La educación no es un bien de consumo
por Alejandro Zambra (Chile)
14 años atrás 5 min lectura
En marzo del año 2000 conseguí trabajo como profesor en un instituto ubicado en el centro de Santiago. Tenía entonces veintidós años y mis alumnos treinta y hasta cincuenta. Estudiaban en jornada vespertina carreras como Administración de empresas o Computación o Secretariado y yo debía enseñarles “Expresión oral y escrita” según un programa rígido y anticuado. Intenté en las primeras clases cumplir con lo que se me pedía, pero mis alumnos llegaban muy cansados de sus trabajos y creo que todos en la sala nos aburríamos mucho. Entonces preferí olvidarme del programa y dediqué las clases siguientes a enseñarles a escribir cartas. Parecían desconcertados pero empezamos a pasarlo bien. Escribían a sus padres, a amigos de la infancia, a sus primeros novios. Recuerdo que una alumna le escribió al Papa para comunicarle por qué ya no creía en Dios.
Una noche, al comienzo de la clase, un alumno levantó la mano y me dijo que quería escribir una carta de renuncia, porque pensaba renunciar a su trabajo. Comenzó a hablar, enseguida, de los problemas que tenía con su jefe, y entre todos intentamos aconsejarlo, hasta que alguien le dijo que era un irresponsable, que debía pensar primero de qué iba a vivir y cómo iba a pagar el Instituto. Se hizo un silencio pesado y grave, que no supe llenar. Yo quiero escribir la carta, nos dijo él, entonces: no voy a renunciar, no podría, tengo hijos, tengo problemas, pero igual quiero escribir esa carta. Quiero imaginarme cómo sería renunciar. Quiero decirle a mi jefe todo lo que pienso sobre él. Quiero decirle que es un concha de su madre, pero sin usar esa palabra. No es una palabra, son varias palabras, dijo una alumna que se sentaba en la primera fila. ¿Qué? Que son cuatro palabras, profesor: concha-de-su-madre.
Nos reímos largo y empezamos la carta, escribimos los primeros párrafos en la pizarra. Y como el tiempo se acabó, quedamos de retomar el ejercicio a la clase siguiente. Pero no hubo una clase siguiente. Llegué el lunes con el tiempo justo para tomar la carpeta e ir a la sala, pero el edificio estaba cerrado e incluso acababan de pintar la fachada. El instituto no existía más. Me lo explicaron los alumnos, desolados. Habían pagado sus mensualidades e incluso varios de ellos el año completo, por adelantado, para aprovechar un descuento. Los alumnos protestaron, fueron al Ministerio de Educación, pero consiguieron poco o nada. “Itesa está contigo, Itesa es tu camino”, decía el comercial del Instituto en la tele. Y claro, Itesa rima con tristeza.
Chile no quiere que historias como esa sigan sucediendo. La causa es justa, el mensaje es claro y simple: Chile quiere educación gratuita y de calidad. Lo dicen las encuestas, pero sobre todo lo dice la multitud en las manifestaciones, y también cada noche, en los barrios, tocando las cacerolas: estudiantes de instituciones públicas y privadas, y también sus padres, sus abuelos, sus hermanos pequeños. ¿Hay que explicarle esto al mundo? No lo creo. Más bien hay que explicar por qué un grupo muy minoritario de chilenos piensa que pedir educación gratuita es una insensatez. “La educación es un bien de consumo”, dijo hace unas semanas Sebastián Piñera y luego tartamudeó una explicación que no convenció a nadie. “Nada es gratis en esta vida”, filosofó más tarde, como si fuera un padre que descubre en el hijo ideales hermosos pero inalcanzables y su misión fuera mostrarle la cruda verdad. Eso piensan quienes nos gobiernan. No consideran grave que las instituciones lucren impunemente. Que unos pocos se hagan más ricos a costa de los más pobres.
Pinochet destruyó la educación chilena y los gobiernos democráticos aceptaron la pérdida con resignación y hasta con indolencia. Los años noventa parecen, a la luz del presente, incomprensibles: el discurso oficial insistía en que Chile era el jaguar del Latinoamérica, un país rico, un ejemplo para el vecindario, y de seguro había compatriotas que se sentían orgullosos y celebraban los tratados de libre comercio como si fueran triunfos deportivos. Y hasta cundió cierta conciencia de que Chile jugaba en las ligas mayores, que el nuestro era un país serio y responsable: el mejor alumno del curso, pero no el que hacía las mejores preguntas o el que se atrevía a pensar por sí mismo, sino el que se quedaba callado y anotaba todo y que, como respondía mansamente lo que los profesores querían escuchar, sacaba las calificaciones más altas. El que buscaba en el recreo un rincón apartado para comerse su sándwich y no convidarle a nadie.
