Nostalgia del siervo en la vieja diplomacia brasilera
por Leonardo Boff (Brasil)
16 años atrás 4 min lectura
El filósofo F. Hegel en su Fenomenología del Espíritu analizó detalladamente la dialéctica del señor y del siervo. El señor se vuelve tanto más señor cuanto más internaliza el siervo en sí al señor, lo que profundiza aún más su estado de siervo. Paulo Freire identificó la misma dialéctica en la relación oprimido-opresor en su clásica obra Pedagogía del oprimido. Con humor comentó Frei Betto: «en cada cabeza de oprimido hay una placa virtual que dice: hospedería del opresor». Es decir, el oprimido hospeda en sí al opresor y es exactamente eso lo que lo hace oprimido. La liberación se realiza cuando el oprimido se desprende del opresor y comienza entonces una nueva historia en la cual no habrá ya oprimido ni opresor sino ciudadanos libres.
Escribo esto a propósito de nuestra prensa comercial, los periódicos de Río, São Paulo y Porto Alegre, con referencia a la política externa del gobierno Lula en su afán de mediar junto con el gobierno turco para alcanzar un acuerdo pacífico con Irán respecto al enriquecimiento de uranio para fines no militares. Leer las opiniones emitidas por estos periódicos, sea en editoriales sea por sus articulistas, algunos de ellos embajadores de la vieja guardia, rehenes del tiempo de la guerra fría, en la lógica del amigo-enemigo es simplemente estremecedor. O Globo habla de «suicidio diplomático» (24/05) para mencionar solamente un título hasta suave. Bien podrían colocar debajo de la cabecera de sus periódicos: «Sucursal del Imperio», pues su voz es más un eco de la voz del señor imperial que la voz de un periodismo que informa con objetividad y opina honestamente. Otros, como el Jornal do Brasil, han seguido una línea de objetividad, proporcionando los datos principales para que los lectores hagan su valoración.
Las opiniones revelan a personas que tienen añoranza de este señor imperial internalizado, de quien se comportan como súcubos. No admiten que el Brasil de Lula gane relevancia mundial y se transforme en un actor político importante como lo repitió hace poco en Brasil, el Secretario General de la ONU, Ban-Ki-moon. Quieren verlo en el lugar que le cabe: en la periferia colonial, alineado con el patrón imperial, como perro callejero amaestrado. Puedo imaginar cuánto sufren los dueños de esos periódicos al tener que aceptar que Brasil nunca podrá ser lo que les gustaría que fuese: un Estado-agregado como Hawai o Puerto Rico. Como no va a ser posible, la manera de atender la voz del señor internalizado es difamar, ridiculizar y descalificar de forma hasta antipatriótica la iniciativa y la persona del Presidente. Éste es notoriamente reconocido en todo el mundo, como un interlocutor excepcional, con gran habilidad en las negociaciones y dotado de una singular fuerza de convencimiento.
El pueblo brasilero abomina el servilismo a los poderosos y aprecia, a veces ingenuamente, a los extranjeros y a los otros pueblos. Se siente orgulloso de su presidente. Es uno de ellos, un superviviente de la gran tribulación, que las élites, consideradas por Darcy Ribeiro como de las más reaccionarias del mundo, nunca aceptarán porque piensan que su sitio no está en la presidencia, sino en la fábrica, produciendo para ellas. Pero la historia quiso que fuese presidente y que compareciese como un personaje de gran carisma, uniendo en su persona ternura para con los humildes y vigor con el cual sustenta sus posiciones.
Estamos asistiendo a la contraposición de dos paradigmas de hacer diplomacia: una vieja, imperial, intimidatoria, con uso de la truculencia ideológica, económica y eventualmente militar, diplomacia enemiga de la paz y de la vida, que nunca trajo resultados duraderos. Y otra, del siglo XXI, que se da cuenta de que vivimos en una fase nueva de la historia, la historia colectiva de los pueblos que se obligan a convivir armoniosamente en un pequeño planeta, escaso de recursos y semidevastado. Para esta nueva situación se impone la diplomacia del diálogo incansable, de la negociación del gana-gana, de los aciertos más allá de las diferencias. Lula ha entendido esta fase planetaria. Se ha hecho protagonista de lo nuevo, de aquella estrategia que puede efectivamente evitar la mayor plaga que jamás ha existido: la guerra que sólo destruye y mata. Ahora, o seguimos esta nueva diplomacia, o nos devoraremos unos a otros. O Hillary o Lula.
Nuestra prensa comercial es obtusa frente a esta novedad. Por eso abomina la diplomacia de Lula.
2010-06-04
* Fuente: Koinonia
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