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	<title>sueño &#8211; piensaChile</title>
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	<title>sueño &#8211; piensaChile</title>
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		<title>El casi empate entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori y el sueño de un Pongo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 08 Jun 2021 08:34:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Historia - Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[jose maria arguedas]]></category>
		<category><![CDATA[peru]]></category>
		<category><![CDATA[pongo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El casi empate entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori nos hace recordar un relato magistral de José María Arguedas, el escritor peruano, hijo de madre quechua y padre blanco, hacendado, que vino al mundo como fiel mezcla de esas dos realidades que vive Perú desde siglos.</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2021/06/08/el-casi-empate-entre-pedro-castillo-y-keiko-fujimori-y-el-sueno-de-un-pongo/">El casi empate entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori y el sueño de un Pongo</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El casi empate entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori nos hace recordar un relato magistral de José María Arguedas, el escritor peruano, hijo de madre quechua y padre blanco, hacendado, que vino al mundo como fiel mezcla de esas dos realidades que vive Perú desde siglos.</p>
<p>En 1957, en sus «Canciones quechuas» escribe Arguedas:</p>
<p style="padding-left: 80px;">«Yo no tuve necesidad –decía- de hablar el castellano hasta los siete años de edad. En la vastísima región en<br />
que pasé mi niñez y adolescencia no era imprescindible. El setenta por ciento de los cinco millones de<br />
habitantes de esa zona inmensa -¡un mundo!- habla únicamente el quechua y el treinta por ciento es<br />
bilingüe. No es posible desarrollar un ahora (1957) ninguna actividad importante en la sierra central y del<br />
sur si no se domina el quechua.»</p>
<p>Y habiendo nacido y crecido en ese mundo quechua, recogió e hizo suyo el idioma, la cosmogonía, los dolores y los sueños de ese pueblo reprimido, expoliado y masacrado, que se ha negado a morir y que desde hace tiempo viene saliendo, paso a paso, de «largo sueño embrutecedor a que lo sometieron». Como parte de ese proceso, Arguedas recogió un relato, que no puede sino revivir en nuestras mentes, ahora, al ver lo que está ocurriendo en la historia del Perú, porque este triunfo de Pedro Castillo, independientemente de su desenlace, será un hito en la historia de nuestro hermano país del Perú.</p>
<p>La Redacción de <em><strong>piensaChile</strong></em></p>
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<h2>El sueño del Pongo</h2>
<div></div>
<div>Publicado originalmente en <strong>piensaChile</strong> el 09.01.2007</div>
<div>
Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo [1], de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas viejas.</div>
<div>El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludo en el corredor de la residencia.</div>
<div><em>¿Eres gente u otra cosa?</em> – le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.</div>
<p>Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.</p>
<div><em>¡A ver!</em> – dijo el patrón – <em>por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parece que no son nada. ¿Llévate esta inmundicia!</em> – ordenó al mandón de la hacienda.</div>
<div></div>
<div>Arrodillándose, el pongo  le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.</div>
<div></div>
<div>El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. «<em>Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza»</em>, había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.</div>
<div></div>
<div>El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. «<em>Sí, papacito; sí, mamacita</em>«, era cuanto solía decir.</div>
<div></div>
<div>Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto, y por su ropa tan haraposa y acaso, también porque quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.</div>
<div></div>
<div>Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.</div>
<div><em>Creo que eres perro. ¡Ladra!</em> – le decía.</div>
<div></div>
<div>El hombrecito no podía ladrar.</div>
<div></div>
<div><em>Ponte en cuatro patas</em> – le ordenaba entonces-</div>
<div>El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.</div>
<div><em>Trota de costado, como perro</em> – seguía ordenándole el hacendado.</div>
<div></div>
<div>El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna.</div>
<div>El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.</div>
<div></div>
<div><em>¡Regresa!</em> – le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.</div>
<div>El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado.</div>
<div></div>
<div>Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.</div>
