“Lo que compran es poder”

Nada que declarar (El libro de Diana)
Teresa Ruiz Rosas
Ediciones Turpial, 2015

En el largo catálogo de artes y oficios que pueblan las páginas de la literatura, no podía faltar aquella profesión que convencionalmente ha sido tildada como la más antigua de la historia.  En rigor, es probable que el oficio más antiguo sea el de esclavo, pero también es verdad que la prostitución nace de la condición misma de la esclavitud. Las prostitutas en la literatura están presentes desde los tiempos clásicos (por ejemplo, en el Satiricón) y su figura recorre la historia libresca de occidente y oriente hasta nuestros días.  A lo largo de los siglos, las putas quedan confinadas a un espacio degradado que linda con el resquebrajamiento de las estructuras sociales, los dramas familiares y las incertidumbres históricas (La Isidora Rufete de La desheredada, de Pérez Galdós está ambientada en un clima de desmoronamiento final del Imperio), con aquella situación que Durkheim denomina anomia.   La prostituta es un puente hacia la degradación de terceros, aunque también puede serlo para su salvación, y está ahí como elemento transicional en las vidas de otros.  Su propia existencia no cuenta más que como influencia periférica en esas vidas ajenas, rara vez como personaje en sí, como un universo en sí.  Y cuando las prostitutas aparecen como personaje central, en la ficción moderna del cine (Pretty Woman es un conocido ejemplo) o en la literatura, la mayoría de las veces pierden los atributos negativos y parecen revestidas de virtudes supuestamente envidiables para el común de las mujeres, a saber, una singular belleza, independencia frente a los hombres, una franqueza y desparpajo que deja a éstos en su lugar, una “sana” y despreocupada alegría de vivir…

En la vida real del mundo moderno todo es distinto.  En la vida real la prostitución es un engranaje más del mercado de la globalización, de las máquinas mafiosas que mueven a cientos de miles de mujeres en todo el mundo, en un negocio de miles de millones estructurado como un mercado de materias primas, protegido por poderes corruptos, tolerado por una sociedad hipócrita y manipulado por leyes igual de hipócritas (la nueva normativa europea incluye el negocio de la prostitución y las drogas como una entrada más del PIB) va quedando poco lugar para ese glamour idealizado con que se ha caracterizado a las putas.

He aquí un interesante contraste frente a esa idealización.

“Hay las que disfrutan como chancho en rifa y no se hacen ninguna palta porque son unas arrechas de nacimiento […] o gozan a su modo, dicen, por la soberbia de saber que su cuerpo es fuente de plata fácil o porque se sienten poderosas porque los hombres las desean y pagan por poseerlas y hacer con ellas lo que se les antoje. Pero lo cierto es que suelen fingir que les gusta y de tanto estar fingiendo todos los días y en veinte ocasiones al día, se lo creen. Pero no vayas a pensar que son tantas las que se lo toman así, son más bien poquísimas. […] Para nosotras era una tortura permanente, el asco que nos daba, la de veces que vomitábamos apenas los tipos se iban, ahí mismo, en el lavatorio que tienen esos cuartos. Ni cuando nos tocaba azotar masoquistas con tremendos chicotes disfrutábamos […] Y si nos venía la regla, venga, a tomar el jugo de cinco limones al hilo para que nos la cortara, y a seguir igualito de esclavas.”

La cita proviene de Nada que declarar (El libro de Diana) (Ediciones Turpial, 2015), la última novela de Teresa Ruiz Rosas, escritora arequipeña afincada en Alemania desde hace casi tres décadas, hoy una de las voces más originales y de mayor relieve en la literatura peruana.  Quizá sea esa distancia con su país y su experiencia en Europa, como señala un crítico peruano, lo que le ha permitido a Ruiz Rosas cultivar su original perspectiva del mundo y, en este caso concreto, del fenómeno de la trata de blancas. Nada que declarar cuenta la historia de Diana Postigo, una muchacha de dieciocho años, originaria del Rimac, una paupérrima comunidad limeña, que tras ser engañada por una especie de “cazatalentos” que viaja por el mundo reclutando con promesas de matrimonio a jóvenes incautas, acaba en un lupanar situado a la entrada de la estación ferroviaria de Düsseldorf, en un edificio de varias plantas y cien ventanas, detrás de las cuales se exhibe la mercancía humana.  En ese lugar, cien prostitutas de todo el mundo viven recluidas para servir de esclavas sexuales todos los días del año, bajo la férrea vigilancia de sus celadores, a las órdenes del mentado cazatalentos y Cafiche mayor, un tal Murat Bulladar, que tiene a Diana Postigo como la niña de sus ojos.

