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	<title>jon sobrino &#8211; piensaChile</title>
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	<title>jon sobrino &#8211; piensaChile</title>
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		<title>80 años de Jon Sobrino, el principio misericordia y la Iglesia de los pobres</title>
		<link>https://piensachile.com/2018/12/05/80-anos-de-jon-sobrino-el-principio-misericordia-y-la-iglesia-de-los-pobres/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Dec 2018 02:30:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teología de la Liberación]]></category>
		<category><![CDATA[cristo]]></category>
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		<category><![CDATA[teologos latinoamericanos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Junto con otros teólogos de la liberación, como Leonardo Boff y Juan Luis Segundo, Sobrino ha contribuido de manera decisiva al desarrollo de una cristología latinoamericana elaborada desde el mundo de los pobres como lugar socio-teologal, que conduce a Jesús de Nazaret, el Cristo Liberador. Su cristología se guía por la parcialidad a favor de los excluidos, la esperanza y la praxis.</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2018/12/05/80-anos-de-jon-sobrino-el-principio-misericordia-y-la-iglesia-de-los-pobres/">80 años de Jon Sobrino, el principio misericordia y la Iglesia de los pobres</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<header class="page-header">
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<h2 class="suptitle"><span style="color: #808080;">Contribuyó decisivamente al desarrollo de una cristología latinoamericana</span></h2>
<p class="subtitle"><strong>«Su objetivo es recuperar al Jesús histórico y lo más histórico de Jesús de Nazaret: su práctica liberadora»</strong></p>
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<div class="col-xs-8">
<div class="page-header-author text-left">Juan José Tamayo, 04 de diciembre de 2018 a las 08:46</div>
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<div class="col-xs-4"></div>
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<div id="imgpral" class="img-container exact full-width">
<figure style="width: 560px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" title="El teólogo Jon Sobrino" src="https://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/10/15/el-teologo-jon-sobrino_560x280.jpg" alt="" width="560" height="280" /><figcaption class="wp-caption-text">El teólogo Jon Sobrino RD</figcaption></figure>
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<div class="caption-bottom"><span class="pull-right"> </span></div>
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<blockquote class="blockquote-box"><p>Aquella censura dejó menos huella en su vida y su trabajo intelectual que el martirio de los profetas salvadoreños, desde Rutilio Grande, pasando por Monseñor Romero, hasta los compañeros y las dos mujeres de la UCA</p></blockquote>
<div id="internos" class="einternos">
<ul>
<li><a title="Leonardo Boff: ochenta años en camino " href="https://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2018/11/29/leonardo-boff-ochenta-anos-en-camino-religion-iglesia-dios-jesus-papa-francisco-fe-esperanza-luz-andadura-profeta-teologia-liberacion-indigena.shtml">Leonardo Boff: ochenta años en camino </a></li>
</ul>
</div>
</div>
<div class="text-block">
<p>El 3 de diciembre tuvo lugar en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de San Salvador (El Salvador) la <b>celebración de los 80 años de Jon Sobrino</b>, que cumplirá el 27 de diciembre. Es una efemérides que, como la de nuestro colega y amigo Leonardo Boff, de la misma edad, que recibió un homenaje el 28 de noviembre en el Instituto Teológico Franciscano de Petrópolis, debemos conmemorar quienes hemos hecho con ellos el largo camino de la teología de la liberación, no exento de persecuciones, censuras y condenas.</p>
<p>Son muchos los lazos que me unen con Jon Sobrino desde que, en 1982, le invitamos en la Asociación de Teólogas y Teólogos Juan XXIII a participar en el II Congreso de Teología sobre <b>«Esperanza de los pobres, esperanza cristiana»</b>. De entonces para acá han sido numerosos los encuentros que hemos mantenido y en los que hemos participado en España, El Salvador y otros países de América Latina. Hoy quiero sumarme a la celebración de la UCA con este breve perfil de su personalidad y de su pensamiento.</p>
<p><b>Jon Sobrino es uno de los más cualificados teólogos latinoamericanos de la liberación</b>, que trasciende las fronteras de América Latina y cuenta con un reconocimiento mundial. Su principal aportación es historificar los principales contenidos teológicos, liberados del universalismo abstracto, y reubicar los grandes temas del cristianismo en el contexto de los oprimidos. Entre sus aportaciones más relevantes cabe destacar: el método teológico, la cristología, la eclesiología, la espiritualidad y la imagen de Dios.</p>
<p><b>La teología de Sobrino parte de un lugar eclesial preferente, la Iglesia de los pobres</b>, y de un lugar social privilegiado: el mundo de los pobres, las mayorías populares de América Latina, y muy especialmente de El Salvador, pequeño país desangrando por una guerra de 12 años con más de 80.000 muertos y cientos de miles de desplazados y exiliados. El mundo de los pobres, afirma, da que pensar, capacita para pensar y enseña a pensar.</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/12/02/el-papa-saluda-a-sobrino.jpg" width="560" /></p>
<p><b>El horizonte de su reflexión es el principio-misericordia</b>. La misericordia informa todas las dimensiones del ser humano, también del pensamiento, y de la existencia cristiana, también de la teología. Esta no puede limitarse a ser una fría inteligencia de la fe que pasa de largo ante el sufrimiento de los seres humanos, como el sacerdote y el levita de la Parábola del Buen Samaritano. Ha de entenderse como inteligencia del amor y de la misericordia, que se hace cargo del dolor de las víctimas desde la com-pasión, denuncia a quienes lo provocan y toma partido por las personas empobrecidas y los pueblos crucificados.</p>
<p>Junto con otros teólogos de la liberación, como Leonardo Boff y Juan Luis Segundo, <b>Sobrino ha contribuido de manera decisiva al desarrollo de una cristología latinoamericana elaborada desde el mundo de los pobres</b> como lugar socio-teologal, que conduce a Jesús de Nazaret, el Cristo Liberador. Su cristología se guía por la parcialidad a favor de los excluidos, la esperanza y la praxis.</p>
<p><b>Su objetivo es recuperar al Jesús histórico y lo más histórico de Jesús de Nazaret</b>: su práctica liberadora. Subraya el carácter relacional de Jesús con Dios y su Reino. Pone el acento en la cruz y la resurrección. Su reflexión sobre la resurrección se centra en el Dios de Jesús que hace justicia a las víctimas poniéndose de su lado, rehabilitándolas en su dignidad y devolviéndoles la vida.</p>
<p>Sobrino ha desarrollado una creativa reflexión sobre la Iglesia, articulada en torno a los pobres. Estos constituyen el horizonte referencial de la comunidad cristianas y su principio de constitución, organización y estructuración.<b> La nueva forma de ser comunidad es la Iglesia de los pobres en el seguimiento de Jesús y el proseguimiento de su causa de liberación</b>, en continuidad con el movimiento igualitario de hombres y mujeres que Jesús puso en marcha.</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/12/02/j.jpg" width="560" /></p>
<p><b>La espiritualidad es otro de los campos donde brilla con luz propia Jon Sobrino</b>, quien la saca del estrecho marco de la ascética, donde ha estado encerrada durante siglos, y la sitúa en el horizonte de la historia y en el centro de los procesos de liberación. La espiritualidad es constitutiva del ser humano, como lo es corporeidad, la sociabilidad, la practicidad, y se convierte en una dimensión tan necesaria del ser cristiano como la liberación.</p>
<p><b>Sobrino destaca la conexión entre espíritu y práctica, liberación y seguimiento de Jesús</b>. La liberación necesita tanto de la praxis como del espíritu. La santidad no puede quedarse en la esfera privada, sino que tiene que influir en el cambio de las estructuras. El encuentro entre espiritualidad y liberación da como resultado la «santidad política».</p>
<p><b>En su reflexión sobre Dios parte de la experiencia latinoamericana</b>. En un continente donde la vida de las mayorías oprimidas se ve amenazada a diario, Dios aparece como generador, defensor y garante de vida, y es experimentado como protesta última contra la muerte. La afirmación del Dios de la vida lleva derechamente a optar por la vida de los pobres e incluso a dar la propia vida.</p>
<p>Sobrino se refiere con frecuencia a la afirmación de San Ireneo de Lyon: gloria Dei, homo vivens, que traduce así:<b> «la gloria de Dios es que vivan los pobres»</b>. Esta interpretación fue citada por monseñor Romero -hoy san Romero- en el discurso de concesión del doctorado honoris causa de la universidad de Lovaina.</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/12/02/romero-denuncia.jpg" width="560" /></p>
<p>El a<b>sesinato de seis compañeros jesuitas y de dos mujeres</b> la fatídica madrugada del 16 de noviembre de en 1989 en la UCA a manos del batallón Atlacatl, el más sanguinario del Ejército salvadoreño, estableció un antes y un después en la vida y la obra, en la mente y el corazón de Jon Sobrino, marcados desde entonces por el sello del martirio. Con motivo del óctuplo asesinato, afirmó: «Experimenté un corte real en mi vida y un vacío que no se llenaba con nada».</p>
<p>Tras treinta años de sospechas detectivescas sobre su cristología por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Joseph A. Ratzinger, el Vaticano, siendo ya papa Ratzinger, <b>censuró sus libros</b> Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret y La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas -dos de las más importantes cristologías del siglo XX-, y acusó a Sobrino de ofrecer una imagen distorsionada de Jesucristo, ya que subrayaba desmesuradamente la humanidad de Cristo y no afirmaba con suficiente claridad su divinidad. La Notificación del Vaticano afirma haber encontrado en estos libros «diversas proposiciones erróneas o peligrosas que pueden causar daño a los fieles».</p>
<p><b>La censura provocó una corriente cálida de solidaridad con Sobrino y una justificada indignación en todo el mundo</b>, así como una crítica severa por parte de no pocos colegas para quienes la Notificación del Vaticano no tenía en cuenta los avances teológicos de los últimos cincuenta años, recurría a una argumentación deductiva y era ajena a la fe de los pobres y a la opción por ellos, tal como fue asumida por Medellín.</p>
<p>Mientras le llovían los testimonios de solidaridad de todo el mundo, Sobrino guardó silencio, un silencio muy elocuente, que quizá fuera la mejor respuesta ante tamaña e infundada censura contra uno de los testigos privilegiados de los mártires salvadoreños. Es posible que recordara a Atahualpa Yupanqui: «La voz no la necesito. Sé cantar en el silencio».<b> Aquella censura dejó menos huella en su vida y su trabajo intelectual que el martirio de los profetas salvadoreños, desde Rutilio Grande, pasando por Monseñor Romero, hasta los compañeros y las dos mujeres de la UCA</b>.</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://www.periodistadigital.com/imagenes/2018/12/02/cruz-florida.jpg" width="560" /></p>
