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	<title>jacobin &#8211; piensaChile</title>
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		<title>Chile / Memoria – Lo que Salvador Allende temía</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 14 Sep 2024 21:10:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[EE.UU.]]></category>
		<category><![CDATA[Fascismo]]></category>
		<category><![CDATA[Historia - Memoria]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>He hablado extensamente con Allende durante un desayuno en el palacio presidencial. La entrevista nos la ofrecieron a Paul Sweezy, Michel Gutelman y a mi, invitados por dos universidades de Santiago a un seminario sobre «sociedades en transición».</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2024/09/14/chile-memoria-lo-que-salvador-allende-temia/">Chile / Memoria – Lo que Salvador Allende temía</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right; padding-left: 80px;"><span style="font-size: 12px;">Imagen superior: Salvador Allende con Humberto Martones en La Moneda, Santiago, Chile, fecha desconocida. Biblioteca del Congreso Nacional de Chile.</span></p>
<p>14 de septiembre de 2024</p>
<p class="has-text-color has-link-color wp-elements-97681628775e228edd015ffaf2cfa56b"><strong>Traducción de Afshin Irani</strong></p>
<p class="has-text-color has-link-color wp-elements-e38236ad032fe5d1a0b0af8f7870f499"><strong><em><a href="https://jacobinlat.com/2024/09/lo-que-salvador-allende-temia/">Jacobin</a></em>, 11-9-2024</strong></p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-5122f33f7b7a4c0ed874fcfae6573dfc"><strong>El 11 de septiembre de 1973, el presidente socialista de Chile, Salvador Allende, fue derrocado por un golpe militar respaldado por la CIA. En esta entrevista de 1971 con Rossana Rossanda, Allende expresó sus temores a la desestabilización interna y a la interferencia estadounidense.</strong></p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-9e8250dfe45e12c8dba4b74cbdc1962b">Más de<em> <a href="https://www.jacobinmag.com/2019/09/salvador-allende-chile-revolucion-democratica-frente-amplio" target="_blank" rel="noreferrer noopener">cinco décadas</a></em> después de su elección, <a href="https://jacobinlat.com/2024/09/ralph-miliband-el-golpe-de-estado-en-chile/"><em>Salvador Allende</em></a> sigue siendo un icono del socialismo democrático. Ganó por poco las elecciones presidenciales de 1970 como líder de la coalición Unidad Popular, y lanzó un ambicioso programa de nacionalizaciones para poner a los trabajadores al frente de la economía. La reacción fue feroz, desde la fuga de capitales hasta el sabotaje. Señalando a Allende como enemigo acérrimo, el Presidente de EE.UU. Richard Nixon dijo en una reunión con el Consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger que su objetivo era «hacer gritar a la economía».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-1ca0b850ac104f5da695e487e67e2e80">Nixon y Kissinger se salieron con la suya el <a href="https://www.elperiodico.com/es/internacional/20230910/salvador-allende-ultimo-discurso-texto-integro-91925340" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><em>11 de septiembre de 1973</em></a>, cuando el democráticamente elegido Allende fue derrocado en un <a href="https://jacobinlat.com/2023/09/la-democracia-radical-de-salvador-allende/"><em>golpe militar</em></a> respaldado por la CIA. Tras la muerte de Allende, miles de socialistas, comunistas y activistas sindicales fueron asesinados por el régimen del general Augusto Pinochet, que pronto se convirtió en un campo de pruebas de la terapia de choque neoliberal. Sin embargo, antes de convertirse en un sombrío ejemplo de la voluntad de las élites de destrozar la democracia, el experimento de Allende fue en sí mismo un faro para la izquierda internacional.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-07595a5da81623cdcf03bace37cf3736">Un año después del inicio de la presidencia de Allende, en octubre de 1971, Rossana Rossanda le entrevistó para el diario comunista italiano <em>il manifesto</em>. Su entrevista refleja la esperanza de la izquierda internacional en el experimento chileno, pero también la conciencia de lo frágil que era frente a la oposición del ejército. Como rezaba un sombrío y premonitorio subtítulo en <em>il manifiesto </em>de la época: «Si los militares vencen, no habrá un cambio de guardia en el palacio. Habrá una masacre».</p>
<p class="has-text-align-center has-text-color has-link-color wp-elements-9cc3d7c1d3c89703013004b814b54750" style="text-align: center;"><span style="font-size: 21px;"><strong>***</strong></span></p>
<h3 class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-5a1c8d3e47e07390b45de32777fca543"><strong>Salvo por algunas divagaciones en los mítines, el discurso político en Santiago no tiene nada del cliché latinoamericano: poca retórica, uso moderado de adjetivos, una notable inclinación a ver los pros y contras y a no hipotecar excesivamente el futuro.</strong></h3>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-a74bdcb71741ca720d2c7da7922b162d">Chile parece estar expectante y cauteloso como un gato, en ningún caso dormido: si le preguntas a alguien -y puedes preguntarle a cualquiera, porque todo el mundo está «politizado», desde el intelectual al trabajador, del taxista a la vendedora- nadie te responderá categóricamente. Pero no porque el chileno sea, como nos encanta decir, de naturaleza «institucional» y por tanto tranquilo; sino porque sabe, y no lo oculta, que la situación es inestable.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-1d9f54fa37426cd5ed77dec58105dbed">El personaje más categórico que he conocido es el chileno por excelencia, el presidente, Salvador Allende Gossens; quien, como todos sus compatriotas, es mesurado en sus palabras, pero hoy, a un año (del momento, por así decirlo, de la conversación con Regis Debray) es concluyente en sus intenciones y pronósticos, porque debe jugar definitivamente sus cartas, y rápido.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-c0a03389e2db5da7e08c31ab5293ee8f">He hablado extensamente con Allende durante un desayuno en el palacio presidencial. La entrevista nos la ofrecieron a Paul Sweezy, Michel Gutelman y a mi, invitados por dos universidades de Santiago a un seminario sobre «sociedades en transición».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-7471f82a8489aae804db41e0c0b19748">Nuestra presencia había irritado tanto a los comunistas, que estos habían abandonado las obras del seminario y habían hecho un ataque extraordinariamente vulgar en su periódico no oficial, una especie de <em>Paese sera </em>que se adorna con el nombre, de inspiración puramente nacionalista, de <em>Puro Chile</em> – definiéndonos a nosotros como «gringos ignorantes», «pekinistas» renegados y demases. La invitación del presidente, que también tiene sólidos vínculos con el Partido Comunista de Chile, pretendía ser, por tanto, una lección de estilo: de hecho, no ignoró que ninguno de nosotros escatimaba en presentar sus dudas ni falseaba sus posiciones, aun cuando éramos invitados de su gobierno.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-459977d4cc929b5b951ed727875810fc">Unos minutos después de que nos habíamos sentado junto a la mesa, Allende me preguntó con una sonrisa —«¿Hay algo en este país que la convenza, camarada?». —«Lo que está intentando es importante, señor presidente…» ( me detiene de inmediato: —«No ‘señor Presidente’, compañero. Soy un compañero, como usted»). —«…pero de aquí al socialismo el camino todavía me parece largo». No es una respuesta que lo entusiasme, pero está de acuerdo: «Sí, es un camino difícil».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-5d871cf3f54a385cff63a7a2f1b1f2ba">Pero no es un terreno en el que le interese quedarse, le importa que entendamos cómo se mueve, qué quiere, sobre todo la dimensión de las dificultades que enfrenta y sobre las que no tiende velos optimistas.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-ba54755843f0cf5a6d67ffe04616efad">Nada más entrando a la sala donde lo estábamos esperando, en el modesto palacio presidencial, Allende, más pequeño, y de rostro más redondo y brillante que el que aparece en las fotografías, claramente cansado pero mostrando seguridad, se acercó directamente a nosotros: —«Gracias por venir, ustedes son líderes de opinión en sus países, para nosotros es de gran importancia que sepan e informen lo que es el Chile de hoy».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-12401b1d6b934d101478b03e1de3a55b">Y después de algunos coqueteos («Yo soy médico, hago de político a la fuerza») la conversación fue directo al grano.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-c1912b570a852ca9b5220bb26f42285e">Y comienza desde las dificultades actuales. —«¿También son de orden internacional?»—, «También», me responde. «Tenemos cuatro mil kilómetros de frontera, nadie puede procurar defenderlos todos. Nos encontramos aquí en el fondo del continente, solos. Y fastidiamos a muchos».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-02d35e6aa0d8d976cc9b9035eb0da4a6">La referencia a Brasil, nombre que permanece tácito, es evidente, como es en todas partes de América Latina: fuerte, violento y expansionista, dirigió el golpe en Bolivia, quitando a Allende un posible polo de alianza. — «No pienso en un ataque militar. Pero es fundamental para nosotros no estar aislados. Fue Lanusse, el presidente argentino, quien me abrió las puertas de los países del pacto andino. Por supuesto -y me mira, ya que no ignora lo que piensan los exiliados políticos argentinos en Chile- él también tenía su interés en esta operación. Pero por el momento la mayor ventaja la hemos tenido nosotros».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-153d0db2bcceb1c81f5a554b13fa9ccb">Y tiene razón: al pactar con Lanusse se fortaleció frente a Estados Unidos y le quitó un posible argumento a la derecha chilena, que no había ocultado que contaba con los militares del inmenso país vecino, que comparte espalda con Chile mediante la Cordillera. —«Ahora podemos decir que estamos a salvo en el Cono Sur, incluso si el golpe de Estado en Bolivia llega a ser un asunto grave». Grave, pero incluso termina jugando a favor de Allende: el coronel Banzer desempolvando imprudentemente el antiguo reclamo boliviano de una salida al mar a expensas de Chile, de repente recrea la unidad del ejército alrededor del presidente, lo que sigue siendo el punto más incierto del diseño allendista.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-c43f179019714faddca6bb289a2711c7">¿Pero los estadounidenses? ¿Cómo valora Allende las declaraciones de Rogers tras la negación de indemnización a las minas nacionalizadas, un gesto de despecho o una amenaza real?</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-7497559d17edb9552b52ff4d2716d401">— «Una amenaza real» dice «Es mucho más serio de lo que nadie, aquí y en otros lugares, parece darse cuenta».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-ab5e5746c5536f4ba48f757695f8a272">Y reitera su argumentación, ya expresada en la corta respuesta al Departamento de Estado: Estados Unidos no se resigna a que un país quiera recuperar las riquezas que le han sido robadas, (sobre todo porque este gesto chileno constituye un peligroso precedente) y por eso descarga el chantaje en toda Latinoamérica. Pero, a diferencia de lo que afirma el semanario <em>Newsweek </em>y, un poco más hipócritamente, el gran diario santiaguino enemigo de Allende, <em>El Mercurio</em>, el gobierno de la Unidad Popular no solo no busca quebrantarse, sino que actúa con extrema cautela, apuntando solo profundamente donde, como en el caso de las minas, la ley está indiscutiblemente de su parte.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-237e6260535a4324771fd611e4af8fab">Toda la operación del conteo de las indemnizaciones a <em>Anaconda</em> y <em>Kennecott, </em>que se suponía iba a llegar a la escandalosa situación de: «No solo no te debemos nada, sino que eres tú quien aún nos debe unos cuatrocientos millones de dólares», se llevó a cabo tranquilamente, con el mínimo de uso de eslóganes y un máximo de cobertura por parte de expertos internacionales.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-12cd7cec584be1e4745c65241c586c3f">— «Estados Unidos puede dañarnos mucho. Todos los repuestos para la industria del cobre provienen de Estados Unidos. Y así los reaccionarios pueden detener la producción de un día para otro».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-3c2476d5490b48c72f40abcdc5e80bf0">«¿Va a ser así?» — «Esperemos que no. Necesitamos apoyo internacional para ello».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-475cbcacd8fb2cf1899558ac37d307c7">—«¿Cuáles, pregunto, son las dificultades a corto plazo más graves?»