A la hora de contar la verdad sobre su caso, es probable que Diana Postigo no pudiera escribir la crónica de sus desdichas si no contara con la ayuda de alguien.  En Nada que declarar, gracias a una serie de circunstancias, ese alguien será Silvia Olazábal Ligur, escritora y traductora, una suerte de alter ego de la autora, que relatará el caso de Diana con todos sus ribetes trágicos y a veces cómicos, y cuya intervención nos da una de las primeras pistas sobre la complejidad de la estructura de la novela.  Ese relato de Silvia que se va armando es la construcción de una segunda novela dentro de la novela, un recurso que tiene sus peligros, aquí salvados con elegancia y fluidez.  De hecho, es interesante señalar que la novela lleva como subtítulo El libro de Diana porque, en realidad, nace de una novela más extensa, titulada Nada que declarar, a secas, ya publicada en 2013 (Tribal Narrativa, Lima, 2013), un libro mucho más extenso donde la técnica de las matrioskas figura como principio fundamental y donde el relato viene a ser el escenario de los cuentos que se bifurcan.  Ya en su momento esta primera versión fue bien acogida en Perú, un país que, al igual que Chile, mantiene una exagerada distancia con sus escritores residentes de larga data en el extranjero.

Gracias a esta relación entre las dos mujeres, Silvia Olazábal se adentrará en el medio natural de Diana Postigo en el Rimac –para documentar su historia-, y se acercará a un mundo que hasta entonces le era desconocido, en contraste con el viaje a la inversa que ha hecho Diana, de la pobreza del Rimac a la opulencia de la sociedad alemana, cuyos privilegios sólo puede observar, nunca disfrutar.  Este cruce de corrientes es, por así decir, mutuamente nutritivo, y así como Silvia va recopilando material para su relato a través de Diana, ésta va adquiriendo conciencia de las diferencias y desigualdades que han propiciado su esclavitud durante dos largos años.  En sus recuerdos está compilada toda la barbarie de las modalidades de explotación sexual a la que están sometidas estas mujeres, cuya defección acarrea castigos todavía peores:

“ Y las cien enventanadas del Edificio sabían perfectamente que las amenazas de los cabrones jamás eran broma, ¿acaso no habían secuestrado a la hijita de una rumana de cabellera castaña hasta la cintura y la habían devuelto a su hermana en Bucarest solo cuando ella volvió solita, de su voluntad, a sentarse en bikini ante la ventana 54 del Edificio?”

El peligro que tiene adentrarse en el tema de la prostitución no es sólo un peligro estilístico porque un tema tan tratado siempre requerirá una buena dosis de originalidad.  El peligro también estriba en que a las mafias que gestionan el negocio no les gusta que nada salga de las cuatro paredes del prostíbulo, y un libro denuncia como éste hará daño al lucrativo negocio, que en parte siempre cuenta con la indolencia de los poderes públicos que miran hacia otro lado.  En el uso de un exuberante lenguaje teñido de peruanismos y americanismos, Teresa Ruiz Rosas zanja la cuestión de la universalidad del español americano y supera con creces el reto de la originalidad.  Su novela viene a ser el espejo de Stendhal que se pasea por el ancho camino entre el Rimac y Dusseldorf, entre la miseria que entrega a sus hijas a la esclavitud sexual y la fría opulencia del mundo desarrollado, donde los hombres, como dice Silvia Olazabal, “lo que compran es poder”.

Alberto Magnet
Barcelona

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