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	<title>monseñor oscar romero &#8211; piensaChile</title>
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		<title>El legado de Monseñor Romero mártir</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 19 Oct 2018 02:30:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teología de la Liberación]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Quien defiende a pobres y oprimidos debe estar dispuesto a ser matado, lo que ocurre de diversas formas, todas las cuales participan, análogamente, en que arrebatan vida. Lo importante, sin embargo, es la tesis, que Ellacuría repetía con toda claridad al pensar en concreto en la identidad de una universidad de inspiración cristiana. Decía que si una universidad sufre persecución, algo o mucho ha hecho de lo que tenía que hacer. Y más claramente, si no sufre persecución alguna no ha hecho lo que tenia que hacer. No ha defendido a los oprimidos.</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2018/10/18/el-legado-de-monsenor-romero-martir/">El legado de Monseñor Romero mártir</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El cambio en el título de esta conferencia, “el legado de Monseñor Romero mártir” en lugar de “el legado de los mártires”, se debe a que ustedes acaban de visitar el lugar donde Monseñor vivió y fue asesinado, y el lugar en el que está enterrado. Y se debe también a la cercanía de su canonización, aunque esto no sea decisivo para hablar del legado de Monseñor en este congreso,</p>
<p>Antes de empezar he de decir que varias ideas de mi exposición, a veces párrafos enteros, ya han sido publicadas recientemente, sobre todo en la <em>Revista Latinoamericana de Teología.</em> La razón para usar ahora lo ya publicado son las innumerables peticiones de hablar y escribir sobre Monseñor Romero que estos días me han llegado de muchas partes. No he tenido tiempo para más, sino para repetir, actualizándolos, algunos textos. Y sin más, comenzamos.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>I</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>El legado. Monseñor Romero y Jesús de Nazaret</strong></p>
<p>Por <em>legado</em> no entiendo una <em>herencia</em>, bien o mal adquirida, que pasa de unos a otros, sino algo de entidad importante que se nos ha impuesto. <em>Legados</em> no aparecen a voluntad, ni calculadamente, pero cuando surgen traen consigo la exigencia de poner a producir su contenido, y también la exigencia de que este sea transmitido.</p>
<p>Monseñor Romero nos dejó un legado. Y para decirlo desde el principio <em>su legado es su misma realidad, lo que él fue y lo que él hizo. Y eso es lo que hay que poner a producir</em>. Hoy es tan útil y necesario como lo fue en tiempo de Monseñor.</p>
<p>Con estas palabras estoy actualizando muy sucintamente al hablar de monseñor Romero lo que en los Hechos de los apóstoles Pedro dijo en casa de Cornelio, centurión romano y hombre de bien, cuando le pidieron  hablar de Jesús de Nazaret.</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Ustedes ya conocen lo sucedido por toda Galilea y Judea”, comenzó. Y esto se aplica en buena medida al conocimiento que ustedes tienen de Monseñor Romero. Pedro prosiguió narrando lo fundamental de la vida de Jesús: “pasó haciendo el bien, sanando a los poseídos por el Diablo”. Dio la razón: “porque Dios estaba con él”. Y concluyó narrando su destino: “le dieron muerte colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó”.</p>
<p>Ese esquema de <em>vida y destino </em>de Jesús me viene a la mente al recordar a Monseñor Romero. Sin forzar las cosas, y con todas las analogías del caso, voy a exponer quién fue Monseñor Romero y cuál fue su destino. Para ello voy a usar las palabras de <em>un campesino</em> y de <em>un teólogo ilustrado</em>. El campesino dijo: “Monseñor dijo la verdad. Nos defendió a nosotros de pobres. Y por eso lo mataron”. Ignacio Ellacuría dijo: “Con monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. Quizás ya han escuchado estas palabras, pues las repito con frecuencia. Pero ahora no tengo nada mejor que ofrecer.</p>
<p><a href="http://piensachile.com/wp-content/uploads/2018/07/IMG_20180716_140052.jpg"><img loading="lazy" class=" wp-image-42001 aligncenter" src="http://piensachile.com/wp-content/uploads/2018/07/IMG_20180716_140052-300x148.jpg" alt="" width="636" height="314" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><strong>II</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Las palabras de un campesino</strong><strong> </strong></p>
<ul>
<li><strong>“Monseñor Romero dijo la verdad”</strong></li>
</ul>
<p>Monseñor fue <em>decidor </em>de la verdad, <em>estuvo poseído </em>por ella y la dijo <em>con pathos</em>. Cuando la realidad era buena para los pobres, Monseñor decía la verdad como evangelio, <em>buena noticia, </em>con exultación y gozo. Cuando la realidad era mala, opresión y represión, crueldad, muerte -especialmente para los pobres- y miseria, Monseñor decía la verdad como <em>mala noticia</em>, con denuncia y desenmascaramiento, y la decía con dolor. Lleno de verdad, Monseñor fue evangelizador entrañable y profeta insobornable.</p>
<p>Decir que monseñor Romero fue “decidor” de la verdad puede parecer abstracto y poca cosa en comparación con otras cosas que hizo. Pero por ahí comenzó el campesino, y pienso que por buenas razones.</p>
<p>Como “decidor de la verdad”, monseñor Romero emitió juicios sobre la realidad, toda ella. Dejó que <em>la realidad tomara la</em> <em>palabra </em>(Karl Rahner), y él tuvo la honradez de hacer pública esa palabra que era pronunciada por la misma realidad. Aquí está la raíz del impacto de la palabra de Monseñor. Y dado el lamentable estado en que entonces estaba la verdad en el país -y dudo que hayamos mejorado mucho- el impacto fue inmenso.</p>
<p>Como inmenso sería hoy el impacto si Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, Estados Unidos, la Unión Europea, las instituciones eclesiásticas y religiosas, las universidades, también las megaempresas del deporte de élite, dejasen que la realidad de nuestro mundo tomara la palabra y dijese su verdad.<strong>  </strong></p>
<p>Algunos podrán atenuar este juicio aduciendo que algo hemos mejorado en <em>libertad de expresión</em>, pero eso no implica mejorar en <em>voluntad de verdad</em>, que era la actitud fundamental de Monseñor.</p>
<p>En la tradición bíblica “decir verdad” es un imperativo que viene de lejos. Y de lejos viene también cuán peligroso es el ámbito en que se mueve la verdad. “El maligno es asesino y mentiroso”, dice el evangelio de Juan (8, 44). Primero da muerte y después la encubre. Y positivamente, en consonancia con lo que Puebla dice que hace Dios (n.1142), como veremos más adelante, Monseñor captó que la finalidad última del <em>decir verdad</em> consistía en <em>defender al pobre</em>.</p>
<p>Desde estas convicciones Monseñor Romero dijo la verdad de forma nunca conocida en el país, ni antes ni después -aunque el Padre Ellacuría también la dijo poderosa y audazmente. Monseñor la dijo <em>vigorosamente, </em>pues se remitía a lo más básico y fundamental: “nada hay tan importante como la vida humana, sobre todo la vida de los pobres y oprimidos” (16 de marzo, 1980). Y si no recuerdo mal, en Puebla le dijo a Leonardo Boff: “ustedes, teólogos, ayúdennos a defender lo mínimo que es el máximo don de Dios: la vida”.</p>
<p>Dijo la verdad <em>extensamente</em>, para poder decir “toda” la verdad -y sus homilías podían durar una hora. La dijo <em>públicamente</em>, “desde los tejados”, como pedía Jesús, en catedral y a través de la YSAX. Dijo la verdad <em>popularmente</em>, aprendiendo muchas cosas del pueblo, de modo que, sin saberlo, los pobres y los campesinos eran en parte coautores de sus homilías y cartas pastorales. “Entre ustedes y yo hacemos esta homilía” (16 de septiembre, 1979). “Ustedes y yo hemos escrito la cuarta carta pastoral” (6 de agosto de 1979). Y formuló notables sentencias sobre su relación con el pueblo para decir verdad. “Siento que el pueblo es mi profeta” (8 de julio, 1979). “Hicimos una reflexión tan profunda que yo creo que el obispo siempre tiene mucho que aprender de su pueblo” (9 de septiembre de 1979).</p>
<p>Y fue también <em>popular</em> pues Monseñor respetaba y apreciaba la “razón”, el discurrir del pueblo, de la gente sencilla. Y evitaba con éxito dar pasos hacia la infantilización religiosa, peligro que suele ser normal en la pastoral.</p>
<p>Diciendo la verdad en homilías dominicales y en cartas pastorales Monseñor <em>pasó haciendo el bien</em>. Y adelantándome un poco, a Monseñor no lo mataron simplemente por <em>defender </em>la verdad, sino por <em>decirla.</em> De ahí que me agrada la expresión: “Monseñor decidor de la verdad”.</p>
<ul>
<li><strong>Nos defendió a nosotros de pobres”</strong></li>
</ul>
<p>En América Latina, y ciertamente en El Salvador, creo que suficiente gente ha hecho una “opción por los pobres”. En el lenguaje de la jerarquía esta se ha convertido en una expresión  aceptada, y bien podemos decir que ya pertenece a la <em>ortodoxia </em>eclesiástica, también con el peligro de toda ortodoxia: que las aristas sean limadas y que lo fundamental llegue  a desleírse.</p>
<p>No quiero minusvalorar las cosas bien dichas en Puebla sobre pobres y pobreza, sobre todo la sobrecogedora letanía de los rostros de pobres (n. 32-39), su multitud (n. 29), sus causas estructurales y sus exigencias (n. 30). Pero dicho esto voy a insistir en una comprensión más precisa de la opción, que aparece en la formulación <em>teologal</em> que hace Puebla, es decir, <em>qué y cómo hace Dios su opción por los pobres</em>, lo cual en mi opinión no suele tenerse muy en cuenta. Intentarlo puede parecer audaz, incluso arrogante. Pero Puebla tuvo esa audacia, sin ninguna arrogancia. Dice en el n. 1142:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios, para ser sus hijos, esta imagen está ensombrecida y aun escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los ama“.</p>
<p>“Amar a los pobres” es esencial a la opción, ciertamente, pero el amor tiene muchas formas de expresarse. Hoy, <em>amar</em> es <em>ayudar a hambrientos y presos</em>, <em>acoger a refugiados</em>, <em>devolver dignidad y reparación a víctimas de pederastia</em>. Sin embargo, en ese amar falta todavía algo esencial: <em>Dios defiende a pobres y víctimas</em>. Y al menos en la formulación, con prioridad a otros dimensiones del amor.<strong> </strong></p>
