La institucionalidad patriarcal nos ha colocado cadenas y corazas desde la niñez contra nuestra auténtica expresión interior de empatía. Sólo se valora lo útil para producir riquezas, la parte externa del ser humano, no interesa desarrollar el interior, la bondad, el sentido ético profundo.
El desafío de la humanidad es sobrevivir y desarrollarse, preservando el medio bio-físico que nos dio origen, que nos mantiene y que debe sustentar, además, a las generaciones futuras.
Este desafío implica una ética del desarrollo, aceptable para el conjunto de la humanidad, tanto creyentes como no creyentes.
Por lo tanto, esta ética debe generar una política de especie humana, holística, en que se contemple no sólo la realidad biológica, sino también psíquica y espiritual del ser humano.
¿En qué creer? Ya nos han engañado mucho.
¿Cómo saber en qué creer? Hemos visto a través de la historia como se ha sucedido una eterna lucha de poderes en que transcurren diferentes jerarquías de dominio de unos sobre otros, aprovechándose casi siempre de los demás. El egoísmo individual o de grupo no considera a los que están más allá de sí mismo o de su grupo: “echemos fuera de las fronteras a los que piensan diferente”, “no nos interesa lo que ocurre en el resto de los países”, “si no crees en mi mitología y mi dios favorito te irás al infierno”.
Una ética social debe ser universal y considerar al planeta como nuestra patria y a los más sufrientes como nuestro prójimo, estén donde estén.
Esta ética social debe transformar a las personas y a las instituciones para liberarlas de las cadenas con que las diferentes formas de dominación han atado y reprimido la expresión natural de la empatía, el altruismo y la solidaridad. Estas actitudes y conductas solidarias permitieron la sobrevida de la especie y, a su vez, han sido seleccionadas como rasgos típicamente humanos durante decenas de miles de años de evolución.
El cambio ético de las personas y de las instituciones está en el centro de una política de especie humana, que promueva una amplia participación social y política, para el reemplazo del actual paradigma basado sólo en el crecimiento económico. La tarea de los economistas ya no puede centrarse sólo en el aumento de la producción de riqueza sino también en su justa distribución.
Para esta última tarea es indispensable el desarrollo de organizaciones sociales con fundamento ético y con suficiente poder a nivel nacional e internacional.
Estas organizaciones no crecen si no se practica dentro de ellas el pluralismo y la democracia participativa. Por el contrario, el dogmatismo, el sectarismo, el caudillismo y el hegemonismo reducen a las organizaciones sociales y políticas a su mínima expresión.
La imposición y la exigencia atropellan la libertad e intencionalidad del ser humano, niegan por lo tanto, lo humano en el otro, transformándolo de sujeto en objeto. Su contrario es la participación genuina la que además, tiene un fundamento biológico, pues se ha demostrado que cada persona procesa la información que recibe dando respuestas diferentes frente a los mismos desafíos, a diferencia de un grupo de computadores o de robots que darán siempre la misma respuesta.
Según Francisco Varela (“Ética y Acción”), nuestro impulso natural es la empatía, pero ha sido ocultada por la costumbre de aferrarse al Yo, así como un techo oscurece al sol.
C. Trungpa dice: “Cuando la mente que razona ya no busca aferrarse… uno despierta a la sabiduría con la que nació, y surge sin pretexto la energía compasiva”.
La preocupación auténtica por el otro reside en el fundamento mismo del ser.
Esto va más allá de reglas o normas que a veces no dan respuesta a la particularidad e inmediatez de las situaciones vividas.
Se trata de soltar el espíritu o testigo interior, que está aplastado por la inquietud permanente de la mente. Desprenderse de los hábitos de no atención hacia el espíritu. Liberarlo de la cárcel en que ha sido encerrado.
Una nueva ética en una sociedad basada en valores propiamente humanos debería enseñar caminos de desarrollo interno desde la niñez. El espacio, el tiempo y el contenido de espiritualidad deben darse a lo largo de la vida educacional y laboral en forma grupal, extirpando así el núcleo originario de la violencia, de las guerras, de la dominación en todas sus formas, de la injusticia y de la irresponsabilidad frente a la especie y al planeta.
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Tenga plena conciencia que la manera más digna de honrar el legado de nuestro abuelo Timoteo, es continuar trabajando y aportando en la construcción de un Chile mejor, con mayor justicia y dignidad.
A si es. Ni más ni menos. Nuestro mundo sería más vivible sin los que acumulan. ¿Cuánto de lo que han acumulado los millonarios, se llevarán a la otra vida ? Si esque existe esa otra vida…..
DICES:
«La tarea de los economistas ya no puede centrarse sólo en el aumento de la producción de riqueza sino también en su justa distribución»
Aceptando tu dicho párrafo, entonces es necesario reflexionar, que lo que se tiene que cambiar es la economía, de una economía que promueve este insensato egoísmo en la gentes, a una economía en donde todos los seres humanos trabajemos por y para los seres humanos. En una economía así, no habrá esa necesidad de acumulación personal de riquezas, es más, seguramente se eliminará dicho conceptos de «riqueza».
En eso está una parte de la humanidad, desde hace mucho también se viene luchando por eso, pero la incomprensión y aún nuestra irracionalidad, hace que eso no sea posible. Pero ahí vamos quienes tenemos la convicción de que el socialismo sea el paso que nos lleve a humanizarnos.
No hay nada que inventar, solo asumir esa tarea.