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		<title>Reichsbürgergesetz o el grave peligro de gobernar con listas negras</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 14 Jun 2026 21:44:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Fascismo]]></category>
		<category><![CDATA[Represión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>14 de junio de 2026 La democracia no se destruye sólo con golpes de Estado. Puede erosionarse lentamente clasificando personas y reduciendo sus derechos en nombre del orden, la...</p>
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<div class="twp-author-desc">14 de junio de 2026</div>
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<p>La democracia no se destruye sólo con golpes de Estado. Puede erosionarse lentamente clasificando personas y reduciendo sus derechos en nombre del orden, la seguridad o la convivencia. La historia muestra que las formas más graves de persecución pueden comenzar clasificando a las personas: peligrosas, indeseables, incívicas, antisociales, sospechosas o incompatibles con el interés nacional.</p>
<p>El nazismo no persiguió sólo a judíos, ni comenzó matándolos en masa. En 1935, en pleno auge, el Parlamento aprobó la <em>Reichsbürgergesetz</em> (Ley de Ciudadanía del Reich). Esta ley dividió a la población entre ciudadanos con plenos derechos y “súbditos del Estado”. Junto con otras leyes, medidas administrativas y acciones policiales, generó un sistema de clasificación, exclusión y persecución por razones sociales, culturales, políticas o raciales.</p>
<p>El nazismo no persiguió solamente a quienes cometían delitos. Persiguió identidades, ideas, orígenes, condiciones sociales y formas de vida. Los migrantes, los homosexuales o los discapacitados eran vistos como “anomalías” o cargas para el Estado. Bastaba con ser socialdemócrata o liberal, pensar diferente o defender derechos, no hacía falta ser comunista. También los intelectuales, periodistas y artistas que no se alinearan con el régimen. Peor aún si se era judío o descendiente de judío.</p>
<p>Si un individuo era clasificado en alguna de estas categorías, poco a poco le fueron quitando derechos sociales, se le impusieron prohibiciones en ciertos trabajos, se anularon derechos políticos y hasta se le arrebató la vida misma.</p>
<p>A esta advertencia sobre hasta dónde puede degradarse un Estado democrático, se suma la propia historia social de Chile, atravesada también por discriminaciones culturales, listas negras, exclusiones administrativas y castigos políticos.</p>
<p>Tras la Guerra Civil de 1891, la derrota política y militar balmacedista se tradujo en castigos administrativos y económicos. Militares y civiles vinculados al bando derrotado fueron apartados de sus cargos, privados de ingresos, pensiones o posibilidades de continuidad laboral.</p>
<p>La pasada dictadura cívico–militar, además de las violaciones más atroces de los derechos humanos, utilizó la burocracia como arma de represalia. Se crearon listas para expulsar estudiantes; despedir funcionarios o periodistas; prohibir el ejercicio de algunas profesiones o recibir beneficios fiscales como pensiones. Se han documentado al menos 157 mil personas afectadas por estas medidas. El <strong>Decreto Ley N°604 de 1974 facultó al régimen prohibir el</strong> ingreso al país a una lista de al menos 80 mil chilenos, cuyos pasaportes eran <strong>marcados </strong>con una “L”.</p>
<p>Todas esas formas de exclusión produjeron vidas interrumpidas, familias separadas, trabajos perdidos, carreras truncadas, proyectos destruidos y derechos negados.</p>
<p>Aunque luego tuvieron que ser reconocidas y corregidas, la historia amenaza con repetirse con la pretensión de generar una “ley de incivilidades y vandalismo” que estigmatice a las personas y las excluya de derechos.</p>
<p>Mientras el debate se centre en la evidente <strong><em>aberración jurídica</em></strong> de esa pretensión, nos perdemos de lo fundamental. El punto no es si se trata de delitos o faltas penales ya existentes. Ni qué autoridad decreta la incivilidad, bajo qué procedimiento, o si es posible revertir la pena. Ni quién puede acusar y dar origen a la inclusión en la lista. Tampoco está en el fondo del asunto si nos irrita que una manifestación interrumpa el tráfico, si un grafiti nos ofende o si en ese contexto se generaron daños a la propiedad privada y pública.</p>
<p>No se trata del rechazo a lo que, con buenas razones, puede incomodar, desagradar y afectar de diversas formas.</p>
<p>Nos perdemos de lo fundamental porque el fondo del asunto no es jurídico–formal, ni si ciertas conductas son reprochables o no. El centro del tema es otro.</p>
<p>Una cosa es sancionar hechos concretos conforme a la ley. Pero esta iniciativa no trata de sancionar X o Y hecho punible, puesto que muchos de ellos ya son delitos o faltas. Otra cosa es que el Estado genere una lista que sume a las sanciones establecidas la privación de ciertos derechos, estigmatice a un sector de la sociedad y la divida entre ciudadanos civilizados y vándalos.</p>
<p>Cuando un Estado, invocando la seguridad, la tranquilidad, el orden y el respeto a la autoridad, clasifica a las personas para privar derechos y estigmatizarlas, la frontera entre orden y persecución desaparece. Y el paso de un régimen democrático a uno autoritario se acelera.</p>
<p>Desde su origen, esta medida tiene un sentido político, especialmente después del estallido social. No busca simplemente proteger el orden público: busca preservar el orden económico profundamente concentrado y excluyente. Es una herramienta para limitar la movilización social, debilitar la protesta, <em>disciplinar</em> a los manifestantes y advertir al resto de la sociedad cuál es el costo de desafiar el modelo vigente.</p>
<p>Como si no fuera evidente el <strong><em>sentido social discriminatorio, </em></strong>basta con imaginar el apoyo que daría el poder económico, mediático y político a una <strong><em>lista de ilicitudes y colusiones. </em></strong>Una lista que<strong><em> agregue</em></strong> a sus sanciones (como las clases de ética, por ejemplo), la pérdida del pasaporte, la licencia de conducir, la prohibición de comprar o vender propiedades o acciones en la bolsa, o –mejor aún– la prohibición de ejercer cargos públicos.</p>
<p>El Estado tiene el deber de prevenir y perseguir delitos y faltas, así como garantizar el orden público. Debe sancionar hechos de acuerdo con la Ley. También tiene la obligación de garantizar la disidencia, respetar la organización social y la protesta. En un Estado democrático el derecho a organizarse, reclamar, manifestarse, no es un exceso a tolerar: es parte esencial del respeto a la existencia de ciudadanos.</p>
<p>La historia enseña que las listas negras no empiezan declarando su propósito. Se apoyan  en prejuicios, agravios y temores o simplemente en la indiferencia, porque “<em>a mí no me afecta</em>”. Lo que empieza como criterios, requisitos y exclusiones, termina en la persecución de un Estado autoritario.</p>
<p>Chile conoce demasiado bien ese camino. Es tiempo que la autoridad se ocupe del negocio del crimen organizado e incentive la convivencia, no la <span style="font-size: 12px;">polarización. Es tiempo que la sociedad diga no a las listas negras.</span></p>
<p><span style="font-size: 12px;">-El autor, <strong>Raúl Martínez,</strong> es Cientista Social.</span></p>
<p>Santiago, 7 de junio de 2025.</p>
<p>*Fuente: <a href="https://cronicadigital.cl/reichsburgergesetz-o-el-grave-peligro-de-gobernar-con-listas-negras/">Crónica Digital.</a></p>
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