<p><a href="http://piensachile.com/wp-content/uploads/2018/07/Pueblo-de-Dios-2.jpg"><img loading="lazy" class=" wp-image-41912 aligncenter" src="http://piensachile.com/wp-content/uploads/2018/07/Pueblo-de-Dios-2-300x112.jpg" alt="" width="536" height="200" /></a></p>
<p>El campesino sí entendió bien la opción por los pobres de monseñor Romero.  “Nos defendió a nosotros de pobres”. Estas palabras no suelen ser muy usadas al hablar de monseñor Romero, pero son fundamentales para hablar de la opción de Dios. Pienso que el campesino no tenía en mente a Puebla, pero le atinó. Captó intuitivamente, y habló con precisión. “Monseñor nos defendió a nosotros, de pobres”. No tengo nada que añadir a esta solemne sentencia del campesino. Ni al lenguaje que usó: nos defendió a nosotros “de pobres”, es decir a nosotros “que somos pobres”. Monseñor<em> defendió </em>a los pobres y oprimidos del país<em>. No sólo optó </em><em>por ellos</em>.</p>
<p>Ese<em> defender </em>significó<em> impulsar </em>la <em>organización popular</em> y el <em>Socorro Jurídico</em> para defender a campesinos y víctimas de quienes les oprimían y reprimían. Cuando arreció la represión abrió <em>las puertas del seminario</em> <em>central San José de la Montaña</em> para acoger, y así defender, a los campesinos que huían de Chalatenango -lo que por cierto disgustó a varios obispos. Y ciertamente, semana tras semana, defendió a pobres y víctimas con la verdad que proclamaba públicamente en sus homilías. Es claro, pues, que <em>Monseñor defendía al oprimido.</em></p>
<p>Pero también hay que entender lo que implica <em>defender</em>. <em>Defender</em> supone <em>enfrentarse a </em>y, cuando es necesario,<em> luchar contra los que</em> <em>agreden</em>, <em>empobrecen, persiguen, oprimen y reprimen</em>. Por defender a los pobres Monseñor se enfrentó con los que mienten y asesinan, fuesen personas, instituciones o estructuras. Y la suya fue una defensa <em>primordial</em>, que iba mucho más allá de lo que convencionalmente se suele entender por “<em>defender un caso” </em>con la finalidad,<em> además,</em> de “<em>ganar un caso</em>”, como aparece con frecuencia en programas de televisión. <em>Ganar él un caso</em>, nunca fue la perspectiva de Monseñor, obviamente. Trabajaba y luchaba para que <em>ganase la realidad maltrecha</em>, <em>la justicia y la verdad</em>. Más a fondo, trabajaba y luchaba para que <em>alguna vez no perdiesen los de siempre</em>.</p>
<p>Voy a recordar un momento en que <em>defender</em> le llevó a <em>enfrentarse</em> directamente con la Corte Suprema de Justicia. Esta le había emplazado públicamente a que dijese los nombres de “los jueces que se venden”, que Monseñor habría denunciado en su homilía dominical. Los asesores de Monseñor estaban asustados, y no sabían cómo Monseñor iba a salir con bien ante tal emplazamiento.</p>
<p>Monseñor no se alteró. En la homilía siguiente aclaró en primer lugar que él no había dicho “jueces que se venden”, sino “jueces venales”. Pero no se entretuvo en <em>si dije o no dije esto o aquello</em>, que poco importaba, sino que sin más miramientos fue al fondo de la cuestión.</p>
<p style="padding-left: 60px;">«¿Qué hace la Corte Suprema de Justicia? ¿Dónde está el papel transcendental en una democracia de este poder que debía estar por encima de todos los poderes y reclamar justicia a todo aquel que la atropella?  Yo creo que gran parte del malestar de nuestra patria tiene allí su clave principal, en el presidente y en todos los colaboradores de la Corte Suprema de Justicia, que con más entereza deberían exigir a las cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esta palabra sacrosanta, <em>la justicia</em>, que de verdad sean <em>agentes de justicia</em>” (30 de abril, 1978)».</p>
<p>Por último, Monseñor fue <em>defensor del pobre con todo lo que era y tenía</em>. Cinco días antes de ser asesinado, a un periodista extranjero que le preguntaba cómo era posible, en situación tan difícil, ser solidarios con el pueblo salvadoreño le contestó: <em>“El que no pueda hacer otra cosa que rece”. </em>Hagan lo que puedan, pero <em>hagan</em>, <em>hagan todo lo que puedan</em>, vino a decir<em>. </em>Y añadió la razón para ese hacer <em>necesario </em>de quienquiera que quiera ser humano.<em> “Y no olviden que somos hombres </em>[…]<em> Y que aquí están sufriendo, muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas”</em>.</p>
<p>Seis semanas antes de ser asesinado, en la Universidad de Lovaina, con gran naturalidad, elevó lo humano amenazado,empobrecido y agredido a realidad teologal. Introdujo al pobre en el ámbito de Dios: “<em>la gloria de Dios es que el pobre viva”. </em>Defender al pobre es defender a Dios. En palabras de Gustavo Gutiérrez también se podría decir es <em>practicar a Dios.</em></p>
<ul>
<li><strong>“Y por eso lo mataron”</strong></li>
</ul>
<p>El lenguaje de <em>mártires</em> en el mundo del buen vivir y del querer vivir bien produce extrañeza, incluso repulsión. Entre nosotros, después de Rutilio, Romero, las cuatro hermanas estadounidenses, y miles y miles de hombres y mujeres sencillas que fueron matados inocente y la mayoría de ellos indefensamente, aunque suene a paradoja también puede produce luz, ánimo y agradecimiento. Pero eso no debiera llevar a que el término “mártir” pierda su vigor material primario, ni siquiera insistiendo -y en mi opinión reduciéndolo- a <em>ser</em> <em>testigo</em>. Hay testigos honrados, íntegros, que no son matados. Los <em>mártires</em> son ante todo seres humanos que, por defender a personas y causas justas y necesarias, <em>son</em> <em>matados</em>. Remiten ante todo al Jesús <em>matado</em> en la cruz.</p>
<p>En este contexto las palabras finales del campesino son muy importantes. No dice “y lo mataron”, sino que precisa estupendamente <em>“y por eso </em>lo mataron”. Ese “<em>eso”</em> es lo que ha dicho antes: “<em>nos defendió</em> a nosotros de pobres”</p>
<p>Siempre hay razones para ser matado martirialmente. El mismo Monseñor, cuando asesinaron al padre Rafael Palacios dijo en la homilía de su funeral: “se mata al que estorba”. Por aquellos años, en 1975, la Congregación General XXXII pidió a los jesuitas “introducirse en la lucha crucial de nuestro tiempo, la lucha por la fe y la lucha por la justicia que esa misma fe exige”. Y los padres de la Congregación añadieron sabiamente: “no haremos esto sin pagar un precio”. Hacer justicia es <em>estorbar</em>, y <em>ser matado</em> es pagar un precio.</p>
<p>Quien defiende a pobres y oprimidos debe estar dispuesto a ser matado, lo que ocurre de diversas formas, todas las cuales participan, análogamente, en que arrebatan vida. Lo importante, sin embargo, es la tesis, que Ellacuría repetía con toda claridad al pensar en concreto en la identidad de una universidad de inspiración cristiana. Decía que si una universidad sufre persecución, algo o mucho ha hecho de lo que tenía que hacer. Y más claramente, si no sufre persecución alguna no ha hecho lo que tenia que hacer. No ha defendido a los oprimidos.</p>
<p>Monseñor Romero era consciente de que lo podían matar. Un mes antes de ser asesinado, haciendo Ejercicios de san Ignacio, le manifestó a su confesor, el Padre Azkue “el miedo a una muerte violenta”. De hecho, Monseñor vivió  tres años de muerte anunciada. Estallaron bombas en templos, en el seminario, en residencias de religiosos y religiosas, en colegios católicos, en la UCA. Hubo atentados en importantes lugares de trabajo de la arquidiócesis, como la imprenta y la emisora YSAX. Y hubo frecuentes cateos en viviendas e instituciones. Especialmente dolorosos y premonitorios tuvieron que ser los asesinatos de seis sacerdotes, cinco diocesanos y un jesuita. Su muerte estaba <em>anunciada</em>.</p>
<p>También durante tres años tuvo que pagar el precio de sufrir el odio de los poderosos. Un matutino en letras grandes decía en primera plana: “Monseñor Romero vende su alma al diablo”. Y en otra ocasión: “Harán un exorcismo a monseñor Romero”. No le perdonaban lo que hacía ni lo que decía. En un arrebato cristiano Monseñor dijo una vez con cierto gracejo: “Si Jesucristo hubiera sido el arzobispo de San Salvador en esta hora, le lloverían mucho más que a mí los insultos, las calumnias” (5 de diciembre, 1977).</p>
<p>Y con total seriedad, en los Ejercicios que acabo de mencionar, tras la meditación sobre el seguimiento de Cristo &#8211;<em>el rey eternal</em>&#8211; Monseñor escribió su oblación a Jesucristo usando las palabras de san Ignacio:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Eterno señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante vuestra infinita bondad y delante vuestra Madre gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado”.</p>
<p>Monseñor Ricardo Urioste, su vicario general recientemente fallecido, solía repetir que “Monseñor Romero fue el salvadoreño más querido y el más odiado”. Es claro que ha sido el más querido, quien ha proporcionado alegría y dignidad al pueblo. Y es claro que le odiaron mucho muchos: potentados, opresores y victimarios, escuadrones de la muerte, militares y cuerpos de seguridad, gobernantes y políticos, los de casa y los del imperio del norte, muchos medios de comunicación social y algunos miembros de la jerarquía, aquí y en Roma.</p>
<p>Pero Monseñor no devolvió mal por mal, y nunca odió a quienes le odiaban. La razón no era <em>practicar la virtud de la ascesis</em>, tal como se nos recomendaba o exigía en los seminarios y noviciados, sino <em>no poder ser de otra manera</em>. En la homilía del 10 de septiembre de 1978 se dirigió “<em>a mis queridos hermanos que me odian</em>”:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Queridos hermanos, sobre todo ustedes queridos hermanos que me odian; ustedes mis queridos hermanos que creen que yo estoy predicando la violencia  y me calumnian y saben que no es así; ustedes que tienen las manos manchadas de crimen, de tortura, de atropello, de injusticia: ¡conviértanse! Les quiero mucho, me dan lástima porque  van por caminos de perdición”.</p>
<p>Y muy poco antes de su muerte dijo en la homilía del 16 de marzo: “Me da más lástima que cólera cuando me ofenden y me calumnian. Que sepan que no guardo ningún rencor, ningún resentimiento”. Y a un periodista dijo las  siguientes palabras que son muy citadas, aunque a veces se discuta su autoría. “Puede usted decir, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá, sí se convenzan que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”. Ya he dicho que algunos dudan de que estas sean palabras textuales de Monseñor. Puede ser. De lo que no tengo duda es que son palabras muy coherentes con otras que ciertamente dijo Monseñor. Y sobre todo con lo que Monseñor Romero llevaba en su corazón y decía ante su Dios.</p>