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<div class="google_plusone_iframe_widget"><em>-El autor, <strong>Juan José Tamayo</strong>, es teólogo</em></div>
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<div>*Fuente: <strong><a href="https://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2018/12/04/80-anos-de-jon-sobrino-el-principio-misericordia-y-la-iglesia-de-los-pobres-religion-salvador-dios-jesus-jesuita.shtml">Periodista Digital</a></strong></div>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2018/12/05/80-anos-de-jon-sobrino-el-principio-misericordia-y-la-iglesia-de-los-pobres/">80 años de Jon Sobrino, el principio misericordia y la Iglesia de los pobres</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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		<item>
		<title>El legado de Monseñor Romero mártir</title>
		<link>https://piensachile.com/2018/10/18/el-legado-de-monsenor-romero-martir/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 19 Oct 2018 02:30:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teología de la Liberación]]></category>
		<category><![CDATA[el salvador]]></category>
		<category><![CDATA[ignacio ellacuria]]></category>
		<category><![CDATA[jon sobrino]]></category>
		<category><![CDATA[legado de monseñor romero]]></category>
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		<category><![CDATA[oprimidos]]></category>
		<category><![CDATA[pobres]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Quien defiende a pobres y oprimidos debe estar dispuesto a ser matado, lo que ocurre de diversas formas, todas las cuales participan, análogamente, en que arrebatan vida. Lo importante, sin embargo, es la tesis, que Ellacuría repetía con toda claridad al pensar en concreto en la identidad de una universidad de inspiración cristiana. Decía que si una universidad sufre persecución, algo o mucho ha hecho de lo que tenía que hacer. Y más claramente, si no sufre persecución alguna no ha hecho lo que tenia que hacer. No ha defendido a los oprimidos.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El cambio en el título de esta conferencia, “el legado de Monseñor Romero mártir” en lugar de “el legado de los mártires”, se debe a que ustedes acaban de visitar el lugar donde Monseñor vivió y fue asesinado, y el lugar en el que está enterrado. Y se debe también a la cercanía de su canonización, aunque esto no sea decisivo para hablar del legado de Monseñor en este congreso,</p>
<p>Antes de empezar he de decir que varias ideas de mi exposición, a veces párrafos enteros, ya han sido publicadas recientemente, sobre todo en la <em>Revista Latinoamericana de Teología.</em> La razón para usar ahora lo ya publicado son las innumerables peticiones de hablar y escribir sobre Monseñor Romero que estos días me han llegado de muchas partes. No he tenido tiempo para más, sino para repetir, actualizándolos, algunos textos. Y sin más, comenzamos.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>I</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>El legado. Monseñor Romero y Jesús de Nazaret</strong></p>
<p>Por <em>legado</em> no entiendo una <em>herencia</em>, bien o mal adquirida, que pasa de unos a otros, sino algo de entidad importante que se nos ha impuesto. <em>Legados</em> no aparecen a voluntad, ni calculadamente, pero cuando surgen traen consigo la exigencia de poner a producir su contenido, y también la exigencia de que este sea transmitido.</p>
<p>Monseñor Romero nos dejó un legado. Y para decirlo desde el principio <em>su legado es su misma realidad, lo que él fue y lo que él hizo. Y eso es lo que hay que poner a producir</em>. Hoy es tan útil y necesario como lo fue en tiempo de Monseñor.</p>
<p>Con estas palabras estoy actualizando muy sucintamente al hablar de monseñor Romero lo que en los Hechos de los apóstoles Pedro dijo en casa de Cornelio, centurión romano y hombre de bien, cuando le pidieron  hablar de Jesús de Nazaret.</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Ustedes ya conocen lo sucedido por toda Galilea y Judea”, comenzó. Y esto se aplica en buena medida al conocimiento que ustedes tienen de Monseñor Romero. Pedro prosiguió narrando lo fundamental de la vida de Jesús: “pasó haciendo el bien, sanando a los poseídos por el Diablo”. Dio la razón: “porque Dios estaba con él”. Y concluyó narrando su destino: “le dieron muerte colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó”.</p>
<p>Ese esquema de <em>vida y destino </em>de Jesús me viene a la mente al recordar a Monseñor Romero. Sin forzar las cosas, y con todas las analogías del caso, voy a exponer quién fue Monseñor Romero y cuál fue su destino. Para ello voy a usar las palabras de <em>un campesino</em> y de <em>un teólogo ilustrado</em>. El campesino dijo: “Monseñor dijo la verdad. Nos defendió a nosotros de pobres. Y por eso lo mataron”. Ignacio Ellacuría dijo: “Con monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. Quizás ya han escuchado estas palabras, pues las repito con frecuencia. Pero ahora no tengo nada mejor que ofrecer.</p>
<p><a href="http://piensachile.com/wp-content/uploads/2018/07/IMG_20180716_140052.jpg"><img loading="lazy" class=" wp-image-42001 aligncenter" src="http://piensachile.com/wp-content/uploads/2018/07/IMG_20180716_140052-300x148.jpg" alt="" width="636" height="314" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><strong>II</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Las palabras de un campesino</strong><strong> </strong></p>
<ul>
<li><strong>“Monseñor Romero dijo la verdad”</strong></li>
</ul>
<p>Monseñor fue <em>decidor </em>de la verdad, <em>estuvo poseído </em>por ella y la dijo <em>con pathos</em>. Cuando la realidad era buena para los pobres, Monseñor decía la verdad como evangelio, <em>buena noticia, </em>con exultación y gozo. Cuando la realidad era mala, opresión y represión, crueldad, muerte -especialmente para los pobres- y miseria, Monseñor decía la verdad como <em>mala noticia</em>, con denuncia y desenmascaramiento, y la decía con dolor. Lleno de verdad, Monseñor fue evangelizador entrañable y profeta insobornable.</p>
<p>Decir que monseñor Romero fue “decidor” de la verdad puede parecer abstracto y poca cosa en comparación con otras cosas que hizo. Pero por ahí comenzó el campesino, y pienso que por buenas razones.</p>
<p>Como “decidor de la verdad”, monseñor Romero emitió juicios sobre la realidad, toda ella. Dejó que <em>la realidad tomara la</em> <em>palabra </em>(Karl Rahner), y él tuvo la honradez de hacer pública esa palabra que era pronunciada por la misma realidad. Aquí está la raíz del impacto de la palabra de Monseñor. Y dado el lamentable estado en que entonces estaba la verdad en el país -y dudo que hayamos mejorado mucho- el impacto fue inmenso.</p>
<p>Como inmenso sería hoy el impacto si Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, Estados Unidos, la Unión Europea, las instituciones eclesiásticas y religiosas, las universidades, también las megaempresas del deporte de élite, dejasen que la realidad de nuestro mundo tomara la palabra y dijese su verdad.<strong>  </strong></p>
<p>Algunos podrán atenuar este juicio aduciendo que algo hemos mejorado en <em>libertad de expresión</em>, pero eso no implica mejorar en <em>voluntad de verdad</em>, que era la actitud fundamental de Monseñor.</p>
<p>En la tradición bíblica “decir verdad” es un imperativo que viene de lejos. Y de lejos viene también cuán peligroso es el ámbito en que se mueve la verdad. “El maligno es asesino y mentiroso”, dice el evangelio de Juan (8, 44). Primero da muerte y después la encubre. Y positivamente, en consonancia con lo que Puebla dice que hace Dios (n.1142), como veremos más adelante, Monseñor captó que la finalidad última del <em>decir verdad</em> consistía en <em>defender al pobre</em>.</p>
<p>Desde estas convicciones Monseñor Romero dijo la verdad de forma nunca conocida en el país, ni antes ni después -aunque el Padre Ellacuría también la dijo poderosa y audazmente. Monseñor la dijo <em>vigorosamente, </em>pues se remitía a lo más básico y fundamental: “nada hay tan importante como la vida humana, sobre todo la vida de los pobres y oprimidos” (16 de marzo, 1980). Y si no recuerdo mal, en Puebla le dijo a Leonardo Boff: “ustedes, teólogos, ayúdennos a defender lo mínimo que es el máximo don de Dios: la vida”.</p>
<p>Dijo la verdad <em>extensamente</em>, para poder decir “toda” la verdad -y sus homilías podían durar una hora. La dijo <em>públicamente</em>, “desde los tejados”, como pedía Jesús, en catedral y a través de la YSAX. Dijo la verdad <em>popularmente</em>, aprendiendo muchas cosas del pueblo, de modo que, sin saberlo, los pobres y los campesinos eran en parte coautores de sus homilías y cartas pastorales. “Entre ustedes y yo hacemos esta homilía” (16 de septiembre, 1979). “Ustedes y yo hemos escrito la cuarta carta pastoral” (6 de agosto de 1979). Y formuló notables sentencias sobre su relación con el pueblo para decir verdad. “Siento que el pueblo es mi profeta” (8 de julio, 1979). “Hicimos una reflexión tan profunda que yo creo que el obispo siempre tiene mucho que aprender de su pueblo” (9 de septiembre de 1979).</p>
<p>Y fue también <em>popular</em> pues Monseñor respetaba y apreciaba la “razón”, el discurrir del pueblo, de la gente sencilla. Y evitaba con éxito dar pasos hacia la infantilización religiosa, peligro que suele ser normal en la pastoral.</p>
<p>Diciendo la verdad en homilías dominicales y en cartas pastorales Monseñor <em>pasó haciendo el bien</em>. Y adelantándome un poco, a Monseñor no lo mataron simplemente por <em>defender </em>la verdad, sino por <em>decirla.</em> De ahí que me agrada la expresión: “Monseñor decidor de la verdad”.</p>
<ul>
<li><strong>Nos defendió a nosotros de pobres”</strong></li>
</ul>
<p>En América Latina, y ciertamente en El Salvador, creo que suficiente gente ha hecho una “opción por los pobres”. En el lenguaje de la jerarquía esta se ha convertido en una expresión  aceptada, y bien podemos decir que ya pertenece a la <em>ortodoxia </em>eclesiástica, también con el peligro de toda ortodoxia: que las aristas sean limadas y que lo fundamental llegue  a desleírse.</p>
<p>No quiero minusvalorar las cosas bien dichas en Puebla sobre pobres y pobreza, sobre todo la sobrecogedora letanía de los rostros de pobres (n. 32-39), su multitud (n. 29), sus causas estructurales y sus exigencias (n. 30). Pero dicho esto voy a insistir en una comprensión más precisa de la opción, que aparece en la formulación <em>teologal</em> que hace Puebla, es decir, <em>qué y cómo hace Dios su opción por los pobres</em>, lo cual en mi opinión no suele tenerse muy en cuenta. Intentarlo puede parecer audaz, incluso arrogante. Pero Puebla tuvo esa audacia, sin ninguna arrogancia. Dice en el n. 1142:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios, para ser sus hijos, esta imagen está ensombrecida y aun escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los ama“.</p>
