Acción de gracias

La democracia por venir debe ser imaginada. No tenemos experiencia en el equilibrio entre representación y participación directa en la política. La combinación de iniciativa plebiscitaria y de representación parlamentaria establecerá nuevos controles y nuevos accesos en la política. Habrá desajustes y conflictos nuevos. Pero la economía política se levantará sobre la abundancia de los recursos políticos y no sobre su escasez. Lo radical es el trabajo que todavía tenemos por delante para olvidar lo que creíamos que sabíamos sobre nosotros. El pueblo se hace un lugar borrando los restos de cualquier sociología que quiera atraparlo y haciendo un espacio de arraigo a todas las literaturas que se quieren viajeras. La justicia que tenemos que construir nos estará sostenida por la falsa ciega que dice una ley general sino por la soberanía innovada de una fidelidad popular recargada.

Gracias a todas y a todos. Agradezco como si el país me perteneciera de nuevo pero sin representar a nadie. Gracias al pueblo chileno que se manifestó con una convocatoria enorme y paciente para reponerse a sí mismo como soberano. Nuevamente, somos dueños de una libertad que es como un destino. Gracias a los que marcharon unidos en su inmensa diversidad; todos contra el enlace del sistema que los toca. Dar gracias es respirar y cambiar el paso de la marcha.

Gracias a las que vigilarán como perros que no nos roben lo que la gente se ha dado.

Agradecer es asimilar lo que nos hemos dado. Es hacer la pausa para honrar la fuerza y la templanza que hemos encontrado entre nosotros. Agradecer es concretar la conversión que nos evite seguir siendo los pasivos que éramos antes de octubre. Hemos borrado las inscripciones del sometimiento y ahora tenemos que explorar una escritura nueva. Ahora viene el momento de dar forma a un poder feminizado. Ahora es cuando dejamos de ser los aspirantes a tiranos y nos damos nuevas relaciones de poder.

Agradezcamos la oportunidad de incorporar una victoria. A los golpes estamos acostumbrados pero no sabemos vencer. El hecho de que esta victoria no abra a un reposo burocrático sino a futuros trabajos cada vez más complejos, es algo que agradecer. Hemos evitado nuevas masacres y no nos hemos vuelto como ellos.

Es necesario agradecer. Justamente porque no tenemos a nadie que señalar como el autor de estas jornadas épicas debemos agradecer por haber formado algo que es más grande que nosotros y que ninguno puede atribuirse. La inmensidad y la oportunidad, la determinación y la perseverancia, la radicalidad y la fiesta pertenecen a este sujeto mayor que se ha presentado en nosotros y que no se parece en nada a Dios. El pueblo no es el señor. El pueblo es el que no tiene señor. Y lo que debemos agradecer es haber abierto las puertas que nosotros mismos manteníamos cerradas delante nuestro.

Lo que nos hemos dado no obedece a ninguna inteligencia. No responde a una motivación sino a una acumulación. Ningún político, ningún iluminado y ningún purista tiene derecho a reclamar la recta interpretación de las intenciones del pueblo. Este pueblo no es el vencedor de Yungay. Este es el pueblo que se ha anunciado a sí mismo pero que no ha terminado de presentarse. Lo que tenemos que agradecer no tiene rostro pero exhibe una multiplicidad ofensiva de la belleza.

Inmigrantes y cesantes anti migración han estado encerrados juntos. Familias de turistas han marchado con todas las derivaciones del lumpen. Trabajadores informales se han movilizado con ambulantes, abuelos sin pensiones, enfermos con cantantes y bailarines exultantes.

Gracias a los partidos políticos por haber llegado tarde. Gracias por haber entendido que sin acceso de la gente a la política no había salida posible. Gracias por haber evitado llevar sus banderas y por haberse subordinado a la gente. Gracias por entender que la calle puede ser el pueblo y que la gente cuando se manifiesta unida deja de ser este más ese y estos otros, y se convierte en el Pueblo. Gracias a las organizaciones sociales por no haber intentado monopolizar el movimiento.

Gracias a todos los que se han expresado y que han abandonado la petición de un padre, de un líder o de alguna figura que nos salve de nuestra responsabilidad política. Gracias a todos los que han respetado la apertura de la política a la gente. Gracias a los que han debido soportar los costos trágicos de la represión y del vandalismo. Gracias a los que han persistido en la claridad de su compromiso.