</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-5613df4c991a61e3965d71a99bba4541">Aquí también una respuesta sin parafrasear: — «Abastecimiento y divisas». Chile siempre ha necesitado importar alimentos y artículos de consumo: los salarios aumentaron por un valor real que se calcula en alrededor del 40%, seguido de un aumento en la demanda de bienes de consumo. Y estos deben venir del exterior: cerca de trescientos millones de dólares este año, más el próximo. Después es necesario pagar una cuota de 360 ​​millones de dólares anuales para cubrir la deuda externa, que ha aumentado dramáticamente con la nacionalización de las minas. Y no es ningún misterio que las reservas se están quedando pequeñas, ahora no superan los 100 millones de dólares.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-2bcf58717378dd664a443825ec45f81d">—«¿De verdad tiene que pagar?» El presidente me mira de reojo: —«Chile mantendrá la fe. Pagaremos». Son los grandes bancos del mundo, y es malo tenerlos como enemigos. Ambas voces prácticamente le quitan los ingresos a esa única fuente de divisas que es el cobre. —«Necesitamos créditos», explica Allende, y no pretende haberlos encontrado: «En este campo todo está abierto. Una vez abierto el problema con los países socialistas, estamos negociando, no se concluye nada, se discute todo».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-404421904bbd726d880898bc75ff45ea">Está Europa, pero está lejos y, como se enterarán más adelante, Fiat, que parecía interesada en facilitar las relaciones para una gran instalación en Chile, fue cubierta de repente por mil garantías gubernamentales. Está Alemania. Está Japón con todos esos millones y millones de dólares embarcados este verano: también los tendrá que poner en alguna parte. Y de hecho, también se ha presentado Japón como posibilidad.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-78fb336e76b42de81d2eec4dfd62d9c7">Pero es claro que ningún país hoy, ante la ira norteamericana -y tal vez la incertidumbre sobre el destino interno de Allende- hasta ahora ha apuntado a una fuerte concesión de créditos a Chile, cuya industrialización no será cuestión de unos días y donde la reforma agraria costará más de lo que renta por un tiempo.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-990a1595ecf6653c1ae148446dd8dcf9">Incluso la cautela soviética es evidente. Que este es el problema número uno, Allende no lo oculta; así como la certeza, si lo resuelve, de regular todo lo demás con la izquierda y también con la derecha.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-fd41687132d170291b8997715fa65967">La derecha ahora está en desacuerdo con los demócratas cristianos. —«Están todos en contra, todos unidos en coalición». —«¿Tomic inicialmente se comportó de manera diferente?» —«Sí, pero hoy están todos del otro lado»;  dice, con rabia y amargura, respecto a lo que implican los límites de la oposición de derecha.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-941fbee49665ab0900003253a9c3b097">—«El ejército, sin embargo, está neutralizado por el momento». El ejército chileno, me explica como todo el mundo en este país, no es el tradicional instrumento golpista; es la expresión de una clase media fuertemente institucionalizada. Sin embargo, a diferencia de otros, el camarada presidente no parece perderse en demasiadas ilusiones; dosifica los adjetivos, y se contenta por ahora con una «neutralidad». Por ello, para él es fundamental una política de compras en el exterior, que no aliene, mediante una restricción del consumo, a la clase media y no proporcione una base masiva para el nerviosismo de una derecha mucho más ramificada que el partido de Alessandri.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-09f21bde68f2306aa90e24b46c072449">Sobre todo cuando se acerca un enfrentamiento por la famosa ley que delimita las áreas de intervención estatal. Allende se apresuró a nacionalizar industrias, rápidamente, antes de que huyera el grueso del capital; pero es obvio que bajo el granizo, ningún particular -salvo las pequeñas y medianas empresas, cubiertas- invierte nada más, y los demócratas cristianos tratan de definir -gracias a la relativa minoría de la Unidad Popular en el parlamento- hasta dónde puede llegar el gobierno con la expropiación. Luego propuso enumerar las áreas de posible intervención estatal, las de intervención mixta, las dejadas a particulares. Allende me explica el mecanismo y afirma que, si no se llega a un acuerdo, bloqueará la ley, con veto presidencial, si pasa en el parlamento y que presentará su propia ley mediante plebiscito. Esto se logra minimizando el margen de consenso de masas del oponente. Y el oponente lo sabe.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-93ae7c43cc03a30717f3edfe5758440a">La partida se juega con plazos ajustados y la preocupación de Allende es evidente; mientras me habla, en voz baja y frases cortas -la mesa es demasiado grande para no dividirla en una serie de entrevistas a dos bandas, cada una con el vecino-, Allende come muy poco y no parece inclinado a diplomatizar nada. —«¿Cómo ves que se encuentra el espíritu de la gente?», me pregunta. Respondo que el país parece estar desprovisto de tensión: la mayor pasión está en el joven militante al que interpela el gobierno, y luego en el MIR. Una participación multitudinaria, básicamente no vista. —«Podemos movilizar a las masas cuando queramos». — «¿Pero no es importante que se movilicen? Si la situación es difícil, ¿no sería bueno que las masas tuvieran sus propios medios de intervención?» Aquí Allende no me sigue, aunque un momento después una sonrisa se asoma detrás de sus lentes, recordando que «la compañera es una ultraizquierdista».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-156a610e7ed0555c7e8c8388b9e67453">— «A las masas deben movilizarlas y organizarlas sus partidos; es asunto de estos. Hay partidos, sindicatos. ¿Cómo encontró al Partido Socialista?» — «Me pareció interesante, como una esponja que absorbe diferentes fuerzas, menos cerrada que el Partido Comunista y más capaz de reflejar las fuerzas en conflicto de una base política investida por una nueva situación»; Allende lo encuentra poco organizado y con razón.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-8edc6d9b95176bdcd63222472eac310e">Me dice que no tiene tiempo para lidiar con eso, a pesar de que asiste a una reunión del partido todos los miércoles y viernes. Pero está claro lo que más le preocupa, precisamente porque sale de su horizonte político, es decir, el esbozo de una presencia de masas o de clase, como la que impulsa el MIR con ocupaciones campesinas, que no está dentro de las reglas del juego político-institucional. .</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-edc2504d01ba5e7db2c07077794b44ec">Estas masas, este MIR que puede escapar a un ritmo acordado, están -aunque no lo diga con todas las palabras- «neutralizados» o al menos «canalizados» a sí mismos. Y no es casualidad que me asegure que sus relaciones con el MIR son, a nivel personal, excelentes: su hija, Laura, que es médica -explica- tiene un hijo que es un cuadro del MIR y siempre tiene a sus hijos y compañeros, rondando su casa. En Chile, estos vínculos importan.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-c0e47a6289a4d09af227e6a8e1fa8f68">Sin embargo, después del desayuno, yo, un poco avergonzada de haber monopolizado al presidente, intentando alejarme y dejarlo a los demás, el acento cambia. El discurso recayó en el juicio que el propio Allende trajo unos días antes a uno de sus sobrinos miristas: —«¡Entiende, que sea mi sobrino no cuenta!». En <em>El Rebelde</em>, que es el periódico del MIR, dijo unas palabras más contra el ejército.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-18539cae919662a86c7fc7f0ed4dd669">El presidente se enciende: — «No se juega con fuego. No toleraré provocaciones irresponsables. Si alguien cree que en Chile se daría un golpe militar como en otros países latinoamericanos, con un simple cambio de guardia aquí en La Moneda, está muy equivocado. Aquí, si el ejército se sale de la ley, es guerra civil. Es Indonesia. ¿Cree que los trabajadores permitirán que los saquen de las industrias? ¿Y los campesinos de las tierras? Habrá cien mil muertos, será un baño de sangre. No toleraré jugar con esto».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-9fa799028a5a720e9113e6dee01cd662">Realmente lo cree así; pero, una vez más, en cuanto a la relación con las masas, ve la única garantía en el tiempo que él mismo le da a la operación, en su estilo de «violencia legal», combinada con una rara habilidad para romper el frente enemigo. Toda iniciativa de clase más directa y elemental corre el riesgo de precipitar negativamente el equilibrio.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-f2cc9df8b87f494a9deba189673529eb">Dudo que el sobrino de Allende vaya a la cárcel; pero los ‘golpes en los dedos’ del MIR son ahora de rigor. Y así, cuando sea necesario, una ‘llamada al orden’ a los trabajadores. Cuando estamos a punto de partir, al cabo de dos horas y media, Allende dice que está presto a salir hacia el norte, hacia la inmensa mina de cobre de Chuquicamata, cuyos trabajadores han pedido un sensacional aumento de salario, de 50 a 70%. —«No se puede hacer. Yo se los voy a decir. ¿Y por qué se tienen que ir a la huelga? ¿Con quién están en guerra? Ahora son los dueños de la mina». — «Ellos no son los dueños, camarada presidente. Es el Estado». El doctor Allende me reprende, como si fuera uno de sus pacientes recalcitrantes: —«El pueblo es el amo». — «Bueno, camarada presidente …Lo es. ¡lo será!».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-578b5c3109dffccc6e8390b731146a38">Un momento después, habiéndonos ya despedido, me devuelve la llamada. — «Sé que mañana irá a Concepción. Me alegro de ello. Es importante que veas a Concepción. Me gustaría que habláramos más tarde, con tranquilidad». El caso es que en Concepción la invitación viene de la universidad de mayoría mirista, y es allí donde el MIR ha organizado la toma de fundos.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-c8437d9709a5914fd8a1c476fa57b44e">Allende, que ya me ha sorprendido al demostrar estar informado de lo que es <em>il Manifiesto,</em> cree en las virtudes del debate, quiere convencer, defender «su» Chile, su línea, conquistar a todos, incluidos los «ultraizquierdistas».</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-b35a8c0d11b7abe12f56fa91e3595108">Pero no habrá «después» y nunca volveré a ver al doctor Allende.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-ca9b8dc77227a67e450a08f78c809b6a">Entre mi regreso de Concepción y mi partida solo hay un día; y la noche antes de que estallara un escándalo sensacional. La derecha agraria pensó, imprudentemente, en denunciar el «estatismo» del gobierno, que estaría socavando los valores de la propiedad y la iniciativa campesina, con motivo de la inauguración de la Feria Agropecuaria Latinoamericana, en presencia de ministros y embajadores.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-580680915366921afc084134c0811e75">Allende, que se suponía que debía estar presente, pudo ver el discurso de Benjamin Matte apenas una hora antes, una especie de Bonomi local que se creía, tal vez, encubierto por ser presidente de la institución para las relaciones con Cuba.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-beeef784008640bfc3991389a8d389f9">Enfurecido, el presidente no solo no fue a inaugurar la feria, sino que ordenó a Matte que leyese, antes de su discurso, una carta suya en la que sin rodeos le dice que es un irresponsable. La Feria se abrió en un ambiente indescriptible, con gente aplaudiendo frenéticamente la carta de Allende, Matte tratando de hablar en medio de silbidos y gritos de «¡momio, maricón!». Embajadores y ministros que se retiran, países amigos que cierran apresuradamente los pabellones.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-57e8125653c35ce620e85b0beb1589b9">Inmediato escándalo en los periódicos, en el consejo de ministros, una tormenta violenta con la Democracia Cristiana. Era imposible ver al presidente, y se entiende.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-3ec48a0c3369e8ed8296197309e11af2">Pero este episodio también completa el retrato del personaje: es quizás, efectivamente, el terreno en el que es más fuerte, imbatible. La razón por la que amigos y enemigos, de derecha e izquierda, lo respetan. Hablan de él, «el Chicho», con una mezcla de cariño y despecho. Enumeran los defectos, pero con reservas.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-c4fae25172109df7ffeacd583bb6f588">Uno puede estar, como el MIR, en posiciones radicalmente diferentes, pero nadie le niega la determinación de un político de gran estatura; un viejo socialista que, a diferencia de la costumbre de socialistas y presidentes, en América Latina y en otros lugares, no tranzará.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-a9f56a097df27e5ba18a790b7ba951a9">El doctor Allende había intentado ya tres veces alcanzar la presidencia para realizar su experimento, ahora no lo negociará con nadie. Queda por ver la estabilidad interna de su proyecto: si está destinado a perdurar, o precipitarse hacia la derrota, o hacia esa revolución que Allende cree que ya ha hecho.</p>