<p>“Amar a los pobres” es esencial a la opción, ciertamente, pero el amor tiene muchas formas de expresarse. Hoy, <em>amar</em> es <em>ayudar a hambrientos y presos</em>, <em>acoger a refugiados</em>, <em>devolver dignidad y reparación a víctimas de pederastia</em>. Sin embargo, en ese amar falta todavía algo esencial: <em>Dios defiende a pobres y víctimas</em>. Y al menos en la formulación, con prioridad a otros dimensiones del amor.<strong> </strong></p>
<p><a href="http://piensachile.com/wp-content/uploads/2018/07/Pueblo-de-Dios-2.jpg"><img loading="lazy" class=" wp-image-41912 aligncenter" src="http://piensachile.com/wp-content/uploads/2018/07/Pueblo-de-Dios-2-300x112.jpg" alt="" width="536" height="200" /></a></p>
<p>El campesino sí entendió bien la opción por los pobres de monseñor Romero.  “Nos defendió a nosotros de pobres”. Estas palabras no suelen ser muy usadas al hablar de monseñor Romero, pero son fundamentales para hablar de la opción de Dios. Pienso que el campesino no tenía en mente a Puebla, pero le atinó. Captó intuitivamente, y habló con precisión. “Monseñor nos defendió a nosotros, de pobres”. No tengo nada que añadir a esta solemne sentencia del campesino. Ni al lenguaje que usó: nos defendió a nosotros “de pobres”, es decir a nosotros “que somos pobres”. Monseñor<em> defendió </em>a los pobres y oprimidos del país<em>. No sólo optó </em><em>por ellos</em>.</p>
<p>Ese<em> defender </em>significó<em> impulsar </em>la <em>organización popular</em> y el <em>Socorro Jurídico</em> para defender a campesinos y víctimas de quienes les oprimían y reprimían. Cuando arreció la represión abrió <em>las puertas del seminario</em> <em>central San José de la Montaña</em> para acoger, y así defender, a los campesinos que huían de Chalatenango -lo que por cierto disgustó a varios obispos. Y ciertamente, semana tras semana, defendió a pobres y víctimas con la verdad que proclamaba públicamente en sus homilías. Es claro, pues, que <em>Monseñor defendía al oprimido.</em></p>
<p>Pero también hay que entender lo que implica <em>defender</em>. <em>Defender</em> supone <em>enfrentarse a </em>y, cuando es necesario,<em> luchar contra los que</em> <em>agreden</em>, <em>empobrecen, persiguen, oprimen y reprimen</em>. Por defender a los pobres Monseñor se enfrentó con los que mienten y asesinan, fuesen personas, instituciones o estructuras. Y la suya fue una defensa <em>primordial</em>, que iba mucho más allá de lo que convencionalmente se suele entender por “<em>defender un caso” </em>con la finalidad,<em> además,</em> de “<em>ganar un caso</em>”, como aparece con frecuencia en programas de televisión. <em>Ganar él un caso</em>, nunca fue la perspectiva de Monseñor, obviamente. Trabajaba y luchaba para que <em>ganase la realidad maltrecha</em>, <em>la justicia y la verdad</em>. Más a fondo, trabajaba y luchaba para que <em>alguna vez no perdiesen los de siempre</em>.</p>
<p>Voy a recordar un momento en que <em>defender</em> le llevó a <em>enfrentarse</em> directamente con la Corte Suprema de Justicia. Esta le había emplazado públicamente a que dijese los nombres de “los jueces que se venden”, que Monseñor habría denunciado en su homilía dominical. Los asesores de Monseñor estaban asustados, y no sabían cómo Monseñor iba a salir con bien ante tal emplazamiento.</p>
<p>Monseñor no se alteró. En la homilía siguiente aclaró en primer lugar que él no había dicho “jueces que se venden”, sino “jueces venales”. Pero no se entretuvo en <em>si dije o no dije esto o aquello</em>, que poco importaba, sino que sin más miramientos fue al fondo de la cuestión.</p>
<p style="padding-left: 60px;">«¿Qué hace la Corte Suprema de Justicia? ¿Dónde está el papel transcendental en una democracia de este poder que debía estar por encima de todos los poderes y reclamar justicia a todo aquel que la atropella?  Yo creo que gran parte del malestar de nuestra patria tiene allí su clave principal, en el presidente y en todos los colaboradores de la Corte Suprema de Justicia, que con más entereza deberían exigir a las cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esta palabra sacrosanta, <em>la justicia</em>, que de verdad sean <em>agentes de justicia</em>” (30 de abril, 1978)».</p>
<p>Por último, Monseñor fue <em>defensor del pobre con todo lo que era y tenía</em>. Cinco días antes de ser asesinado, a un periodista extranjero que le preguntaba cómo era posible, en situación tan difícil, ser solidarios con el pueblo salvadoreño le contestó: <em>“El que no pueda hacer otra cosa que rece”. </em>Hagan lo que puedan, pero <em>hagan</em>, <em>hagan todo lo que puedan</em>, vino a decir<em>. </em>Y añadió la razón para ese hacer <em>necesario </em>de quienquiera que quiera ser humano.<em> “Y no olviden que somos hombres </em>[…]<em> Y que aquí están sufriendo, muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas”</em>.</p>
<p>Seis semanas antes de ser asesinado, en la Universidad de Lovaina, con gran naturalidad, elevó lo humano amenazado,empobrecido y agredido a realidad teologal. Introdujo al pobre en el ámbito de Dios: “<em>la gloria de Dios es que el pobre viva”. </em>Defender al pobre es defender a Dios. En palabras de Gustavo Gutiérrez también se podría decir es <em>practicar a Dios.</em></p>
<ul>
<li><strong>“Y por eso lo mataron”</strong></li>
</ul>
<p>El lenguaje de <em>mártires</em> en el mundo del buen vivir y del querer vivir bien produce extrañeza, incluso repulsión. Entre nosotros, después de Rutilio, Romero, las cuatro hermanas estadounidenses, y miles y miles de hombres y mujeres sencillas que fueron matados inocente y la mayoría de ellos indefensamente, aunque suene a paradoja también puede produce luz, ánimo y agradecimiento. Pero eso no debiera llevar a que el término “mártir” pierda su vigor material primario, ni siquiera insistiendo -y en mi opinión reduciéndolo- a <em>ser</em> <em>testigo</em>. Hay testigos honrados, íntegros, que no son matados. Los <em>mártires</em> son ante todo seres humanos que, por defender a personas y causas justas y necesarias, <em>son</em> <em>matados</em>. Remiten ante todo al Jesús <em>matado</em> en la cruz.</p>
<p>En este contexto las palabras finales del campesino son muy importantes. No dice “y lo mataron”, sino que precisa estupendamente <em>“y por eso </em>lo mataron”. Ese “<em>eso”</em> es lo que ha dicho antes: “<em>nos defendió</em> a nosotros de pobres”</p>
<p>Siempre hay razones para ser matado martirialmente. El mismo Monseñor, cuando asesinaron al padre Rafael Palacios dijo en la homilía de su funeral: “se mata al que estorba”. Por aquellos años, en 1975, la Congregación General XXXII pidió a los jesuitas “introducirse en la lucha crucial de nuestro tiempo, la lucha por la fe y la lucha por la justicia que esa misma fe exige”. Y los padres de la Congregación añadieron sabiamente: “no haremos esto sin pagar un precio”. Hacer justicia es <em>estorbar</em>, y <em>ser matado</em> es pagar un precio.</p>
<p>Quien defiende a pobres y oprimidos debe estar dispuesto a ser matado, lo que ocurre de diversas formas, todas las cuales participan, análogamente, en que arrebatan vida. Lo importante, sin embargo, es la tesis, que Ellacuría repetía con toda claridad al pensar en concreto en la identidad de una universidad de inspiración cristiana. Decía que si una universidad sufre persecución, algo o mucho ha hecho de lo que tenía que hacer. Y más claramente, si no sufre persecución alguna no ha hecho lo que tenia que hacer. No ha defendido a los oprimidos.</p>
<p>Monseñor Romero era consciente de que lo podían matar. Un mes antes de ser asesinado, haciendo Ejercicios de san Ignacio, le manifestó a su confesor, el Padre Azkue “el miedo a una muerte violenta”. De hecho, Monseñor vivió  tres años de muerte anunciada. Estallaron bombas en templos, en el seminario, en residencias de religiosos y religiosas, en colegios católicos, en la UCA. Hubo atentados en importantes lugares de trabajo de la arquidiócesis, como la imprenta y la emisora YSAX. Y hubo frecuentes cateos en viviendas e instituciones. Especialmente dolorosos y premonitorios tuvieron que ser los asesinatos de seis sacerdotes, cinco diocesanos y un jesuita. Su muerte estaba <em>anunciada</em>.</p>
<p>También durante tres años tuvo que pagar el precio de sufrir el odio de los poderosos. Un matutino en letras grandes decía en primera plana: “Monseñor Romero vende su alma al diablo”. Y en otra ocasión: “Harán un exorcismo a monseñor Romero”. No le perdonaban lo que hacía ni lo que decía. En un arrebato cristiano Monseñor dijo una vez con cierto gracejo: “Si Jesucristo hubiera sido el arzobispo de San Salvador en esta hora, le lloverían mucho más que a mí los insultos, las calumnias” (5 de diciembre, 1977).</p>
<p>Y con total seriedad, en los Ejercicios que acabo de mencionar, tras la meditación sobre el seguimiento de Cristo &#8211;<em>el rey eternal</em>&#8211; Monseñor escribió su oblación a Jesucristo usando las palabras de san Ignacio:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Eterno señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante vuestra infinita bondad y delante vuestra Madre gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado”.</p>
<p>Monseñor Ricardo Urioste, su vicario general recientemente fallecido, solía repetir que “Monseñor Romero fue el salvadoreño más querido y el más odiado”. Es claro que ha sido el más querido, quien ha proporcionado alegría y dignidad al pueblo. Y es claro que le odiaron mucho muchos: potentados, opresores y victimarios, escuadrones de la muerte, militares y cuerpos de seguridad, gobernantes y políticos, los de casa y los del imperio del norte, muchos medios de comunicación social y algunos miembros de la jerarquía, aquí y en Roma.</p>
<p>Pero Monseñor no devolvió mal por mal, y nunca odió a quienes le odiaban. La razón no era <em>practicar la virtud de la ascesis</em>, tal como se nos recomendaba o exigía en los seminarios y noviciados, sino <em>no poder ser de otra manera</em>. En la homilía del 10 de septiembre de 1978 se dirigió “<em>a mis queridos hermanos que me odian</em>”:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Queridos hermanos, sobre todo ustedes queridos hermanos que me odian; ustedes mis queridos hermanos que creen que yo estoy predicando la violencia  y me calumnian y saben que no es así; ustedes que tienen las manos manchadas de crimen, de tortura, de atropello, de injusticia: ¡conviértanse! Les quiero mucho, me dan lástima porque  van por caminos de perdición”.</p>
<p>Y muy poco antes de su muerte dijo en la homilía del 16 de marzo: “Me da más lástima que cólera cuando me ofenden y me calumnian. Que sepan que no guardo ningún rencor, ningún resentimiento”. Y a un periodista dijo las  siguientes palabras que son muy citadas, aunque a veces se discuta su autoría. “Puede usted decir, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá, sí se convenzan que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”. Ya he dicho que algunos dudan de que estas sean palabras textuales de Monseñor. Puede ser. De lo que no tengo duda es que son palabras muy coherentes con otras que ciertamente dijo Monseñor. Y sobre todo con lo que Monseñor Romero llevaba en su corazón y decía ante su Dios.</p>
<p>Yo pienso que Monseñor pudo cargar con el odio de unos contra él porque él cargó con el sufrimiento de los pobres, los oprimidos, las víctimas. Y con su amor, ellos cargaron con él. Quien ama y es amado así no puede odiar a nadie. Sólo puede amar a todos.</p>
