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Adios a Luis Sepúlveda, autorde “Las mujeres de mi generación”
Cultura

Adios a Luis Sepúlveda, autorde “Las mujeres de mi generación”

Jueves, 16 de abril de 2020

Luis Sepúlveda

A modo de homenaje al escritor chileno Luis Sepúlveda, que después de dos meses en la UCI del Hospital Universitario de Asturias en lucha contra el coronavirus (primer caso registrado en Asturias) ha fallecido hoy a los setenta años de edad, quiero releer uno de sus poemas, Las mujeres de mi generación. De entre todos los libros de Luis siempre aconsejo Historia de una gaviota y del gato que la enseñó a volarescrito durante sus años de residencia en la ciudad de Hamburgo, adonde llegó en la primera etapa de su exilio, después del golpe de Estado del general Pinochet. La subtituló con muy buen criterio Novela para jóvenes de 8 a 88 años. La edición ilustrada (Miles Hyman) de Tusquets es excelente y la dedicatoria, conmovedora: “A mis hijos Sebastián, Max y León, los mejores tripulantes de mis sueños; al puerto de Hamburgo, porque allí subieron a bordo, y al gato Zorbas, por supuesto”. Luis Sepúlveda había hecho de la ciudad de Gijón y de Asturias, desde 1997, su segunda patria, en la que se sintió siempre muy a gusto.Vaya para su compañera, que se recuperó de la enfermedad, y para sus hijos mi más cordial abrazo. Dice así su poema Las mujeres de mi generación:

Las mujeres de mi generación abrieron
sus pétalos rebeldes de rosas, camelias,
orquídeas y otras yerbas,
de saloncitos tristes, de casitas burguesas,
de costumbres añejas,
sino de yuyos peregrinos entre vientos.
Porque las mujeres de mi generación florecieron
en las calles, en las fábricas,
se hicieron hilanderas de sueños,
en el sindicato organizaron el amor
según sus sabios criterios.
Es decir, dijeron las mujeres de mi generación,
a cada cual según su necesidad
y capacidad de respuesta,
como en la lucha golpe a golpe,
en el amor beso a beso.
Y en las aulas argentinas, chilenas o uruguayas,
supieron lo que tenían que saber,
para el saber glorioso
de las mujeres de mi generación.
Minifalderas en flor de los sesenta,
las mujeres de mi generación
no ocultaron ni las sombras de sus muslos,
que fueron los de Tania.
Erotizando con el mayor de los calibres
los caminos duros de la cita con la muerte.
Porque las mujeres de mi generación,
bebieron con ganas del vino de los vivos,
acudieron a todas las llamadas
y fueron dignas en la derrota.
En los cuarteles las llamaron putas
y no las ofendieron,
porque venían de un bosque de sinónimos alegres:
minas, grelas, percantas, cabritas, minones,
gurisas, garotas, jevas, zipotas,
viejas, chavalas, señoritas.
Hasta que ellas mismas escribieron
la palabra Compañera,
en todas las espaldas
y en los muros de todos los hoteles.
Porque las mujeres de mi generación nos
marcaron con el fuero indeleble de sus
uñas la verdad universal de sus derechos.
Conocieron la cárcel y los golpes,
habitaron en mil patrias y en ninguna,
lloraron a sus muertos y a los míos como
suyos, dieron calor al frío y al cansancio
deseos, al agua sabor y al fuego lo orientaron por
un rumbo cierto.
Las mujeres de mi generación parieron
hijos eternos, cantando Summertime les
dieron teta, fumaron marihuana en los
descansos, danzaron lo mejor del vino
y bebieron las mejores melodías.
Porque las mujeres de mi generación,
nos enseñaron que la vida
no se ofrece a sorbos, compañeros,
sino de golpe y hasta el fondo de las consecuencias.
Fueron estudiantes, mineras, sindicalistas,
obreras, artesanas, actrices, guerrilleras,
hasta madres y parejas
en los ratos libres de la Resistencia.
Porque las mujeres de mi generación,
sólo respetaron los límites que superaban
todas las fronteras.
Internacionalistas del cariño, brigadistas
del amor, comisarias del decir te quiero,
milicianas de la caricia.
Entre batalla y batalla, las mujeres de mi
generación lo dieron todo y dijeron que
eso apenas era suficiente.
Las declararon viudas en Córdoba y en
Tlatelolco, las vistieron de negro en Puerto
Montt y Sao Paulo, y en Santiago, Buenos
Aires o Montevideo, fueron las únicas estrellas
de la larga noche clandestina.
Sus canas no son canas, sino una forma de
ser para el quehacer que les espera.
Las arrugas que asoman en sus rostros,
dicen he reído y he llorado y volvería a hacerlo.
Las mujeres de mi generación, han ganado
algunos kilos de razones que se pegan
a sus cuerpos, se mueven algo más lentas,
cansadas de esperarnos en las metas.
Escriben cartas que incendian las memorias.
Recuerdan aromas proscritos y los cantan.
Inventan cada día las palabras y con ellas
nos empujan, nombran las cosas y nos
amueblan el mundo.
Escriben verdades en la arena y las ofrendan al mar.
Nos convocan y nos paren sobre la mesa dispuesta.
Ellas dicen pan, trabajo, justicia, libertad,
y la prudencia se transforma en vergüenza.
Las mujeres de mi generación son como
las barricadas: protegen y animan, dan
confianza y suavizan el filo de la ira.
Las mujeres de mi generación son como
un puño cerrado, que resguarda con violencia
la ternura del mundo.
Las mujeres de mi generación no gritan,
porque ellas derrotaron al silencio.
Si algo nos marca, son ellas.
La identidad del siglo, son ellas.
Ellas: la fe devuelta, el valor oculto en un
panfleto, el beso clandestino, el retorno a
todos los derechos.
Un tango en la serena soledad de un aeropuerto,
un poema de Gelman escrito en una servilleta,
Benedetti compartido en el planeta de
un paraguas, los nombres de los amigos
guardados con ramitas de lavanda.
Las cartas que hacen besar al cartero, las
manos que sostienen los retratos de mis
muertos, los elementos simples de los días
que aterran al tirano, la compleja arquitectura
de los sueños de tus nietos.
Lo son todo y todo lo sostienen, porque
todo viene con sus pasos y nos llega y nos sorprende.
No hay soledad donde ellas miren, ni
olvido mientras ellas canten, intelectuales
del instinto, instinto de la razón, prueba de
fuerza para el fuerte y amorosa vitamina del débil.
Así son ellas, las únicas, irrepetibles, imprescindibles,
sufridas, golpeadas,
negadas pero invictas mujeres de mi generación.

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