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La política santa y el temblar de los templos

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Son abundantes los ejemplos de empresas políticas y militares que se han justificado por representar la voluntad de Dios, desde el antiguo Egipto, pasando por las cruzadas de todo tipo, la conquista de América, hasta los cristianos que hoy confían más en la razón de las armas que en el amor indiscriminado del Nazareno y los islamistas que prefieren inmolarse en Su nombre, olvidando que alguna vez Mahoma dijo que la tinta del sabio era más valiosa que la sangre del mártir.

No hace muchos días alguien hacía la siguiente reflexión por la radio pública de Estados Unidos: "Siempre hemos dicho que Dios estaba de nuestra parte. ¿No será tiempo de preguntarnos qué hacemos nosotros por estar de parte de Dios?" Una luz verde y el río de autos que retomaban la marcha me impidieron distinguir el nombre del autor de estas palabras. Unas horas más de camino se escuchaba la voz aguda de Sarah Palin, casi a los gritos ante una multitud de seguidores. La candidata a la vicepresidencia recordaba la teoría —o habrá que decir, "el hecho", porque muchos conservadores odian las teorías— de la excepcionalidad de este país elegido por Dios. La idea de que "Dios está de nuestra parte" implica siempre que el sujeto activo somos nosotros; luego Dios decide apoyarnos en nuestros planes. También en el refrán castellano, según el cual "hombre propone y Dios dispone", permanece implícita la idea de que es el hombre el que ejerce la imaginación creadora del mundo.

Sin embargo, estos lugares comunes de la narrativa social de la generación anterior ya no funcionan o han caído entre comillas. Lo significativo es que, siendo un fenómeno que se expresa desde un recambio generacional en Estados Unidos, se haya manifestado de forma tan abrupta, apenas en un año, como una cuerda que revienta ante el exceso de tensión acumulada.

Ken Mehlman, ex presidente del Comité Nacional Republicano, comentó en The New York Times que cuando George Bush ganó las elecciones en el 2004 el partido Republicano se encontraba en la posición más fuerte desde la Gran Depresión de los treinta. Pero aún antes de la crisis financiera del 2008, el presidente Bush ya había cosechado el rechazo a su gestión de más del setenta por ciento de la población, uno de los más altos de la historia de este país. En el 2006, los demócratas habían recuperado la mayoría de las cámaras baja y alta, lo que significa que el punto de inflexión y la vertiginosa caída comenzó por lo menos en el 2005. Ese es el año de Katrina.

Cuando este huracán azotó Nueva Orleans y la costa sur de Estados Unidos, varios líderes religiosos que habían apoyado al partido de gobierno manifestaron que Katrina había sido un soplo de Dios para castigar la ciudad del pecado. Pat Robertson, fundador del poderoso The 700 Club, de la Coalición Cristiana de América y ex candidato presidencial por el partido republicano, afirmó que el huracán había sido enviado por Dios para persuadir a algunos jueces para que votasen a en contra del aborto. Para evitar el asesinato de los por-nacer, según los pro-vida, Dios había decidido ahogar en el Diluvio a miles de ya-nacidos. Según Hal Lindsey, en cambio, Katrina era la prueba de que el juicio de América había comenzado, lo que significaba que estábamos próximos al "renacimiento de un Imperio Romano en Europa para dominar el mundo". Michael Marcavage, director de Repent America afirmó que Dios había destruido esta ciudad viciosa por haber permitido la celebración de un festival gay durante cincuenta años. En cambio para Stan Goodenough el fenómeno había sido el castigo de Dios al pueblo estadounidense por poner en peligro la tierra y el pueblo de Israel ("What America is about to experience is the lifting of God's hand of protection […] the nation most responsible for endangering the land and people of Israel"). Charles Colson, ex consejero de Richard Nixon y actual comentador radial y colaborador de Christianity Today dijo que Dios había permitido que ocurriese la tragedia de Katrina para recordar a la nación de la importancia de ganar la guerra contra el terrorismo.

La idea de un dios bondadoso que no acomete el dolor pero lo permite es un clásico de la teología, tanto como vincular un fenómeno climático con la ira interior de algunos individuos es un clásico del romanticismo.

Quizás Katrina fue un error de interpretación teológica, lo que demuestra la falibilidad de la ira interpretativa de los más importantes arengadores políticos en cada sociedad. Si Dios tiene por política actuar de formas tan indirectas, los hechos a largo plazo demuestran que en Katrina fue sólo el inicio del castigo divino a los administradores de su palabra, a sus ministros y voceros oficiales.

Uno de los pilares centrales del ascenso de los conservadores radicales en las últimas décadas fue el rechazo y la demonización del mundo exterior, especialmente del mundo socialista. El pilar central de los últimos años fue el rechazo y la demonización del mundo islámico, tanto como lo es para los islamistas más conservadores la demonización de Occidente. Aunque Obama no es socialista ni es musulmán sino cristiano y liberal, la estrategia republicana de las últimas semanas antes de las elecciones del 2008 se centró en repetir que Barak Hussein Obama es socialista, teólogo de la liberación, musulmán o tolerante del islam y amigo de terroristas. Cuatro años atrás esta estrategia hubiese demolido al más blanco de los cristianos capitalistas. Lo significativo es que, como resultado electoral, no haya provocado ningún efecto. O, como lo sugiere un estudio sobre las últimas encuestas, el efecto ha sido el contrario. Obama ha ampliado la ventaja en las intenciones de voto sobre su rival republicano, en casos ha alcanzado una inusual diferencia de dos dígitos.

Ya no sólo es una novedad y una rareza en el mapa político que un afrodescendiente sea el nominado por un partido tradicional sino que, además, llegue a la Casa Blanca. Es casi un misterio que ese hombre negro, o medio negro (lo que es peor, porque su madre era una antropóloga liberal y su padre un musulmán africano), sea un hombre de una cultura tradicional inaudita en un presidente y a ello sume el hecho de haber vivido hasta su adolescencia en un país musulmán, Indonesia, en un momento en que dominaba una dictadura militar apoyada por Estados Unidos. Y para peor, con ese nombre que el presidente Bush repitió tantas veces como el enemigo número uno de la nación. ¿Hubiese imaginado el presidente que metió a su país en Irak que al final de su segunda presidencia un Hussein lo sustituiría? Un Hussein que se opuso a la guerra desde el inicio y que ganará las elecciones en pocos días más, repitiendo que, como el Nazareno, también es posible dialogar con los enemigos. Un Obama que es votado con entusiasmo por millones de norteamericanos que tampoco les importa que su apellido suene similar al nombre del enemigo número uno, porque han visto algo más allá de las apariencias según las cuales estaban acostumbrado a pensar y a votar.

Los cambios más radicales de Obama —y en esto no cabe esperar demasiados cambios radicales— vendrán en el término de su segunda presidencia, porque primero debe ganarla. Claro que también ésta es la fórmula perfecta para una tragedia nacional. Pero no vamos a especular con lo negativo ahora. Pero Barak Hussein Obama lo sabe.

En una curva veo una estación de servicio con la gasolina muy barata y me desvío para recargar. A mi lado, un hombre de gorra de los NY espera de pie que se llene su tanque. Está pensativo y algo inclinado sobre el dispensador, como si rezara ante un altar. Lo que me recuerda la recomendación de la gobernadora Palin de rezar en las gasolineras para bajar el precio del combustible. Aparentemente ha dado resultado, pero de la forma más imprevista. La crisis económica, que ha traído deflación de los precios, también ha asegurado la derrota de los oradores.
Octubre, 2008.

– Jorge Majfud, PhD, es académico en la Lincoln University 

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