<p>Retorno a la oblación de Monseñor. Después de escribir su oblación con las palabras de san Ignacio continuó escribiendo con las suyas propias su ofrecimiento a Cristo. El final es entrañable y sorprendente. Las palabras expresan sencillez y esperanza exquisitas</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Así concreto mi consagración al corazón de Jesús, que fue siempre fuente de inspiración y alegría cristiana en mi vida. Así también pongo bajo su providencia amorosa toda mi vida y acepto con fe en Él mi muerte por más difícil que sea. Ni quiero darle una intención como lo quisiera por la paz de mi país y por el florecimiento de nuestra Iglesia […] porque el corazón de Cristo sabrá darle el destino que quiera. Me basta para estar feliz y confiado saber con seguridad que en Él está mi vida y mi muerte, que a pesar de mis pecados en Él he puesto mi confianza y no quedaré confundido <em>y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la Patria</em>”.</p>
<p>Termino esta primera parte de mi exposición con estas breves y emblemáticas palabras del mismo Monseñor. “Hay  que convertirse, queridos hermanos; yo el primero” (11 de noviembre de 1979). “¡Qué hermoso es ser cristiano! De veras, es abrazar la palabra de Dios encarnada, hacer suya la fuerza de salvación, tener esperanza, aun cuando todo parece perdido” (16 de julio, 1978). “Mi voz desaparecerá, pero mi palabra, que es Cristo, quedará en los corazones que la hayan querido acoger” (17 de diciembre de 1978).</p>
<p>No sé qué pensará el campesino sobre estas reflexiones. Pero para conocer el legado de Monseñor Romero y ponerlo a producir me encanta repetir sus sabias palabras. <em>«Monseñor dijo la verdad. Nos defendió a nosotros de pobres. Y por eso lo mataron.</em></p>
<p style="text-align: center;"><strong>III              </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Las palabras de Ignacio Ellacuría</strong><strong> </strong></p>
<p>El campesino habló sobre qué hizo Monseñor y sobre su destino. Ellacuría las hubiese aceptado totalmente, y por su cuenta añadió otras dos cosas, una explícita y otra implícitamente. Al hablar de lo que <em>él decía</em> sobre Monseñor Romero insistió en la <em>estrecha relación de Monseñor con Dios</em>. Y aunque no habló explícitamente de ello, es evidente que Monseñor Romero le causó un gran <em>impacto</em> que le cambió hondamente..<strong>                               </strong></p>
<ul>
<li><strong>“Difícil hablar de Monseñor Romero sin hablar de Dios”</strong>.</li>
</ul>
<p>Ellacuría escribió una vez que “es difícil hablar de Monseñor Romero sin verse forzado a hablar del pueblo”. Y así lo hizo él. Siguiendo esa misma lógica, es decir, teniendo en cuenta las exigencias que imponía la realidad del mismo Monseñor Romero para hablar de él adecuadamente, decimos nosotros ahora que para Ellacuría fue “difícil hablar de Monseñor Romero sin verse forzado a hablar de Dios”.</p>
<p>He encontrado <em>tres textos</em> en los que Ellacuría relaciona a Monseñor Romero explícitamente con <em>Dios</em>. El primero es de los inicios del ministerio arzobispal de Monseñor en la carta que escribió a Monseñor Romero el 9 de abril de 1977, carta espléndida que he publicado varias veces. El segundo está en un artículo que le pidió la revista <em>Razón y Fe</em> pocos meses después del asesinato de Monseñor. El tercero, el más conocido, son las palabras que pronunció en la homilía de la misa del funeral de Monseñor en la UCA.</p>
<p>En cada uno estos tres textos de Ellacuría aparece <em>la relación entre Monseñor Romero y Dios</em> en una <em>afirmación teologal breve y lapidaria</em>. A estas Ellacuría añade <em>afirmaciones explicativas. </em></p>
<p>Lo que voy a decir a continuación recoge en lo sustancial mi exposición ante un grupo de estudiosos de Ellacuría que en el 2013 se reunieron en San Salvador. Me invitaron a hablar sobre Ellacuría sin indicarme un tema determinado. Yo elegí hablar sobre <em>la fe de Ellacuría</em>. Y para hacerlo de forma concreta e histórica les hablé del <em>impacto de Monseñor Romero en Ignacio Ellacuría</em>. En primer lugar, veamos y analicemos los tres textos mencinados.</p>
<ol>
<li><strong> “He visto en la acción de usted <em>el dedo de Dios”</em></strong></li>
</ol>
<p>“Desde este lejano exilio quiero mostrarle mi admiración y respeto”. Así comienza la carta que escribió a Monseñor Romero el 9 de abril de 1977 desde su exilio en Madrid. Y añade tres razones explicativas para que la expresión “<em>he visto en la acción de usted el dedo de Dios”</em> no quedase reducida a acompañamiento meramente literario.</p>
<p>«El <em>primer</em> aspecto que me ha impresionado es el de <em>su espíritu evangélico</em> [&#8230;] Usted inmediatamente percibió el significado limpio de la muerte del padre Grande, el significado de la persecución religiosa y respaldó con todas sus fuerzas ese significado. Eso muestra su fe sincera y su discernimiento cristiano».</p>
<p>“Tuvo el acierto de oír a todos, pero acabó decidiendo por lo que parecía a ojos prudentes lo más arriesgado. En el caso de la única misa, de la supresión de las actividades de los colegios, de su firme separación de todo acto oficial, etc., <em>supo discernir dónde estaba la voluntad de Dios y supo seguir el ejemplo y el espíritu de Jesús de Nazaret».</em> Es el <em>segundo</em> aspecto.</p>
<p>«El <em>tercer</em> aspecto es que usted ha hecho Iglesia y ha hecho unidad en la Iglesia. Bien sabe usted lo difícil que es hacer esas dos cosas hoy en San Salvador. Pero la misa en la catedral y la participación casi total y unánime de todo el presbiterio, de los religiosos y de tanto pueblo de Dios muestran que en esa ocasión se ha logrado. No ha podido entrar usted con mejor pie a hacer Iglesia y a hacer unidad en la Iglesia dentro de la arquidiócesis. No se le escapará que esto era difícil. Y usted lo ha logrado. Y lo ha logrado no por los caminos del halago o del disimulo, sino por el camino del Evangelio: siendo fiel a él y siendo valiente con él. Pienso que mientras usted siga en esta línea y tenga como primer criterio el espíritu de Cristo martirialmente vivido, lo mejor de la Iglesia en San Salvador estará con usted y se le separarán quienes se le tienen que separar. En la hora de la prueba se puede ver quiénes son fieles hijos de la Iglesia, continuadora de la vida y de la misión de Jesús, y quiénes son los que se quieren servir de ella».</p>
<p>En este modo de actuar de Monseñor, Ellacuría vio “<em>el dedo de Dios</em>”. Desconozco por qué uso estas últimas palabras, pero lo más importune es que Monseñor Romero hizo que Ellacuría “se viese forzado a hablar de <em>Dios</em>”. El <em>hacer</em> de Monseñor le hacía ver el <em>hacer</em> de <em>Dios</em>.</p>
<ol start="2">
<li><strong> “Monseñor Romero fue <em>un enviado de Dios</em> para salvar a su pueblo” </strong></li>
</ol>
<p>“<em>Monseñor Romero, un enviado de Dios</em>”. Como el campesino Ellacuría menciona el martirio de monseñor Romero con aprecio y admiración, y se detiene en describirlo. «Un 24 de marzo, caía ante el altar monseñor Romero. Bastó con un tiro al corazón para acabar con su vida mortal. Estaba amenazado hacía meses y nunca buscó la menor protección. Él mismo manejaba su carro y vivía en un indefenso apartamento adosado a la iglesia donde fue asesinado. Lo mataron los mismos que matan al pueblo, los mismos que en este año de su martirio llevan exterminadas cerca de diez mil personas, la mayor parte de ellas jóvenes, campesinos, obreros y estudiantes, pero también ancianos, mujeres y niños que son sacados de sus ranchos y aparecen poco después torturados, destrozados, muchas veces irreconocibles”<strong>.</strong></p>
<p>En el artículo que cito, Ellacuría comienza con la pasión, y a continuación se pregunta qué había hecho en su vida monseñor Romero. En formulación concentrada, muy querida para Ellacuría dice: «<em>lo que hizo monseñor fue traer salvación a su pueblo”</em>. “No trajo salvación como un líder político, ni como un intelectual, ni como un gran orador». Se puso a anunciar y realizar el Evangelio con plena encarnación y en toda su plenitud, puso a producir la fuerza histórica del Evangelio. Comprendió “de una vez por todas” -dice Ellacuría con fuerza y criticando la ausencia habitual de lo que dirá a continuación- que la misión de la Iglesia es el anuncio y la realización del Reino de Dios, que pasa ineludiblemente por el anuncio de la Buena Nueva a los pobres y la liberación de los oprimidos. Monseñor buscó y trajo una salvación real del proceso histórico. Y habló a favor del pueblo “para que él mismo construyese críticamente un mundo nuevo, en el cual los valores predominantes fueran la justicia, el amor, la solidaridad y la libertad”.</p>
<p>Ellacuría vio en monseñor Romero don y gracia. “Fue un enviado”, dice, no mero producto de nuestras manos. Se convirtió -no para todos por igual- “en el gran regalo de Dios”. “Los sabios y prudentes de este mundo, eclesiásticos, civiles y militares, los ricos y poderosos de este mundo decían que hacía política. El pueblo de Dios, los que tienen hambre y sed de justicia, los limpios de corazón, los pobres con espíritu, sabían que todo eso era falso. Nunca habían sentido a Dios tan cerca, al espíritu tan aparente, al cristianismo tan verdadero, tan lleno de gracia y de verdad”.</p>
<p>“Todo ello le ganó el amor del pueblo oprimido y el odio del opresor. Le ganó la persecución, la misma persecución que sufría su pueblo. Así murió y por eso lo mataron. Por eso igualmente monseñor Romero se convirtió en un ejemplo excepcional de cómo la fuerza del Evangelio puede convertirse en fuerza histórica de transformación”.</p>
<ol start="3">
<li><strong> “Con Monseñor Romero<em> Dios </em>pasó por El Salvador”</strong></li>
</ol>
<p>Ellacuría pronunció estas palabras en la misa funeral de Monseñor Romero que celebramos en la UCA. En ellas quién era Monseñor para Ellacuría Monseñor alcanzó su punto culminante. Y con razón estas palabras son las más conocidas.</p>
<p>En estas palabras hay genialidad de pensamiento, y no conozco pastores ni teólogos, filósofos ni políticos, que conceptualicen y formulen realidades con tal radicalidad. Las palabras pueden extrañar y sorprender. Pudieran parecer en exceso abstractas, y, aunque teologales, quizás no suenen en exceso religiosas y piadosas. Pero debo confesar que para mí son verdaderas y son fructíferas. Al menos expresan más verdad y producen más frutos que otras que he escuchado sobre monseñor Romero. Me explico.</p>
<p>Ellacuría vio  en la historia de Monseñor una ultimidad y una radicalidad que, en ese grado, no encontró en ninguna otra realidad, aunque esas realidades fuesen la justicia, la verdad y la libertad, la democracia y el socialismo -en sus mejores momentos-, ni, que yo recuerde, en otras personas del pasado, por muy venerables que hubiesen sido. Vio que el paso de Dios en Monseñor producía bienes, personales y, novedosamente, sociales difíciles de conseguir, y una vez conseguidos, difíciles de mantener. Producía justicia sin ceder ante la injusticia, defensa y liberación de los oprimidos enfrentándose a sus opresores y esclavizadores. Producía compasión y ternura hacia los indefensos. Producía verdad sin componendas, no aprisionada por la mentira, ni por el peligro recurrente de ceder a lo políticamente correcto. Y mantenía una esperanza que no muere.</p>