<p>Yo pienso que Monseñor pudo cargar con el odio de unos contra él porque él cargó con el sufrimiento de los pobres, los oprimidos, las víctimas. Y con su amor, ellos cargaron con él. Quien ama y es amado así no puede odiar a nadie. Sólo puede amar a todos.</p>
<p>Retorno a la oblación de Monseñor. Después de escribir su oblación con las palabras de san Ignacio continuó escribiendo con las suyas propias su ofrecimiento a Cristo. El final es entrañable y sorprendente. Las palabras expresan sencillez y esperanza exquisitas</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Así concreto mi consagración al corazón de Jesús, que fue siempre fuente de inspiración y alegría cristiana en mi vida. Así también pongo bajo su providencia amorosa toda mi vida y acepto con fe en Él mi muerte por más difícil que sea. Ni quiero darle una intención como lo quisiera por la paz de mi país y por el florecimiento de nuestra Iglesia […] porque el corazón de Cristo sabrá darle el destino que quiera. Me basta para estar feliz y confiado saber con seguridad que en Él está mi vida y mi muerte, que a pesar de mis pecados en Él he puesto mi confianza y no quedaré confundido <em>y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la Patria</em>”.</p>
<p>Termino esta primera parte de mi exposición con estas breves y emblemáticas palabras del mismo Monseñor. “Hay  que convertirse, queridos hermanos; yo el primero” (11 de noviembre de 1979). “¡Qué hermoso es ser cristiano! De veras, es abrazar la palabra de Dios encarnada, hacer suya la fuerza de salvación, tener esperanza, aun cuando todo parece perdido” (16 de julio, 1978). “Mi voz desaparecerá, pero mi palabra, que es Cristo, quedará en los corazones que la hayan querido acoger” (17 de diciembre de 1978).</p>
<p>No sé qué pensará el campesino sobre estas reflexiones. Pero para conocer el legado de Monseñor Romero y ponerlo a producir me encanta repetir sus sabias palabras. <em>«Monseñor dijo la verdad. Nos defendió a nosotros de pobres. Y por eso lo mataron.</em></p>
<p style="text-align: center;"><strong>III              </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Las palabras de Ignacio Ellacuría</strong><strong> </strong></p>
<p>El campesino habló sobre qué hizo Monseñor y sobre su destino. Ellacuría las hubiese aceptado totalmente, y por su cuenta añadió otras dos cosas, una explícita y otra implícitamente. Al hablar de lo que <em>él decía</em> sobre Monseñor Romero insistió en la <em>estrecha relación de Monseñor con Dios</em>. Y aunque no habló explícitamente de ello, es evidente que Monseñor Romero le causó un gran <em>impacto</em> que le cambió hondamente..<strong>                               </strong></p>
<ul>
<li><strong>“Difícil hablar de Monseñor Romero sin hablar de Dios”</strong>.</li>
</ul>
<p>Ellacuría escribió una vez que “es difícil hablar de Monseñor Romero sin verse forzado a hablar del pueblo”. Y así lo hizo él. Siguiendo esa misma lógica, es decir, teniendo en cuenta las exigencias que imponía la realidad del mismo Monseñor Romero para hablar de él adecuadamente, decimos nosotros ahora que para Ellacuría fue “difícil hablar de Monseñor Romero sin verse forzado a hablar de Dios”.</p>
<p>He encontrado <em>tres textos</em> en los que Ellacuría relaciona a Monseñor Romero explícitamente con <em>Dios</em>. El primero es de los inicios del ministerio arzobispal de Monseñor en la carta que escribió a Monseñor Romero el 9 de abril de 1977, carta espléndida que he publicado varias veces. El segundo está en un artículo que le pidió la revista <em>Razón y Fe</em> pocos meses después del asesinato de Monseñor. El tercero, el más conocido, son las palabras que pronunció en la homilía de la misa del funeral de Monseñor en la UCA.</p>
<p>En cada uno estos tres textos de Ellacuría aparece <em>la relación entre Monseñor Romero y Dios</em> en una <em>afirmación teologal breve y lapidaria</em>. A estas Ellacuría añade <em>afirmaciones explicativas. </em></p>
<p>Lo que voy a decir a continuación recoge en lo sustancial mi exposición ante un grupo de estudiosos de Ellacuría que en el 2013 se reunieron en San Salvador. Me invitaron a hablar sobre Ellacuría sin indicarme un tema determinado. Yo elegí hablar sobre <em>la fe de Ellacuría</em>. Y para hacerlo de forma concreta e histórica les hablé del <em>impacto de Monseñor Romero en Ignacio Ellacuría</em>. En primer lugar, veamos y analicemos los tres textos mencinados.</p>
<ol>
<li><strong> “He visto en la acción de usted <em>el dedo de Dios”</em></strong></li>
</ol>
<p>“Desde este lejano exilio quiero mostrarle mi admiración y respeto”. Así comienza la carta que escribió a Monseñor Romero el 9 de abril de 1977 desde su exilio en Madrid. Y añade tres razones explicativas para que la expresión “<em>he visto en la acción de usted el dedo de Dios”</em> no quedase reducida a acompañamiento meramente literario.</p>
<p>«El <em>primer</em> aspecto que me ha impresionado es el de <em>su espíritu evangélico</em> [&#8230;] Usted inmediatamente percibió el significado limpio de la muerte del padre Grande, el significado de la persecución religiosa y respaldó con todas sus fuerzas ese significado. Eso muestra su fe sincera y su discernimiento cristiano».</p>
<p>“Tuvo el acierto de oír a todos, pero acabó decidiendo por lo que parecía a ojos prudentes lo más arriesgado. En el caso de la única misa, de la supresión de las actividades de los colegios, de su firme separación de todo acto oficial, etc., <em>supo discernir dónde estaba la voluntad de Dios y supo seguir el ejemplo y el espíritu de Jesús de Nazaret».</em> Es el <em>segundo</em> aspecto.</p>
<p>«El <em>tercer</em> aspecto es que usted ha hecho Iglesia y ha hecho unidad en la Iglesia. Bien sabe usted lo difícil que es hacer esas dos cosas hoy en San Salvador. Pero la misa en la catedral y la participación casi total y unánime de todo el presbiterio, de los religiosos y de tanto pueblo de Dios muestran que en esa ocasión se ha logrado. No ha podido entrar usted con mejor pie a hacer Iglesia y a hacer unidad en la Iglesia dentro de la arquidiócesis. No se le escapará que esto era difícil. Y usted lo ha logrado. Y lo ha logrado no por los caminos del halago o del disimulo, sino por el camino del Evangelio: siendo fiel a él y siendo valiente con él. Pienso que mientras usted siga en esta línea y tenga como primer criterio el espíritu de Cristo martirialmente vivido, lo mejor de la Iglesia en San Salvador estará con usted y se le separarán quienes se le tienen que separar. En la hora de la prueba se puede ver quiénes son fieles hijos de la Iglesia, continuadora de la vida y de la misión de Jesús, y quiénes son los que se quieren servir de ella».</p>
<p>En este modo de actuar de Monseñor, Ellacuría vio “<em>el dedo de Dios</em>”. Desconozco por qué uso estas últimas palabras, pero lo más importune es que Monseñor Romero hizo que Ellacuría “se viese forzado a hablar de <em>Dios</em>”. El <em>hacer</em> de Monseñor le hacía ver el <em>hacer</em> de <em>Dios</em>.</p>
<ol start="2">
<li><strong> “Monseñor Romero fue <em>un enviado de Dios</em> para salvar a su pueblo” </strong></li>
</ol>
<p>“<em>Monseñor Romero, un enviado de Dios</em>”. Como el campesino Ellacuría menciona el martirio de monseñor Romero con aprecio y admiración, y se detiene en describirlo. «Un 24 de marzo, caía ante el altar monseñor Romero. Bastó con un tiro al corazón para acabar con su vida mortal. Estaba amenazado hacía meses y nunca buscó la menor protección. Él mismo manejaba su carro y vivía en un indefenso apartamento adosado a la iglesia donde fue asesinado. Lo mataron los mismos que matan al pueblo, los mismos que en este año de su martirio llevan exterminadas cerca de diez mil personas, la mayor parte de ellas jóvenes, campesinos, obreros y estudiantes, pero también ancianos, mujeres y niños que son sacados de sus ranchos y aparecen poco después torturados, destrozados, muchas veces irreconocibles”<strong>.</strong></p>
<p>En el artículo que cito, Ellacuría comienza con la pasión, y a continuación se pregunta qué había hecho en su vida monseñor Romero. En formulación concentrada, muy querida para Ellacuría dice: «<em>lo que hizo monseñor fue traer salvación a su pueblo”</em>. “No trajo salvación como un líder político, ni como un intelectual, ni como un gran orador». Se puso a anunciar y realizar el Evangelio con plena encarnación y en toda su plenitud, puso a producir la fuerza histórica del Evangelio. Comprendió “de una vez por todas” -dice Ellacuría con fuerza y criticando la ausencia habitual de lo que dirá a continuación- que la misión de la Iglesia es el anuncio y la realización del Reino de Dios, que pasa ineludiblemente por el anuncio de la Buena Nueva a los pobres y la liberación de los oprimidos. Monseñor buscó y trajo una salvación real del proceso histórico. Y habló a favor del pueblo “para que él mismo construyese críticamente un mundo nuevo, en el cual los valores predominantes fueran la justicia, el amor, la solidaridad y la libertad”.</p>
<p>Ellacuría vio en monseñor Romero don y gracia. “Fue un enviado”, dice, no mero producto de nuestras manos. Se convirtió -no para todos por igual- “en el gran regalo de Dios”. “Los sabios y prudentes de este mundo, eclesiásticos, civiles y militares, los ricos y poderosos de este mundo decían que hacía política. El pueblo de Dios, los que tienen hambre y sed de justicia, los limpios de corazón, los pobres con espíritu, sabían que todo eso era falso. Nunca habían sentido a Dios tan cerca, al espíritu tan aparente, al cristianismo tan verdadero, tan lleno de gracia y de verdad”.</p>
<p>“Todo ello le ganó el amor del pueblo oprimido y el odio del opresor. Le ganó la persecución, la misma persecución que sufría su pueblo. Así murió y por eso lo mataron. Por eso igualmente monseñor Romero se convirtió en un ejemplo excepcional de cómo la fuerza del Evangelio puede convertirse en fuerza histórica de transformación”.</p>
<ol start="3">
<li><strong> “Con Monseñor Romero<em> Dios </em>pasó por El Salvador”</strong></li>
</ol>
<p>Ellacuría pronunció estas palabras en la misa funeral de Monseñor Romero que celebramos en la UCA. En ellas quién era Monseñor para Ellacuría Monseñor alcanzó su punto culminante. Y con razón estas palabras son las más conocidas.</p>
