntuarios.

En mayo de 2004, en otra de mis visitas, Constantino me obsequió O Libro das Palabras (El Libro de las Palabras), auténtica joya lingüística y filológica que es el tema central de esta crónica.

Mil doscientas páginas de aportes al conocimiento de la lengua gallega, en instancias de clarificación normativa y de no pocas discusiones académicas para resolver determinadas formas, aún no concluida en Galicia. Constantino García opta por aprovechar la experiencia de los paradigmas literarios, pero sin olvidar el dinamismo del idioma, entre su uso utilitario y el respeto colectivo por quienes le dieron vida y aún se la otorgan desde el habla cotidiana, al amparo (abeiro) de sus oficios y diversas actividades sobre el cuerpo palpitante (latexante) de la nación gallega, dueña de una lengua, de un territorio y de una historia que le otorgan su plena identidad de nación.

Esta magna está constituida por los siguientes capítulos o apartados:

I. VARIA; II. RECANTOS DA LINGUA; III. FOLLAS DA LINGUA; IV. RETRINCOS DA LINGUA; V. COUSAS DA LINGUA 1989; VI. CARTAFOL DA LINGUA; VII. PENEIRANDO PALABRAS; VIII. TESOUROS DA LINGUA; IX. GLOSAS DA LINGUA; X. FIESTRAS DA LINGUA; XI. MATINANDO NA LINGUA…

Con una constante (no en balde se llama Constantino) entrega de textos analíticos y reflexivos, el maestro García llevó a cabo una paciente y honda labor a través de un periódico de amplia circulación, como lo es La Voz de Galicia, para informar e inquietar a los lectores respecto de la riqueza de una lengua que permaneció cuatro siglos en el abandono de las minorías cultas –por así decirlo–: nobleza, hidalgos y burgueses, entregada casi por completo al uso popular, tanto en la Galicia ribereña como en la Galicia profunda: notable simbiosis que llamamos “cultura de beiramar” (“bordemar”, en Chiloé), por medio de la cual el pueblo gallego une sus actividades pesquera y marinera con la agrícola campesina, constituyendo una identidad sociológica dual, y otorgando al habla cotidiana una riquísima variedad de términos y expresiones de ambos mundos.

Junto a esta multiplicidad, Galicia exhibe también una extraordinaria diseminación de pequeños pueblos, villorrios, casales, parroquias y villas, en cuyo territorio de treinta mil kilómetros cuadrados encontramos la mitad de los topónimos (nombres de lugares) de toda España. Un fenómeno que nos revela el afán de sus gentes por nominar los espacios, por apropiárselos, afectivamente, por intermedio de los nombres, haciendo viva y atingente la vieja sentencia filosófica: “Lo que carece de nombre, no existe”.

Hay cuatro afirmaciones liminares en este precioso libro que voy a escribir aquí, como el mejor homenaje a la obra laboriosa e inestimable de Constantino García:

-“Galicia ten unha lingua de seu, que está depositada na alma de tódolos galegofalantes, que teñen, ademais, a obriga moral de cultivala, usándola en tódolos mesteres da súa vida;

-“Galicia ten unha lingua de seu, aínda que haxa quen pense que non serve senón para as pequenas ocasións e que para as grandes están o castelán ou mesmo o portugués;

-“Galicia ten una lingua de seu que non necesita a axuda dos que agora a queren salvar eliminando as súas raíces co povo;

-“Galicia fala galego e non se deixará arrebata-lo seu tesouro máis prezado cambiando as súas expresións máis íntimas, as súas verbas máis queridas, por expresións e verbas alleas ó seu espírito”.

Preciso y claro, máxime en tiempos de ramplona homogenización de formas y modos, en desmedro de las particularidades propias de cada pueblo, y en beneficio de los poderes fácticos y anónimos de un sistema que pretende transformar el planeta en una suerte de supermercado gigantesco, donde la banalidad y el consumo compulsivo terminen transformándonos en sumisos borregos o en simples esclavos de las transnacionales, entendiéndonos a través de una jerigonza sin matices, una especie de lengua de simios.

Hace un par de años, me propuse llevar a cabo una lectura diaria de El Libro de las Palabras, como quien efectúa el rito cotidiano de leer la Biblia, ese “libro de libros” que hoy parece leerse bastante menos, rememorando sus versículos –se supone– para ser mejor persona o hacerse “menos pecador” cada día. ¡Y qué mejor oración, leída y aprehendida cada mañana, que las páginas de este libro que recibí de manos de Constantino García!

Bueno, amigo lector, que algo me conoces a través de las palabras que escribo para ti: te confieso que no fui constante en mi propósito de una lectura disciplinada y persistente. Pero hoy renuevo aquí mi promesa y acometeré, sin pausa ni abandono, la tarea de leer, con rigor y renovado placer, las mil cuatrocientas treinta reflexiones lingüísticas que nos regala el maestro, pues, aunque nunca seré un galego falante, si no un tributario de esa lengua de Castilla que tanto elogiara Pablo Neruda –renovada y enriquecida en América hispana–, procuraré hacer honor a esa herencia que un día nos trajo, cruzando el mar proceloso, un niño gallego de doce años –nuestro padre Cándido– desde la Galicia profunda, y que rebrota en cada rincón donde una palabra gallega hace estallar su dulce prosodia bajo la luz de la mañana.

¡Aburiño!

*Fuente: ©2017 Politika | diarioelect.politika@gmail.com


Notas:
(1) Huilliche: etnia del tronco mapuche, habitantes del sur de Chile, especialmente en la Región de Los Lagos y Chiloé.

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  • olga larrazabal

    Los gallegos, los catalanes y los vascos defienden su lengua, la hacen renacer cuando parece que ya ha muerto la estudian y la honran. Nosotros que heredamos el castellano, lo destrozamos día a día convirtiéndolo en un dialecto mal pronunciado, lleno de palabras correspondientes a modas pasajeras, sacadas del lunfardo o del coa y del inglés mal digerido, que hacen difícil el entendimiento en vez de facilitarlo y han afeado nuestro idioma.
    Y ni que hablar del Mapudungun que no conocemos.