17/03/2015
Bachelet duró un año. Nunca antes un período presidencial había durado tan poco, al punto que si no fuera por los formalismos convencionales y la sagrada Constitución del 80, deberíamos haber llamado a elecciones libres este mismo marzo, y evitarnos perder tres años de respiración artificial.
Si el relato era que el “Programa de los cambios” y las comisiones asesoras presidenciales iban a construir el “cambio de ciclo histórico”, el Hijo terminó por traer de vuelta la realidad y la dejó ahí, sin vergüenza ni arrepentimiento, echada con su peso intolerable en plena Plaza de la Ciudadanía, a vista y paciencia de todos.
Los veteranos compañeros del Partido Socialista, hijos de esforzadas familias obreras del viejo Chile de pose republicana, han tenido que mirar de frente la cara fea de la verdad presidencial: los niños malcriados que se comportan como hijos de la elite lo hacen porque son, efectivamente, hijos de la elite. Dávalos Bachelet los reflejó a todos de un solo plumazo: la Concertación, que llegó a hacer viable la democracia “en la medida de lo posible”, terminó dedicándose a proteger su acceso al poder, y en ese tránsito histórico, los líderes fueron envejeciendo, unos pusieron consultoras y otros fueron haciendo amigos empresarios, vieron crecer a sus hijos en colegios caros, veranear con el cuicaje y montar sus propias empresas sumidos en imaginarios triunfalistas. Si mamá o papá les piden papel para envolver el pescado les llevan fotos de Allende, porque prefieren guardar para poner en sus piezas las de Steve Jobs y Andrónico Luksic escalando el Everest.
¿Nos vamos a sorprender ahora de que Sebastián no quisiera ser un humilde pediatra del PIDEE y prefiriera el vértigo vacuo de la vida del inversionista?
No. Lo que se ha caído es lo que quedaba de prestigio en la Concertación, encarnado en la individualidad de Michelle Bachelet y su publicitada biografía.
Como resultado, la actitud de defensa del gobierno irá siendo crecientemente abandonada por todos, como ya lo han comenzado a hacer muchos. Es un hecho. Quien quiera seguir con vida en las contiendas venideras optará por mantener de forma cada vez más discreta sus amistades en La Moneda.
***
El asunto puede observarse bien en la inauguración de la última comisión asesora, cuya importancia no anida en ella misma, sino en su significado. El verdadero abatimiento con que ha sido recibida la noticia de su creación, muestra su completa inutilidad. Queda con ella en evidencia que el gobierno ha optado por las cosas inútiles, por los pasos en falso, por la política de los gestos leves. Si algunas de las comisiones anteriores movilizaron verdadero interés en sus contenidos y se avocaron a problemas efectivos, que al menos en el papel significarían propuestas de real interés, con el último Consejo Asesor Presidencial estamos ante un acto de pura prestidigitación.
Aquello que ahora se llama “Conflictos de Intereses, el Tráfico de Influencias y la Corrupción” no es otra cosa que el modo de existencia de las elites en este país desde los tiempos de la colonia. No es cosa, por tanto, que resuelva con una comisión de asesores.
Con la disculpa de algunas lagunas republicanas, Chile ha sido un permanente trasiego de dinero y política. Es la forma de financiar el acceso a la institucionalidad, pero es muchísimo más que eso, es la forma en que se ha constituido el poder en una sociedad con rasgos oligárquicos demasiado acendrados. Las “boletas ideológicamente falsas” serán su forma actual, el préstamo que pide el hijo de la candidata y que se otorga al hijo de la presidenta electa es una especie de derecho a pernada propio de la época del capitalismo financiero.
Así ha engordado, ya sabíamos, la derecha de poca moral y voracidad permanente, con sus estancias en el sur y sus miserables hijos impunes, pero así ha crecido también aquella Concertación que se preciaba de sus tradiciones republicanas de barrio de clase media y auto usado.
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Los movimientos sociales que en ciclo 2011-2012 permitieron la apertura político-social de la crisis de representatividad, hoy acampan en relativa calma. El arribo reformista de Bachelet consiguió desarmar su potencia ayer irrefrenable, expropiándoles parte importante del impulso de cambio. Pero no para prolongarlo en su gobierno, como sospechaban los optimistas más ligeros. No, apenas apaciguó la calle se puso a embadurnar el anhelo y la inteligencia transformadora con la sustancia insípida, pastosa y opaca de las políticas públicas, quitándole la cautivante agilidad de su brillo de Alameda y murga, negándole su verdadero sentido histórico.
Las voces del cambio, que no alcanzaron a hacer la transferencia de movilización social a nueva construcción política, tendieron entonces a un reposo lánguido, sin poder encontrar su lugar en el nuevo reparto. Hoy en su lugar hablan los fiscales (Álvaro Henríquez, producto cultural de la mejor época del aburrimiento concertacionista, lo manifiesta sacándose una foto frívola con el persecutor judicial) al punto que hay quien cree que los Tribunales de Justicia se han convertido en un auténtico instrumento de la revolución proletaria.
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Muerta en vida la derecha, y sin más proyectos de verdadera envergadura en el horizonte, quedamos entonces frente a una de las situaciones más abiertas de la historia política post 1990. Una situación en la que, uno tras otro, se van derrumbando los asideros que nos permitían alguna predicción.
No queda más salida pues que la política, ahora sí, de verdad, la política. No las encuestas, la política.
*Fuente: El Desconcierto
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La Asamblea Constituyente Autoconvocada es la solución pero siempre que se entienda como un proceso de lucha política, económica, social y cultural en que los profesores y trabajadores en general, los estudiantes y demás imponemos nuestros propios puntos de vistas. Tenemos el derecho a hacerlo porque somos la mayoría, porque además generamos la riqueza del país y así le damos vida, movimiento y sentido a nuestro Chile. De hecho, esta batalla es profundamente participativa e inclusiva porque reivindica la voluntad y la soberanía popular.
Es cierto también que bajo el gobierno de los trabajadores hay que respetar las urgencias de las minorías pero siempre que sus demandas no afecten nuestros intereses de clase. Por ejemplo, debemos defender los derechos de las minorías sexuales, de los discapacitados, del pueblo mapuche, etc., porque ello significa integrarlos, incluirlos social y políticamente hablando; otra es la historia cuando se trata de la élite: ocurre que su modo de vida, su forma de propiedad y la explotación que ejerce sobre nosotros contradicen la convivencia democrática. Y eso es inaceptable.
$hile transita en el mito, país de escritores, país de cuenta cuentos, país de ´´pungas con corbata y collerines en sus camisas. No tienen nada que envidiarles a los pungas de barrio o de pobla. $hile fenecido.