<p class="has-text-align-center has-text-color has-link-color wp-elements-9cc3d7c1d3c89703013004b814b54750" style="text-align: center;"><span style="font-size: 18px;"><strong>***</strong></span></p>
<h3 class="has-text-color has-link-color wp-elements-06e4db048f76ee856f4b0c7b584efbfa"><strong>Epílogo, 18 de septiembre de 1973: «No llamar a Santiago»</strong></h3>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-46767e032c5a96e7afa99c8f9464ff2b">Una semana después de que el general Pinochet y su junta se hicieran con el poder en un sangriento golpe de Estado, que tuvo como consecuencia la muerte de Allende, <em>il manifesto </em>llevaba un informe de una llamada telefónica con un camarada en la capital chilena, Santiago.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-28d593f56deee79aa27ec7640531f713">Anoche conseguimos por fin ponernos en contacto con Santiago. Llamamos al número de una casa de camaradas, y después de muchos intentos infructuosos por fin encontramos a alguien que lo atendiera. Fue una llamada dramática. Al otro lado de la línea estaba la mujer de un camarada, con la voz entrecortada por las lágrimas. Nos vimos incapaces de formular nuestras preguntas con palabras, tanto por nuestra ansiedad como por el miedo a comprometer a la persona que respondía. He aquí nuestra breve conversación, perturbada por las interferencias y repentinamente interrumpida al cabo de unos minutos.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-5572626834a174a9b2fbd6117ca56887"><strong><em>il manifesto</em>: Cuéntanos cómo estás.</strong><br />
Santiago: Sólo hay una palabra: Yakarta, Yakarta.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-5f8ed17d3d7925655f454f3ab9d9f535"><strong><em>il manifesto</em>: ¿Siguen los combates?</strong><br />
Santiago: La junta lo está aplastando todo. Pero Santiago está incomunicado. No sabemos qué pasa en el resto del país.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-76953dc17869a5fb46649477abd61867"><strong><em>il manifiesto</em>: ¿Hay muchos muertos?</strong><br />
Santiago: Es simplemente una masacre, una masacre. Ahora es casi simplemente una masacre. Han matado a miles de comunistas, de compañeros, de trabajadores.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-387c00ef9ec99dd37c357e1f29d2fbbf"><strong><em>il manifiesto</em>: ¿Puede decirnos quiénes?</strong><br />
Santiago: Cientos de nuestros amigos personales han sido asesinados.</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-d51aa231eb57f36b096a2f076c924b42"><strong><em>il manifesto</em>: ¿Qué planes tiene la Junta? ¿Ha declarado su línea política?</strong><br />
Santiago: Los cuatro de la Junta son fascistas. Son fascistas. ¿Se ha entendido esto en Europa, en Italia? ¿Lo ha condenado todo el mundo?</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-c5eb33e6534066d9c386468fc06d5508"><strong><em>il manifesto</em>: Sí, hay una condena general de la Junta, está aislada. Hay huelgas y manifestaciones. Toda la prensa denuncia la masacre.</strong><br />
Santiago: Las fronteras no se abrirán de nuevo por ahora. Es imposible. Haz algo…</p>
<p class="has-text-align-justify has-text-color has-link-color wp-elements-08a9dfc918b6e167b6d7733b28672637">En este punto, la conexión se cortó. La llamada se hizo tomando precauciones especiales. Invitamos a los camaradas a no llamar a Santiago.</p>
<p class="has-text-color has-link-color wp-elements-d4da20ef36321190e8d028eb862e7490"><strong> –</strong>La traducción al castellano de este texto fue publicada originalmente en <a href="https://www.revistarosa.cl/2021/02/08/rosa-03-rossana-rossanda-entrevista-a-salvador-allende-si-los-militares-vencen-no-habra-un-cambio-de-guardia-en-el-palacio-habra-una-masacre/#_ftn2" target="_blank" rel="noreferrer noopener"><em>Revista Rosa</em></a>.</p>
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<p class="sd-title">*Fuente: <a href="https://jacobinlat.com/2024/09/lo-que-salvador-allende-temia/">Jacobin</a></p>
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<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2024/09/14/chile-memoria-lo-que-salvador-allende-temia/">Chile / Memoria – Lo que Salvador Allende temía</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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		<title>Un reproche a la izquierda del siglo XXI</title>
		<link>https://piensachile.com/2022/12/19/un-reproche-a-la-izquierda-del-siglo-xxi/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 19 Dec 2022 22:59:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[NuestrAmérica]]></category>
		<category><![CDATA[Politica]]></category>
		<category><![CDATA[jacobin]]></category>
		<category><![CDATA[la izquierda del siglo xxi]]></category>
		<category><![CDATA[rene rojas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La rechazada Constitución chilena no era «demasiado de izquierdas». Más bien exaltaba un conjunto de perspectivas y causas particularistas que durante demasiado tiempo se han disfrazado de política radical.</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2022/12/19/un-reproche-a-la-izquierda-del-siglo-xxi/">Un reproche a la izquierda del siglo XXI</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="bloque-imagen" style="text-align: right;"><span style="font-size: 12px;">La foto superior: El presidente chileno Gabriel Boric (Martin Bernetti / AFP)</span></div>
<p>19 de diciembre de 2022<br />
<span style="font-size: 14px;"><strong>La rechazada Constitución chilena no era «demasiado de izquierdas». Más bien exaltaba un conjunto de perspectivas y causas particularistas que durante demasiado tiempo se han disfrazado de política radical.</strong></span></p>
<p>Septiembre de 2022: la inédita oportunidad de cambio sistémico en Chile acaba de descarrilar. Después de que una rebelión masiva obligara a los políticos a ceder en un pacto para aprobar una nueva Constitución —y después de que una nueva izquierda ganara la presidencia el pasado diciembre—, los chilenos acudieron a las urnas solo para rechazar decisivamente la propuesta de izquierdas de la Convención Constitucional. El referéndum, en el que solo el 38% de los votantes apoyó una carta considerada la más progresista del mundo, se celebró 52 años después de que los chilenos votaran a favor de la vía al socialismo de Salvador Allende.</p>
<p>Hasta hace poco se mantenían las esperanzas de que los chilenos hubieran abrazado una reforma radical. En el plebiscito de octubre de 2020, celebrado un año después de un levantamiento masivo contra el neoliberalismo, los chilenos exigieron por abrumadora mayoría una reescritura constitucional a cargo de un conjunto totalmente nuevo de representantes. El optimismo desafiante seguía reinando meses después, cuando la recién acuñada coalición Apruebo Dignidad de Gabriel Boric, que pronto se convertiría en presidente de Chile, recibió casi un quinto de los votos en las elecciones a la Convención Constitucional, y una lista de independientes que alcanzaron notoriedad en las primeras líneas de la rebelión se hicieron con otro sexto de los escaños.</p>
<p>Desde entonces, la euforia de la opinión pública se ha desvanecido. Aunque Boric triunfó ampliamente en la segunda vuelta, había quedado en segundo lugar, con solo el 25% de los votos, en la primera ronda de las elecciones. Con el índice de aprobación del presidente cayendo casi inmediatamente después de su toma de posesión en marzo, la aprobación de la nueva Constitución se consideraba crucial para el proceso de reforma. ¿Por qué la revolución política chilena está de repente en peligro?</p>
<h2><b>Culpar a las víctimas</b></h2>
<h4>Muchos expertos y políticos culpan a los excesos radicales de la convención, al borrador de la carta y a Apruebo Dignidad, la coalición de izquierda gobernante. Las voces del <i>establishment</i> afirman que el rechazo público al proyecto de constitución demuestra que los chilenos son un pueblo políticamente moderado, y que ahora piden la restauración del neoliberalismo progresista que ha reinado desde 1990. Los militantes de la nueva izquierda, por el contrario, insisten en que una campaña sesgada les impidió transmitir con precisión las ventajas de la nueva constitución. Desde su punto de vista, la intromisión de millonarios, el alarmismo y las <i>fake news</i> enturbiaron la capacidad de los chilenos para votar según sus intereses.</h4>
<p>En última instancia, ambos puntos de vista responsabilizan a los chilenos de a pie de la aplastante derrota: el primero desde una perspectiva laudatoria, el segundo desde una condenatoria. Y ambos puntos de vista son erróneos.</p>
<p>Fundamentalmente, pasan por alto las causas subyacentes de la derrota que, de hecho, están bastante claras: con millones de votantes desvinculados política y organizativamente obligados a votar, la prioridad que dio la izquierda a una mezcla incongruente de preocupaciones identitarias y de justicia social por encima de los derechos y protecciones materiales de clase solo agravó la desconfianza y el resentimiento de los chilenos de a pie, golpeados por décadas de políticas de <i>shock</i> neoliberales.</p>
<p>La Constitución no era «demasiado de izquierda». Más bien, exaltaba un conjunto de perspectivas y causas particularistas que durante demasiado tiempo se han disfrazado de política radical. Y es este mismo «radicalismo» el que socava una política más eficaz orientada a la clase trabajadora y basada en reformas universales con un amplio atractivo.</p>
<p>Tampoco los chilenos son inherentemente demasiado conservadores o incapaces de discernir sus intereses. Cuando se les presentó una serie de derechos especiales para los más marginados, que solo tuvieron el efecto de enterrar las disposiciones sociales universales incluidas en la carta propuesta, muchos votantes sospecharon razonablemente que el proyecto no promovería adecuadamente sus intereses. En otras palabras, una fuente clave de confusión y duda, que fue explotada sin sorpresa por las élites y la vieja clase política, procedía de los propios radicales, no de la «desinformación».</p>
<p>Dado que los trabajadores pasaron más de una década construyendo el poder social necesario para conseguir reformas sistémicas, el fracaso equivale al desaprovechamiento de una oportunidad extraordinaria. Ni que decir tiene que había poderosas fuerzas en contra del proceso de reforma de Chile. Pero cuando los trabajadores tienen una oportunidad única de cambio, la izquierda no puede desperdiciarla.</p>
<h2><b>Les dimos 80, nos devolvieron menos del 40</b></h2>
<h4>En relación con el plebiscito de 2020, el voto en contra de la Constitución propuesta fue devastador. Mientras que el 78% de los votantes afirmaron su deseo de una revisión constitucional en el plebiscito de apertura, en septiembre, el 62% la rechazó. El resultado fue mucho peor de lo que pronosticaban las encuestas. En 2020, todos los municipios menos cinco aprobaron una nueva constitución; esta vez, solo lo hicieron ocho, cinco de los cuales se encuentran en la región capitalina, de tendencia izquierdista, y dos de ellos son islas del Pacífico con menos de 6500 votantes.</h4>
<p>Las comunas de Santiago ilustran el dramático cambio. Aunque se esperaba un voto de rechazo en las zonas conservadoras de la provincia —decenas de ellas se pronunciaron 80-20 en contra de la propuesta—, las comunas de Santiago deberían haber obtenido grandes victorias a favor del apruebo basándose en la votación de 2020. En cambio, el Gran Santiago, o la Región Metropolitana, obtuvo un 55% a favor del rechazo. Del mismo modo, la Región de Valparaíso, donde se encuentra la ciudad portuaria de clase trabajadora del mismo nombre, se inclinó por el rechazo en una proporción aún mayor. La oposición de todas las clases sociales al proyecto de Constitución en estas dos regiones, que representan aproximadamente la mitad del electorado chileno, selló su destino.</p>