<p>A Ellacuría, Monseñor le habló, por una parte, de un Dios de pobres y mártires, ciertamente, liberador, exigente, profético y utópico. En una palabra, le habló de lo que en Dios hay de “más acá”. Pero también le habló de lo que en Dios hay de inefable, no adecuadamente historizable, de lo que en Dios hay de “más allá”, de misterio insondable y bienaventurado.</p>
<p>Así vio a Dios en Monseñor Romero Ignacio Ellacuría Y a quien el término “Dios” le resulte extraño, piense en las siguientes palabras de Ellacuría: “Lo último de la realidad es el bien y no el mal”. Eso “último” es lo que con Monseñor Romero pasó por El Salvador.<strong> </strong></p>
<ul>
<li><strong>Cambio y conversión en Ignacio Ellacuría</strong></li>
</ul>
<p>Al hablar de Monseñor Romero Ellacuría tuvo que hablar de Dios por necesidad, y eso expresaba también un <em>cambio</em> en Ellacuría. El cambio fue tan radical que, a mi modo de ver, bien se puede y se deber usar la palabra <em>conversión para hacer justicia al cambio </em>-tal como lo hicimos al hablar de Monseñor Romero. Y en ambos casos hay una coincidencia sumamente significativa. Monseñor Romero se convirtió con el asesinato de Rutilio. Ignacio Ellacuría comenzó su proceso de conversión también con el asesinato de Rutilio junto con la reacción de Monseñor ante ese asesinato. Y alcanzó su culmen con el asesinato de Monseñor Romero.</p>
<p>Por lo que yo sé, del cambio-conversión de Ellacuría no se suele hablar mucho, aunque sí se suelen mencionar limitaciones y defectos de su persona por una parte, y después de su martirio se suele alabar de su persona en totalidad, sin reducirla a su inteligencia. Recuerdo que una vez escuché en la UCA a una mujer que, sin saber nada del Ellacuría magnífico intelectual, me dijo: “muerto el padre Rutilio Grande, vino Monseñor Romero. Y después de Monseñor Romero nadie ha hablado como el padre Ellacurría“. Esto lo he dicho muchas veces, pero no creo que se suele mencionar al hablar de Ignacio Ellacuría.</p>
<p>Si se me permite una pequeña digresión sobre este asunto es claro que Ellacuría cambió <em>en el modo de tratar a otras personas, </em>lo que a veces hacía con dureza y prepotencia<em>.  </em>Mencionaré dos ejemplos. A él mismo le oí contar que de estudiante jesuita tuvo discusiones fuertes con sus superiores, y recordaba su tensión con el rector del teologado de Innsbruck a comienzos de los sesenta. Victor Codina, jesuita y compañero suyo en Innsbruck, en un artículo que escribió después de su asesinato, con aprecio y agradecimiento, le recordaba como <em>el rey sol</em> de Innsbruck.</p>
<p>Cuando ya en Madrid estuvo con Zubiri preparando el doctorado en filosofía, al ver los revuelos que causaba Ellacuría entre los estudiantes de la universidad de Comillas, un jesuita en autoridad le dijo: “¿no ha pensado usted en dejar la Compañía?”. Ellacuría le contestó: “Yo no. ¿Y usted?”. Ellacuría podía ser tajante sin contemplaciones. Podía ser adusto. Y a veces, podía ser tan firme en sus convicciones y decisiones que se mostraba duro y prepotente.</p>
<p>Esto no quita que Ellacuría también podía ser buen amigo y aun cariñoso. Era dado a defender a los jesuitas cuando estos eran atacados por poderosos de derecha o cuando eran incomprendidos dentro de la Compañía por defender causas justas, lo que generaba alborotos al interior de las comunidades. Con los años, aunque no puedo poner fechas, en buena medida se fueron limando los excesos y las aristas de su temperamento, sobre todo su dureza y prepotencia</p>
<p>Mayor fue el cambio que se fue operando en él en la época en que vivió y trabajó en El Salvador entre finales de los sesenta y finales de los ochenta. Pienso que hubo dos épocas, siendo la segunda la de mayor profundidad personal.</p>
<p>En la primera época, de 1968 a 1977, Ellacuría, como ser humano, jesuita y cristiano, hizo una opción por los pobres, una opción radical por la justicia, y llevó a cabo una lucha contra la injusticia que empobrecía a las mayorías. Eso le llevó a defender públicamente, y con buenos argumentos, a Medellín y a la Congregación General XXXII. Sobre lo que ocurría en El Salvador defendió la validez de la huelga de maestros de 1971 sobre la que la UCA publicó un libro poco después. Denunció el fraude electoral de 1972, sobre lo que, junto con otros compañeros, publicó el libro <em>El año político</em>. En 1976 defendió las promesas de reforma agraria, por pequeñas y aun falaces que fueran, de parte del gobierno del presidente Molina.</p>
<p>Por lo que toda a su vida interior, la vida de su espíritu digamos, son prueba de cambio y aun de <em>conversión</em> los ejercicios de san Ignacio que dirigió a toda la provincia en 1969 y a un buen grupo de jesuitas jóvenes en 1971. En esto Ellacuría no era único, pues un buen número de jesuitas de nuestra provincia y de otras de América Latina también aceptaron el cambio y <em>se convirtieron. </em>Pero a mi modo de ver, Ellacuría fue preclaro<em>.</em></p>
<p>En 1977, con el asesinato de Rutilio Grande y la inmediata reacción de Monseñor Romero ante ese asesinato, Ellacuría entró en una segunda época de cambio que llegó a ser muy radical. En 1983, después de retornar de su segundo exilio Ellacuría, entró en los últimos seis años de su vida. La tarea fundamental a la que dedicó sus mejores energías, tiempo y salud, fue poner fin a la guerra a través de un diálogo que desembocase en negociación. Por ello tuvo que escuchar críticas de ambos lados -más de la derecha que de la izquierda- pues cada bando quería vencer sobre el otro. Y con razones, o autoengaños, esperaban que la victoria era posible.</p>
<p>Sobre todo a partir de ese momento me gusta usar el término <em>conversión</em> al hablar de Ellacuría, como lo hice al hablar de Monseñor Romero. En mi opinión comenzó a notarse en que Ellacuría hablaba de Monseñor y de Dios de una manera diferente. Y también que desde el Dios que avizoró con Monseñor Romero, profundizó y radicalizó su opción por el pueblo y por la justicia.</p>
<p>Algunas muestras visibles de esa <em>conversión</em> de Ellacuría son la carta del 9 de abril de 1977 a Monseñor Romero, que varias veces hemos publicado y comentado. El reconocimiento público de que Monseñor era superior a la UCA, y obviamente a su persona: “él era la voz, nosotros el eco”, tal como lo dijo en 1985. La veneración que tuvo por Monseñor Romero hasta el final.</p>
<p>Creo que no basta, como suele ser normal, tener a Ellacuría, aun admitiendo sus limitaciones y defectos, como una gran persona, muy capaz, ciertamente con gran inteligencia, tenaz y audaz, excepcional. Pensar así no es desatino, pero puede ser empobrecedor en algún grado si no se tiene en cuenta que Ellacuría, viviendo la realidad de El Salvador, con pobres, víctimas y mártires, <em>se convirtió</em>, y que la fe de monseñor Romero se le impuso como algo bueno y humanizante. Se alegraba de que Monseñor fuese hombre de fe, y de que esa fe fuese contagiosa. Algo o mucho de Monseñor Romero -en definitiva solo Dios lo sabe- pienso que se le pegó a Ellacuría. <em>El misterio</em> cobró novedad y cercanía. No tengo argumentos apodícticos para defender esta afirmación, pero puede haber <em>vías,</em> como decía santo Tomás, para hacerla razonable.</p>
<p>En su exilio en Madrid (1980-1983) con más tiempo, y en sus últimos años en El Salvador (1983-1989), aun con múltiples ocupaciones de máxima urgencia y responsabilidad, siempre encontró tiempo para escribir textos teo-lógicos especialmente sobre Iglesia, eclesiología espiritualidad y cristología, y algunos de ellos más específicamente <em>teo-logale</em>s. En ellos abordaba directa o indirectamente la realidad de Dios.</p>
<p>Ellacuría mencionaba a “Dios” con naturalidad para dar fuerza a una idea, también cuando no tenía por qué hacerlo. En una dura crítica escribió: “todo importa más que escuchar realmente la voz de Dios que […] se escucha tanto en los sufrimientos como en las luchas de liberación del pueblo”.</p>
<p>En esa última época también pasó por momentos de oscuridad. Nunca sentí que cayera en desesperación, pues siempre seguía trabajando, pero sí sentí en él un cierto malestar de espíritu. Las cosas no marchaban bien para el país, y Ellacuría no parecía sentir un asidero seguro para su lucha por el diálogo. Una vez me dijo, como de pasada, “solo queda la estética”. Y otra vez me dijo, también de pasada, algo que el lector no entenderá y que le hará sonreír: “Ya, ni el Athletic”. Yo le comprendí perfectamente. Y es que para los nacidos en Vizcaya, el País Vasco, el club de fútbol Athletic de Bilbao solía ser algo entrañable..</p>
<p>Como Monseñor, tomó en serio la posibilidad de una muerte violenta. No solía hablar de ello, y ciertamente no para darse importancia. Pero era muy consciente de esa posibilidad. Conmigo habló alguna vez. Meses antes de su asesinato me dijo; «ahora que trabajo por el diálogo y la negociación mi vida corre más peligro que cuando me tenían por izquierdista y revolucionario». Y como un ilustrado estoico me dijo también: “Me han dicho que el dolor de un disparo solo dura 20 segundos”.</p>
<p>En medio de estas experiencias personales sobre el sentido y sinsentido de la vida, Ellacuría siguió luchando. No cambió en lo que él mismo formuló como tarea fundamental: «empujar el carro de la historia». Y siguió pensando. Escribió artículos sobre la situación militar, económica y política y varios artículos de teología que publicó en la <em>Revista Latinoamericana de Teología</em>, que fundamos en 1984. Eran artículos teológicos pero con un trasfondo <em>teologal</em>. Y más allá de temas concretos, remitiéndose al pensar y sentir de Monseñor Romero, Ellacuría hablaba con toda naturalidad de la <em>trascendencia</em>.</p>
<ul>
<li><strong>La insistencia de Ellacuría en la transcendencia</strong></li>
</ul>
<p>Creo que el mayor impacto que Monseñor Romero causó en Ignacio Ellacuría fue su <em>fe</em>. Usando dos frases de Monseñor en sus homilías finales Ellacuría pudo captar, con asombro sí, pero en continuidad con su propia manera de ser y hacer, lo que dijo Monseñor el 23 de marzo la víspera de ser asesinado:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”.</p>
<p>Pienso que también captó -pero aquí su asombro pudo ser todavía mayor- lo que Monseñor había dicho seis semanas antes en la homilía del 10 de febrero:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios […] ¡Quien me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación de hoy fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez”.</p>
<p>Ante palabras como esas Ellacuría sentía -esa es mi convicción- que en Monseñor Romero había algo diferente, superior, no sólo cuantitativa sino cualitativamente. A él, no le empequeñecía, pero le ayudaba a saberse y ubicarse mejor como ser humano. De hecho, Monseñor le llevó a mencionar varias veces y en momentos importantes la <em>transcendencia</em>.</p>
<p>El día en que la UCA otorgó un doctorado a Monseñor Romero, Ellacuría, al hablar explícitamente de su esperanza dijo:</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Sobre dos pilares apoyaba Monseñor Romeros su esperanza: un pilar histórico que era su conocimiento del pueblo al que atribuía una capacidad de encontrar salidas a las dificultades más graves, y <em>un pilar transcendente</em> que era su persuasión de que últimamente Dios era un Dios de vida y no de muerte, que lo último de la realidad es el bien y no el mal”.</p>