<div><em>¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres!</em> – mandaba el señor al cansado hombrecito. – <em>Siéntate en dos patas; empalma las manos</em>.</div>
<div></div>
<div>Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.</div>
<div>Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.</div>
<div><em>Recemos el Padrenuestro</em> – decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.</div>
<div></div>
<div>El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.</div>
<div></div>
<div>En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda.</div>
<div></div>
<div><em>¡Vete pancita!</em> – solía ordenar, después, el patrón al pongo.</div>
<div></div>
<div>Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos [2].</div>
<div></div>
<div>Pero… una tarde, a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado.</div>
<div></div>
<div><em>Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte </em>– dijo.</div>
<div></div>
<div>El patrón no oyó lo que oía.</div>
<div></div>
<div><em>¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro?</em> – preguntó.</div>
<div></div>
<div><em>Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a quien quiero hablarte</em> – repitió el pongo.</div>
<div></div>
<div><em>Habla… si puedes</em> – contestó el hacendado.</div>
<div></div>
<div><em>Padre mío, señor mío, corazón mío</em> – empezó a hablar el hombrecito -. <em>Soñé anoche que habíamos muerto los dos juntos; juntos </em></div>
<div><em>habíamos muerto.</em></div>
<div></div>
<div><em>¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio</em> – le dijo el gran patrón.</div>
<p><em>Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos. Los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco.<br />
</em></p>
<div>
<div><em>¿Y después? ¡Habla!</em> – ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.</div>
<p><em>Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pensando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.<br />
</em></p>
<div><em>¿Y tú?<br />
</em><em>No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.<br />
</em><em>Bueno, sigue contando.</em></div>
<div></div>
</div>
<div>
<div>
<div><em>Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: «<strong>De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de chancaca más transparente</strong>«.</em></div>
<div>
<div>
<div></div>
<div><em>¿Y entonces?</em> – preguntó el patrón.</div>
<div></div>
<div>Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos.</div>
<p><em>Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.<br />
</em></p>
<div>
<div><em>¿Y entonces?</em> – repitió el patrón.</div>
<div></div>
<div><strong><em>«Angel mayor: cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre», </em></strong><em>diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.</em></div>
<div></div>
<div><em>Así tenía que ser </em>– dijo el patrón, y luego preguntó:</div>
<p><em>¿Y a ti?<br />
</em></p>
<div><em>Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar: «<strong>Que de todos los ángeles del cielo venga el de menos valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano</strong>«</em>.</div>
<div></div>
<div><em>¿Y entonces?</em></div>
<div><em><br />
</em><em>Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. «<strong>Oye viejo –</strong> ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel<strong> -, embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!</strong>«. Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando…<br />
</em></div>
<div><em><br />
Así mismo tenía que ser – </em>afirmó el patrón<em>. – ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?<br />
</em></div>
<div></div>
<div><em>No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran padre San </em></div>
<div><em>Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: «<strong>Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo</strong>«. El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.<br />
</em></div>
<div><em><a title="José María Arguedas" href="http://www.librosperuanos.com/html/Jose_Maria_Arguedas.htm" target="_blank" rel="noopener"><strong>Jose Maria Arguedas</strong></a></em></div>
<p>Notas:</p>
</div>
<p><em>[1] Pongo: termino que se utiliza en los Andes peruanos para denominar a la servidumbre en condiciones casi de esclavos.<br />
</em><em>[2] Indio que pertenece a la hacienda.</em></p>
</div>
</div>
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		<title>Se buscan soñadores. Habrá recompensa</title>
		<link>https://piensachile.com/2017/11/25/se-buscan-sonadores-habra-recompensa/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 25 Nov 2017 03:00:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[colectivo]]></category>
		<category><![CDATA[comunicacion]]></category>
		<category><![CDATA[soñadores]]></category>
		<category><![CDATA[sueño]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El relato es esencial en la comunicación humana y quien logre tocar el alma del otro con él, habrá obrado un pequeño gran milagro. Un hecho cotidiano que adquiere ribetes taumatúrgicos cuando se trata de multitudes empapadas en una épica que les permite sentirse parte de un todo y a través de esa comunión ser parte de un sueño colectivo.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="infotitle"><span class="fecha">Viernes 24 de noviembre 2017<br />