<p>En general, la proporción de votos a favor de una nueva constitución cayó en picado entre 2020 y 2022. En el plebiscito de apertura, todas menos las tres comunas metropolitanas más ricas produjeron resultados favorables al apruebo, la mayoría con entre el 60% y el 80% de los votos. Entre ellos se incluyen cuatro megacomunas con electorados de entre 200 000 y 400 000 personas, concentraciones de votantes capaces de influir en las elecciones nacionales. En esta ocasión, solo dos comunas registraron diferencias significativas a favor de Apruebo, aunque ninguna alcanzó los 10 puntos. Todas las demás se igualaron o favorecieron el rechazo, diez de ellas con diferencias de más de 20 puntos.</p>
<p>En 2022, la mayoría de los municipios siguieron a las tres comunidades ricas que rechazaron el proceso constituyente en 2020, las infames comunas del rechazo. Sin embargo, una mirada más atenta revela que las precipitadas caídas en los votos del apruebo no impulsaron el aplastante retroceso. De hecho, aunque ninguna comuna de la Región Metropolitana aumentó los votos a favor, la participación pro-apruebo se mantuvo en gran medida, disminuyendo solo modestamente en general. Pero con cambios en la votación que promovieron una ampliación masiva del electorado, una victoria apruebo no podía depender de mantener el terreno en relación con 2020.</p>
<p>El cambio, por primera vez, las normas electorales a la inscripción automática y el voto obligatorio supuso que un número significativo de no votantes acudiera a los colegios electorales. Los izquierdistas esperaban que el cambio atrajera a los votantes pobres y jóvenes, que normalmente no acuden a las urnas, pero de los que cabía esperar que simpatizaran con la propuesta de Constitución. Creían que el aumento de la participación tendría un impacto especial en las comunas más grandes y densas de Santiago. Después de que medio millón de personas asistieran al mitin de clausura de la campaña apruebo el jueves anterior al referéndum, creció el optimismo de que las encuestas pasaban por alto fuentes ocultas de apoyo y que los barrios obreros de la capital inclinarían la balanza. Sin embargo, aunque la votación alcanzó niveles históricos, en última instancia favoreció a los opositores a la nueva constitución.</p>
<p>A lo largo del período posautoritario de Chile, la participación se desplomó del 95% en 1989 al 47% en 2017. Se recuperó ligeramente, hasta el 55,5%, para el plebiscito de 2020. Esta vez, volvió a subir al 88%. En total, votaron 13 millones de chilenos, una cifra sin precedentes. Pero mientras los votos del apruebo cayeron levemente, los del rechazo crecieron exponencialmente, siendo decisivo el aumento masivo de la participación de los no votantes. En relación a 2020, la oposición se multiplicó casi por cinco, aumentando en más de 6 millones de votos, de 1,6 a 7,9 millones. Desde la redemocratización, ninguna candidatura ganadora había superado siquiera los 5 millones de votos.</p>
<p>A modo de comparación, cuando un amplio espectro de votantes se movilizó contra el candidato autoritario José Antonio Kast en la segunda vuelta del año pasado, 4,6 millones de chilenos votaron por Boric. Solo en la Región Metropolitana, el rechazo pasó de 666 000 a casi 2,75 millones. Los distritos de clase trabajadora que empataron, o que dieron a Apruebo victorias respetables, fueron testigos de las mayores expansiones del rechazo. En Puente Alto, por ejemplo, la comuna más grande del país y una de las más pobres, el rechazo pasó de 27 000 a 175 000 votos. En San Bernardo, aún más pobre, el rechazo pasó de 17 500 a 110 000 votos. Cuando las nuevas normas obligaron a votar a personas generalmente alejadas de la política, una mayoría silenciosa de chilenos, en su mayoría de clase trabajadora, dijo no al proyecto de Constitución.</p>
<p>El récord de participación no dejó lugar a dudas: un proyecto elaborado por una asamblea constituyente insurgente fue rechazado por millones de personas a las que pretendía empoderar.</p>
<p><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-28699 ewww_webp_loaded" src="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico.jpg.webp" sizes="(max-width: 924px) 100vw, 924px" srcset="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico.jpg.webp 924w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico-271x300.jpg.webp 271w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico-768x851.jpg.webp 768w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico-600x665.jpg.webp 600w" alt="" width="924" height="1024" data-src-img="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico.jpg" data-src-webp="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico.jpg.webp" data-srcset-webp="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico.jpg.webp 924w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico-271x300.jpg.webp 271w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico-768x851.jpg.webp 768w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico-600x665.jpg.webp 600w" data-srcset-img="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico.jpg 924w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico-271x300.jpg 271w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico-768x851.jpg 768w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/12/grafico-600x665.jpg 600w" data-eio="j" /></p>
<h2><b>Un voto contra los radicales, no contra la reforma radical</b></h2>
<h4>No hay forma de que los progresistas le den la vuelta: el masivo voto en contra fue un rechazo abrumador al conjunto de artículos señalados como los más virtuosos de la nueva carta magna, que desde entonces se han hecho tristemente célebres. Sin embargo, este castigo en las urnas no significó un repudio de las disposiciones sociales prometidas en la Constitución. Lo que se rechazó fueron los dudosos adornos identitarios que los acompañaban, junto con sus autores autocomplacientes y, en ocasiones, histriónicos.</h4>
<p>Dos de cada cinco votantes del rechazo consideraban que los delegados generaban desconfianza, mientras que menos de uno de cada siete temía que las disposiciones en materia de sanidad pública, educación, pensiones y vivienda atentaran contra la libertad individual y los derechos de propiedad. Las defensas moralizantes de todas las causas imaginables (e inconcebibles) de justicia social que caracterizaron gran parte de las deliberaciones de la convención —y sobre las que la izquierda hizo campaña— convirtieron a la mayoría de los trabajadores chilenos en escépticos de este nuevo radicalismo de izquierdas. En una autocrítica posterior a la derrota, un delegado autonomista describió la convención como «una serie de actuaciones que afectaron a la credibilidad de la entidad». Justo o no, los trabajadores de a pie, está claro, simplemente no confiaban en esta gente ni en sus prioridades.</p>
<p>Los chilenos se rebelaron en 2019 contra la inseguridad forjada por los mercados laborales salvajes del país y la mercantilización imperante de los bienes y servicios sociales. Al votar abrumadoramente en 2020 para reemplazar la Constitución promercado impuesta bajo el gobierno militar, exigieron, aunque tácitamente, garantías fundacionales de atención médica universal, pensiones dignas, educación gratuita y de calidad, salarios dignos, protecciones laborales y bienes públicos como agua potable.</p>
<p>Estos derechos se incluyeron en el borrador pero quedaron ahogados por las omnipresentes declaraciones de primer orden sobre protección de género, derechos étnico-nacionales y preocupaciones medioambientales. El énfasis desmesurado en prerrogativas especiales para los sectores oprimidos y marginados —y en elevadas abstracciones comunes en el mundo académico y de las ONG, pero totalmente ajenas a los chilenos de clase trabajadora— dificultó convencer a los pobres y a los trabajadores de que la Carta satisfaría sus necesidades básicas.</p>
<p>Dos meses antes de la votación, la mayoría consideraba que los delegados no habían prestado suficiente atención a la sanidad, la educación y el bienestar económico, y sin embargo habían dedicado demasiada atención al «feminismo» y la «plurinacionalidad», es decir, al reconocimiento de la nacionalidad indígena dentro del Estado chileno. No es que los chilenos se opongan a la igualdad de género y a los derechos indígenas. Después de todo, los votantes acogieron con satisfacción la paridad de género y las cuotas indígenas establecidas en el plebiscito de 2020. Más exactamente, millones de personas consideraron que la convención y su borrador desatendían las amplias demandas que subyacían a la rebelión; es decir, que la extrema parcialidad de la política constituyente promovía una falsa incompatibilidad entre las protecciones universales y los derechos de los grupos oprimidos.</p>
<p>A pesar de la creciente desconfianza y amargura, la nueva izquierda chilena no reaccionó adecuadamente. Funcionó con la presunción de que la aprobación del 80% en 2020 hacía casi inevitable el apruebo en 2022. Hasta comienzos de año, poco después de la victoria de Boric en segunda vuelta, la mayoría de los chilenos seguía manifestando su apoyo. Pero el ánimo rebelde y optimista de 2019 comenzó a desvanecerse cuando la nueva izquierda asumió la tarea de traducir los reclamos de las masas en políticas convincentes. El COVID-19 golpeó, y la economía y el empleo se hundieron, con la delincuencia y la violencia afectando a más y más trabajadores. A medida que aumentaban las dudas y la oposición lanzaba ataques concertados contra el nuevo gobierno y la asamblea constituyente, el apoyo al apruebo disminuía constantemente.</p>
<p>En lugar de reorientar la abrumadora atención hacia las disposiciones sociales universalistas del proyecto, sus defensores permitieron a los opositores fijar los términos del debate. Cuando proliferaron las <i>fake news</i>, la izquierda convirtió su moralina en frenéticas condenas de la política de la posverdad. Cuando la derecha denunció la extravagancia radical de la convención, los izquierdistas, en lugar de hacer campaña sobre los elementos socialistas democráticos de la constitución, redoblaron la nobleza y la prioridad de las causas identitarias.</p>
<p>A medida que la inflación récord reducía los presupuestos familiares, el aumento de la delincuencia exacerbaba la desesperación y la inseguridad existentes, y las regiones del sur ardían en llamas por la violencia indigenista, ese «radicalismo» se convirtió en una actuación de superioridad moral, precisamente lo contrario de lo que quería la mayoría de la gente. Encuestas recientes revelan que la mayoría de los votantes del apruebo consideraban los «derechos sociales en educación, sanidad y vivienda» y los «cambios estructurales» necesarios como las principales razones de su apoyo. Pero solo 1 de cada 10 partidarios del apruebo votó principalmente para lograr una «constitución feminista y ecológica» o un Estado descentralizado, y solo 1 de cada 25 mencionó el deseo de conceder más autonomía a los pueblos indígenas. Mientras tanto, un amplio segmento de votantes del rechazo citó la incertidumbre general y la autonomía indígena como razones clave para oponerse a la propuesta.</p>
<p>Pero la oposición al reconocimiento y los derechos indígenas no debe atribuirse a un racismo generalizado. La desconfianza y el resentimiento fomentados por la promoción moralista de los derechos indígenas por parte de la izquierda no se limitaron a la mayoría no mapuche. Las comunas con la mayor proporción de residentes indígenas tampoco se inmutaron. En Lumaco, donde la mitad de la población es mapuche, más del 80% votó por el rechazo. En Galvarino, una comuna con una población mapuche del 75%, también lo hizo una proporción similar. Alto Biobío, lugar de organización comunitaria contra las megarrepresas, tiene un 85% de mapuches, pero solo el 28% aprobó la carta.</p>
<p>Resulta que el reconocimiento plurinacional y los derechos culturales no son prioridades esenciales ni siquiera entre la población a la que deberían beneficiar. Como el resto de los chilenos, los ciudadanos indígenas quieren seguridad física y material.</p>
<p>El rechazo mapuche a la carta propuesta subraya que la amplia oposición al radicalismo actual no se basa simplemente en la hostilidad hacia los derechos indígenas y otras posturas conservadoras. Más exactamente, los chilenos —mapuches y no mapuches por igual— dudan de los beneficios especiales y específicos si sienten que éstos sustituyen a las demandas compartidas. Por mucho que los chilenos de a pie reconozcan las injusticias históricas y actuales, rechazarán las posturas basadas en la ética cuando éstas parezcan dejar de lado sus necesidades básicas insatisfechas. En este sentido, los trabajadores comunes no oponen su bienestar a la justicia indígena, la moralización radical sí.</p>
<h2><b>Desintegración neoliberal más profunda</b></h2>