<p>Y en el artículo <em>citado Monseñor Romero, un envido de Dios para salvar a su pueblo</em> Ellacuría, al hablar de la salvación, retomó la insistencia de Monseñor Romero en la transcendencia.</p>
<p style="padding-left: 60px;">“Monseñor Romero nunca se cansó de repetir que los procesos políticos, por muy puros e idealistas que sean, no bastan para traer a los hombres la liberación integral. Entendía perfectamente aquel dicho de san Agustín que para ser hombre hay que ser “más” que hombre. Para él, la historia que solo fuese humana, que solo pretendiera ser humana, pronto dejaría de serlo. Ni el hombre ni la historia se bastan a sí mismos. Por eso <em>no dejaba de llamar a la trascendencia</em>. En casi todas sus homilías salía este tema: la palabra de Dios. La acción de Dios rompiendo los límites de lo humano”.</p>
<p>Esto que aquí dice Ellacuría esquemáticamente sobre Monseñor y la transcendencia, puede verse también en los textos ya analizados en que relaciona a Monseñor Romero con <em>Dios</em>,  Y lo hace con una novedad: pone en relación activa y dinámica <em>a Dios y pueblo</em>, <em>a pueblo y Dios. </em></p>
<p>Por un lado Ellacuría captó <em>a Dios abajándose al pueblo</em>: “Dios pasó por El Salvador”, y no cabe duda <em>por cuál</em> <em>El Salvador</em> pasó Dios, por el de pobres y oprimidos, por el de victimas y mártires. Por otro lado Ellacuría captó <em>al pueblo elevándose a Dios</em>. El pueblo de Dios, los que tienen hambre y sed de justicia, los limpios de corazón, los pobres con espíritu, “nunca habían sentido a Dios tan cerca”.</p>
<p>Puede ser que esté forzando un poco el lenguaje, pero Ellacuría desde Monseñor vio a un Dios acercándose al pueblo, y a un pueblo acercándose a Dios. Y pienso que pudo ver a un Dios así, por la afinidad martirial de Monseñor con el pueblo y por el amor total de Monseñor al pueblo.</p>
<ul>
<li><strong>Monseñor Romero fue el rostro del misterio de Dios</strong></li>
</ul>
<p>Aunque me alargue un poco, permítanme una segunda <em>digresión sobre la fe de Ellacuría. </em>He contado varias veces que en 1969, en una reunión en Madrid, le oí decir en un pequeño grupo: “Rahner lleva con elegancia sus dudas de fe”, con lo cual venía a decir -esa fue mi convicción- que tampoco para él la fe era algo obvio. Sus palabras no me sorprendieron, pues aquellos eran años recios para la fe en Dios, la mía propia y la de otros compañeros e incluso profesores. El contacto abierto y serio con los filósofos modernos -increyentes la mayoría de ellos, con la excepción de Xavier Zubiri-, el surgir de la teología crítica, incluso la de la muerte de Dios -ese era el ambiente que predominaba en los años en que Ellacuría alcanzó su madurez intelectual-, su propio talante honesto y crítico, nada propicio a credulidades y argumentos poco convincentes y de matices apologéticos, y el gran cuestionamiento de Dios que es la miseria y el escándalo del continente latinoamericano no debieron hacer obvia la fe en Dios de un Ignacio Ellacuría.</p>
<p>Como muchos otros, pienso que Ellacuría anduvo a <em>vueltas con Dios</em>. En palabras de la Escritura, pienso que <em>luchó con Dios</em>, como Jacob. Y mi convicción es que se dejó vencer por Dios, aunque la victoria, o la derrota, es siempre cosa muy personal, de ello solo se puede hablar con infinito cuidado, y en definitiva no es captable desde fuera.</p>
<p>Dicho en palabras más sencillas, lo que pienso que ocurrió es que Monseñor Romero, sin proponérselo Ellacuría, le impulsó y le capacitó para ponerse activamente y novedosamente -y mantenerse- ante el misterio último de la realidad. De Monseñor le impresionó profundamente cómo se remitía a Dios, no solo en la reflexión y en la predicación, sino en la más profunda realidad de su vida. Dios era para Monseñor absolutamente <em>real</em>. Y Ellacuría vio que con ese Dios Monseñor humanizaba a las personas y traía salvación a la historia.</p>
<p>Monseñor Romero vino a ser para Ellacuría como el rostro del misterio que asoma en nuestro mundo, misterio en definitiva más <em>fascinans</em> que <em>tremendum</em>. Y en presencia de ese Monseñor Ellacuría se sentía -él, que no estaba acostumbrado a ello- pequeño, pero con un empequeñecimiento que no humilla, sino que nos ubica adecuadamente en la historia y nos otorga dignidad. Con exquisita delicadeza Monseñor le ofrecía aquello en lo que él era eximio y en lo que los demás somos más limitados.</p>
<p>Terminamos citando las últimas palabras de Ellacuría en su último artículo que publicó en 1989 en la <em>Revista Latinoamericana de Teología.</em> En él trató de profecía  y utopía, de Iglesia, fe y salvación.</p>
<p style="padding-left: 60px;">“La negación profética de una iglesia como el cielo viejo de una civilización de la riqueza y del imperio y la afirmación utópica de una iglesia como el cielo nuevo de una civilización de la pobreza es un reclamo irrecusable de los signos de los tiempos y de la dinámica soteriológica de la fe cristiana historizada en hombres nuevos”.</p>
<p style="padding-left: 60px;">Y concluyó: “Estos hombres nuevos siguen anunciando firmemente, aunque a oscuras, un futuro siempre mayor, porque más allá de los sucesivos futuros históricos se avizora el Dios salvador, el Dios liberador”.</p>
<p>Ver a Dios y al pueblo así, responder y corresponder a ese Dios y a ese pueblo, pienso que es <em>el legado</em> que nos ha dejado Monseñor Romero. En mayor o menor grado, varias personas han recogido ese legado y lo han puesto a producir. Y ya que estamos en un auditorio que lleva su nombre, no olvidemos que el legado del mártir Monseñor Romero lo recogió y lo puso a producir magníficamente el mártir Ignacio Ellacuría. Por eso he hablado largamente de él en esta exposición.</p>
<p><strong>Jon Sobrino</strong></p>
<p>2 de septiembre de 2018</p>
<p>Auditorio Ignacio Ellacuría de la UCA</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2018/10/18/el-legado-de-monsenor-romero-martir/">El legado de Monseñor Romero mártir</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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		<title>Pacto de las Catacumbas: la urgencia de volver a la Iglesia de los pobres</title>
		<link>https://piensachile.com/2015/11/23/pacto-de-las-catacumbas-la-urgencia-de-volver-a-la-iglesia-de-los-pobres/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 23 Nov 2015 02:40:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[16 de noviembre de 1989]]></category>
		<category><![CDATA[conferencia episcopal de medellin]]></category>
		<category><![CDATA[ellacuria]]></category>
		<category><![CDATA[iglesia de los pobres]]></category>
		<category><![CDATA[jon sobrino]]></category>
		<category><![CDATA[juan XXIII]]></category>
		<category><![CDATA[oscar arnulfo romero]]></category>
		<category><![CDATA[pacto de las catacumbas]]></category>
		<category><![CDATA[teología de la liberación]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Estos días hemos reflexionado sobre "el pacto de las catacumbas” que hace cincuenta años firmaron en este lugar alrededor de cuarenta obipos. Se comprometían personalmente a construir "una Iglesia pobre y servidora”. Asi estaban recogiendo el gran deseo de Juan XXIII: que la Iglesia sea "una Iglesia de los pobres”. En el aula conciliar no prosperó la idea, pero el pacto de las catumbas se convirtió en el legado "secreto” del Vaticano II.</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2015/11/23/pacto-de-las-catacumbas-la-urgencia-de-volver-a-la-iglesia-de-los-pobres/">Pacto de las Catacumbas: la urgencia de volver a la Iglesia de los pobres</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span class="metadata_time">20 de noviembre de 2015</span></p>
<div id="article_body">
<div class="image">
<figure style="width: 601px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" src="http://www.reflexionyliberacion.cl/imagenes/grandes/news_c8843wjz29fd1l7.jpg" alt="image" width="601" height="311" align="left" /><figcaption class="wp-caption-text">Homilía de Jon Sobrino en el encuentro: Celebrando los 50 años del Pacto de las Catacumbas. Roma, noviembre 2015.</figcaption></figure>
</div>
<p><strong>Estos días hemos reflexionado sobre «el pacto de las catacumbas” que hace cincuenta años firmaron en este lugar alrededor de cuarenta obipos. Se comprometían personalmente a construir «una Iglesia pobre y servidora”. Asi estaban recogiendo el gran deseo de Juan XXIII: que la Iglesia sea «una Iglesia de los pobres”. En el aula conciliar no prosperó la idea, pero el pacto de las catumbas se convirtió en el legado «secreto” del Vaticano II.</strong>
</div>
<div id="article_body">
<p align="justify">Hoy, en esta eucaristía, ante Dios y reunidos como su pueblo, quisiéramos comprometernos en la construcion de esa Iglesia, que es la unica Iglesia de Jesus. Es la mejor manera, y en definitiva la única manera, de recordar el pacto de las catacumbas como es debido. Y de renovarlo con la urgencia necesaria.</p>
<p align="justify">Tras el pacto ha habido epocas de florecimiento eclesial, y es bueno recordarlo para tener aliento en épocas difíciles: si la gracia fue real, es que hoy tambien es posible. Y sigue habiendo un gran pecado, que nos urge a seguir siendo responsables de erradicarlo y a estar dispuestos a correr riesgos. Pecado es en nuestros dias Lampedusa, los refugiados que buscan sobrevivir ante la eficaz indiferencia de Europa. Y pecado es la pederastia de sacerdotes y el carrerismo de altos eclesiásticos. Todo ello lo recuerda con vigor y rigor el papa Francisco.</p>
<p align="justify">Pero es mas fructífero recordar la gracia. Es mas dificil porque nos exige mucho. Y es mas gozoso, porque, lo que ha ocurrido en estos cincuenta años sigue siendo una buena noticia. Ha ocurrido en muchos lugares, pero me comprenderán si me centro en el continente latinoamericano.</p>
<p align="justify">Ha habido obispos padres de la Iglesia, algunos de ellos mártires, Don Helder Camara, Angelelli, don Samuel Ruiz, Leonidas Proaño, Juan Gerardi. Ha habido, menos conocidas, madres de la Iglesia, laicas y religiosas, algunas de ellas mártires. En El Salvador María Julia Hernández, Marianella García Villa, Rufina Amaya, Silvia Arriola. Ha habido comunidades de base, así llamadas porque están a la base de la sociedad de un mundo pobre, y comunidades indígenas que luchan por sus culturas. Ha habido seminarios y universidades que enseñan y promueven la liberación de los oprimidos. Ha habido teología de la liberación y cercanía de iglesias hermanas.Ha habido muchos mártires, mucho amor y mucha entrega. Y la Iglesia se ha parecido un poco más a Jesús.</p>
<p align="justify">Al firmar el pacto de las catacumbas los obispos tuvieron sencillez, lucidez y decisión. Quisiera decir ahora lo que, en lo personal, mas me ha impactado de lo que ayudaron a generar una corriente episcopal.</p>
<p align="justify"><strong>1. El nosotros del pacto fue recogido en Medellín.</strong></p>
<p align="justify">En el pacto de las catacumbas los obispos hablaron muy personalmente. No hablaron para enseñar a los fieles, sino para hablar unos a otros. Llegaron a formar un «nosotros” existencial. Y generaron una importante corriente eclesial.</p>