<p>En estas palabras hay genialidad de pensamiento, y no conozco pastores ni teólogos, filósofos ni políticos, que conceptualicen y formulen realidades con tal radicalidad. Las palabras pueden extrañar y sorprender. Pudieran parecer en exceso abstractas, y, aunque teologales, quizás no suenen en exceso religiosas y piadosas. Pero debo confesar que para mí son verdaderas y son fructíferas. Al menos expresan más verdad y producen más frutos que otras que he escuchado sobre monseñor Romero. Me explico.</p>
<p>Ellacuría vio  en la historia de Monseñor una ultimidad y una radicalidad que, en ese grado, no encontró en ninguna otra realidad, aunque esas realidades fuesen la justicia, la verdad y la libertad, la democracia y el socialismo -en sus mejores momentos-, ni, que yo recuerde, en otras personas del pasado, por muy venerables que hubiesen sido. Vio que el paso de Dios en Monseñor producía bienes, personales y, novedosamente, sociales difíciles de conseguir, y una vez conseguidos, difíciles de mantener. Producía justicia sin ceder ante la injusticia, defensa y liberación de los oprimidos enfrentándose a sus opresores y esclavizadores. Producía compasión y ternura hacia los indefensos. Producía verdad sin componendas, no aprisionada por la mentira, ni por el peligro recurrente de ceder a lo políticamente correcto. Y mantenía una esperanza que no muere.</p>
<p>A Ellacuría, Monseñor le habló, por una parte, de un Dios de pobres y mártires, ciertamente, liberador, exigente, profético y utópico. En una palabra, le habló de lo que en Dios hay de “más acá”. Pero también le habló de lo que en Dios hay de inefable, no adecuadamente historizable, de lo que en Dios hay de “más allá”, de misterio insondable y bienaventurado.</p>
<p>Así vio a Dios en Monseñor Romero Ignacio Ellacuría Y a quien el término “Dios” le resulte extraño, piense en las siguientes palabras de Ellacuría: “Lo último de la realidad es el bien y no el mal”. Eso “último” es lo que con Monseñor Romero pasó por El Salvador.<strong> </strong></p>
<ul>
<li><strong>Cambio y conversión en Ignacio Ellacuría</strong></li>
</ul>
<p>Al hablar de Monseñor Romero Ellacuría tuvo que hablar de Dios por necesidad, y eso expresaba también un <em>cambio</em> en Ellacuría. El cambio fue tan radical que, a mi modo de ver, bien se puede y se deber usar la palabra <em>conversión para hacer justicia al cambio </em>-tal como lo hicimos al hablar de Monseñor Romero. Y en ambos casos hay una coincidencia sumamente significativa. Monseñor Romero se convirtió con el asesinato de Rutilio. Ignacio Ellacuría comenzó su proceso de conversión también con el asesinato de Rutilio junto con la reacción de Monseñor ante ese asesinato. Y alcanzó su culmen con el asesinato de Monseñor Romero.</p>
<p>Por lo que yo sé, del cambio-conversión de Ellacuría no se suele hablar mucho, aunque sí se suelen mencionar limitaciones y defectos de su persona por una parte, y después de su martirio se suele alabar de su persona en totalidad, sin reducirla a su inteligencia. Recuerdo que una vez escuché en la UCA a una mujer que, sin saber nada del Ellacuría magnífico intelectual, me dijo: “muerto el padre Rutilio Grande, vino Monseñor Romero. Y después de Monseñor Romero nadie ha hablado como el padre Ellacurría“. Esto lo he dicho muchas veces, pero no creo que se suele mencionar al hablar de Ignacio Ellacuría.</p>
<p>Si se me permite una pequeña digresión sobre este asunto es claro que Ellacuría cambió <em>en el modo de tratar a otras personas, </em>lo que a veces hacía con dureza y prepotencia<em>.  </em>Mencionaré dos ejemplos. A él mismo le oí contar que de estudiante jesuita tuvo discusiones fuertes con sus superiores, y recordaba su tensión con el rector del teologado de Innsbruck a comienzos de los sesenta. Victor Codina, jesuita y compañero suyo en Innsbruck, en un artículo que escribió después de su asesinato, con aprecio y agradecimiento, le recordaba como <em>el rey sol</em> de Innsbruck.</p>
<p>Cuando ya en Madrid estuvo con Zubiri preparando el doctorado en filosofía, al ver los revuelos que causaba Ellacuría entre los estudiantes de la universidad de Comillas, un jesuita en autoridad le dijo: “¿no ha pensado usted en dejar la Compañía?”. Ellacuría le contestó: “Yo no. ¿Y usted?”. Ellacuría podía ser tajante sin contemplaciones. Podía ser adusto. Y a veces, podía ser tan firme en sus convicciones y decisiones que se mostraba duro y prepotente.</p>
<p>Esto no quita que Ellacuría también podía ser buen amigo y aun cariñoso. Era dado a defender a los jesuitas cuando estos eran atacados por poderosos de derecha o cuando eran incomprendidos dentro de la Compañía por defender causas justas, lo que generaba alborotos al interior de las comunidades. Con los años, aunque no puedo poner fechas, en buena medida se fueron limando los excesos y las aristas de su temperamento, sobre todo su dureza y prepotencia</p>
<p>Mayor fue el cambio que se fue operando en él en la época en que vivió y trabajó en El Salvador entre finales de los sesenta y finales de los ochenta. Pienso que hubo dos épocas, siendo la segunda la de mayor profundidad personal.</p>
<p>En la primera época, de 1968 a 1977, Ellacuría, como ser humano, jesuita y cristiano, hizo una opción por los pobres, una opción radical por la justicia, y llevó a cabo una lucha contra la injusticia que empobrecía a las mayorías. Eso le llevó a defender públicamente, y con buenos argumentos, a Medellín y a la Congregación General XXXII. Sobre lo que ocurría en El Salvador defendió la validez de la huelga de maestros de 1971 sobre la que la UCA publicó un libro poco después. Denunció el fraude electoral de 1972, sobre lo que, junto con otros compañeros, publicó el libro <em>El año político</em>. En 1976 defendió las promesas de reforma agraria, por pequeñas y aun falaces que fueran, de parte del gobierno del presidente Molina.</p>
<p>Por lo que toda a su vida interior, la vida de su espíritu digamos, son prueba de cambio y aun de <em>conversión</em> los ejercicios de san Ignacio que dirigió a toda la provincia en 1969 y a un buen grupo de jesuitas jóvenes en 1971. En esto Ellacuría no era único, pues un buen número de jesuitas de nuestra provincia y de otras de América Latina también aceptaron el cambio y <em>se convirtieron. </em>Pero a mi modo de ver, Ellacuría fue preclaro<em>.</em></p>
<p>En 1977, con el asesinato de Rutilio Grande y la inmediata reacción de Monseñor Romero ante ese asesinato, Ellacuría entró en una segunda época de cambio que llegó a ser muy radical. En 1983, después de retornar de su segundo exilio Ellacuría, entró en los últimos seis años de su vida. La tarea fundamental a la que dedicó sus mejores energías, tiempo y salud, fue poner fin a la guerra a través de un diálogo que desembocase en negociación. Por ello tuvo que escuchar críticas de ambos lados -más de la derecha que de la izquierda- pues cada bando quería vencer sobre el otro. Y con razones, o autoengaños, esperaban que la victoria era posible.</p>
<p>Sobre todo a partir de ese momento me gusta usar el término <em>conversión</em> al hablar de Ellacuría, como lo hice al hablar de Monseñor Romero. En mi opinión comenzó a notarse en que Ellacuría hablaba de Monseñor y de Dios de una manera diferente. Y también que desde el Dios que avizoró con Monseñor Romero, profundizó y radicalizó su opción por el pueblo y por la justicia.</p>
<p>Algunas muestras visibles de esa <em>conversión</em> de Ellacuría son la carta del 9 de abril de 1977 a Monseñor Romero, que varias veces hemos publicado y comentado. El reconocimiento público de que Monseñor era superior a la UCA, y obviamente a su persona: “él era la voz, nosotros el eco”, tal como lo dijo en 1985. La veneración que tuvo por Monseñor Romero hasta el final.</p>
<p>Creo que no basta, como suele ser normal, tener a Ellacuría, aun admitiendo sus limitaciones y defectos, como una gran persona, muy capaz, ciertamente con gran inteligencia, tenaz y audaz, excepcional. Pensar así no es desatino, pero puede ser empobrecedor en algún grado si no se tiene en cuenta que Ellacuría, viviendo la realidad de El Salvador, con pobres, víctimas y mártires, <em>se convirtió</em>, y que la fe de monseñor Romero se le impuso como algo bueno y humanizante. Se alegraba de que Monseñor fuese hombre de fe, y de que esa fe fuese contagiosa. Algo o mucho de Monseñor Romero -en definitiva solo Dios lo sabe- pienso que se le pegó a Ellacuría. <em>El misterio</em> cobró novedad y cercanía. No tengo argumentos apodícticos para defender esta afirmación, pero puede haber <em>vías,</em> como decía santo Tomás, para hacerla razonable.</p>
<p>En su exilio en Madrid (1980-1983) con más tiempo, y en sus últimos años en El Salvador (1983-1989), aun con múltiples ocupaciones de máxima urgencia y responsabilidad, siempre encontró tiempo para escribir textos teo-lógicos especialmente sobre Iglesia, eclesiología espiritualidad y cristología, y algunos de ellos más específicamente <em>teo-logale</em>s. En ellos abordaba directa o indirectamente la realidad de Dios.</p>
<p>Ellacuría mencionaba a “Dios” con naturalidad para dar fuerza a una idea, también cuando no tenía por qué hacerlo. En una dura crítica escribió: “todo importa más que escuchar realmente la voz de Dios que […] se escucha tanto en los sufrimientos como en las luchas de liberación del pueblo”.</p>
<p>En esa última época también pasó por momentos de oscuridad. Nunca sentí que cayera en desesperación, pues siempre seguía trabajando, pero sí sentí en él un cierto malestar de espíritu. Las cosas no marchaban bien para el país, y Ellacuría no parecía sentir un asidero seguro para su lucha por el diálogo. Una vez me dijo, como de pasada, “solo queda la estética”. Y otra vez me dijo, también de pasada, algo que el lector no entenderá y que le hará sonreír: “Ya, ni el Athletic”. Yo le comprendí perfectamente. Y es que para los nacidos en Vizcaya, el País Vasco, el club de fútbol Athletic de Bilbao solía ser algo entrañable..</p>
<p>Como Monseñor, tomó en serio la posibilidad de una muerte violenta. No solía hablar de ello, y ciertamente no para darse importancia. Pero era muy consciente de esa posibilidad. Conmigo habló alguna vez. Meses antes de su asesinato me dijo; «ahora que trabajo por el diálogo y la negociación mi vida corre más peligro que cuando me tenían por izquierdista y revolucionario». Y como un ilustrado estoico me dijo también: “Me han dicho que el dolor de un disparo solo dura 20 segundos”.</p>