La gente sufría, mientras tanto. El pueblo, aunque esa palabra entró en desuso, porque se hablaba ahora de la gente. El movimiento actual es el resultado de una larga frustración. “A otros enseñaron secretos que a ti no/ a otros dieron de verdad esa cosa llamada educación”, cantaban Los Prisioneros en los años ochenta. Todos los chilenos conocemos esa canción, y creo que muchos aprendimos el do, el sol y el fa solamente para aporrear la guitarra y entonar esa letra tristísima y amarga: “Ellos pedían esfuerzo/ Ellos pedían dedicación/ y para qué/ para terminar bailando/ y pateando piedras”. Así son las fiestas chilenas: no sabemos si empiezan con The Cure o con Charly García o con una cumbia, pero terminan siempre con alguien rasgueando esas tres notas y los demás cantando a coro, bastante borrachos y también un poco enfermos, un poco drogados de nostalgia: “Unanse al baile/ de los que sobran/ nadie nos va a echar de más/ nadie nos quiso ayudar de verdad”. Los que tuvimos oportunidades y los que nunca las tuvieron: todos cantamos la letra de ese baile que sin embargo no podríamos, no sabríamos bailar.
El movimiento actual viene gestándose desde hace décadas y es tiempo de que se lo escuche. Lo que está pasando es bello e importante. Los estudiantes chilenos están cambiando la historia. Y sólo cabe apoyarlos y agradecerles el Chile que viene.
*Fuente: Revista Ñ
Artículos Relacionados
Chats de inteligencia: la red de Carabineros para inculpar a mapuches en tráfico de armas que involucró a agentes argentinos
por Nicolás Sepúlveda (Chile)
7 años atrás 23 min lectura
En la encrucijada de la crisis global
por Arturo Guillén (México)
17 años atrás 10 min lectura
Franck Gaudichaud: “Observemos Chile para entender en qué clase de mundo quieren que vivamos”
por Jérôme Duval (Francia)
6 años atrás 14 min lectura
Brasil: El montaje del “mito” Bolsonaro
por Osvaldo León (Ecuador)
7 años atrás 16 min lectura
En abril del 2009 publicamos: La cara oculta de Piñera
por Ozren Agnic K. (Chile)
17 años atrás 2 min lectura
Guatemala-El Salvador: gobiernos, mafias y narcotraficantes se reparten la herencia de la impunidad
por Carlos Iaquinandi Castro (SERPAL).
19 años atrás 18 min lectura
1 Comentario
Deja una respuesta Cancelar la respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.
Cuando hay ignorantes que atacan a Cuba y al compañero Fidel Castro, tras más de 60 años de bloqueo, callar es cobardía (I)
por piensaChile
4 horas atrás
21 de enero de 2026
Mandela, en notas para lo que sería una secuela de su autobiografía Long Walk to Freedom, escribió: “Hombres y mujeres en todo el mundo, por los siglos, vienen y van. Algunos no dejan nada a su paso, ni siquiera sus nombres. Pareciera que jamás existieron”.
¿Es posible el periodismo de investigación independiente en la actualidad?
por Andrés Figueroa Cornejo (Chile)
19 horas atrás
20 de enero de 2026 A contrapelo del monopolio de la gran industria de la información al servicio de las élites globales, está la periodista alemana Gaby Weber. Inagotable…
Declaración Pública – Familia y allegados de Julia Chuñil Catricura
por Vocería de la familia y organizaciones adherentes
7 días atrás
14 de enero de 2026
No es concebible ni aceptable que la Fiscalía Regional de Los Ríos y Carabineros desplieguen 500 efectivos policiales de distintas especialidades —en un operativo simultáneo en Máfil y Temuco— para detener a miembros directos de la familia, mientras que durante más de un año la búsqueda activa de Julia Chuñil apenas movilizó, en los mejores momentos, a no más de 50 personas en operativos reales.
Diario El País hace y adapta mapas por encargo. Acaba de meter el Sáhara Occidental dentro de Marruecos
por Luis Portillo Pasqual del Riquelme (España)
3 semanas atrás
02 de enero de 2026
El diario El País ha publicado una mapa en el que incluye el Sáhara Occidental dentro de Marruecos. El profesor Luis Portillo se ha dirigido a la Defensora del lector, Soledad Alcaide.
¡No a la usura!, ¡No a la publicidad!, ¡No al eje del mal (Wall-Street – City)!, ¡No al lucro en la eduación ni la salud!