Chile arde: una Nueva Constitución para nuevos tiempos

Un maestro sabio, cierta vez, me señaló que en esta sociedad todo está a base de interpretaciones y símbolos: la filosofía, la teología, las ciencias y las ideologías. Las interpretaciones son interlocuciones que realizan las personas, grupos o colectivos, pero bajo su prisma conceptual y experiencial. Y sobre todo de su arraigo social. Generalmente, interpretaciones unidas a una simbología como medio de expresión gráfica dan significado a la realidad existente.

Por tanto, a toda interpretación le sigue una simbología por exteriorizar. Siempre habrá distintas interpretaciones de una misma cosa o situación y una simbología que lo represente. Y en eso se nos va la vida: realizando interpretaciones de la realidad y creando símbolos para darla a entender.
Son variadas las interpretaciones y simbología en estos días, pero una de ella es significativa y paradójica a la vez a partir de los sucesos de rebelión y luchas en Santiago y regiones: las llamas y el fuego.

UNA ANTIGUA HISTORIA DE INTERPRETACIÓN y SÍMBOLOS
Cuenta la historia que el Emperador Romano Nerón, hacia el año 64 d.C., bajo su megalomanía narcisista y petulante, planificó el gran incendio que azotó a la ciudad de Roma. Para manipular la acción y evitar sospechas, acusó en ese entonces, a los primeros cristianos, que recién comenzaban a expandirse bajo el gran Imperio Romano que tuvo su fin hacia el 476 d.C. Pero la persecución abrió paso al martirio y a la consolidación, primero como comunidad de creyentes (Edicto Milán 313 d.C.); luego como Religión oficial del Imperio Romano (Edicto Tesalónica, 480 d.C.)
Desde aquel mal intencionado incendio, la historia de la Iglesia define y narra las persecuciones a los cristianos como una etapa de crisol, conversión y expansión. Es la etapa de los martirios personales y colectivos. Tertuliano (197 d.C.) ya señalaba como lema: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.
Por otra, aprovechando la oportunidad del desastre, Nerón construyó la Domus Aurea, un verdadero palacio para demostrar el esplendor de su poder imperial, símbolo de irracionalidad y la opulencia desmedida. Sin embargo, una frase muy popular todavía está en boga a partir de este suceso: “Nerón incendió Roma, pero no resolvió los problemas del Imperio”.

OTRA HISTORIA DE INTERPRETACIÓN Y SÍMBOLOS EN TIEMPOS MODERNOS
Un malestar se despertó en Santiago de Chile y varias regiones se unieron casi simultáneamente. La ciudadanía chilena –principalmente bajo el ímpetu rebelde de los más jóvenes- se cansó de los constantes abusos del poder político y económico del modelo neoliberal; comenzó a expresarse, comenzó a movilizarse, primeramente evadiendo los pasajes del Metro; luego, las acciones se transformaron en llamas y fuego.

Los sucesos acontecidos en la metrópoli santiaguina entre el 18 y 19 de octubre 2019 son las consecuencias de un malestar acumulado y generalizado de todo un país, engendrado desde varios decenios. Podríamos concluir que esto comenzó cuando desde la entrada a la democracia, año 1990 en adelante, no se cumplieron las promesas de mejores días de vida digna. Y varios gobiernos de turno no han abordado temas neurálgicos sobre derechos humanos, debido a resabios de la dictadura militar (1973-1990): por ejemplo, restauración y ampliación de derechos civiles, derechos culturales, derechos políticos.

La autoridad política oficialista acusa por los medios de comunicación de caos, desorden y vandalismo. Sin embargo, una frase popular se podría crear a partir de este suceso: “El pueblo chileno quemó Santiago (y otras ciudades), pero nos abrió las reales posibilidades de mejores días de vida”.

LA REACCIÓN DE LA CLASE POLÍTICA, ECONÓMICA y COMUNICACIONAL DE CHILE
La mayoría de los medios de comunicación –a excepción de algunos periodistas más sensibles, conscientes y menos ideologizados por el modelo económico actual- han emitido y siguen emitiendo sólo el panorama desde la perspectiva delictiva. Pero silencian, suprimen la verdadera causa de todo este despertar ciudadano: detrás de esto subyacen las injusticias, las desigualdades, los abusos de poder, la corrupción y la ideología neoliberal en complicidad con sectores de pseudo izquierda que ostentan el poder político y económico vigente. Y algunos comunicadores haciendo alarde de creerse politólogos intelectuales no hacen más que desvirtuar las demandas de fondo y forma.

Por otra, y más desafiante aún, son los continuos discursos de las autoridades políticas oficialistas: acusan sólo de vandalismo, de “gente que castiga a la gente” y de otras frases y palabras con olor a clasismo y discriminación social. Tratan a la ciudadanía, como si fuese una masa que no piensa y no siente; tratan a la ciudadanía como gente que no tiene las capacidades autosuficiencia de demandar; que no tiene las facultades (inteligencia y voluntad) para gobernarse a sí mismos. Estas últimas, solo señalan el tipo de ideología que subyace en sus pensamientos más íntimos. No es de extrañar en un país que se jacta de ser distinto a los demás en América latina; se jactan subrepticiamente de tener descendientes con apellidos de colonos europeos. El eurocentrismo exagerado de esta clase social ha provocado bronca, rabia y furia descontrolada.