<h4>Causas más profundas sustentan la incapacidad de la nueva izquierda para formular un programa socialista claro y su incapacidad para corregir el rumbo cuando el universalismo surgió como la única esperanza de una victoria del apruebo. Es importante recordar que el ascenso de la nueva izquierda y de los movimientos sociales que la engendraron se produjo en el transcurso de cuatro décadas de neoliberalismo. La salvaje expansión del libre mercado politizó a las masas chilenas de un modo que contrasta decisivamente con la politización que produjo el camino al socialismo bajo Allende. Mientras que el capitalismo desarrollista de mediados del siglo XX ayudó a incorporar a los sectores trabajadores a un programa común de reformas materialistas, el capitalismo neoliberal desincorporó a los trabajadores y pobres chilenos de la política compartida, dispersando sus energías entre reivindicaciones fragmentadas.</h4>
<p>Los efectos perjudiciales del desarrollo neoliberal sobre la política del sector popular se derivan en parte de su impacto sobre los movimientos de masas en ascenso. La desintegración industrial y la reestructuración agraria dispersaron a los trabajadores, empujándoles a enfrentarse a múltiples retos en ámbitos sociales dispares. La fragmentación y marginación del trabajo estructuró las reivindicaciones a lo largo de estos múltiples ejes.</p>
<p>Cuando la resistencia adoptó una forma colectiva, se centró en cuestiones específicas. Los estudiantes se rebelaron contra el deterioro de las escuelas públicas y el aumento de la deuda; los ancianos protestaron contra las indignidades de las pensiones privadas; los barrios pobres se organizaron contra la contaminación; las mujeres se enfrentaron a la violencia, el acoso y la inseguridad y los grupos indígenas lucharon contra la usurpación de sus menguadas tierras. Las luchas localizadas contra la creciente precariedad acumularon gradualmente los recursos organizativos que acabaron sosteniendo la movilización masiva. Sin embargo, las capacidades populares en expansión siguieron centrándose en cuestiones específicas y nunca se unieron a las luchas laborales revitalizadas. Como resultado, las demandas particulares de los movimientos —de género, étnicas, ecológicas— siguieron eclipsando los programas de reforma de todo el sistema.</p>
<p>El neoliberalismo también influyó en la opinión popular a través de su impacto directo en la política personal. A estas alturas, los efectos atomizadores de la desregulación y la mercantilización son bien conocidos. Bajo la liberalización, los trabajadores se sienten inclinados a enfrentarse a la inseguridad económica a través de la acción individual. El hábito de buscar la seguridad material individualmente apuntala la sospecha de los servicios colectivos y los bienes públicos. Pero el neoliberalismo dio forma a la política personal de otra manera clave: el giro neoliberal separó a la gente corriente del tejido básico de la vida cívica y partidista. En Chile, la mayoría de los trabajadores llevan décadas aislados de los asuntos públicos organizados.</p>
<p>El recrudecimiento de las protestas durante una década que condujo al estallido (la rebelión de 2019) y al proceso constituyente no alteró significativamente este aislamiento político. Los movimientos de masas se han hinchado y han crecido en influencia, pero no han atraído al trabajador medio a sus políticas y programas; la coalición de izquierdas Frente Amplio, aún menos. Cuando millones de chilenos alienados acudieron a votar por primera vez, ninguna red institucional los vinculó a la cultura y las propuestas políticas de la nueva izquierda. Muchos se alegraron durante la rebelión; aún más, apoyaron el rechazo a la Constitución de 1980 de la dictadura. Pero, aislados organizativa y programáticamente de la nueva izquierda, millones no vieron sus preocupaciones fundamentales reconocidas ni reflejadas en el comportamiento y los resultados de la Convención. En lugar de tejer cuidadosamente nuevas afinidades partidistas y políticas, los radicales chilenos exacerbaron el desapego y la amargura populares.</p>
<p>*Fuente: <a href="https://jacobinlat.com/2022/12/15/reproche-a-la-izquierda-del-siglo-xxi/?mc_cid=4a5dd88ab6&amp;mc_eid=9feff1cc8f">Jacobinlat</a></p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2022/12/19/un-reproche-a-la-izquierda-del-siglo-xxi/">Un reproche a la izquierda del siglo XXI</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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		<title>El fútbol, una mercancía globalEl fútbol, una mercancía global</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción piensaChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 16 Nov 2022 19:29:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Medios]]></category>
		<category><![CDATA[Politica]]></category>
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		<category><![CDATA[leonardo frieiro]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Si hay algo que prueba que el fútbol se convirtió en una enorme mercancía global es la elección de Qatar como sede de la Copa del Mundo. Pero el deporte puede —y debe— promover otros valores.</p>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2022/11/16/el-futbol-una-mercancia-globalel-futbol-una-mercancia-global/">El fútbol, una mercancía globalEl fútbol, una mercancía global</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>16 de noviembre de 2022</p>
<h3>Una entrevista con Pablo Alabarces</h3>
<p class="post-excerpt">Si hay algo que prueba que el fútbol se convirtió en una enorme mercancía global es la elección de Qatar como sede de la Copa del Mundo. Pero el deporte puede —y debe— promover otros valores.</p>
<p>El domingo 20 de noviembre comenzará una nueva Copa Mundial de Fútbol masculino, el espectáculo más importante y más consumido del deporte en buena parte del globo. A la clásica exacerbación de nacionalismo, chovinismo y machismo a la que este tipo de competencias invita, este año también se agrega la polémica suscitada alrededor del país que oficiará como sede: el emirato de Qatar.</p>
<h3>Con esta excusa, desde <em>Revista Jacobin</em> conversamos con Pablo Alabarces, investigador argentino especialista en estudios sobre el fútbol latinoamericano y la cultura popular. Hablamos de fútbol, deporte y política, de la FIFA, Joseph Blatter y Gianni Infantino, de Maradona y las contrafiguras de la cultura hegemónica del fútbol internacional, pero también sobre cuánto de cierto hay en la creencia de que este deporte ha devenido en una herramienta de dominación capitalista a nivel mundial y de qué experiencias existentes podemos servirnos para pelear por revertir esa situación.</h3>
<blockquote><p><strong>Estamos a pocos días de que comience un mundial de fútbol atípico: cinco meses más tarde de lo habitual, en un país que carece de absolutamente cualquier tradición futbolística, gobernado por una dictadura absolutista, mediado por un escándalo de corrupción, además de estar impugnado por los principales colectivos de derechos humanos del mundo.</strong></p>
<p><strong>Creo que no me equivoco si digo que estamos frente a uno de los eventos deportivos de carácter internacional más criticados de las últimas décadas. ¿Cómo llegamos hasta acá y qué nos dice esto del estado del fútbol en tanto mercancía cultural global?</strong></p></blockquote>
<p>Con respecto a esa definición, sí. Es muy factible que la Copa Mundial de Qatar sea el hecho más escandaloso, más grotesco, desde que <a href="https://jacobinlat.com/2021/04/19/la-superliga-europea-o-como-el-capitalismo-sigue-robandonos-el-futbol/" target="_blank" rel="noopener">el fútbol se constituyó en una mercancía global</a>. Antes de eso, tenemos al mundial de 1978 organizado en Argentina. Y eso ya lo dice todo. Los mundiales de fútbol masculino, dentro de todo, se habían mantenido relativamente indemnes a los vaivenes políticos hasta el mundial organizado en Argentina, que establece una complicidad grosera entre João Havelange —presidente de la FIFA desde 1974 hasta 1988— y la <a href="https://jacobinlat.com/2021/03/24/resistir-al-terror/" target="_blank" rel="noopener">dictadura militar</a>. Con hechos macabros como la cercanía entre el estadio de River Plate (donde se jugó la apertura y la final de la copa) con el principal centro clandestino de detención del país, la ESMA, y también con el escándalo que envuelve el partido de fase de grupos entre la Argentina y el Perú.</p>
<p><iframe loading="lazy" title="Historia del 0-6 Peru vs Argentina: robo, vergüenza mundial 78." src="https://www.youtube.com/embed/iZDHDkUHXm0" width="740" height="440" frameborder="0" allowfullscreen="allowfullscreen"><span data-mce-type="bookmark" style="display: inline-block; width: 0px; overflow: hidden; line-height: 0;" class="mce_SELRES_start">﻿</span></iframe></p>
<p>De ahí en adelante ya todos supimos que la FIFA es una institución corrupta y que el fútbol se estaba transformando en una gigantesca mercancía global que se podía vender en todo el mundo. En ese contexto, sí, que la copa del mundo se organice en Qatar es consecuente con la historia reciente del fútbol global. Cabe hacer una aclaración: el mundial anterior fue organizado en <a href="https://jacobinlat.com/categoria/ubicacion/rusia/" target="_blank" rel="noopener">Rusia</a>, que no era en ese momento —ni es ahora— una democracia occidental progresista respetuosa de los derechos de las minorías… la aprobación de la sede de Rusia estaba enlazada con la aprobación de la sede de Qatar, lo que colocó bajo sospecha a ambos mundiales.</p>
<p>Lo que ocurre es que la sede qatarí sí destapa a una serie de cosas. Por un lado, las incompatibilidades que describís en tu pregunta: una monarquía dictatorial completamente irrespetuosa de todos los derechos humanos básicos y especialmente de las nuevas generaciones de derechos, como los de género, a lo que debemos sumar la explotación según parece desvergonzada, salvaje y animal de una mano de obra casi esclava y la ausencia radical de una tradición futbolística mínima. El mundial organizado en Sudáfrica en el 2010, por ejemplo, significó el reconocimiento institucional de la existencia de una tradición futbolística continental en África, algo similar a la Copa del Mundo organizada en Corea del Sur y Japón en el 2002. Lo que ocurre en Medio Oriente, y en particular en la península arábica, es diferente, ya que es muy discutible de que allí exista algo similar a lo que podamos llamar una tradición futbolística.</p>
<p>Ahora, fijémonos que además la elección de Qatar como sede dispara todo el «recambio cosmético» de la FIFA. A partir de Qatar cae toda la cúpula directiva latinoamericana de la FIFA, algo que para mí no es un hecho de tristeza, más bien todo lo contrario. Lo único que sí lamento es que [Julio] Grondona se haya salvado, solamente gracias a que murió antes de poder ser encarcelado. Como señaló <a href="https://twitter.com/DiganmeRingo?s=20&amp;t=yf9JQ7uvf4WmbQaM4k3jWg" target="_blank" rel="noopener">Ezequiel Fernández Moores</a> —en mi opinión, el mejor periodista deportivo de Argentina— es bueno recordar que la cúpula latinoamericana de la FIFA se derrumba producto de una conspiración contra la conspiración, en la que la dirigencia latinoamericana cayó por una <a href="https://www.tiempoar.com.ar/deportes/premian-en-nueva-york-a-una-miniserie-de-la-tv-publica-sobre-el-fifa-gate/" target="_blank" rel="noopener">contraconspiración generada por el FBI</a> sencillamente para conseguir otra candidatura mundialista.</p>
<p>Por otro lado, que se haya desplazado a Joseph Blatter para entronizar a Gianni Infantino y que, a su vez, Infantino haya entronizado a <a href="https://jacobinlat.com/tag/macri/" target="_blank" rel="noopener">Mauricio Macri</a> como presidente de la Fundación FIFA, no habla precisamente muy bien de la transparencia de la actual administración del fútbol mundial. Pero este, más bien, es un fenómeno extenso. Hoy el fútbol no es solo dirigencias corruptas; más bien el fútbol —Havelange mediante— se transformó de una mercancía trasnacional exitosísima para convertirse en una<em> mercancía global. </em>Ahí, toda la literatura coincide en que fue con la Copa Mundial de 1990 organizada en Italia cuando el futbol adquirió una dimensión verdaderamente global. En esa Copa del Mundo aparecen de forma más directa los grandes capitales televisivos, con tres figuras clave: Silvio Berlusconi, Rupert Murdoch y Bernard Tapie, y es cuando se presenta la metodología de televisación de los partidos mediante el sistema Pay Per View (PPV).</p>