Gracias a la gente por devolvernos al pueblo. La ‘gente’ fue el emblema de la derrota de Pinochet y del triunfo de Aylwin. La gente es la manera más general de hablar de la vida cotidiana del pueblo. Más allá de los ‘trabajadores’ y de su némesis, están las dueñas de casa, los consumidores, los emprendedores y los trabajadores por cuenta propia. También están los que no tienen categoría alguna en la cual socorrerse. El uso de una terminología que escapa a las clasificaciones estadísticas en la imprecisión de ‘la gente’, permite  sustraerse a las redes de normalización y además incluir en los frescos sociales todas las formas de comunidad y de comunidad de comunidades. No hay ciencia ni hay técnica en la gente; puede haber desde retratos individuales hasta paisajes sociales impresionistas. Pero entonces hablamos de un grupo, una familia, una singularidad y no ya ‘la gente’.

Doy gracias a las marchas que nos han remecido la mente.

Gracias a los que han permitido esta apertura que parece pequeña y vacilante pero que tiene dimensiones Atlánticas. Lo que se abre es épico y no tiene precedentes. Entramos en lo abierto del futuro con esperanzas pero sin garantías de ninguna especie. La unidad radicalmente alerta que hemos cuidado hasta ahora es la clave de lo que viene.

Gracias por la democracia que viene

Ganamos la posibilidad de un avance en la democracia. Suena burocrático y poco. Pero ese poco hace la diferencia entre ser escuchados y ser atropellados; entre ser sujetos de nuestras vidas o ser objetos de tolerancia y de caridad. Se abre la posibilidad histórica de volver a descubrir –por primera vez para nosotros- las virtudes económicas además de las virtudes políticas de una democracia.

La democracia por venir debe ser imaginada. No tenemos experiencia en el equilibrio entre representación y participación directa en la política. La combinación de iniciativa plebiscitaria y de representación parlamentaria establecerá nuevos controles y nuevos accesos en la política. Habrá desajustes y conflictos nuevos. Pero la economía política se levantará sobre la abundancia de los recursos políticos y no sobre su escasez.

Lo radical es el trabajo que todavía tenemos por delante para olvidar lo que creíamos que sabíamos sobre nosotros. El pueblo se hace un lugar borrando los restos de cualquier sociología que quiera atraparlo y haciendo un espacio de arraigo a todas las literaturas que se quieren viajeras. La justicia que tenemos que construir nos estará sostenida por la falsa ciega que dice una ley general sino por la soberanía innovada de una fidelidad popular recargada.

Este es el momento de la utopía. No del diseño de un ideal que se puede patear al futuro una y otra vez. Este es el momento para debatir sobre educación reconociendo que no sabemos nada y que los jóvenes se siguen educando sin participación de los adultos. Este es el momento de la educación que está en el aire y que nuestros sistemas rechazan. Ahora está a la vista que el conocimiento sobre educación es menos acumulativo que contingente. Ahora es posible inventarnos una calidad donde prevalece la experiencia antes que las comparaciones.

¡En todo el mundo los pueblos piden justicia! De cada pueblo depende la manera de hacerse un cuerpo en la lucha. No hay consuelo, no hay esperanza ni hay relajo para nosotros en los que hacen los Argentinos y lo que tendrán que hacer Venezolanos y Brasileños. Nada nos evitará el trabajo único que tenemos por delante.

Es necesario dar las gracias a la derecha para incentivar su pertenencia ciudadana y facilitar su evolución. Debemos agradecerle por reconocer finalmente que el énfasis en la represión es ineficiente y que involucra un incremento constante de la violencia que lleva a su propia muerte. Más allá de lo que la autoridad nos ha hecho sangrar, más allá de lo que han matado y de lo que han herido, ninguna violencia mayor es viable. Demos  gracias a la derecha que finalmente ha entendido que sus voces interiores de inmunidad y soberbia no son viables sin ajustes retóricos importantes. Es bueno agradecer que la derecha se haya abierto a pasar de su reflejo policial a la exploración de la política. La derecha se ha desprendido de la armadura que la ha protegido durante cincuenta años. No importa si el pueblo se la ha quitado o si ella se ha desvestido. Ella debe ser invitada a participar en el festín de la libertad.

