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	<title>general javier palacios &#8211; piensaChile</title>
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	<title>general javier palacios &#8211; piensaChile</title>
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		<title>Francisco Marín nos pide que creamos en el cuento del tío Javier</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 Aug 2014 02:48:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[francisco marin]]></category>
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		<category><![CDATA[muerte de allende]]></category>
		<category><![CDATA[suicidio o magnicidio]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Nos referimos aquí a un artículo escrito recientemente por Marín, que éste se ha encargado de distribuir Urbi et Orbi en la prensa electrónica, y en donde, en lo esencial, no hace otra cosa que repetir los mismos antiguos argumentos presentados en la primera parte de su libro, que viera la luz en Santiago el año pasado, bajo el título de: Allende: “Yo no me rendiré”. La investigación histórica y forense que descarta el suicidio, que fuera publicado en conjunto con el médico forense doctor Luis Ravanal.</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2014/08/22/francisco-marin-nos-pide-que-creamos-en-el-cuento-del-tio-javier/">Francisco Marín nos pide que creamos en el cuento del tío Javier</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>                                 “Los hombres están casi siempre dispuestos a creer en lo que quieren</em> <em>creer</em>”<br />
Julio Cesar</p>
<p>Desde el primer momento los partidarios del magnicidio de Allende debieron confrontar un difícil problema: si Allende no se suicidó sino que fue muerto, tenían ellos que encontrar, e identificar, al presunto asesino. De lo contrario aquella interpretación aparecería incompleta e indigna de confianza. Con el paso del tiempo esta búsqueda se ha revelado como una especie de “misión imposible”. El primer creyente y difusor de la teoría del magnicidio, el GAP Renato González, ni siquiera menciona un posible asesino, y tuvieron que pasar muchos años antes de que el periodista Camilo Taufic se atreviera a acusar al doctor Danilo Bartulín, sin la menor prueba ni evidencia que lo apoyara, de haber “asistido” al Presidente en su suicidio. Pero ya mucho antes, en ciertos círculos de lectores mal informados y poco críticos, se venía afirmando que quien había dado muerte a Allende era el misterioso Teniente de Ejercito René Riveros Valderrama. Por no mencionar aquí otros supuestos magnicidas aún más oscuros e inverosímiles, cuyos nombres y <em>currículums</em> pueden encontrarse fácilmente en <em>Internet</em> con la ayuda del buscador Google.</p>
<p>No cabe duda que el presente intento de Francisco Marín de sindicar al general Palacios como responsable directo de la muerte del Presidente Allende se inscribe dentro de esta serie de intentos frustrados de los partidarios del magnicidio de poder llegar, finalmente, a “descubrir” al asesino.</p>
<p>Nos referimos aquí a un artículo escrito recientemente por Marín, que éste se ha encargado de distribuir <em>Urbi et Orbi</em> en la prensa electrónica, y en donde, en lo esencial, no hace otra cosa que repetir los mismos antiguos argumentos presentados en la primera parte de su libro, que viera la luz en Santiago el año pasado, bajo el título de: <strong><em>Allende: “Yo no me</em></strong> <strong><em>rendiré”. La investigación histórica y forense que descarta el suicidio</em>, </strong>que fuera publicado en conjunto con el médico forense doctor Luis Ravanal. Lo nuevo aquí es el papel estelar que en este artículo aparece jugando el Ingeniero Dagoberto Palacios González, sobrino del general golpista Javier Palacios Ruhmann, quien estuvo a cargo del ataque terrestre a La Moneda el 11 de septiembre de 1973. Lo central de la historia relatada por Marín es que el 18 de febrero de 1977, en un restaurante del barrio Avenida Matta, imaginamos que con unas cuantas copas en el cuerpo, el general Palacios le confesó a su sobrino que él habría rematado al presidente Allende en La Moneda, la tarde del 11 de septiembre de 1973.</p>
