21 de agosto de 2015
En Shoah, la terrorífica película de nueve horas de Claude Lanzmann sobre el Holocausto -sin duda el documental más importante jamás realizado-, hay una entrevista sobrecogedora con el maquinista polaco que guiaba el tren a Treblinka. En un momento dado, el hombre arruga la cara, se echa a llorar y dice que nunca podrá quitarse de la cabeza el griterío de los judíos que iban en los vagones rumbo al campo de exterminio. No ignoraba las condiciones infrahumanas en que viajaban los judíos, sin agua ni comida ni casi aire; hombres, mujeres, niños y ancianos hacinados, apelotonados, chapoteando entre sus propias heces, entre moribundos y cadáveres que seguían en pie porque no tenían sitio para caerse muertos.

Antes o después, la cámara enfoca a un campesino polaco que levanta el brazo y señala el lugar donde los soldados alemanes mataban y enterraban a los judíos. “¿Usted qué sentía?” pregunta Lanzmann a través de la traductora: “¿Qué sentía al ver eso?” El campesino se encoge de hombros y dice: “Nada. Si a usted le cortan un dedo, a mí no me duele”.

He ahí, en trece palabras, la sabia respuesta de Europa ante el drama de los refugiados sirios, la enésima tragedia que acaece en el viejo continente desde el genocidio judío. Creo que fue Adorno quien dijo que, después de Auschwitz, la primera tarea en la educación es que Auschwitz no se repita. Parece que a Europa la educación se la suda mucho, por no hablar de la ética, la empatía, la conciencia y la justicia. Aquí somos especialistas en mirar a otro lado, ya estén masacrando kurdos o bombardeando chechenos, así haya africanos ahogándose por miles en el Mediterráneo o serbios, croatas, bosnios y albaneses destripándose en nombre de la patria.

No nos llega la piel para estremecernos ni un dedo, ni una uña, por esos miles de refugiados sirios (y afganos, iraquíes, paquistaníes, nigerianos) que aguardan en Gevgelija, en la frontera entre Grecia y Macedonia, un tren para llegar a Serbia. Bebés a caballo de sus padres, niñas sedientas, familias con su vida entera metida en una mochila. Los han estafado y robado, por el camino les han ido quitando lo poco que tenían: mil euros cada uno por vadear el mar en una lancha griega, quién sabe cuánto por utilizar un retrete turco. Sólo Hungría ha recibido este verano más de treinta mil exiliados pidiendo asilo. No los quieren en ningún lugar, ni en Polonia, ni en Chequia, ni en Estonia, ni en Lituania, ni en Letonia, ni en Eslovaquia, países que están haciendo méritos para entrar en la UE según el clásico deporte continental de “y a mí que me importa”. Algunos gobiernos de la zona prefieren refugiados cristianos (los musulmanes, ya se sabe, suelen ser terroristas) aunque olvidan una vez más que la mayor matanza en Europa desde la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar en Srebrenica y que las víctimas fueron bosnios musulmanes a manos de cristianos serbios.

Ese tren lleno hasta los topes de sed y de hambre, de niños llorando, con los andenes abarrotados de gente esperando al sol, a más de treinta grados, un poco de humanidad, un trozo de lástima; ese tren, decía, es muy viejo, ha ido parando en todas las estaciones del espanto, en Buchenwald, en Majdanek, en los pogromos, en los autos de fe, en Málaga y en París; ha ido una y otra vez, cargado de gitanos, judíos, moros, hugonotes, armenios, pueblos extinguidos, parias de la tierra, cruzando los rieles de este continente miserable y empapado de sangre, esta tierra hipócrita que presume de civilización y no produce más que mierda impresa en billetes de banco, este museo de la atrocidad llamado Europa donde el dolor nunca alcanza más allá de nuestros dedos.

 

*Fuente: Publico.es

Web: David Torres

Acabo de publicar DOS TONELADAS DE PASADO, un libro donde, entre otros desastres, un cantante feo y homosexual intenta pasarse al negocio de la resurrección, un poeta enloquecido funda la ciudad de Londres, una escritora intercambia algo más que su carácter con una amiga, un torero fracasado torea el tráfico, una fotógrafa encuentra el paraíso en el Amazonas y un cocinero griego repite la Odisea con la crisis bancaria de fondo. 

Siempre he pensado que una novela es como un matrimonio más o menos largo mientras que una columna es un lío de una noche. Fui finalista del premio Nadal en 2003 con El gran silencio y he ganado también el Hammett de la Semana Negra de Gijón y el Tigre Juan por Niños de tiza, así como el premio Logroño por Punto de fisión, de donde toma su título esta trinchera. 

Como se ve, con mis novelas he hecho lectores y amigos, y con mis columnas más bien al contrario. Pero está bien así, porque siempre he pensado que un escritor ha de luchar contra el poder, sea del signo que sea, aunque la señal de su triunfo resulte tan minúscula como una picadura de mosquito en el culo de un elefante.