<p>La novedad de este siglo es una catarata de capitales que vienen de todos lados. Primero fueron los rusos y ahora son principalmente los capitales árabes —entre los que se cuentan los qataríes— los que están fluyendo hacia el fútbol europeo y que, con metodologías de circulación <em>non santas</em> y por lo general ilegales, <a href="https://jacobinlat.com/2021/09/27/celebrar-el-mundial-cada-dos-anos-seria-devastador-para-el-futbol/" target="_blank" rel="noopener">transforman el mapa del fútbol global</a>. Creo que todo esto es lo que se está poniendo en escena en esta Copa del Mundo: corrupción, transformación en los flujos de capital y el peso creciente de la televisión. Al menos desde inicios del siglo veintiuno, este proceso ocurre a una velocidad muy aguda y en aceleración constante. Dentro de todo este escenario, que la Copa del Mundo sea en Qatar, es lo de menos.  Qatar agrava un panorama que ya es grave de por sí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img loading="lazy" class=" wp-image-80404 aligncenter" src="https://piensachile.com/wp-content/uploads/2022/11/tiren-papelitos-el-mundial-78-entre-la-fiesta-y-el-horror-333584-2-300x258.webp" alt="" width="601" height="517" srcset="https://piensachile.com/wp-content/uploads/2022/11/tiren-papelitos-el-mundial-78-entre-la-fiesta-y-el-horror-333584-2-300x258.webp 300w, https://piensachile.com/wp-content/uploads/2022/11/tiren-papelitos-el-mundial-78-entre-la-fiesta-y-el-horror-333584-2-768x661.webp 768w, https://piensachile.com/wp-content/uploads/2022/11/tiren-papelitos-el-mundial-78-entre-la-fiesta-y-el-horror-333584-2-585x504.webp 585w, https://piensachile.com/wp-content/uploads/2022/11/tiren-papelitos-el-mundial-78-entre-la-fiesta-y-el-horror-333584-2.webp 900w" sizes="(max-width: 601px) 100vw, 601px" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>En tus textos sobre fútbol sueles señalar que la clase política en América Latina está absolutamente convencida de que existe una relación causal entre el éxito deportivo y las victorias políticas, a pesar de que no hay ninguna evidencia que nos permita llegar a esa conclusión. Si esto es tan evidente, ¿por qué crees que esa idea persiste tanto entre las clases dominantes como entre la opinión pública?</strong></p>
<p>No solo no hay evidencias a favor, sino que hay evidencias contrarias a esa tesis. Las clases dominantes son siempre más inteligentes que las clases dominadas, y en base a eso y a su poder basado en la acumulación de capital es que consolidan su dominio, pero eso no las convierte en las clases <em>más</em> inteligentes. Vamos a poner un ejemplo local que además persevera en el error, por decirlo de alguna manera, que es el caso de Mauricio Macri. En su último libro Macri insiste en plantear la asociación entre éxito deportivo y victoria deportiva en tanto relación de causa-efecto, sin ningún tipo de matiz: «Soy lo que soy porque fui presidente de Boca Juniors». Eso no ha sido fehacientemente demostrado en ningún momento. No hay flujos electorales que puedan ser distribuidos en base a los éxitos deportivos.</p>
<p>Hay, por el contrario, una cosa que sí sucede: Macri transforma sus «éxitos deportivos» (remarco las comillas) en éxitos de gestión, a pesar de que cualquier análisis más o menos desapasionado encuentra la coincidencia de que Boca Juniors no fue una empresa exitosa durante la presidencia de Macri, lo que lo convierte en un gestor de capacidades al menos dudosas. Por no hablar de algo que nadie recuerda —salvo yo, y me jacto de eso— y es que Macri presidió Boca Juniors y durante sus doce años de gestión al frente del club negó sistemáticamente la existencia de una «barra brava». A Macri le podemos reconocer un enorme éxito argumental, considerando que la ciudadanía argentina decidió confiar en ese enunciado y lo coronó presidente de la Argentina porque había dejado a Boca sin «barra brava», un milagro increíble.</p>
<p>Quiero decir, Macri cree en esa asociación entre éxito deportivo y victoria política. Y se erige, se presenta a sí mismo, como prueba de esa asociación. Frente a esto, la respuesta lógica de la clase política debería ser contestar ese argumento explicando que no es así, que esa asociación no puede ser demostrada y que, por lo tanto, es falsa. Y cuando digo que no puede ser demostrada digo que, veamos, por ejemplo, las últimas copas mundiales en relación a la política argentina. En 1986, la selección nacional ganó la Copa del Mundo, pero Raúl Alfonsín, presidente en aquel momento, perdió las elecciones de medio término menos de un años después. En 1990 la selección argentina perdió la final de la copa del mundo, <a href="https://jacobinlat.com/2021/02/17/menem-ha-muerto-el-menemismo-no/" target="_blank" rel="noopener">Carlos Menem</a> se asoció a esa selección derrotada y eso no produjo absolutamente nada en términos políticos. Nadie podría explicar el Plan de Convertibilidad en base al desempeño deportivo de la selección argentina en Italia.</p>
<p>En 1994 la selección argentina quedó eliminada en el primer partido de la segunda ronda, pero lo que genera eso es un fenómeno absolutamente autónomo cuando aparece la figura de Diego Maradona politizándose. La figura de Maradona aparece como una <em>contrafigura</em>, una figura de resistencia, en el contexto de la Marcha Federal de 1995 contra el menemismo. En el año 2002, que es el caso más gracioso, se dice que el entonces gobernador de la Provincia de Santa Fe Carlos Reutemann le dijo al entonces presidente Eduardo Duhalde que había que solucionar la cuestión del «<a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Corralito#:~:text=En%20Argentina%20se%20denomin%C3%B3%20corralito,%E2%80%8B%20ante%20una%20corrida%20bancaria." target="_blank" rel="noopener">corralito</a>» antes de la Copa del Mundo, ya que si además la selección quedaba eliminada en primera ronda el país explotaba por los aires. Había, además, una «contra-hipótesis», según la cual si Argentina ganaba el mundial de Corea-Japón se solucionaban todos los problemas. La derrota impidió comprobarla, aunque sí permitió comprobar la falsedad de la hipótesis original: no hubo ninguna alteración del clima social y político con respecto a la situación previa a la eliminación de la selección argentina.</p>
<p>Creo que ese ejemplo, el de la Copa del Mundo del 2002, es el mejor para pensar en la situación actual: el mundial ocurre muy lejos, con horarios insólitos y el país sumergido en una enorme crisis (a pesar de que la situación en 2001 y 2002 era en mi opinión incomparablemente peor que la situación actual). Pero postular que hay algún tipo de relación entre lo que ocurra con la selección argentina y la situación social y política significa desconocer la propia historia argentina en relación al fútbol. Esa relación sencillamente no es posible.</p>
<p>Yo agregaría a esa «ignorancia sociológica», por llamarla de alguna manera, otra tensión: la del mito de la<em> cortina de humo</em>, una teoría en la que la clase dirigente también cree, que dice básicamente que la copa mundial de fútbol genera un efecto de distracción en la gente, gracias al que se puede hacer políticamente casi cualquier cosa porque nadie se va a dar cuenta. Esa tesis no es compartida solo por las clases dirigentes, sino que también es compartida por una enorme cantidad de individuos de a pie que sostienen que a un montón de otra gente (pero nunca a ellos mismos, ya que nunca nadie va a sentenciar la eficacia de la cortina de humo desde su propia experiencia) es embaucada durante el mundial por la dirigencia política, gracias al modo en que el evento opaca la conciencia de la población. Esta tesis, por supuesto, también es insostenible.</p>
<p>Y quiero ser claro: no es insostenible en términos argumentales. Es insostenible en términos empíricos, y ese es el punto: es empíricamente insostenible. El caso más claro es, de nuevo, el de la Copa del Mundo de 1978, donde no cabe absolutamente ninguna duda de que la dictadura intentó usar al mundial de fútbol para generar consenso social, eso sí está probado. Ahora bien, lo que no está probado es que lo haya obtenido. Es más, muy poco después de la victoria argentina en el mundial, en 1979, ocurre el primer paro general contra la dictadura. Entonces, ¿cuál es la idea de un consenso social cívico, militar y ciudadano que termina produciendo un paro nacional y que supone un nuevo impulso de la resistencia contra la dictadura? Por eso, digo, todo lo que estoy argumentando no es una opinión, no es una hipótesis, es una cuestión empírica.</p>
<p><strong>En </strong><a href="https://books.google.com.ar/books/about/F%C3%BAtbol_y_patria.html?id=ygCPzgEACAAJ&amp;source=kp_book_description&amp;redir_esc=y" target="_blank" rel="noopener"><strong><em>Fútbol y patria</em></strong></a><strong> queda claro que las selecciones nacionales no representan a un país ni a todos sus habitantes. Podríamos pensar que las selecciones nacionales representan, al menos, al fútbol de esos países, pero esa propuesta choca con la paradoja de que no hay ninguna gran figura del fútbol latinoamericano que, producto de la globalización del fútbol, no haya migrado hacia Europa desde muy joven. Recuerdo el ejemplo que pones de un relator argentino en el Mundial de 2002 describiendo a la selección argentina como «un seleccionado del Primer Mundo representante de un país del Tercer Mundo». Pero si las selecciones nacionales no representan ni a los países ni ya tampoco al fútbol de los países, ¿a quién representan?</strong></p>
<p>Las selecciones nacionales representan a las asociaciones de fútbol de esos países. Está muy bien el planteo, porque como nunca me había sucedido antes —y ahora opino como futbolero y como espectador de mundiales desde 1970, no como sociólogo— debo decir que esta es la primera vez que no puedo decir de qué club viene cada jugador argentino, porque no lo sé. Sé con seguridad, en cambio, que Lionel Messi no viene de ninguno. Ese es el caso más claro en el que no solo no se produce el debut del jugador en la primera división argentina, sino que ni siquiera hizo las divisiones inferiores en el país. En caso del arquero argentino —Emiliano «Dibu» Martínez— es también llamativo: es la primera vez en la que el arquero de la selección no jugó ni un solo partido en la primera división del país. Esta tendencia viene de más atrás, pero antes, al menos, podíamos trazar las trayectorias futbolísticas de los jugadores de la selección dentro del fútbol local. Ahora, yo por lo menos, no puedo hacer eso.</p>
<p>Hay aquí un fenómeno doble. Por un lado, un fenómeno de representación. ¿Qué representan estos jugadores? Una asociación. Esto es muy habitual en el fútbol global. La relación entre nacionalidad y selección nacional es cada vez más compleja, porque toda Europa está reorganizada por la <a href="https://elpais.com/deportes/2021-04-20/25-anos-de-la-ley-bosman-la-anterior-gran-revolucion.html" target="_blank" rel="noopener">sentencia Bosman</a>. El caso inglés es muy notorio. En 1999 yo estaba haciendo mi doctorado en Inglaterra y recuerdo una nota de tapa de <em>The Guardian</em> que señalaba en la previa del clásico londinense entre el <em>Arsenal </em>y el <em>Chelsea</em> que solo tres de los veintidós jugadores titulares eran jugadores ingleses, y de esto hace veinticinco años. Quiero decir que estas transformaciones son muy viejas y no atañen solo a la Argentina ni al fútbol de selecciones. El caso de Brasil, por ejemplo, es bastante similar.</p>
<p>Entonces, ¿qué representan? Sin duda, a sus asociaciones nacionales. Ahora bien, en tanto mercancía, sí se sigue vendiendo que lo que se pone en juego, lo que representan, son otros juegos de tradiciones, sentires y pesares. Eso se ve de forma muy clara ahora, en la época de la publicidad mundialista —que para mí es directamente una pesadilla— donde se ve un desborde patriotero más duro y agudo que nos muestra cómo se nos intenta vender como mercancía una ficción según la cual se naturaliza la relación entre la nación y la selección de fútbol: son «los nuestros», somos «nosotros»… y digo nosotros acentuando la letra «o», porque se sigue tratando exclusivamente de varones; a pesar del crecimiento del fútbol femenino, todavía cuesta la declinación inclusiva, por decirlo de alguna manera. Porque, claro, este fútbol es de varones: son once varones y se recurre a tradiciones masculinas, a relatos masculinos y a momentos masculinos, lo que objetivamente pone todavía más en crisis a esa representación. No solo son jugadores que no juegan en nuestro fútbol; son, además, varones que no representan a una sociedad mucho más compleja y plural.</p>
<p>Y déjame hacer un comentario adicional. Anoche miré la <a href="https://www.netflix.com/ar/title/81646853" target="_blank" rel="noopener">miniserie de <em>Netflix</em></a> sobre la victoria de la selección argentina en la Copa América del año pasado, y la verdad es que es de una mediocridad pavorosa, pero lo interesante es observar el hecho de que estos jugadores ya no pertenecen a las clases populares argentinas. Ya no son ni lúmpenes, ni desclasados, ni siquiera hijos de familias obreras; claramente son todos hijos de las clases medias, que hablan con todas las limitaciones intelectuales, culturales y enciclopédicas de las clases medias. Son hablados por el lenguaje del periodismo deportivo y no salen de ahí.</p>