</span>Los maoríes sorprenden no solo por su liturgia bélica, mundialmente difundida como <em>haka</em> y que caracteriza al equipo de rugby de ese país. Los <em>All Blacks</em> logran infundir miedo en el equipo contrincante con esa danza ritual donde emiten sonidos guturales, se golpean los miembros y muestran una considerable parte de la lengua. Y aunque el <em>haka</em> es una danza tanto para la guerra como para el armisticio, queda en la atmósfera esa muestra de fuerza y valentía que los deja en un sitial por sobre los demás.</p>
<div class="entry">
<div class="maintext">
<p>También los maoríes tienen otras tradiciones a las que debiéramos prestar atención por su profundo significado. A la hora de ir a pescar, además de los remeros que escasamente tienen la visión del trozo de mar a sus costados y la espalda de su compañero de enfrente, van otras tres figuras. En la popa, esto en la parte posterior de la embarcación, está quien lleva el timón y, por lo tanto, va dando la dirección. Al medio, está aquél que va dando las indicaciones particulares a los remeros sobre cómo enfrentar al mar, porque es esa fuerza  la que permite a la barca desplazarse y desafiar las olas. Pero el más importante, es el que va en la proa, a quien llaman “el soñador”. No se trata de un experto náutico que entregue directrices respecto de las técnicas de pesca ni de cómo aprovechar la fuerza de los vientos. <em>El soñador</em> es aquél que va narrando a sus compañeros la maravilla de lo que se avecina: una pesca generosa que les permitirá regresar pronto a sus hogares y compartir junto a sus familias el regalo que les ha brindado el mar. Nada de gritos de guerra ni demostraciones de fuerza, lo que anima a los remeros maoríes es la ilusión que es capaz de contagiarles <em>el soñador</em>, quien con sus palabras logra dibujar en la imaginación de sus compañeros de faena las imágenes de esas redes rebosantes de peces y , sobre todo, tocar sus corazones con palabras empapadas en la emoción. El soñador es la figura central de la travesía marítima cuando es quien logra insuflar la fuerza en el espíritu que permite continuar aunque el cuerpo ya no tenga fuerzas.</p>
<p>En política, ya se sabe desde antiguo el poder de la palabra. De la potencia de un relato cuando es conmovedor, de esos que erizan los pelos . Ejemplos de estos soñadores hay muchos en la historia de la humanidad y entre los más recientes está el malhadado John F. Kennedy diciendo “<em>I am a berliner</em>”, Martin Luther King emocionado con su “<em>I have a dream</em>” o Salvador Allende, presagiando el día en que “<em>se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre</em>”… frases que han quedado a fuego en la memoria colectiva y que hablan de hombres que tenían sueños y que fueron capaces de verbalizarlos de tal manera que pudieron contagiar a multitudes mucho más amplias que las que los escucharon en vida.</p>
<p>El relato es esencial en la comunicación humana y quien logre tocar el alma del otro con él, habrá obrado un pequeño gran milagro. Un hecho cotidiano que adquiere ribetes taumatúrgicos cuando se trata de multitudes empapadas en una épica que les permite sentirse parte de un todo y a través de esa comunión ser parte de un sueño colectivo.</p>
<p>Estamos escasos de soñadores en Chile, como que también son tiempos difíciles para ellos. Esa disciplina llamada economía se ha adueñado del discurso público con sus guarismos y predicciones que más que pronosticar, directamente inciden como “muertes anunciadas”. Porque la economía es pura emoción, qué duda cabe con la histérica reacción de la Bolsa de Comercio local, un día después de las recientes elecciones presidenciales al constatar que no se cumplía lo que las mentirosas encuestas venían dibujando en la mente del electorado. Las encuestas y encuestadores operaron como “soñadores” sin tener la autorización para ello, abusando de un poder que la misma sociedad les entregó para que, como científicos sociales, sacaran “fotografías instantáneas” de las intenciones de voto. En cambio, se dedicaron de manera maliciosa a crear escenarios ficticios pero convenientes para un sector del espectro político. La Justicia debiera encargarse de ellos…</p>
<p>Pero nuestra genuina necesidad es de verdaderos soñadores, de hombres y mujeres que nos relaten esas ilusiones que nos permitan seguir remando en el día a día. Que nos inviten a imaginar un Chile respetuoso y cariñoso. Un país donde podamos mirarnos a los ojos y no desviar la mirada por el miedo, la rabia o la desconfianza. Sueños que alimenten el espíritu de un país cansado que necesita mucho más que la promesa del dinero.</p>
<p>*Fuente: <strong><a href="http://radio.uchile.cl/2017/11/24/se-buscan-sonadores-habra-recompensa/">Diario UdeChile</a></strong></p>
</div>
</div>
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