¡Hiroshima, mon amour! (o los fantasmas descarnados que vieron "los hibakusha")
por Javier Cortìnes (España)
11 años atrás 5 min lectura
Sobre el 70 aniversario de la rendición de Japón
Fue una mala decisión lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki – a pesar de que todavía lo aprueba el 56 por ciento de los estadounidenses-, [1] y acabar con la vida de cientos de miles de civiles que fueron vaporizados o abrasados tras las explosiones nucleares que partieron el mundo y dejaron escrita con “tinta negra [2]” una de las páginas más macabras de la historia de la Humanidad.

Hemos descubierto la bomba atómica más terrible de la historia de la humanidad. Es la destrucción masiva que se predijo (¿por algún profeta?), -después de Noé y su fabulosa Arca-, en la Época de Mesopotamia.
Sobre Hiroshima cayó la bomba atómica “Little Boy” (El muchachito) el 6 de agosto de 1945 y, tres días después, “Fat Man” (El gordinflón) [4] arrasó Nagasaki. Se cree que en ambas ciudades murieron unas 260.000 personas [5], de las cuales 120.000 perecieron al instante, muchas de ellas vaporizadas, y otras 60.000 sucumbieron en los minutos y horas posteriores. El resto fallecería en las semanas, meses o años venideros.
¡Cuántos japoneses hemos matado en un instante! ¡Dios mío! ¡Qué hemos hecho! – escribió Robert Lewis, copiloto del bombardero “Enola Gay” [6], en una carta dirigida a sus padres tras contemplar el infierno que surgió de la entrañas de Hiroshima tras la explosión que convertiría la ciudad, de unos 350.000 habitantes, en una espectral urbe crematoria en la que “deambulaban ejércitos de fantasmas”.
En Hiroshima, los diez mil grados que se alcanzaron en un diámetro de dos kilómetros respecto al “punto cero” fundieron metales y granito, y desintegraron a miles de personas que se encontraban en ese radio. A pesar de la censura de los ocupantes, se han conservado fotografías de “sombras nucleares” [7]. Se trata de hombres y mujeres que dejaron su estampa, en pilotes o bancos, de pie o sentados. La hora de la explosión ha quedado inmortalizada, ya que todos los relojes se pararon a las 08:15 de la mañana.
Algo similar ocurrió en Nagasaki, cuando el bombardero “Bockscar”, que no pudo arrojar al “Gordinflón” sobre el centro de la urbe, ya que el cielo estaba nublado y se estaba agotando el combustible, dejó caer al “Fat Man” sobre un barrio periférico del Valle de Urakami, lugar de emplazamiento de la ciudad [8].
Ese mismo día, el 9 de agosto, el presidente Harry S. Truman justificaba con estas palabras el lanzamiento de la bomba atómica:
“La usamos para acortar la agonía de la guerra, para salvar la vida de miles y miles de jóvenes estadounidenses”.
Los supervivientes de las explosiones, conocidos como “los Hibakusha” (los bombardeados), narran que por las calles deambulaban “legiones de fantasmas”, hombres, mujeres, niños y niñas, que “sin carne entre los huesos o sosteniendo la piel que se les caía a tiras”, trataban de alcanzar los ríos “para refrescarse” o se derrumbaban con sus extremidades deshechas o derretidas.
A las víctimas habría que añadir los miles de niños que nacerían con deformaciones y malformaciones en las semanas, meses o años después de las explosiones nucleares. Los supervivientes y sus descendientes no quieren hablar de ello. Es como si no existieran, como si fueran sombras de lo que nunca fueron o serán.
A las víctimas habría que añadir los miles de niños que nacerían con deformaciones y malformaciones
El 15 de agosto, cuando los norteamericanos bombardeaban Tokio, el emperador japonés Hiro-Hito pidió la rendición en una inusual alocución por radio que duró cuatro minutos y medio. En la memoria de los nipones han quedado estas palabras:
“Ha llegado la hora de deponer las armas. Estoy dispuesto a soportar lo insoportable y sufrir lo insufrible (en aras de la paz)…”
Poco después Harry S. Truman anunciaba en la Casa Blanca, ante una multitud de periodistas y altas personalidades:
“Japón se ha rendido. Ya podemos traer a los chicos a casa”.
Los estadounidenses, los aliados, la prensa, la radio, el cine, los voceros etc., han repetido hasta la saciedad, durante décadas, haciendo caso omiso a “la voz de la conciencia colectiva” que el bombardeo nuclear fue necesario para salvar vidas. Muchos siguen polemizando sobre el asunto. Algunos nunca lo hicimos, siempre tuvimos claro que fue un error. Y los errores, pronto o tarde, se acaban pagando.
¡Oh, Hiroshima Mon Amour! ¿No era posible librar la batalla final de otra forma, (la guerra ya estaba ganada [9]), para no dejar semejante agujero negro en las esperanzas, cada vez mas vapuleadas, de la humanidad?
Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para gritar que no es bueno que los europeos se hayan convertido en perritos falderos de EEUU y que, como en los carneros de Panurgo, copiemos todo lo que viene de allí. Así, cuando el más borrego se tira al precipicio, gran parte de los españolitos le imitan y balan de éxtasis en el vacío.
Javier Cortines
http://www.nilo-homerico.es/
Notas
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Si pensamos que nosotros somos o estamos mal informados, los gringos no andan mucho mejor porque tienen un componente de dogmatismo patriotero que les impide ver y asimilar lo que están haciendo. Y es mucho más fácil creerse salvador del mundo que aceptar que son unos vulgares asesinos, igualitos que los asesinos de otros lados, pero con pretensiones proféticas.
Además su vocabulario al tratar en forma banal y en diminutivo a sus oponentes o contradictores,o minorías, los ayuda a no tomar en serio lo que estos dicen o lo que estos son. Los comunistas son «commies», los japoneses son «japs» los que viven del Río Grande al sur son Latins??? y son todos «mongrels» (quiltros) los negros son niggers y dentro de ellos los polacos y los italianos son «dirty pollacks» o «dirty dagos», todos son cochinos.
Me imagino como llamarán al Papa, que es argentino de origen italiano y jesuita ,sobre todo ahora que está denunciando los males del Neo Liberalismo globalizado y del mal uso del poder y que trata de poner un toque de misericordia e inclusión en las relaciones humanas y en la comunidad católica y que acaba de rememorar y condenar el lanzamiento sin necesidad de la bomba atómica.