<p align="justify">Tres años despues en Medellin los obispos dijeron. «Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores –pidiéndonos- una liberación que no les llega de ninguna parte (n. 2). Y añaden lo que no se suele decir: «Llega también hasta nosotros las quejas de que la Jerarquía, el clero, los religiosos, son ricos y aliados de los ricos” (n. 2). Aclaran que a veces se confunde la apariencia con la realidad, pero reconocen que hay cosas que han contribuido a crear la imagen de una Iglesia institucional rica: los grandes edificios, las casas de párrocos y religiosos, cuando son superiores a las del barrio en que viven; los vehículos propios, a veces lujosos; la manera de vestir heredada de otras épocas…</p>
<p align="justify">Esclarecidas las exageraciones, y hablando en primera persona los obispos reconocen lo que de verdad hay en las quejas. «En el contexto de pobreza y aun miseria en que vive la gran mayoría del pueblo latinoamericano, los obispos, sacerdotes y religiosos tenemos lo necesario para la vida y una cierta seguridad, mientras los pobres carecen de lo indispensable y se debaten entre la angustia y la incertidumbre” (n. 3).</p>
<p align="justify">Reconocen el distanciamiento y desinterés que los pobres resienten. «No faltan casos en que los pobres sienten que sus obispos, o sus párrocos y religiosos, no se identifican realmente con ellos, con sus problemas y angustias, que no siempre apoyan a los que trabajan con ellos o abogan por su suerte” (n. 3). Resuena el papa Francisco.</p>
<p align="justify">Estas palabras pensadas y detalladas muestran que los obispos tomaron en serio existencialmente, como personas y como grupo, el clamor de los pobres.</p>
<p align="justify">Y tambien lo presupone las palabras iniciales de Medellin. «Existen muchos estudios sobre la situación del hombre latinoamericano. En todos ellos se describe la miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo” (n.1).</p>
<p align="justify">El texto es de suma importancia. Al ponerlo al comienzo de todo el documento los obispos confiesan lo que está en su mente y en su corazón. Y llama poderosamente la atención que, siendo un texto escrito por obispos, creyentes en Dios, amantes de Jesucristo y servidores en la Iglesia, sus primeras palabras no sean palabras religiosas, ni bíblicas, ni dogmáticas. Son palabras sobre la realidad de este mundo; más en directo, sobre su pecado. Mencionan a quienes lo sufren, y, por implicación, a quienes lo cometen. El pecado mayor es la «injusticia”. Las palabras «clama al cielo” pueden ser el equivalente al término español «desorbitante”, pero también se pueden entender como en Éxodo 3, 9: «El clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí”, dice Jahvé.</p>
<p align="justify"><strong>2. Mons. Romero fue fiel a los pobres hasta el martirio</strong></p>
<p align="justify">El cambio de Monseñor se debió sustancialmente al asesinato de Rutilio Gande el 12 de marzo de 1977 en Aguilares. Es bien conocido. Ahora quiero recordar su total cercanía a pobres, empobrecidos y víctimas.</p>
<p align="justify">El 19 de junio de 1977 Monseñor volvió a Aguilares, cuando el ejército salió del pueblo tras un mes de haberlo ocupado y haber asesinado alrededor de cien campesinos. Recuerdo perfectamente como comenzó su homilía: «A mí me toca ir recogiendo cadáveres”.</p>
<p align="justify">Fue duro con los criminales y les recordó las palabras de la Escritura: ”Quien a hierro mata, a hierro muere”. En el ofertorio presentó a Dios a las cuatro religiosas que se había ofrecido a sustituir a los sacerdotes expulsados de Aguilares. Y a los campesinos que, atemorizados, no habían ido al templo, pero que podían escuchar sus palabras a traves de altavoces les dijo: «Ustedes son la imagen del Divino Traspasado… [Este pueblo] es la imagen de todos los pueblos que, como Aguilares, serán atravesados, serán ultrajados”(1) .</p>
<p align="justify">Monseñor preparaba sus homilías pensando en el pueblo sufriente. Así lo dijo en su última homilía dominical, la víspera de ser asesinado:»Le pido al Señor durante la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y, aunque siga siendo una voz que clama en el desierto, sé que la iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir su misión” (2) .</p>
<p align="justify">Y con ese pueblo se comprometió hasta el final. «Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio me exige” (3) .</p>
<p align="justify">Monseñor tomó en serio la construcción de una iglesia, la relacionó con el pueblo crucificado. La Iglesia de Jesús es una Iglesia perseguida. En un arrebato evangélico dijo: «Me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres”(4) . Y en un arrebato mayor confesó: «Sería triste que, en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente, no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas de su pueblo” (5) .</p>
<p align="justify">Monseñor fue un hombre feliz. En 1979 le dijo al comienzo de la homilia al director de una delegación de Iglesias hermanas de Estados Unidos: «Quiero que a su regreso exprese simplemente lo que ha visto y oído, y lleve el testimonio de que con este pueblo no cuesta ser buen pastor; es un pueblo que empuja a su servicio… Más que un servicio… significa para mí un deber que me llena de satisfacción” (6) .</p>
<p align="justify">En el funeral que celebramos en la UCA un poco despues del asesinato Ellacuria dijo en su homilia: «Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”.</p>
<p align="justify"><strong>3. Otro 16 de noviembre, en 1989, en El Salvador fueron asesinados seis jesuitas y dos trabajadoras de la UCA.</strong></p>
<p align="justify">Después de Medellín no solo Monseñor Romero fue asesinado. Ya he mencionado al principio los nombres de hombres y mujeres mártires. También hubo niños y ancianos. Permìtaseme recordar ahora a mis compañeros asesinados hace 26 años. Me han hecho pensar sobre lo que es el cristianismo, la Iglesia y la universidad. Por ser jesuitas su recuerdo puede ayudar a los religiosos y religiosas. Y por trabajar en una universidad puede ayudar a laicos y laicas.</p>
<p align="justify">Iluminan el cristianismo porque reprodujeron en forma real, no intencional o devocional, la vida de Jesús. Su mirada se dirigió a los pobres reales, los que no dan la vida por supuesto y viven y mueren sometidos a la opresión del hambre, la injusticia, el desprecio, y a la represión de torturas, desaparecimientos, asesinatos, muchas veces con gran crueldad. Se movieron a compasión e «hicieron milagros”, poniendo ciencia, talentos, tiempo y descanso, al servicio de la verdad y de la justicia. Y «expulsaron demonios”.</p>
<p align="justify">Ciertamente lucharon contra los demonios de fuera, los opresores, oligarcas, gobiernos, fuerzas armadas, y de esos defendieron a los pobres. No les faltaron modelos, Rutilio Grande y Monseñor Romero. Y fueron fieles hasta el final, en medio de bombas y amenazas, con misericordia consecuente. Murieron como Jesús, y han engrosado una nube de testigos, cristianos, sacerdotes, religiosos, también agnósticos, que han dado su vida por la justicia. Estos son los «mártires jesuánicos”, referente esencial para los cristianos y para cualquiera que quiera vivir humana y decentemente en nuestro mundo.</p>
<p align="justify">Fueron fieles a su vocación, y actualizaron a San Ignacio. Su tarea fue bajar de la cruz al pueblo crucificado, la liberación de la opresión, especialmente la producida por causas estructurales, y elegir el camino de la civilización de la pobreza en contra de la civilización de la riqueza, acumuladora y deshumanizante.</p>
<p align="justify">En este contexto me parece oportuno recordar un hecho singular: los mártires de la UCA nunca discernieron si era voluntad de Dios quedarse en el país, con riesgos, amenazas y persecuciones, o salir del país. Creo que ni se les ocurrió. Actuaron «sin dubitar ni poder dubitar” (Ejercicios de San Ignacio n. 175).</p>
<p align="justify">Si nos preguntamos «que movía y atraía la voluntad”, podemos decir que era «Dios nuestro Señor” comunicándose al alma. Pero creo que conocemos las realidades históricas que no les ataban al pais: «el sufrimiento del pueblo”, ”la vergüenza que daba abandonar al pueblo”, «la fuerza cohesionante de la comunidad”, «el recuerdo enriquecedor de Monseñor Romero, de nueve sacerdotes y cinco religiosas asesinadas”, incluso el «haberse acostumbrado a la persecución”. Pienso que todo ello movía la voluntad e iluminaba las decisiones y el camino a seguir. Dios no actuaba a través de cualquier cosa, sino a traves de las que hemos mencionado.</p>
<p align="justify">El Padre Arrupe dijo de ellos que «éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos, hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario” (19 de marzo, 1977, una semana despues del asesinato de Rutilio Grande).</p>
<p align="justify">Con los jesuitas murieron asesinadas dos mujeres: Julia Elba Ramos, 42 años, cocinera de una comunidad de jóvenes jesuitas, pobre, alegre e intuitiva, y trabajadora toda su vida. Y su hija Celina, 15 años, activa, estudiante y catequista; con su novio habían pensado comprometerse en diciembre de 1989. Se quedaron a dormir en la residencia de los jesuitas, pues allí se sentían más seguras. Pero la orden fue «no dejar testigos”. En las fotos se nota el intento de Julia Elba de defender a su hija con su propio cuerpo. Son el símbolo del pueblo crucificado, inocente e indefenso.</p>
<p align="justify">Una última reflexión creyente. De los mártires de la UCA, unos fueron más parecidos a Monseñor Romero, los jesuitas. Otros fueron más parecidos al pueblo crucificado, las dos mujeres. Mirándolos a todos ellos y ellas en su conjunto, podemos decir que con ellos y ellas Jesús y su Dios pasaron por este mundo cargando con la cruz. Pero también hay que decir que, contra toda apariencia, en ellos y ellas pasó el Dios de la salvación. Así lo escribió el P. Ellacuría con rigor científico. Por mi parte escrito: «fuera de los pobres -y de las víctimas- no hay salvación”.</p>
<p align="justify"><strong>4. Los mártires traen salvación</strong></p>
<p align="justify">Hemos recordado a mártires. Su vida y su muerte son de gran dureza, y por eso mis palabras pueden sonar fuertes. Pero también es verdad que a ellos se dirigen las bienaventuranzas de Jesús. Y que para nosotros son -pueden ser- una bendición: nos animan a entregarnos a los demás y a tener esperanza, ánimo que no se encuentra, con esa fuerza, en ninguna otra parte, ni en la liturgia ni en la actividad de la academia.</p>
<p align="justify">Los seis jesuitas de la UCA cargan con nosotros y nos llevan en su fe, Julia Elba y Celina nos llevan en la suya, pero de manera distinta. Yo al menos, no puedo entrar en su misterio. Pero Dios sí lo conoce y ellas -Dios sabe cómo- nos llevan a Dios.</p>
<p align="justify">Y contra toda ciencia y prudencia, los mártires generan esperanza. Miles de campesinos pobres, con familiares muertos, se juntan la víspera del 16 de noviembre en la UCA para celebrar unos con otros, rezar y cantar. Jürgen Moltmann lo teorizo muy bien hace unos años: «no toda vida es ocasión de esperanza, pero sí lo es la vida de Jesús, quien, por amor, tomó sobre sí la cruz”.</p>
<p align="justify">Para terminar quiero agradecer al Papa Francisco que se ha estado moviendo de nuevo en las catacumbas. A su modo, con humor y sencillez, con dureza y con cariño. Quiere reformar la Iglesia. Ayudémosle, no solo aplaudamos.</p>