<p>En medio de estas experiencias personales sobre el sentido y sinsentido de la vida, Ellacuría siguió luchando. No cambió en lo que él mismo formuló como tarea fundamental: «empujar el carro de la historia». Y siguió pensando. Escribió artículos sobre la situación militar, económica y política y varios artículos de teología que publicó en la <em>Revista Latinoamericana de Teología</em>, que fundamos en 1984. Eran artículos teológicos pero con un trasfondo <em>teologal</em>. Y más allá de temas concretos, remitiéndose al pensar y sentir de Monseñor Romero, Ellacuría hablaba con toda naturalidad de la <em>trascendencia</em>.</p>
<ul>
<li><strong>La insistencia de Ellacuría en la transcendencia</strong></li>
</ul>
<p>Creo que el mayor impacto que Monseñor Romero causó en Ignacio Ellacuría fue su <em>fe</em>. Usando dos frases de Monseñor en sus homilías finales Ellacuría pudo captar, con asombro sí, pero en continuidad con su propia manera de ser y hacer, lo que dijo Monseñor el 23 de marzo la víspera de ser asesinado:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”.</p>
<p>Pienso que también captó -pero aquí su asombro pudo ser todavía mayor- lo que Monseñor había dicho seis semanas antes en la homilía del 10 de febrero:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios […] ¡Quien me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación de hoy fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez”.</p>
<p>Ante palabras como esas Ellacuría sentía -esa es mi convicción- que en Monseñor Romero había algo diferente, superior, no sólo cuantitativa sino cualitativamente. A él, no le empequeñecía, pero le ayudaba a saberse y ubicarse mejor como ser humano. De hecho, Monseñor le llevó a mencionar varias veces y en momentos importantes la <em>transcendencia</em>.</p>
<p>El día en que la UCA otorgó un doctorado a Monseñor Romero, Ellacuría, al hablar explícitamente de su esperanza dijo:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Sobre dos pilares apoyaba Monseñor Romeros su esperanza: un pilar histórico que era su conocimiento del pueblo al que atribuía una capacidad de encontrar salidas a las dificultades más graves, y <em>un pilar transcendente</em> que era su persuasión de que últimamente Dios era un Dios de vida y no de muerte, que lo último de la realidad es el bien y no el mal”.</p>
<p>Y en el artículo <em>citado Monseñor Romero, un envido de Dios para salvar a su pueblo</em> Ellacuría, al hablar de la salvación, retomó la insistencia de Monseñor Romero en la transcendencia.</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Monseñor Romero nunca se cansó de repetir que los procesos políticos, por muy puros e idealistas que sean, no bastan para traer a los hombres la liberación integral. Entendía perfectamente aquel dicho de san Agustín que para ser hombre hay que ser “más” que hombre. Para él, la historia que solo fuese humana, que solo pretendiera ser humana, pronto dejaría de serlo. Ni el hombre ni la historia se bastan a sí mismos. Por eso <em>no dejaba de llamar a la trascendencia</em>. En casi todas sus homilías salía este tema: la palabra de Dios. La acción de Dios rompiendo los límites de lo humano”.</p>
<p>Esto que aquí dice Ellacuría esquemáticamente sobre Monseñor y la transcendencia, puede verse también en los textos ya analizados en que relaciona a Monseñor Romero con <em>Dios</em>,  Y lo hace con una novedad: pone en relación activa y dinámica <em>a Dios y pueblo</em>, <em>a pueblo y Dios. </em></p>
<p>Por un lado Ellacuría captó <em>a Dios abajándose al pueblo</em>: “Dios pasó por El Salvador”, y no cabe duda <em>por cuál</em> <em>El Salvador</em> pasó Dios, por el de pobres y oprimidos, por el de victimas y mártires. Por otro lado Ellacuría captó <em>al pueblo elevándose a Dios</em>. El pueblo de Dios, los que tienen hambre y sed de justicia, los limpios de corazón, los pobres con espíritu, “nunca habían sentido a Dios tan cerca”.</p>
<p>Puede ser que esté forzando un poco el lenguaje, pero Ellacuría desde Monseñor vio a un Dios acercándose al pueblo, y a un pueblo acercándose a Dios. Y pienso que pudo ver a un Dios así, por la afinidad martirial de Monseñor con el pueblo y por el amor total de Monseñor al pueblo.</p>
<ul>
<li><strong>Monseñor Romero fue el rostro del misterio de Dios</strong></li>
</ul>
<p>Aunque me alargue un poco, permítanme una segunda <em>digresión sobre la fe de Ellacuría. </em>He contado varias veces que en 1969, en una reunión en Madrid, le oí decir en un pequeño grupo: “Rahner lleva con elegancia sus dudas de fe”, con lo cual venía a decir -esa fue mi convicción- que tampoco para él la fe era algo obvio. Sus palabras no me sorprendieron, pues aquellos eran años recios para la fe en Dios, la mía propia y la de otros compañeros e incluso profesores. El contacto abierto y serio con los filósofos modernos -increyentes la mayoría de ellos, con la excepción de Xavier Zubiri-, el surgir de la teología crítica, incluso la de la muerte de Dios -ese era el ambiente que predominaba en los años en que Ellacuría alcanzó su madurez intelectual-, su propio talante honesto y crítico, nada propicio a credulidades y argumentos poco convincentes y de matices apologéticos, y el gran cuestionamiento de Dios que es la miseria y el escándalo del continente latinoamericano no debieron hacer obvia la fe en Dios de un Ignacio Ellacuría.</p>
<p>Como muchos otros, pienso que Ellacuría anduvo a <em>vueltas con Dios</em>. En palabras de la Escritura, pienso que <em>luchó con Dios</em>, como Jacob. Y mi convicción es que se dejó vencer por Dios, aunque la victoria, o la derrota, es siempre cosa muy personal, de ello solo se puede hablar con infinito cuidado, y en definitiva no es captable desde fuera.</p>
<p>Dicho en palabras más sencillas, lo que pienso que ocurrió es que Monseñor Romero, sin proponérselo Ellacuría, le impulsó y le capacitó para ponerse activamente y novedosamente -y mantenerse- ante el misterio último de la realidad. De Monseñor le impresionó profundamente cómo se remitía a Dios, no solo en la reflexión y en la predicación, sino en la más profunda realidad de su vida. Dios era para Monseñor absolutamente <em>real</em>. Y Ellacuría vio que con ese Dios Monseñor humanizaba a las personas y traía salvación a la historia.</p>
<p>Monseñor Romero vino a ser para Ellacuría como el rostro del misterio que asoma en nuestro mundo, misterio en definitiva más <em>fascinans</em> que <em>tremendum</em>. Y en presencia de ese Monseñor Ellacuría se sentía -él, que no estaba acostumbrado a ello- pequeño, pero con un empequeñecimiento que no humilla, sino que nos ubica adecuadamente en la historia y nos otorga dignidad. Con exquisita delicadeza Monseñor le ofrecía aquello en lo que él era eximio y en lo que los demás somos más limitados.</p>
<p>Terminamos citando las últimas palabras de Ellacuría en su último artículo que publicó en 1989 en la <em>Revista Latinoamericana de Teología.</em> En él trató de profecía  y utopía, de Iglesia, fe y salvación.</p>
<p style="padding-left: 60px;">“La negación profética de una iglesia como el cielo viejo de una civilización de la riqueza y del imperio y la afirmación utópica de una iglesia como el cielo nuevo de una civilización de la pobreza es un reclamo irrecusable de los signos de los tiempos y de la dinámica soteriológica de la fe cristiana historizada en hombres nuevos”.</p>
<p style="padding-left: 60px;">Y concluyó: “Estos hombres nuevos siguen anunciando firmemente, aunque a oscuras, un futuro siempre mayor, porque más allá de los sucesivos futuros históricos se avizora el Dios salvador, el Dios liberador”.</p>
<p>Ver a Dios y al pueblo así, responder y corresponder a ese Dios y a ese pueblo, pienso que es <em>el legado</em> que nos ha dejado Monseñor Romero. En mayor o menor grado, varias personas han recogido ese legado y lo han puesto a producir. Y ya que estamos en un auditorio que lleva su nombre, no olvidemos que el legado del mártir Monseñor Romero lo recogió y lo puso a producir magníficamente el mártir Ignacio Ellacuría. Por eso he hablado largamente de él en esta exposición.</p>
<p><strong>Jon Sobrino</strong></p>
<p>2 de septiembre de 2018</p>
<p>Auditorio Ignacio Ellacuría de la UCA</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2018/10/18/el-legado-de-monsenor-romero-martir/">El legado de Monseñor Romero mártir</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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		<title>Justicia para Romero: se reanuda la investigación</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 16 Oct 2018 02:30:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teología de la Liberación]]></category>
		<category><![CDATA[asesinato]]></category>
		<category><![CDATA[el salvador]]></category>
		<category><![CDATA[monseñor oscar romero]]></category>
		<category><![CDATA[nuestro san romero]]></category>
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		<category><![CDATA[roberto d'aubuisson]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hace pocos días, siempre bajo la lluvia, hubo otra marcha que no terminó en una plaza sacra sino en el Palacio de Justicia de San Salvador. La primera fue una peregrinación devota para acompañar la canonización de un mártir; la segunda, una marcha con pancartas <b>para reclamar mayor celeridad en el proceso contra los autores materiales e intelectuales del asesinato de monseñor Romero</b>, que siguen en la sombra desde hace 38 años.</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2018/10/15/justicia-para-romero-se-reanuda-la-investigacion/">Justicia para Romero: se reanuda la investigación</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<header class="page-header">
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<h3 class="suptitle">Después de 38 años de impunidad, se reabre el proceso para identificar a los implicados</h3>
<p class="subtitle">Alvaro Saravia, Roberto D&#8217;Abuisson, la &#8216;pista argentina&#8217;&#8230; dudas y certezas del asesinato del arzobispo</p>
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<div class="col-xs-8">
<div class="page-header-author text-left">14 de octubre de 2018</div>
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<div id="imgpral" class="img-container exact full-width">
<figure style="width: 668px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" class="" title="Asesinato de Romero" src="https://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/03/26/asesinato-de-romero_560x280.jpg" alt="" width="668" height="334" /><figcaption class="wp-caption-text">Asesinato de Romero Agencias</figcaption></figure>