En las próximas horas, días y semanas el poder político y económico chileno utilizará todos los medios materiales (prensa, TV y otros) y lo que les permite la ley para tergiversar la demanda real detrás de estos acontecimientos. Los partidos de izquierda aún no realizan un pronunciamiento formal y oficial. Y ojalá tengan propuestas de fondo y forma, y no meros diagnósticos desgastados.

UNA VOZ QUE SE RECUPERA DE LA AFONÍA SOCIAL
Sin embargo, la Conferencia Episcopal Chilena (CEch), luego de un largo tiempo de forzado silencio –por sucesos de abusos al interior de la institucionalidad- expresó su opinión y con la sensibilidad del espíritu evangélico ha sido la única institución pública que ha tratado de interpretar el malestar ciudadano a través del pronunciamiento denominado: “Cuidar la convivencia: la paz es fruto de la justicia” (CEch, 19 octubre 2019).

Entre los aspecto más relevantes, desde la perspectiva de la interpretación, señala: “los hechos dolorosos y traumáticos son una imperiosa llamada para continuar creando una cultura del encuentro y la comprensión, capaz de escuchar y empatizar con los sufrimientos y malestares cotidianos de la sociedad chilena en materias laborales, de salud, seguridad ciudadana, educación, vivienda, pensiones, situación de pobreza y los desafíos humanitarios de la inmigración, entre otros”. Lo curioso es que ni las propias autoridades políticas de turno han reconocido abiertamente estas causas. No se atreven a cuestionar el modelo de desarrollo; no se atreven a tocar sus grandes inversiones e intereses económicos, no se atreven a cuestionar el lucro y la acumulación de la riqueza.

Y para concluir, en otra parte del pronunciamiento señala: “Chile necesita un diálogo social centrado en las personas, en sus modos de convivir y habitar la casa de todos, y una amistad cívica fundada en el bien común, esto es, en instancias donde los actores políticos, sociales y económicos puedan prescindir de sus intereses particulares para trabajar por proyectos consensuados en que la mayoría nos reconozcamos. Cada compatriota tiene un aporte que hacer y las autoridades, desde sus diversos ámbitos de responsabilidad, deben saber escuchar la voz de su pueblo». Todavía no se sientan a escuchar el clamor, la rabia, la furia contenida. Solo se limitan a reunirse con sus asesores y consejeros, y en el secretismo de las 4 paredes, deciden aún los destinos del país, pero aún sin escuchar e interpretar los acontecimientos y los nuevos desafíos.

HACIA UNA NUEVA CONSTITUCIÓN Y CAMBIO A UNA VIDA MÁS DIGNA
Hoy todavía nos rige la Constitución del año 1980, siendo la madre de todas las leyes que ahogan y coartan una verdadera participación ciudadana. Todas la trabas y candados se hayan y convergen en aquella Constitución, que por demás está decir, solo favorece a unos cuantos. Evitan tocarla, evitan pronunciarla como si fuera delito o pecado referirse a ella. Mantienen un silencio sepulcral parecido a la paz de los cementerios.

Y esta es una de las razones por las cuales el sistema de vida chileno se ha visto cada vez más desigual, injusto e inhumano. Esta Constitución ha sido construida con sangre de vidas chilenas; ha sido elaborada por intelectuales favorecidos por una agresiva dictadura militar; ha sido construida para favorecer los intereses de grandes familias poderosas y consorcios económicos nacionales y transnacionales; ha sido elaborada sin la participación de las organizaciones civiles y sociales.

En las últimas horas, ninguna institución se ha pronunciado formal y públicamente sobre la urgente necesidad –hoy más que nunca- de reabrir la construcción de una NUEVA CONSTITUCIÓN que rija los nuevos desafíos del país, donde todos los Derechos Humanos (de Primera y Cuarta Generación) se incorporen explícitamente: donde familia, niños, niñas, adolescentes y jóvenes sean protagonistas de su vida educativa, social, política y productiva; donde los pueblos indígenas y movimientos sociales sean considerados como actores en la construcción de ciudadanía plena, respetando su autonomía de gestión e identidad pluricultural; donde el tema medio ambiental y ecológico sea una transversal para otro tipo de desarrollo económico; donde la gente más pobre y anciana tenga mejores servicios de salud, vivienda y pensión; donde la institucionalidad del Estado esté al servicio de la ciudadanía, entre otros.

Es hora de cambiarla, es hora de retomar las ideas de todas las organizaciones sociales, civiles, políticas y culturales del país. Es necesario un nuevo Proyecto País; es un imperativo categórico elaborar una Nueva Constitución con la mayor participación posible: aunque nos demoremos 5 o 10 años, inaugurando un nuevo contrato social que dará paz estable a millones de personas por unos decenios más.

Interpretación y simbología están en juego. De lo contrario, las autoridades políticas oficialistas darán un mero maquillaje a la situación; por otro, la ciudadanía descontenta e indignada seguirá en permanente estado de emergencia social.

No más abusos del Estado!!!

No más políticos apátridas y tránsfugas!!!

No más agonía para el pueblo chileno!!!

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