<p>En un momento del documental se lo ve a Messi diciendo algo así como que a pesar de que la gente dice que ellos tienen mucha plata y que viven en otro mundo, a ellos les pasa lo mismo que a todo el mundo. Vos mirás eso y decís «yo lo mato». Messi tiene el dinero para que vivan sin trabajar ni un día hasta sus tataranietos, y nos dice que le pasan las mismas cosas que a nosotros… y, sin embargo, ahí está la ficción de la representación, que es una ficción trabajada y pensada en los términos mismos de la ficción, porque en eso se deposita el éxito de la mercancía. Porque si la mercancía no vende adecuadamente esa ficción, ese producto, fracasa, no existe más. Entonces hace falta que estos jugadores sean presentados como gente común, es decir, como nosotros si supiéramos jugar al fútbol. Fuera de eso, de que Dios no nos bendijo con ese talento futbolístico, ellos son exactamente iguales a nosotros. Inclusive porque dicen las mismas tonterías que decimos nosotros cuando hablamos de fútbol. Eso es parte de esa ficción representacional.</p>
<figure id="attachment_80407" aria-describedby="caption-attachment-80407" style="width: 600px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" class="wp-image-80407" src="https://piensachile.com/wp-content/uploads/2022/11/Sean-Eternos-736x414-1-300x169.webp" alt="Imagen promocional de Sean eternos, documental de Netflix." width="600" height="338" srcset="https://piensachile.com/wp-content/uploads/2022/11/Sean-Eternos-736x414-1-300x169.webp 300w, https://piensachile.com/wp-content/uploads/2022/11/Sean-Eternos-736x414-1-585x329.webp 585w, https://piensachile.com/wp-content/uploads/2022/11/Sean-Eternos-736x414-1.webp 736w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /><figcaption id="caption-attachment-80407" class="wp-caption-text">Imagen promocional de Sean eternos, documental de Netflix.</figcaption></figure>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El exfutbolista de la selección francesa Liliam Thuram escribió que la victoria de la selección francesa en el Mundial de 1998 ayudó de alguna manera a consolidar el imaginario de una Francia inexorablemente multirracial (a pesar de que sigue habiendo mucha gente, inclusive periodistas deportivos, que se esfuerzan por remarcar el origen migrante de varios jugadores de la selección francesa). ¿Piensas que puede ser cierto? ¿O es más una expresión de deseo?</strong></p>
<p>Es mentira, una gran mentira. Inclusive, una mentira que explotó por los aires apenas seis años más tarde en toda Francia con <a href="https://rebelion.org/sobre-la-insurreccion-de-los-suburbios-en-francia/" target="_blank" rel="noopener">la sublevación de <em>les banlieues</em></a>. Ahí quedó cabalmente demostrado que la supuesta integración multirracial francesa rápidamente podía transformarse en un espiral de violencia racial y represión estatal.</p>
<p>Hace algunos años tuve el gusto de conocer a Christian Karembeu, jugador de la selección francesa campeona de la Copa del Mundo de 1998. Le pregunté como trabajaron en el vestuario esta contradicción entre la expectativa nacional y su propia posición política, ya que Karembeu era, además de un gran futbolista, un militante por la independencia de las colonias francesas en la Polinesia y contra las pruebas atómicas (recordemos que Francia usaba a sus colonias en la Polinesia para implosionar bombas atómicas y ver qué pasaba), y él me respondió de forma muy clara. Me dijo que todos los jugadores de esa selección sabían que ganar la Copa del Mundo inmediatamente multiplicaba el valor de cada uno de ellos en el mercado, y que los llevaba directamente a ser contratados por los mejores equipos del mundo, como el Real Madrid o el Manchester United. Esto quiere decir que no jugaban por la patria, sino por ellos mismos. Este presunto valor unificador de la sociedad francesa a través del fútbol fue, nuevamente, falseado por la evidencia empírica.</p>
<p>A comienzos de 1999 yo estaba en Inglaterra, y estuve en la presentación de un libro en el que colegas sociólogos vendían exactamente el mismo argumento sobre la nueva Francia multicultural y multirracial evidenciada en el éxito futbolístico de la Copa del Mundo de 1998. Seis años después, Francia se encontró frente a una insurrección racial y con un Nicolas Sarkozy que como Ministro del Interior que decretó el estado de urgencia y llamó a «limpiar las calles de la inmundicia». ¿De qué Francia multicultural y multirracial estamos hablando? Era falso. Una ilusión.</p>
<p>Hagamos un ejercicio de ficción. Supongamos que la selección argentina gana la Copa del Mundo. Todo el mundo sale a la calle —cosa que yo también haría— y vamos todos al Obelisco. Algunos irán a la Plaza de Mayo, y si algunos van a la Plaza de Mayo no tengas dudas de que Alberto y Cristina van a estar a los codazos para ver quién sale primero al balcón de la Casa Rosada. Ahora bien, los que vayan a la Plaza de Mayo van a ser los menos, ya que saben que se van a encontrar, justamente, con Alberto y Cristina, así que nosotros vamos para el Obelisco. Ahí encontramos a dos millones de personas festejando. De forma inmediata todas las tapas de los diarios, de los portales de noticias, todos los sitios web van a decir que esa es la «unidad nacional».</p>
<p>Pero seamos claros: un mundial de fútbol masculino no va a reconciliar a una sociedad que está partida por múltiples líneas de fuerza económicas, políticas, sociales y raciales que son muy duras. Estas fracturas son cada vez más radicales, diría hasta más fascistas inclusive. ¿Alguien puede creer que un título mundial de fútbol puede reconciliar a las terribles fracturas que permitieron, entre otras cosas, el reverdecer de un racismo decimonónico en Argentina? ¿El fútbol va a hacer eso? No lo creo.</p>
<p><strong>Cuando analizas la figura de Messi, notas que los héroes futbolísticos actuales pueden ser héroes, pero que no pueden ser nacionales. En un sentido antitético a </strong><a href="https://jacobinlat.com/2021/11/25/diego-hijo-de-fidel-2/" target="_blank" rel="noopener"><strong>lo que representaba Diego Maradona</strong></a><strong>, parecen ser ídolos o bien despolitizados o bien que impiden la politización de sus figuras. En ese sentido, ¿te sorprendió el apoyo de buena parte de la selección de Brasil a </strong><a href="https://jacobinlat.com/tag/bolsonaro/" target="_blank" rel="noopener"><strong>Jair Bolsonaro</strong></a><strong>?</strong></p>
<p>No, la verdad es que no me sorprendió. Creo que hay un dato previo que tenemos que tomar en cuenta, y es el evangelismo. El peso del evangelismo en el fútbol brasileño es descomunal, y creo que es lo que acá funciona como mediador entre los futbolistas y sus posiciones políticas. No les digo esto a mis amigos brasileños porque son progresistas, pero creo que les hace mal el fantasma de la Democracia Corinthiana. Siguen pensando que Sócrates, lector de Gramsci, que organizó al equipo en 1982 en una lucha contra la dictadura, sigue siendo el faro de referencia. Ahora en Brasil el faro de referencia de los futbolistas es la organización neopentecostal <em>Atletas de Cristo</em>, que tiene más de treinta años y que hizo una tarea descomunal de evangelización en el fútbol brasileño. Creo que este es un mediador mucho más eficaz que explica el apoyo de los futbolistas de la selección de Brasil a Jair Bolsonaro.</p>
<p>En Argentina, en cambio, me animaba a decir hasta hace un tiempo que lo que primaba dentro del fútbol era la frase de «nunca me metí en política, siempre fui peronista». Últimamente eso ha cambiado, justamente porque el peso de Mauricio Macri y de mucha gente que lo rodea en el mundo del fútbol provocó bastante fisuras al respecto. Recordemos que Carlos McAllister, exfutbolista de la selección argentina, fue funcionario del gobierno de Macri, lo que me hace dudar mucho de que su hijo Alexis, actual jugador de la selección argentina, se proclame kirchnerista. Messi, por otro lado, ha evitado minuciosamente cualquier tipo de afirmación política local, regional, latinoamericana o mundial. No sabemos, por ejemplo, si apoya o no la invasión rusa a Ucrania, mirá lo que te digo.</p>
<p><strong>En referencia a esto último, los deportistas de élite que tuvieron manifestaciones políticas de izquierda enfrentaron importantes consecuencias. Fuera del fútbol, el caso de Colin Kaepernick, jugador de la NFL que en 2016 se arrodilló para protestar contra la violencia racial y luego fue vetado y obligado a terminar su carrera como deportista, parece ser significativo. ¿Puede un deportista de élite posicionarse abiertamente como simpatizante de la izquierda?</strong></p>
<p>Existe esa posibilidad. Y creo que se puede ver mejor del lado de las mujeres, con figuras como <a href="https://twitter.com/mPinoe?s=20&amp;t=6jcfohux6ED-KZPYsU0lOA" target="_blank" rel="noopener">Megan Rapinoe</a>, una feminista radical, progresista y antirracista que lidera la selección de fútbol femenino multicampeona de los Estados Unidos. No conozco el tema con tanta minucia, pero el fútbol femenino se declaró feminista y militante, lo que le valió mucho éxito, pero también muchas críticas. Pienso en la figura de <a href="https://twitter.com/macasanchezj" target="_blank" rel="noopener">Macarena Sánchez</a> en Argentina, que se desempeñó como Secretaria Nacional de Juventudes y ahora funge como Subsecretaria Nacional de Fortalecimiento Deportivo.</p>
<p>Es verdad que a los deportistas varones les cuesta más, pero también es justo decir que se enfrentan a una represión mucho más dura. Un deportista de élite politizado no es necesariamente una buena mercancía; es más bien, en principio, una mala mercancía, ya que las mercancías globales necesitan buscar a la mayor cantidad de consumidores posibles, y las posiciones políticas recortan esos consumidores, por decirlo de alguna manera.</p>
<p>Esto lo dije varias veces en relación al caso de Diego Maradona. El apoyo a su figura no siempre fue unánime. Siempre cortó a la sociedad en términos políticos y, más recientemente, lo hizo en términos de género. Los posicionamientos políticos no son buenos para un régimen mercantil, y menos para el régimen mercantil que organiza la sociedad espectacular del deporte. Ahora bien, excepciones siempre hay, y son excepciones quizás porque se vuelven ruidosas por ese carácter excepcional. Pienso en los casos de Rapinoe y Kaepernick, pero también en los de Eric Cantona o del mismo Karembeu. Esas excepciones existen, pero también hay que señalar que tanto la FIFA como las demás asociaciones de fútbol prohíben y penalizan ese tipo de manifestaciones. Hay varios casos en los que la policía o algún comisario deportivo impiden a los hinchas de un club exhibir banderas que se solidaricen con alguna causa social o política, lo que habla del carácter complemente antidemocrático de esos aparatos institucionales que no respetan ni siquiera una libertad tan básica como la de expresión.</p>
<p>Entonces hay que ser una figura con mucha potencia como para poder plantarse y decirle a las asociaciones que todas sus prohibiciones importan un cuerno, y jugársela por los derechos de las minorías, por ejemplo. En el fútbol argentino, organizado a través de la homofobia, veo muy difícil que sus principales figuras salgan a reivindicar los derechos a las minorías sexuales. Me sorprendería mucho y muy gratamente, y estoy dispuesto a dejarme sorprender, pero no soy optimista.</p>
<figure id="attachment_28339" class="wp-caption aligncenter" style="width: 601px;" aria-describedby="caption-attachment-28339">
<p><figure id="attachment_28339" aria-describedby="caption-attachment-28339" style="width: 598px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" class=" ewww_webp_loaded wp-image-28339" src="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-1024x768.jpg.webp" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" srcset="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-1024x768.jpg.webp 1024w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-300x225.jpg.webp 300w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-768x576.jpg.webp 768w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-600x450.jpg.webp 600w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a.jpg.webp 1467w" alt="" width="598" height="449" data-src-img="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-1024x768.jpg" data-src-webp="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-1024x768.jpg.webp" data-srcset-webp="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-1024x768.jpg.webp 1024w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-300x225.jpg.webp 300w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-768x576.jpg.webp 768w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-600x450.jpg.webp 600w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a.jpg.webp 1467w" data-srcset-img="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-1024x768.jpg 1024w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-300x225.jpg 300w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-768x576.jpg 768w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a-600x450.jpg 600w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/gettyimages-607634816-3aa9cd610c2f033b175597abe8473662e8f6a64a.jpg 1467w" data-eio="j" /><figcaption id="caption-attachment-28339" class="wp-caption-text">Megan Rapinoe se arrodilla durante el himno nacional de EE.UU. para mostrar su solidaridad con Colin Kaepernick. (Foto: Kevin C. Cox vía Getty Images)</figcaption></figure></figure>