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<div class="caption-bottom"></div>
</div>
<div class="noticia-column">
<div class="multi-block">
<blockquote class="blockquote-box"><p>Romero también es víctima de la paz que él quería para su atormentado país, porque los acuerdos que desarmaron la guerrilla en El Salvador en 1992 también llevaron a las partes en conflicto a no seguir escavando en las atrocidades cometidas</p></blockquote>
</div>
<div class="text-block">
<p>(<i>Alver Metalli</i>, en <a href="http://www.tierrasdeamerica.com/2018/10/14/giustizia-per-romero-ripartono-le-indagini-dopo-38-anni-dimpunita-riprende-il-processo-per-identificare-assassini-e-mandanti-e-si-torna-parlare-di-una-pista-argentina/" target="_blank" rel="noopener">Tierras de América</a>).- <b>Ya es santo, pero todavía no tiene justicia terrena.</b> Los asesinos sin nombre y sin rostro no pueden recibir ese perdón que la Iglesia ha prometido cuando sean identificados.</p>
<p>Entre tanto, el cielo de El Salvador sigue llorando copiosamente desde hace dos semanas. Son los<b> efectos del huracán Michael</b>, dicen los lugareños, aunque no impidieron la peregrinación hasta la catedral y la tumba de Romero, donde los salvadoreños se concentraron para seguir la ceremonia que el Papa estaba celebrando en la Plaza de San Pedro para su ilustre compatriota.</p>
<p>Hace pocos días, siempre bajo la lluvia, hubo otra marcha que no terminó en una plaza sacra sino en el Palacio de Justicia de San Salvador. La primera fue una peregrinación devota para acompañar la canonización de un mártir; la segunda, una marcha con pancartas para reclamar mayor celeridad en el p<b>roceso contra los autores materiales e intelectuales del asesinato de monseñor Romero</b>, que siguen en la sombra desde hace 38 años.</p>
<p>El momento para dar impulso a la verdad judicial ha sido bien elegido, por la canonización de la víctima y por la<b> reapertura de la investigación</b> tras una sentencia del 12 de mayo de 2017 que volvió a activarla, poniéndola en manos del juez instructor penal Rigoberto Chicas. Los salvadoreños conocen muy bien a Chicas, porque fue quien envió a la cárcel por corrupción a Antonio Saca, presidente del país entre 2004 y 2009. «Es una persona muy seria y estamos convencidos de que el caso seguirá adelante» comenta Ovidio Mauricio González de Tutela Legal, la histórica institución fundada en 1977 por monseñor Romero con el nombre de Socorro jurídico y posteriormente transformada en lo que hoy es por su amigo y sucesor Arturo Rivera y Damas.</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/10/14/saravia-y-el-asesinato-de-romero.jpg" width="560" /></p>
<p>No es fácil creer que después de cuatro décadas ninguno de los autores que participaron en ese crimen haya sido llevado ante un tribunal, y menos aún que no se haya celebrado un proceso con sospechosos creíbles. Pero es así.<b> Romero también es víctima de la paz que él quería para su atormentado país</b>, porque los acuerdos que desarmaron la guerrilla en El Salvador en 1992 también llevaron a las partes en conflicto a no seguir escavando en las atrocidades cometidas, para dejarlas atrás en pos de la futura concordia que finalmente parecían capaces de alcanzar.</p>
<p>La ley de amnistía decretada por el presidente de ARENA Alfredo Cristiani, en marzo de 1993, sepultó cientos de procesos ya iniciados en los tribunales del país y puso freno a la avalancha que hubiera llegado con la nueva democracia. Baste pensar que solo la Comisión de la Verdad se ocupó, en su breve existencia, de dos mil casos sobre 80.000 víctimas sembradas por la guerra y 10.000 desaparecidos, que fue la herencia del final del conflicto. Después, <b>el 13 de julio de 2016, la ley de amnistía fue declarada incostitucional y derogada</b>, y los procesos tuvieron vía libre, incluyendo los que se referían a casos aminstiados. Ovidio Mauricio González, que entre otras cosas ha certificado el traslado de los restos de Romero de la vieja tumba a la nueva, incluyendo el juramento canónico del 11 de marzo de 2015, afirma estar satisfecho por la reapertura y por el nuevo responsable de la causa.</p>
<p>En su oficina tapizada de expedientes, nos muestra uno por uno, los 11 volúmenes de más de doscientas páginas cada uno entregados hace poco en manos del nuevo juez instructor. Contienen recostrucciones, deposiciones, testimonios, artículos de diarios, actas, mapas, nombres e identikits, como el del presunto asesino: alto, delgado, de rostro anguloso, con barba y bigotes, que describieron otros participantes del comando de la muerte.</p>
<p>Una base de pruebas de gran valor que confirma o integra otros trabajos, como el informe de la Comisión de la Verdad que reunió elementos prácticamente determinantes, o el de la Comisión Interamericana de derechos humanos que siguió sus huellas. También incluye una gran cantidad de material reunido para el juicio civil celebrado en Fresno, California, contra Álvaro Saravia, un nombre sobre el cual volveremos, que lo condenó a un <b>resarcimiento de 10 millones de dólares </b>y llevó al juez a decir en la sentencia que realmente existía un escuadrón de la muerte y que estaba comandado por el mayor <b>Roberto D&#8217;Abuisson</b>.</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/10/14/d-abuisson-y-el-asesinato-de-romero.jpg" width="560" /></p>
<p>Cuando le preguntaron si el material reunido por la Comisión de la Verdad hubiera sido suficiente para llevar a juicio y condenar al principal sospechoso del asesinato, D&#8217;Abuisson, un asesor destacado de la comisión, el estadounidense Douglas Cassel, doctor en jurisprudencia de Harvard y actual profesor de Derecho Internacional en la Universidad de Notre Dame, respondió sin ningún titubeo que sí: «Si se lo hubiera podido llevar ante un tribunal, creo que<b> el proceso hubiera terminado con una condena.</b> Ninguno de los comisarios y los tres asesores tuvimos la más mínima duda en este caso, porque entrevistamos testigos claves, que sabían lo que había ocurrido».</p>
<p>El diario argentino La Nación &#8211; y también volveremos sobre esto &#8211; publicó con fecha 14 de marzo de 2018 una <b>entrevista a la hermana menor de D&#8217;Abuisson</b>., Marisa de Martínez, con el título «Mi hermano, el asesino de monseñor Óscar Romero». La mujer, que en esa época era asistente social y muy activa en las comunidades de base de El Salvador, refiere la visita al sanatorio donde estaba internado su hermano el día anterior a su muerte. En esa oportunidad, la última vez que lo vio con vida, ella le dijo: «»Tienes que morir en paz. Te lo ruego, abócate a Romero, pídele perdón desde la parte más profunda de tu corazón». Él abrió los ojos por un momento, la acercó hasta tenerla cara a cara y, ya incapaz de hablar por su enfermedad, se puso a llorar».</p>
<p><b>Marisa D&#8217;Abuisson de Martínez hoy está en la Plaza San Pedro</b>. Antes de partir para Roma concedió una entrevista a El Faro que el diario publicó este sábado 13 de octubre, la vigilia de la canonización de monseñor Romero. Cuando Roberto Valencia, destacado periodista de investigación del diario, le pregunta si tiene alguna duda sobre la participación de su hermano en el asesinato, Marisa D&#8217;Abuisson reitera su respuesta: «Lamentablemente&#8230; por las cosas que Roberto estaba diciendo sobre Monseñor, por aquella libreta que le encontraron [la denominada «agenda Saravia»] con esos datos, <b>pienso que se enroló en esa organización creada, digamos, para ver cómo podían eliminar definitivamente a Romero</b>. Y naturalmente su penúltima homilía puede haber sido decisiva para los que todavía tenían dudas».</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/10/14/maria-la-hermana-de-roberto-d-abuisson.jpg" width="560" /></p>
<p>«Según las averiguaciones de la Comisión de la Verdad, el organigrama de responsabilidades del asesinato de Romero lleva a un <b>escuadrón de la muerte organizado por D&#8217;Abuisson y financiado por el «grupo de Miami</b>«, como se denomina a un grupo de familias pudientes que había emigrado a Estados Unidos», agrega el abogado Mauricio González. «El capitán Álvaro Saravia era el administrador de los fondos, el ecónomo por así decirlo; con respecto al conductor, se sabe quién era, y también se conocen otros nombres, aunque no es posible determinar el rol que tuvo cada uno en el operativo; no hay certeza sobre quién apretó el gatillo, sospechas sí».</p>
<p>Desde Roma, donde se encuentra para la canonización, el cardenal salvadoreño <b>Gregogio Rosa Chávez volvió a hablar de una «conexión argentina</b>«, por lo menos en lo que respecta al entrenamiento del hombre que disparó contra Romero la tarde del 24 de marzo de 1980. Rosa Chávez señaló que su fuente era «un sacerdote argentino».</p>
<p>Él le habló de «una escuela para entrenar tiradores elegidos» cerca de la ciudad donde vivía, y que había sabido que «quien mató a Romero provenía de ese lugar». El cardenal refirió en Roma que, antes del homicidio, el nuncio apostólico en Argentina recibió a un representante de la embajada estadounidense, quien le dijo: «<b>Romero está en peligro, por favor díganle que probablemente la semana que viene será asesinado</b>«.</p>
<p>Entonces el secretario de la embajada vaticana en Buenos Aires llamó al nuncio en Costa Rica, <b>Lajos Kada</b>, y él, a su vez, llamó al arzobispo». Rosa Chávez completó su relato, en la vigilia de la canonización, confirmando que en el diario que Romero escribía también hay una referencia a la pista argentina: «El arzobispo escribió en su diario: el nuncio me llamó y me dijo que probablemente la semana que viene me van a matar. Y a continuación ofrece su vida». Después Rosa Chávez siguió diciendo: «Cuando fui administrador apostólico después de la muerte de (el arzobispo Arturo) Rivera y Damas, escribí a este nuncio y le pregunté sobre ese punto. <b>«Es cierto, yo le advertí a Romero»</b> me contestó. Por lo tanto tenemos datos concretos sobre la pista argentina. Aunque el nombre del que disparó todavía no lo sabemos».</p>
<p>La pista argentina tampoco es nueva para el abogado Ovidio Mauricio González, quien habla de documentos desclasificados en el país sudamericano que hacen referencia al asesino de monseñor Romero. «Por otra parte» observa, «no hay que olvidar que <b>los regímenes militares de esa época estaban conectados entre sí </b>para hacer frente a lo que llamaban amenaza comunista continental».</p>