<p align="justify">A Monsenor Luigi Bettazzi un gran abrazo. Y el agradecimiento de los salvadoreños a quienes nos ayudo en los años dificiles.</p>
<p align="justify"><strong>Y a los mártires, que descansen en paz. Que su paz nos transmita a los vivos la esperanza, y que su recuerdo no nos deje descansar en paz.</strong></p>
<p>WordPress.com  &#8211;  Amerindia  &#8211;  Adital  &#8211;  Reflexión y Liberación<br />
*Fuente: <strong><a href="http://www.reflexionyliberacion.cl/articulo/4738/pacto-de-las-catacumbas-la-urgencia-de-volver-a-la-iglesia-de-los-pobres.html">Reflexión y Liberación</a></strong>
</div>
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		<item>
		<title>Centenario de Don Helder Cámara: «Urgencia de volver a la Iglesia de los pobres»</title>
		<link>https://piensachile.com/2009/06/30/centenario-de-don-helder-camara-urgencia-de-volver-a-la-iglesia-de-los-pobres/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jun 2009 03:38:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Teología de la Liberación]]></category>
		<category><![CDATA[jon sobrino]]></category>
		<category><![CDATA[monseñor helder camara]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>30 de junio de 2009<br />
No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc, a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas.</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2009/06/30/centenario-de-don-helder-camara-urgencia-de-volver-a-la-iglesia-de-los-pobres/">Centenario de Don Helder Cámara: «Urgencia de volver a la Iglesia de los pobres»</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>30 de junio de 2009<br />
<strong>A los cien años del nacimiento de Don Helder Camara<br />
</strong>Ver a la Iglesia “en pobreza y sin poder” nunca ha tenido mucho éxito, y si se hace de ello algo central ni siquiera en el Vaticano II, tan importante y decisivo en muchas otras cosas. Sí lo tuvo en Medellín, y en Puebla todavía pudo salir con bien ante graves maniobras en su contra. Pero desde hace tres décadas el deterioro es inocultable. Dice Comblin: “Después de Puebla comenzó la Iglesia del silencio. La Iglesia empezó a no tener nada que decir”. Y aunque Aparecida ha supuesto un pequeño freno, en la Iglesia no ha ocurrido todavía aquel “revertir la historia” que exigía Ellacuría para sanar una sociedad gravemente enferma. La conclusión es que hay que volver a una Iglesia de los pobres, y trabajar por ello. En El Salvador, después de Monseñor Romero, el deterioro es claro, y de ahí la necesidad de recomposición eclesial.</p>
<p>El Vaticano II. Juan XXIII deseaba que el Concilio reconociese que la Iglesia es “una Iglesia de los pobres”. El cardenal Lercaro tuvo un emotivo y lúcido discurso sobre ello al final de la primera sesión en 1962, y Monseñor Himmer pidió con toda claridad: “hay que reservar a los pobres el primer puesto en la Iglesia”. Pero ya en octubre de 1963 el obispo Gerlier se quejaba de la poca importancia que se estaba dando a los pobres en el esquema sobre la Iglesia. También los obispos latinoamericanos más lúcidos captaron pronto que a la inmensa mayoría del Concilio el tema les era muy lejano, aunque siempre se mantuvo un grupo que querían seguir la inspiración de Juan XXIII, entre ellos un buen número de latinoamericanos. Se reunieron confidencialmente y con regularidad en Domus Mariae, para tratar el tema “la pobreza de la Iglesia”.</p>
<p>El 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio, cerca de 40 padres conciliares celebraron una eucaristía en las catacumbas de santa Domitila. Pidieron “ser fieles al espíritu de Jesús”, y al terminar la celebración firmaron lo que llamaron “el pacto de las catacumbas”.</p>
<p>El “pacto” es un desafío a los “hermanos en el episcopado” a llevar una “vida de pobreza” y a ser una Iglesia “servidora y pobre” como lo quería Juan XXIII. Los signatarios -entre ellos muchos latinoamericanos y brasileños, a los que después se unieron otros- se comprometían a vivir en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral. El texto tendría un fuerte influjo en la teología de la liberación que despuntaría pocos años después.</p>
<p>Uno de los propulsores del pacto fue Dom Helder Camara. Este año celebramos el centenario de su nacimiento, el 7 de febrero de 1909 en Fortaleza, Ceará, en el Nordeste de Brasil. Como homenaje a su persona y exigencia a nosotros, publicamos a continuación el texto.</p>
<p><strong>“El pacto de las catacumbas: una Iglesia servidora y pobre”<br />
</strong>Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:</p>
<p>1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Cfr. Mt 5, 3; 6, 33s;  8-20.</p>
<p>2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Cfr. Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.</p>
<p>3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc, a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Cfr. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.</p>
<p>4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Cfr. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.</p>
<p>5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Cfr. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.</p>
<p>6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Cfr. Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.</p>
<p>7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Cfr. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.</p>
<p>8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis.</p>
<p>Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Cfr. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.</p>
<p>9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Cfr. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.</p>
<p>10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.</p>
<p>11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:</p>
<p style="padding-left: 40px;">* a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;</p>
<p style="padding-left: 40px;">* a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.</p>
<p>12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,</p>
<p style="padding-left: 40px;">* nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;</p>
<p style="padding-left: 40px;">* buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;</p>
<p style="padding-left: 40px;">* procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;</p>
<p style="padding-left: 40px;">* nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Cfr. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.</p>
<p>13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.</p>
<p><strong>Que Dios nos ayude a ser fieles </strong></p>
<p><strong>La Iglesia de Monseñor Romero<br />
</strong>Leído hoy el pacto, llama la atención que, en lo fundamental, trata un solo tema: la pobreza. Pero por ser ése el quicio alrededor del cual giraba todo -no, por ejemplo, la administración de los sacramentos-, el pacto de las catacumbas produjo frutos importantes en Medellín y, poco a poco, en otras Iglesias. Históricamente, llevó a la lucha por la justicia y la liberación. Eclesialmente, a la opción por los pobres. Teologalmente, al Dios de los pobres. Todo eso llegó a El Salvador, y Monseñor Romero lo puso a producir y lo bendijo, junto a la novedad salvadoreña de los mártires.</p>
<p>Monseñor conoció en Puebla a aquellos obispos del pacto y de Medellín y regresó muy contento. “Me acuerdo de una de las primeras noches de la reunión de Puebla, cuando conocí a Monseñor Helder Cámara y a Monseñor Proaño y al Cardenal Arns del Brasil. Cuando supieron que yo era el arzobispo de San Salvador me decían: ‘Usted tiene mucho que contarnos. Sepa que lo sabemos y que ese pueblo es admirable, y que sigan siendo fieles al Evangelio como han sido hasta ahora’”. Es evidente la admiración que sentían por Monseñor, y la que Monseñor sentía por ellos.</p>
<p>En la actualidad también hay “pactos”. Pedro Casaldáliga en es su portavoz más elocuente. En su circular del 2009 escribe: “pacto”.</p>
<p>Dom Hélder Câmara era uno de los principales animadores del grupo profético. Hoy, nosotros, en la convulsa coyuntura actual, profesamos la vigencia de muchos sueños, sociales, políticos, eclesiales, a los que de ningún modo podemos renunciar. Seguimos rechazando el capitalismo neoliberal, el neoimperialismo del dinero y de las armas, una economía de mercado y de consumismo que sepulta en la pobreza y en el hambre a una gran mayoría de la Humanidad. Y seguiremos rechazando toda discriminación por motivos de género, de cultura, de raza. Exigimos la transformación sustancial de los organismos mundiales (ONU, FMI, Banco Mundial, OMC…). Nos comprometemos a vivir una “ecológica profunda e integral”, propiciando una política agraria-agrícola alternativa a la política depredadora del latifundio, del monocultivo, del agrotóxico. Participaremos en las transformaciones sociales, políticas y económicas, para una democracia de “alta intensidad”.</p>
<p>Como Iglesia queremos vivir, a la luz del Evangelio, la pasión obsesiva de Jesús, el Reino. Queremos ser Iglesia de la opción por los pobres, comunidad ecuménica y macroecuménica también. El Dios en quien creemos, el Abbá de Jesús, no puede ser de ningún modo causa de fundamentalismos, de exclusiones, de inclusiones absorbentes, de orgullo proselitista. Ya basta con hacer de nuestro Dios el único Dios verdadero. “Mi Dios, ¿me deja ver a Dios?”. Con todo respeto por la opinión del Papa Benedicto XVI, el diálogo interreligioso no sólo es posible, es necesario. Haremos de la corresponsabilidad eclesial la expresión legítima de una fe adulta.</p>
<p>Exigiremos, corrigiendo siglos de discriminación, la plena igualdad de la mujer en la vida y en los ministerios de la Iglesia. Estimularemos la libertad y el servicio reconocido de nuestros teólogos y teólogas. La Iglesia será una red de comunidades orantes, servidoras, proféticas, testigos de la Buena Nueva: una Buena Nueva de vida, de libertad, de comunión feliz. Una Buena Nueva de misericordia, de acogida, de perdón, de ternura, samaritana a la vera de todos los caminos de la Humanidad.</p>
<p>Seguiremos haciendo que se viva en la práctica eclesial la advertencia de Jesús: “No será así entre vosotros” (Mt 21, 26). Sea la autoridad servicio. El Vaticano dejará de ser Estado y el Papa no será más Jefe de Estado. La Curia habrá de ser profundamente reformada y las Iglesias locales cultivarán la inculturación del Evangelio y la ministerialidad compartida. La Iglesia se comprometerá, sin miedo, sin evasiones, en las grandes causas de la justicia y de la paz, de los derechos humanos y de la igualdad reconocida de todos los pueblos. Será profecía de anuncio, de denuncia, de consolación.</p>
<p><em>&#8211; El autor, <strong>Jon Sobrino</strong>, es teólogo, sacerdote jesuita</em></p>
<p><em><strong>NdR</strong>: El 16 de noviembre de 1989, por encontrarse en Tailandia dictando una conferencia, Jon Sobrino escapó de ser asesinado en un ataque por agentes del estado salvadoreño en el cual seis de sus compañeros jesuitas (Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Ignacio Martín Baró, Amando López, y Joaquín López y López ) y una mujer (Elba Ramos ) y su hija menor de edad (Celina) murieron asesinados.</em></p>
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