Los prepotentes y los ofuscados ´permanecerán fuera de las conversaciones. Será necesario cuidarse de los tramposos, los desinformadores y los conspiradores. Ya aprenderemos a hacerlo mejor. Agradecemos estar vivos y estar libres pero no podemos bajar la vigilancia. Ya conocemos el cuento de los instintos del escorpión.

Siento el deber de agradecer a los Carabineros que no golpearon y a los que no dispararon balas ni balines. A las Fuerzas Armadas hay que agradecerles no haber concurrido al segundo llamado a un Estado de Emergencia. Si esta historia se verifica ella podría servir de base para una incorporación de las FFAA a la trayectoria democrática del país. Debemos agradecer a la fuerza de la gente y a la sensatez de los mandos militares que no se dejaron tentar con las viejas estrategias de la ‘seguridad nacional’.

Por último debemos agradecer a los economistas que han sabido quedarse callados y subordinarse a algo mayor que a sus tristes ecuaciones de equilibrio. Agradezcamos la posibilidad de aprender a pensar de nuevo la convivencia social y en un Estado comprometido con el pueblo. No es que hayamos visto la luz sino que la luz nos ha visto a nosotros y nos ha cegado por un rato en su maravilla.

Demos gracias desde el más descarnado rechazo al pensamiento inerte del funcionario y al discurso automático de los que son insensibles al gas lacrimógeno. Demos gracias haber dejado atrás a los que ven aparecer los gases policiales sin humo, sin olor y sin dolor en sus aparatos de tele. Olvidemos los discursos que tuvimos, las anticipaciones que podemos adjudicarnos y en general el lenguaje político y técnico de la edad de la piedra y de la copia.

Hagamos el ejercicio de asomarnos a una intimidad descodificada, sin arnés de salvamento. Escuchemos y tratemos de aprender de lo que ha pasado sin dejarnos cautivar por conceptos añejos e inconducentes. Sí, aquí hay anomia; sí, esta puede ser una protesta de la riqueza contra la pobreza; sí, son las clases medias asustadas y la juventud defraudada; si el motor ha sido el hastío de los enfermos y de los viejos; si nos ha faltado entropía, todo eso no son más que señuelos en una hoja constitucional sobre codificada por la represión. Hemos borrado los preceptos y los estereotipos y nos urge empezara pensar ahora desde la escritura. Inventémonos una literatura para hacerse amigos en la marcha.

Debemos agradecer que lo que viene sea previsible. Podemos esperar todas las trampas para hacer imposible el proceso constituyente. Desde la creación de diversas formas de caos hasta el desconocimiento de lo que significa ‘nuevo’ en el texto de acuerdo para ‘una nueva Constitución’. Nos van a provocar de las maneras más creativas, insultantes y dulces que las legiones puedan imaginar.

Esta pausa nos da la posibilidad de prepararnos para las cientos de marchas que vienen. Se van a desplegar todas las maniobras para desconocer, robar, alterar y anular lo que hemos conseguido. Ahora viene todo el despliegue del terror, aunque el terror sean ellos y haya sido neutralizado. Viene una insidia informativa constante; un lavado de imagen del Gobierno y de sus parlamentarios que nos parece risible pero ante el cual es mejor estar alertas. Ahora viene el resentimiento de los expertos, de los rostros y de los editores de noticieros. Ahora se viene un populismo rastrero, agregado al amurramiento de los técnicos y funcionarios que actúan como voceros, defensores y guías espirituales de las empresas monopólicas.

Finalmente. De aquellos a los que no hay nada que agradecer es mejor no hablar. Cada uno sabe a que obsequios le debe la vida.

No hay nada que agradecer por la sangre derramada. Ni siquiera la insistencia en la justicia compensa las muertes. Ningún sacrificio puede agradecerse; no hay un altar para depositar los ojos cerrados para siempre. No hay ningún agradecimiento moral a la muerte. Ni siquiera podemos agradecer la muerte que nos ha dado la vida. Ante la muerte solo queda la desolación y la determinación de la vida.

*Fuente: El Mostrador

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