<p><strong>En <em>Historia mínima del fútbol en América Latina</em> remarcas que pensar en una historia común del fútbol latinoamericano implica la decisión intelectual de construir algo que no existe, ¿a qué te refieres?</strong></p>
<div class="initial-letter">
<p>Existe un fútbol en América Latina, pero hablar de fútbol latinoamericano ya es bastante más complicado. Hay límites geográficos y también institucionales. Por ejemplo, hay dos organizaciones de fútbol en el continente —la CONMEBOL y la CONCACAF— en la que una de ellas incluye al norte anglosajón del hemisferio. Un fútbol latinoamericano debería ser uno en el que la Copa América se disputara entre todos los países de América Latina, desde México hasta Chile y Argentina. Pero la relación entre el fútbol mexicano y el fútbol sudamericano fue siempre compleja y difícil, por no decir lejana. Recién a partir de la década de 1970 comienza un flujo de futbolistas sudamericanos hacia México, que incluye a los directores técnicos. El fútbol mexicano y los mexicanos admiran al fútbol de Argentina y Brasil, pero les queda demasiado lejos, lo que impide que se construyan relatos de identificación más profundos.</p>
<p>Si uno aislara a Sudamérica podríamos llegar a encontrar una integración más fuerte, porque los flujos son más antiguos, tiene un siglo de historia compartida. Argentina y Uruguay jugaron el primer partido oficial en 1902, hace 120 años, es mucho. La Copa América se jugó por primera vez en 1916, más tiempo del que tiene funcionando la UEFA. Entonces sin dudas hay relaciones, pero en última instancia el futbol de cada país funciona de manera aislada. Uno puede producir unidad, un relato relativamente unificado y coincidente, y sería relativamente fácil hacer una historia conjunta del fútbol rioplatense, pero con eso no decimos argentino y uruguayo, ya que ambos casos fueron profundamente metropolitanos. Y así encontramos una serie cada vez más grande de diferencias.</p>
<p>El hecho de que el fútbol de Brasil se organice a partir del doble eje entre Rio de Janeiro y San Pablo lo revela de una forma muy distinta al de Buenos Aires y Montevideo. En el caso chileno, Valparaíso y Santiago aparecen como la evidencia de una disputa más amplia entre le puerto y la capital, y muestra cómo no paran de emerger diferencias. Por eso cuesta mucho encontrar coincidencias; nos enfrentamos con la necesidad de inventarlas como la última posibilidad de generar un relato unificado.</p>
<p>Para colmo, a las tradiciones de oposición clásicas entre Argentina y Uruguay, Uruguay y Brasil, Brasil y Argentina, se le van adosando otras, como entre Colombia y Argentina, Chile y Perú, Perú y Ecuador, generando nuevos puntos de disidencia. Ahí es que Maradona, primero, con muchas críticas y resistencias, fue llorado en todo el continente y se establece como punto de unificación. La admiración por Messi, por otro lado, es directamente continental. Yo mismo he visto a una ciudad de Cali completamente paralizada por un partido de Champions League del Barcelona, una cosa verdaderamente insólita… pero son excepciones. La otra gran excepción es justamente el caso fantástico y excepcional en el que el mejor equipo de Europa —y seguramente del mundo— estuvo protagonizado por una delantera integralmente latinoamericana: Messi, Suárez y Neymar. Duró apenas dos años y no se volvió a repetir. Es un caso único.</p>
<p><strong>Hay un </strong><a href="https://www.sinpermiso.info/textos/el-ftbol-ese-leal-amigo-del-capitalismo" target="_blank" rel="noopener"><strong>breve texto de Terry Eagleton</strong></a><strong> escrito en la previa del Mundial de Sudáfrica en 2010 donde sostiene que el fútbol se ha convertido en una herramienta para la dominación capitalista y que nadie que quiera un cambio radical puede eludir la necesidad de abolirlo, aunque la paradoja reside en que esto es políticamente imposible. ¿Es el fútbol un aliado de las clases dominantes?</strong></p>
<p>No necesariamente. En buena parte, mi trabajo sobre los hinchas y las hinchadas de fútbol me ha llevado a pensar que hay que desempolvar la <a href="https://jacobinlat.com/2021/12/20/la-teoria-de-la-alienacion-de-marx/" target="_blank" rel="noopener">categoría de alienación</a>. En ese sentido, diría que Eagleton tiene razón, pero en otro sentido también diría que exagera. Para contrarrestar esa cita te diría que <a href="https://jacobinlat.com/tag/raymond-williams/" target="_blank" rel="noopener">Raymond Williams</a> dijo que la televisión se había inventado solamente para transmitir fútbol, y que solo por eso ya valía la pena.</p>
<p>No creo que el fútbol sea una herramienta de dominación, porque si lo creyera estaría diciendo que creo en la teoría del fútbol como cortina de humo. Sí creo que hay que pasar el plumero a la categoría de alienación y volver a ponerla en juego, pero no como una estructura social totalizante. No es que el fútbol opaca la comprensión de las relaciones sociales estructurales o que impide la comprensión del carácter de las relaciones materiales, sino que el fútbol como práctica <em>hinchística</em> aliena la compresión de tu propia práctica. El hecho de que vos puedas desear la muerte del otro en un estadio de fútbol quiere decir que ahí tenemos un problema.</p>
<p>Pero, por otro lado, también tenemos el fenómeno del surgimiento de las <em>hinchadas antifascistas</em>, principalmente en América Latina. Ha surgido una militancia de izquierda, progresista, que a pesar de todos los problemas de definición que tienen las izquierdas en el siglo XXI, <a href="https://jacobinlat.com/2022/08/01/futbol-y-clase-obrera-la-ideologia-no-se-mancha/" target="_blank" rel="noopener">se definen así mismas como antifascistas</a>. La semana pasada, hinchas del Atlético Mineiro salieron a la calle a disolver los cortes de ruta organizados por los sectores más radicalizados de la ultraderecha bolsonarista. En Colombia, las hinchadas antifascistas estuvieron en la primera línea durante el Paro Nacional en 2021. En Chile las hinchadas antifascistas estuvieron presentes en el estallido social. Hay algo nuevo en esta participación de las hinchadas en movilizaciones políticas contestatarias y rebeldes.</p>
<p>Lo que ocurre es que, a diferencia de lo que pasa en Europa, y en particular en Europa del este, donde los grupos de hinchas organizados están dominados por el neonazismo, el antisemitismo y el racismo, en América Latina eso no ocurrió nunca. No hay casos de hinchadas fascistas; por el contrario, ha surgido —con todas sus dificultades y contradicciones— un fenómeno inverso. Insisto: una pelea entre hinchas es impensable si no usas una categoría como la de alienación, pero que surjan estos movimientos militantes antifascistas nos dicen que no todo está perdido, por decirlo de alguna manera.</p>
<figure id="attachment_28340" class="wp-caption aligncenter" style="width: 600px;" aria-describedby="caption-attachment-28340">
<p><figure id="attachment_28340" aria-describedby="caption-attachment-28340" style="width: 600px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" class=" ewww_webp_loaded wp-image-28340" src="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-1024x778.jpg.webp" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" srcset="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-1024x778.jpg.webp 1024w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-300x228.jpg.webp 300w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-768x583.jpg.webp 768w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-600x456.jpg.webp 600w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n.jpg.webp 1448w" alt="" width="600" height="456" data-src-img="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-1024x778.jpg" data-src-webp="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-1024x778.jpg.webp" data-srcset-webp="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-1024x778.jpg.webp 1024w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-300x228.jpg.webp 300w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-768x583.jpg.webp 768w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-600x456.jpg.webp 600w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n.jpg.webp 1448w" data-srcset-img="https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-1024x778.jpg 1024w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-300x228.jpg 300w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-768x583.jpg 768w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n-600x456.jpg 600w, https://jacobinlat.com/wp-content/uploads/2022/11/302302710_427753082669143_6559408381811629678_n.jpg 1448w" data-eio="j" /><figcaption id="caption-attachment-28340" class="wp-caption-text">«Ama al América, odia el fascismo», bandera de la hinchada del América de Cali.</figcaption></figure><figcaption id="caption-attachment-28340" class="wp-caption-text"></figcaption></figure>
<p><strong>Para terminar, déjame sacarte del fútbol. En tu libro <em>Pospopulares</em> cuentas una anécdota muy divertida sobre un debate en la década del 80 sobre el cambio curricular en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires: una crítica lapidaria de Jorge Luis Borges al programa de reforma que mostró los problemas de pensar las culturas populares desde la academia. ¿Es posible conocer lo popular desde la academia o lo que prima es el desencuentro entre ambos ámbitos?</strong></p>
<p>La academia latinoamericana ha tenido históricamente unos problemas descomunales con el mundo popular: de rechazo, de distancia, de incomprensión… en algunos casos, se vio obturada incluso por cierto pánico antipopulista. Para mí eso fue muy claro desde que comencé a estudiar estos temas. Creo que esto implica, fundamentalmente, un problema político. La cuestión central es que no se puede construir una política popular y democrática en América Latina sin conocer el mundo popular. Esto nos lo enseñó Gramsci en las <a href="http://www.gramsci.org.ar/1931-quapos/45.htm" target="_blank" rel="noopener">observaciones sobre el folclore</a>. Si uno no conoce el sentido común popular, la filosofía popular, si uno no entiende que ahí hay concepciones del mundo y de la vida complejas, fragmentarias, distintas e incluso opuestas a las dominantes… que son asistemáticas, precarias y cambiantes, pero que existen, si uno no conoce ese mundo popular no hay modo de construir una política transformadora o una política revolucionaria.</p>
<h3>Por supuesto, existe un riesgo populista y es que una vez que conoces a ese mundo, lo festejas y se acabó. Eso no está bien. Quiero decir, se festeja, pero también debemos apuntar a transformarlo, y en ese sentido soy ortodoxamente gramsciano. Pero lo primero siempre es conocer ese mundo popular que es, por lo general, o bien despreciado o bien proyectado en el propio deseo del observador, en cómo <em>nos gustaría que fuera</em> el mundo popular. Uno debe conocer el mundo popular <em>tal cual es</em> a los efectos de poder transformarlo en otra cosa; en una conciencia de sí y en una construcción contrahegemónica.</h3>
<p><em>-El autor, <strong>Leonardo Frieiro</strong>, es politólogo por la Universidad de Buenos Aires, magíster en Estudios Internacionales y becario doctoral del CONICET en el área de la teoría política. Fundador de Espartaco Revista y colaborador de Revista Jacobin.</em></p>
<p>*Fuente: <a href="https://jacobinlat.com/2022/11/15/el-futbol-una-mercancia-global/?mc_cid=f91f066608&amp;mc_eid=9feff1cc8f">Jacobin</a></p>
</div>
<p>El articulo <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com/2022/11/16/el-futbol-una-mercancia-globalel-futbol-una-mercancia-global/">El fútbol, una mercancía globalEl fútbol, una mercancía global</a> apareció primero en <a rel="nofollow" href="https://piensachile.com">piensaChile</a>.</p>
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