<p>Al reclamo para que esta vez se avance con decisión en el descubrimiento de la verdad histórica, se sumó en los últimos días una sugerencia concreta, puesta en manos del nuevo magistrado. El portavoz fue <b>Wilfredo Medrano</b>, de Tutela Legal, quien también es representante de las víctimas de El Mozote, una de las peores masacres de la historia de América Latina. Medrano explicó que la petición presentada al nuevo juez instructor del caso Romero al terminar la manifestación delante del Palacio de Justicia, continene asimismo el pedido de emitir un alerta roja de Interpol «para que sea localizado y deportado el militar Álvaro Saravia».</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/10/14/reapertura-del-juicio-sobre-el-asesinato-de-romero.jpg" width="560" /></p>
<p><b>Álvaro Saravia</b> es un nombre que se repite prácticamente en todos los informes redactados hasta la actualidad sobre el asesinato de monseñor Romero. «Fue condenado civilmente en Estados Unidos a pagar 10 millones de dólares de indemnización a los familiares, se fugó y hoy reside en Honduras, en un lugar desconocido», resume el abogado Mauricio González.</p>
<p>En la agenda que fue secuestrada en una residencia del campo donde se encontraba reunido un grupo de prominentes hombres de derecha, figuran pagos efectuados a varios actores en lo que se llamó <b>«operación Piña</b>«, que pòdría ser el nombre en clave del operativo que concluyó con el asesinato de monseñor Romero.</p>
<p>«De la agenda resulta que Saravia habría pedido dos vehículos, uno para el francotirador y el conductor, y un segundo para el que supervisó la acción desde afuera» explica Mauricio González, quien nos muestra la fotocopia de la página de la agenda con las anotaciones de los pagos realizados a los miembros del comando que el 24 de marzo de 1980 ejecutó el asesinato. Cuando todavía no era cardenal, en mayo de 2015, año de la beatificación del Romero, Gregorio Rosa Chávez nos habló de «la <b>carta de una persona que ayudamos a salir del país.</b> Pasó el tiempo y ese hombre volvió de incógnito a El Salvador y aceptó hablar con un grupo de abogados peruanos que trabajó en el caso del asesinato de monseñor. En el acta del diálogo solo faltaba un punto: quién disparó. Y eso sigue sin aclararse».</p>
<p>El prófugo que volvió de incógnito era precisamente el capitán Álvaro Saravia. «Un día me llamó por teléfono y me dijo que quería limpiar su conciencia, que estaba escribiendo un libro sobre Romero y necesitaba verme», prosiguió Rosa Chávez en la entrevista de 2015 a Tierras de América. «No sabía si creerle. Le pedí una prueba. Me envió a un emisario con una carta firmada por él. Después ocurrió algo inesperado, un periodista lo interceptó. Y le contó todo a él».</p>
<p>El periodsta es <b>Carlos Dada</b>, fundador del diario on line El Faro de El Salvador, y ese «todo» se puede leer en la entrevista que se publicó con el título «Así matamos a monseñor Romero» el 22 de marzo de 2010. En la entrevista Saravia declara que no participó en la planificación del asesinato, que no conocía al francotirador, pero que lo había visto «entrar en el auto», que tenía barba, que le entregó «personalmente mil colones que D&#8217;Abuisson había pedido prestados a Eduardo Lemus O´byrne». Pocos años después del asesinato de Romero, D&#8217;Abuisson fundó el partido Arena (Alianza Republicana Nacionalista) y se convirtió en su líder. Fue también presidente de la Asamblea constituyente de 1983 y miembro destacado de la Liga mundial anticomunista. <b>Murió en 1992 de cáncer de garganta a los 47 años</b>, después de llevar al partido a la presidencia de El Salvador.</p>
<p>Entre sospechosos ya muertos, suicidas o suicidados, testigos desaparecidos y confusiones varias, hoy la investigación del asesinato del hombre que el Papa Francisco ha declarado santo puede reanudar el camino hacia la verdad. Porque la Iglesia &#8211; como ha repetido en estos días el cardenal Rosa Chávez &#8211; «<b>quiere perdonar, pero el elemento justicia es condición para el perdón».</b></p>
<p><b><iframe loading="lazy" src="https://www.youtube.com/embed/qZN3FyDXKCc" width="560" height="315" frameborder="0" data-mce-fragment="1"></iframe><br />
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<div id="atstbx2" class="at-share-tbx-element at-share-tbx-native addthis_default_style addthis_20x20_style addthis-smartlayers addthis-animated at4-show">*Fuente: <strong><a href="https://www.periodistadigital.com/religion/america/2018/10/14/justicia-para-romero-se-reanuda-la-investigacion-despues-de-38-anos-de-impunidad-se-reabre-el-proceso-para-identificar-a-los-implicados.shtml">Periodista Digital</a></strong></div>
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		<title>Nuestro San Romero</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Oct 2018 06:03:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teología de la Liberación]]></category>
		<category><![CDATA[asesinato]]></category>
		<category><![CDATA[monseñor oscar romero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Después de 38 años y siete meses de su asesinato, Monseñor Romero ha sido finalmente elevado a los altares por la Iglesia Católica. Es necesario recordar que su asesinato sigue en la impunidad. Algunos de los responsables de su asesinato murieron sin haber sido juzgados, y muchos otros siguen vivos, como vivas siguen las estructuras detrás de la cual se siguen ocultando quienes propiciaron su muerte, y celebraron con champán su asesinato.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Después de 38 años y siete meses de su asesinato, Monseñor Romero ha sido finalmente elevado a los altares por la Iglesia Católica. Es necesario recordar que su asesinato sigue en la impunidad. Algunos de los responsables de su asesinato murieron sin haber sido juzgados, y muchos otros siguen vivos, como vivas siguen las estructuras detrás de la cual se siguen ocultando quienes propiciaron su muerte, y celebraron con champán su asesinato.</p>
<p>Tanto el informe de la Comisión de la Verdad para investigar los crímenes cometidos durante el conflicto armado, como diversos informes del Vaticano, dan cuenta de nombres vinculados con el asesinato de Monseñor Romero, y se habla de dos periódicos de circulación nacional que en su momento denigraron la vida y la misión pastoral de Monseñor Romero y azuzaron al gobierno y a los grupos irregulares de extrema derecha a que hicieran patria quitando de en medio la voz y la persona que estorbaba sus intereses oligárquicos.</p>
<p>La santidad de Monseñor Romero ha de estar íntimamente unida a la exigencia de la Iglesia y de los diversos sectores de nuestras sociedades porque se esclarezca definitivamente su crimen. Su santidad solo será límpida si está unida a la verdad y la justicia. Si el crimen de un santo, cometido muy pocas décadas atrás, no se esclarece, no será posible que ningún otro crimen sea esclarecido.</p>
<p>Conocer toda la verdad sobre el asesinato de San Romero es lo que allanará el camino para conocer la verdad sobre otros crímenes como el de Berta Cáceres, Margarita Murillo y muchos otros que en Honduras y en El Salvador siguen en la impunidad. Si no se llega a conocer la verdad total sobre el crimen de San Romero, ¿cómo tener esperanza en que se conozca y se haga juicio en otros casos que no tienen el nivel de reconocimiento que el de San Romero?</p>
<p>Saludamos el regalo que nos da nuestro buen Dios en la santidad de Monseñor Romero, pedimos a él por nuestro mundo y nuestro país, para que nos regale su espíritu para que pronunciemos las palabras y tengamos las actitudes y el compromiso que nuestro tiempo exige para saber situarnos con claridad ante este régimen hondureño, el mayor violador de los derechos humanos y de la dignidad que hemos conocido en la historia hondureña. San Romero, ruega por nosotros, bendice nuestro camino y purifica nuestras luchas y compromisos.</p>
<table style="height: 198px;" border="0" width="409" align="center">
<tbody>
<tr>
<td><a href="https://soundcloud.com/radioprogresohn/nuestro-san-romero-nuestra-palabra-14-de-octubre-2018">Escuchar y descargar Nuestra Palabra</a></td>
</tr>
<tr>
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<td><img loading="lazy" class="aligncenter" src="http://radioprogresohn.net/multimedia/NuestraPalabra/2018/Mayo/30/Images/TheLine.jpg" width="580" height="1" /></td>
</tr>
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</table>
<p><iframe loading="lazy" src="https://www.facebook.com/plugins/video.php?href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2FRadioProgresoPaginaOficial%2Fvideos%2F488631071615619%2F&amp;show_text=0&amp;width=560" width="100%" height="515" frameborder="0" scrolling="no" allowfullscreen="allowfullscreen" data-mce-fragment="1"></iframe></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*Fuente: <strong><a href="http://wp.radioprogresohn.net/nuestro-san-romero-14-septiembre-2018/">Radio Progreso &#8211; Honduras</a></strong></p>
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		<title>Monseñor Romero, piezas para un retrato</title>
		<link>https://piensachile.com/2018/10/14/monsenor-romero-piezas-para-un-retrato/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Oct 2018 02:30:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teología de la Liberación]]></category>
		<category><![CDATA[el salvador]]></category>
		<category><![CDATA[monseñor oscar romero]]></category>
		<category><![CDATA[roberto d'aubuisson]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Del libro de María López Vigil:<br />
"El pueblo recogió su cadáver y lo lloró como se llora al padre y a la madre. Fueron ocho días de duelo y de orfandad. El Domingo de Ramos de 1980 los salvadoreños lo despidieron en una ceremonia multitudinaria, que fue interrumpida por calculados disparos y bombas arrojados por los cuerpos de seguridad apostados en puntos estratégicos de la plaza. <b>Fueron 40 los muertos y centenares los heridos. La misa quedó interrumpida y el entierro tuvo que hacerse de prisa.</b>"</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div>Podía estar ahora echando prédicas en asambleas o conferencias con un solideo rojo en la cabeza, cardenal de la Santa Iglesia Católica. Con su trayectoria de ortodoxia fiel tenía ya compradas casi todas las papeletas para que le premiaran con ese cargo. Pero está enterrado en el sótano de una destartalada catedral de un pobre país de Centroamérica, en el olvidado Sur, con un tiro a la altura del corazón.</div>
<div></div>