<p>Por cierto, la verdad de tal afirmación no puede ser aceptada de la manera completamente acrítica que lo hace Marín, sino que debería ser sometida al más riguroso escrutinio y contrastada con otros hechos conocidos acerca de los últimos momentos de Allende. Esta es, por lo demás, una debilidad crónica de la forma en que han manejado las declaraciones y testimonios del caso la mayoría de los partidarios del magnicidio, para quienes, al parecer, sería suficiente que alguien afirmara algo como verdadero para que lo fuera. En los años que llevo investigando la muerte del Presidente me he encontrado con compatriotas capaces de hacer las más absurdas y descabelladas afirmaciones acerca de los últimos momentos del presidente Allende, pero que muy pronto se revelaron como falsas ante el más elemental escrutinio. Entre las más imaginativas, pero no por ello menos falsa, recuerdo aquella historia del desentierro y robo del féretro de Allende por unos pobladores en el Cementerio de Viña del Mar, nada menos que la misma noche del 12 de septiembre de 1973, según nos lo relatara la historiadora Diana Veneros, en las últimas páginas de su biografía del Presidente, y que yo examino críticamente en mi primer libro sobre Allende (1).</p>
<p>La pregunta que se formula casi sola aquí es: ¿Por qué tendríamos que creerle al general Palacios (a su sobrino, o a un amigo del general) lo que habría declarado en 1977 acerca de su supuesta participación en la muerte del presidente Allende? Puesto que si hay “declaraciones” de las que deberíamos desconfiar son precisamente aquellas hechas por los milicos o sus familiares. La razón de ello está a la vista, dado que los golpistas crearon las condiciones para que Allende se suicidara, lo que los hace al menos co-responsables de su muerte; por lo que debieran ser tratados como testigos muy poco confiables en todo lo que tenga que ver con estos hechos. Incluso cuando afirman haber rematado al Presidente, lo que para la mentalidad fascista sería una acción digna de la mayor admiración y encomio.</p>
<p>Creemos que la razón profunda por la cual Francisco Marín confía en el relato de Dagoberto Palacios, tal como le ocurre a muchos compatriotas que se empecinan en creer en el magnicidio de Allende, es que ellos necesitan dar fe a declaraciones como las hechas por el general Palacios, o en el reporte de ellas entregado por su sobrino, o por un amigo del militar; porque sin un asesino aquella interpretación queda trunca. El problema es que no existe la menor prueba, evidencia, o testimonio serio, de que algún atacante de La Moneda hubiera ingresado al despacho presidencial antes, o en los momentos en que muere Allende. Ninguno de los numerosos testigos, que se encontraban frente a la puerta del Salón Independencia aquella tarde, es decir, en primer lugar el doctor Guijón, así como los doctores Jirón, Quiroga, y varios detectives presentes, no reportaron haber visto a alguien desconocido, ni civil ni militar, ingresar a la oficina de Allende. Pero lo más grave, y bien establecido, es que el general Palacios vino a aparecer en el recinto varios minutos después de que Allende había muerto.</p>
<p>Estos hechos nunca refutados, a pesar de décadas de intentos de desprestigio de aquellos testigos, especialmente del doctor Guijón, ponen a la vista el predicamento que enfrentan los partidarios de la tesis del magnicidio del Presidente, porque el asesino que buscan tendría que cumplir con los siguientes imposibles requerimientos:</p>
<p><em>No haber sido visto por nadie al ingresar al Salón Independencia; no haber sido visto por nadie matar al Presidente; no haber sido visto, tampoco, por nadie, abandonar el recinto</em>.</p>
<p>Como es manifiesto, este personaje no pudo haber existido, porque un hombre que nadie consiguió percibir en forma alguna, que ingresó al lugar donde se encontraba Allende y lo ultimó sin dejar la menor huella, y que luego salió de allí sin que nadie lo viera, <em>es un</em> <em>hombre invisible o un ser enteramente inexistente</em>. Sin embargo, este personaje ficticio no puede sino desempeñar un papel de gran importancia al interior de la argumentación de quienes postulan la tesis del magnicidio, aunque lo haga como una suerte de idea regulativa, que encarna los inalcanzables requerimientos que los hechos del caso imponen a su interpretación de las causas inmediatas de muerte del Presidente.</p>
<p>Como puede verse, la ventaja que el general Palacios tiene sobre otros posibles asesinos, invisibles o inexistentes, es que él sí estuvo en el salón Independencia y fue visto por mucha gente, pero por desgracia para Marín el general no tuvo tiempo para ultimar al Presidente, si es que en realidad así se lo propuso, porque cuando él ingresa al Salón Independencia, pasadas las dos de la tarde de aquel trágico día, Allende ya había abandonado este mundo por su propia y valerosa decisión, luego de ser inútilmente asistido por el doctor Guijón.</p>
<p>Es muy posible que en el futuro aparezcan y se postulen otros nombres como supuestos responsables de aquel supuesto magnicidio, lo que por sí solo deja en evidencia la precariedad de la teoría explicativa a la que se cree brindarían apoyo.</p>
<p><strong>Notas:</strong></p>
<ol>
<li>Véase: Hermes H. Benítez, <strong><em>Las muertes de Salvador Allende</em></strong>, Santiago, Ril editores, 2007, capítulo 8.</li>
</ol>
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