A estas alturas, tiene una lógica cercana al realismo mágico que se nombre, cada vez más frecuentemente, al oscuro personaje que habita en el segundo piso de La Moneda. Aquel que, dicen, gobierna en las sombras ante la incapacidad evidente de gobernarse que padece el presidente.

Que su profesión sea economista y que su apellido sea Larroulet son de esos factores rocambolescos que se analizan con cierta sorna años después de ocurrida la debacle, cuando los azares parecen haber estado cuadrándose lentamente para ese momento histórico.

Larroulet, fonéticamente igual a la roulette, una ruleta oculta en un segundo piso, a la que acuden a consultar cada vez que apremia la opinión discordante. Y aunque quien da el impulso para el giro de esa ruleta es siempre el mismo, quienes lo acompañan en comparsa ministerial o comité político van cambiando, cuidándose de mantener sus miradas expectantes de funcionario bien avenido con la gran tarea del gobierno de excelencia. De esa sala, y no con poca algarabía, salen ofertones, bonos, bonos plus, descuentos, prórrogas, créditos blandos, cajas de mercadería, suspensiones de hipotecas, todos ponen, gana uno, pierden todos…

Una ruleta tómbola que gira cada vez que los ciudadanos gritan que hay hambre, que golpean ollas vacías, o que se pone en peligro el sustento ideológico de los grandes mercaderes que controlan el país. Una ruleta tómbola, con luces, con premios que cambian, como en los viejos programas de televisión. Un país gobernado por una ruleta que cada día se parece más a una huija.