<div>Son pocos los seres humanos que se quitan ellos mismos el suelo de debajo de los pies cuando ya son viejos. Cambiar seguridades por peligros, y certezas amasadas con los años por nuevas certidumbres, es aventura para los más  jóvenes. Los viejos no cambian. Es ley de la vida. Y es ley de la historia que en la medida en que una autoridad tiene más poder, más se aleja de la gente y más insensible se le vuelve el corazón.</div>
<div></div>
<div>En Oscar Arnulfo Romero -el más universal de los salvadoreños, pastor, mártir y santo de nuestra América Latina- se quebraron estas dos leyes. Se «convirtió» a los 60 años. Y fue al ascender al más alto de los cargos eclesiásticos de su país cuando se acercó de verdad a la gente y a la realidad.</div>
<div></div>
<div>En la máxima altura y cuando los años le pedían reposo, se decidió a entender que no existe más ascensión que hacia la tierra. Y hacia ella caminó. En esa hora undécima eligió abrirse a la compasión hasta poner en juego su vida. Y la</div>
<div>perdió. No le ocurre a muchos.</div>
<div></div>
<div>Quiso ser sacerdote desde muy niño, cuando era tan sólo aprendiz de carpintero, ayudante de su padre telegrafista y aficionado a tocar la flauta y a meterse bajo la carpa de cuanto circo aparecía por su pueblo. Nació el 15 de agosto de 1917, segundo de ocho hermanos, en Ciudad Barrios, San Miguel, El Salvador. A los 13 años entró al seminario y a los 26 se ordenó sacerdote.</div>
<div></div>
<div>Durante 23 años (1944-1967) fue párroco en San Miguel, dedicado las 24 horas del día, con tesón inimitable, a una pastoral de misas y largas sesiones de confesionario, rosarios, novenas, catequesis, cofradías y clases de religión en colegios católicos. Muy amigo de los ricos y también de los pobres, pretendió ser a la vez pastor de corderos y de lobos. Le sacaba limosnas a los ricos para dárselas a los pobres: así les aliviaba a los pobres sus problemas y a los ricos su conciencia.</div>
<div></div>
<div>Obispo auxiliar de San Salvador durante 7 años (1967-1974). En aquellos intensos y gloriosos tiempos de Medellín, el obispo Romero se comportó -también con inimitable tesón- como un pequeño inquisidor de los sacerdotes más comprometidos y progresistas, que participaban ya en las contradictorias luchas sociales de un país en abullición, y en las comunidades de base, que iniciaban una nueva forma de evangelización y de compromiso social y político.</div>
<div>Desde una oficina atestada de papeles, Romero se fue haciendo cada vez más odioso para un amplio sector de la Iglesia de San Salvador, una de las más avanzadas del continente en uno de los países más convulsionados del continente. El Salvador: el país más pequeño y el más poblado, el de «las 14 familias» dueñas de todo. El país donde en una sola semana de 1932 ocurrió una masacre de 40 mil campesinos y en donde los responsables de aquella matanza publicaban en los periódicos de los años 70: «Matamos 40 mil y tuvimos 40 años de paz. Si hubiéramos matado 80 mil, habrían sido 80 años».</div>
<div></div>
<div>Actuando como inquisidor, Romero se ganó el nombramiento de Obispo de Santiago de María. En esa rica zona cafetalera y algodonera vivió tres años (1974-1977). Y aunque siguió siendo muy amigo de los ricos terratenientes,</div>
<div>fue allí donde comenzó a ser cacheteado por la realidad. La de los míseros jornaleros que cortaban café en las haciendas de los ricos y la de los pobres transformados en Delegados de la Palabra de Dios, predicadores de la buena</div>
<div>noticia del evangelio a sus compañeros de miseria.</div>
<div></div>
<div>Los méritos hechos en tanto años de sacerdocio ejemplar y «neutral» hicieron que militares y oligarcas lo propusieran al Vaticano como Arzobispo de San Salvador en 1977, cuando el país vivía en su más profunda crisis, que</div>
<div>desembocaría cuatro años después en una prolongada guerra civil. El despertar masivo de los pobres exigiendo democracia, justicia y vida y la intransigencia criminal de los ricos negándosela anunciaba un abismo de dolor y sangre. El país estaba en ebullición y los ricos confiaban en que Romero apagaría el fuego de las justas protestas de los pobres.</div>
<div></div>
<div>A los 15 días de recibir el cargo y la carga arzobispal, se produjo uno de los fraudes electorales más burdos de la historia salvadoreña -en favor del partido de los militares- seguido de una masacre en el centro de San Salvador contra el pueblo que reclamaba. El fuego se hizo incendio amenazante. Un mes después, paramilitares al servicio de los terratenientes asesinaban en Aguilares al jesuita Rutilio Grande, el más prestigiado de los sacerdotes  salvadoreños de aquel tiempo. Desbordado por aquella marea en ascenso, Monseñor Romero vivió en los días que van del 12 al 20 de marzo -entre el asesinato de Rutilio y la misa masiva al aire libre que celebró en su memoria y</div>
<div>a la que asistieron 100 mil personas- un tormentoso y singular «camino de Damasco». A partir de entonces cambió, no volvió ya nunca a ser aquel sacerdote tímido y obsesionado por la interpretación estrecha de la ley y la  obediencia ciega a la institución. Todo su tesón lo puso desde aquel día al servicio del Espíritu y del pueblo.</div>
<div></div>
<div>
<div>En los tres años al frente del Arzobispado de San Salvador nace, crece y se desarrolla la personalidad profética de Monseñor Romero. Eran tiempos de una creciente organización popular. Y en respuesta, de una cruel represión</div>
<div>gubernamental contra el pueblo y específicamente, contra miembros e instituciones de la Iglesia. No hay Iglesia en América Latina con más extenso y prolongado record de martirio que la salvadoreña en aquellos años.</div>
<div></div>
<div>Las homilías que domingo a domingo Monseñor Romero pronunciaba en la Catedral de San Salvador se convirtieron pronto en la palabra más libre, más acertada y más autorizada del país. Hacia adentro y hacia afuera. La figura del</div>
<div>Arzobispo se agigantaba internacionalmente y sus homilías lo transformaron en el altavoz del pueblo salvadoreño en lucha por la equidad y la dignidad.</div>
<div></div>
<div>Aquel hombre de apariencia insignificante logró que los ojos del mundo y la solidaridad de millones de corazones se volvieran como nunca antes hacia su pequeño país.</div>
<div></div>
<div>Son homilías larguísimas -hasta de dos horas o más- y muy densas teológicamente. Son una permanente catequesis. Y son también un «periódico semanal»: no hubo hecho de la vida nacional, no hubo señal de violencia o síntoma de esperanza, no hubo violación de los derechos humanos, que quedara fuera de su valoración de pastor. La Catedral de San Salvador se atestaba todas las semanas para escucharlo y para aplaudirlo. Era un fenómeno de masas. Sus mensajes alimentaban la esperanza colectiva.</div>
<div></div>
<div>Era su palabra. Y también su presencia. Incansable visitador de las comunidades, tenaz celebrante de confirmaciones y de misas, consejero público y privado de dirigentes populares y de personalidades políticas, mediador en huelgas y en los muchos conflictos de todo tipo de aquellos años, Monseñor Romero parecía tener tiempo para estar en todas partes a la vez.</div>
<div></div>
<div>Su cambio y su creciente compromiso y protagonismo se fueron haciendo cada vez más intolerables para el sistema. Campañas de difamación, el asesinato de varios de sus sacerdotes, amenazas, presiones eclesiásticas: lo intentaron</div>
<div>todo. Pero, puesta la mano en el arado nunca volvió la vista atrás. Desde enero de 1980 -fracasada la fórmula política de la junta cívico-militar que tomó el poder unos meses antes- ocupó el primer lugar en las listas de los escuadrones de la muerte.</div>
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<div>Monseñor Romero jamás cuidó su seguridad personal y jugó hasta el último momento con todas las barajas abiertas. Tenía plena conciencia de que querían matarlo. Y no quería morir. «<b>Nunca le he tenido tanto amor a la </b><b>vida, quiero un poco más de tiempo, yo no tengo vocación de mártir</b>«, le dijo a un amigo en sus últimas semanas.</div>
<div>El domingo 23 de marzo se reunió por última vez con su pueblo en Catedral y al término de la homilía lanzó un apasionado e histórico llamado a los soldados y a los guardias para que no dispararan contra sus hermanos del pueblo, para que desobedecieran las órdenes de matar que les daban los oficiales del ejército cruel y represivo.</div>
<div>Al día siguiente, 24 de marzo, cuando moría la tarde y mientras ponía punto final a la homilía de una misa por una señora difunta, en la capilla del hospital de cancerosos y ante un pequeño puñado de fieles, llegó su hora. Un pistolero al servicio de Roberto D&#8217;Aubuisson, fundador del partido ARENA, hoy en el poder, le disparó una certera bala explosiva que la atravesó el corazón. Cayó a los pies del altar y del lado de la vida.</div>
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<div>El pueblo recogió su cadáver y lo lloró como se llora al padre y a la madre. Fueron ocho días de duelo y de orfandad. El Domingo de Ramos de 1980 los salvadoreños lo despidieron en una ceremonia multitudinaria, que fue interrumpida por calculados disparos y bombas arrojados por los cuerpos de seguridad apostados en puntos estratégicos de la plaza. Fueron 40 los muertos y centenares los heridos. La misa quedó interrumpida y el entierro</div>
<div>tuvo que hacerse de prisa.</div>
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<div>Rotos los diques y sobrepasados los umbrales del respeto y la compasión con su asesinato -hasta hoy impune-, herido el pastor y dispersas las ovejas, aquel año 1980 fue trágico. Torrentes de sangre derramada injustamente</div>
<div>empaparon todos los rincones de El Salvador. Al año siguiente se inició una guerra que duraría doce largos años.</div>
<div>La sangre de Oscar Romero, mezclada para siempre con la del pueblo que amó y sirvió, no ha dejado de ser fecunda. El 1 de marzo de 1992, cuando terminó la guerra en El Salvador, una gigantesca manta colocada en lo más alto de Catedral acompañaba a la multitud que celebraba el primer día de la paz y la libertad. Decía: <b>«Monseñor, hoy resucitaste en tu pueblo»</b>. A 20 años de su martirio, El Salvador y Centroamérica le ofrecen a América Latina y</div>
<div>al mundo, con legítimo orgullo, la vida y la entrega de la vida de un hombre ejemplar que puso todo el poder que tenía al servicio de la dignidad de los pobres y que sigue inspirando cambios, sueños y compromisos.</div>
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