El Evangelio leído de Sur a Norte: Teófilo – una personalidad todavía desconocida [Capítulo 01]

Bajo el título «El Evangelio leído de Sur a Norte«, piensaChile presenta en 27 capítulos una versión extractada por Oscar Varela, del libro «Un paso,un mundo» de Salvador Santos Pacheco.

 

El abuelo repetía a menudo que los autores de los evangelios elaboraron sus manuscritos no para ser leídos individualmente, sino para ser escuchados en grupo. Para explicar este hecho, que confiere un carácter especial a los textos, acudía a la figura de un personaje real citado en dos ocasiones en el Nuevo Testamento: el Excelentísimo Teófilo.

Entre los personajes postergados en el trastero de los evangelios, el nombre de Teófilo vela envuelto en una densa penumbra que ha impedido descubrir su verdadera personalidad. Parece normal que haya caído en el olvido siglo tras siglo: él no figura en el plantel de actores que intervienen en el desarrollo de los hechos. Ni siquiera pertenece a aquella generación. Fue Lucas, unos decenios más tarde, quien incluyó su nombre como destinatario de sus obras en el prólogo de cada uno de sus libros (Lc 1,3; Hch 1,1).

Sin participación alguna en la acción, ni aún como personaje decorativo, Teófilo está plantado fuera del escenario, a la puerta, como un callado y humilde centinela observando el paso de multitud de personas que acceden al texto sin apenas reparar en su presencia:

“…he resuelto yo también, después de investigarlo todo de nuevo con rigor, ponértelo por escrito de forma conexa, excelentísimo Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas con que has sido instruido” (Lc 1,3-4).

Verse nombrado de nuevo en la primera línea del libro de los Hechos (Hch 1,1) tampoco le ha valido a Teófilo para gozar de mayor notoriedad:

“En mi primer libro, querido Teófilo, traté de todo lo que hizo y enseñó Jesús desde el principio” (Hch 1,1).

A pesar de su nombre, del alto tratamiento con que se le distingue y del singular motivo por el cual se le menciona, Teófilo resulta aún hoy un completo desconocido.

Aunque de entrada y a estas alturas pueda parecer insustancial tratar de saber algo acerca de su persona y ocupación, no está de más acercarse al personaje por si guardara en su anonimato algún preciado tesoro que pudiera sernos útil a los que nos adentramos en el mismo texto que él mismo leyó a conciencia hace ya casi veinte siglos.

Su nombre de procedencia griega, Θεόφιλος (amigo de Dios), constatado como tal nombre desde el siglo III antes de nuestra era, fue usado desde entonces con frecuencia e indistintamente por griegos y judíos. Su significado ha llevado a pensar que Teófilo no fue una persona real, sino un símbolo donde se aunarían todos los amigos de Dios, o acaso, un personaje representativo de la comunidad a la que Lucas se dirige.

Ahora bien, el adjetivo superlativo κράτιστος (“excelentísimo”) asociado al nombre (ambos escritos en vocativo: κράτιστε Θεόφιλε) favorece la idea de que Teófilo fue un ser histórico contemporáneo de Lucas. El tratamiento de excelentísimo habla de una persona significada por su preeminente posición o su destacada función.

En el NT solo Lucas utiliza este calificativo. Lo hace en el libro de los Hechos para referirse a procuradores romanos: a Félix, procurador de Judea (52-59/60 d. de C.) (Hch 23,26 y 24, 3) y a Festo, procurador de Palestina (59-62 d. de C.) (Hch 26,25).

A partir de estas referencias textuales no han faltado especulaciones tratando de identificar a Teófilo con figuras distinguidas de la época, si bien la única evidencia se reduce al título que el propio Lucas le concede. La conclusión, aunque general, parece obvia: Teófilo era, según el registro del evangelista, un personaje de muy alta consideración.

Se ha llegado a pensar que Teófilo podría haber sido el patrocinador de las obras de Lucas, aunque tal teoría no pasa de ser una simple conjetura sin base alguna en el texto.

CUSTODIO FIEL DEL LEGADO

Lo cierto es que ni el nombre ni el distinguido tratamiento resultan tan elocuentes como la razón por la cual Lucas le menciona. Su aparición se debe exclusivamente al hecho singular de ser el destinatario de los dos importantes documentos, lo que indica el grado de confianza de Lucas en el personaje y la categoría personal de éste. A él van dirigidas las dos dedicatorias con que Lucas abre cada uno de sus libros.

La primera, la que da entrada al evangelio, contiene un dato a tener en consideración cara a indagar en la identidad de Teófilo:

“para que compruebes la solidez de las enseñanzas con que has sido instruido”. (Lc 1,4).

Se trata, pues, de un hombre informado y formado. No recibe el evangelio de Lucas como material para su instrucción. Esa etapa ya la ha cubierto. Cabe pensar que con el de Marcos, la fuente principal usada por Lucas para construir su escrito. Su texto le servirá, según el evangelista, para que confirme la fiabilidad (ἀσφάλεια: seguridad, certidumbre, fiabilidad) de la enseñanza recibida.

Su contenido es el mensaje del Galileo. La palabra usada para referirse a tal instrucción, λóγος, se emplea con frecuencia en los evangelios como término técnico para designar el mensaje o el proyecto de Jesús. El uso en plural del vocablo (λόγων: “de las enseñanzas”) habla sin duda de la amplitud y el detalle con que le fue expuesto el mensaje.

En otra ocasión Lucas cita también a otro personaje instruido en ese proyecto. Lo identifica por su nombre:

“Llegó a Éfeso cierto judío, de nombre Apolo, natural de Alejandría; era hombre elocuente y muy versado en la Escritura. Este había sido instruido en el Camino del Señor, hablaba con mucho entusiasmo y enseñaba con exactitud lo relativo a Jesús” (Hch 18,24-25).

En el texto destacan, entre otras, dos notas:

1) La formación de Apolo está referida al proyecto del Galileo (“instruido en el camino del Señor”). El término griego ὁδός (camino, andadura, viaje) alude a praxis e indica manera de entender y vivir la vida.

2) Apolo ha tomado opción por la sociedad alternativa y está capacitado para enseñar esa praxis (“enseñaba con exactitud lo relativo a Jesús”).

Según la indicación de Lucas, Teófilo optó también por adherirse a la causa del Galileo tras una formación presumiblemente similar a la de Apolo. La dedicatoria del libro de los Hechos confirma que se trata de una persona de probada lealtad al proyecto, con quien el autor mantiene una estrecha relación de amistad y confianza:

“En mi primer libro, querido Teófilo…,” (Hch 1,1).

El nombre de Teófilo aparece en vocativo y precedido de la interjección ὦ (ὦ Θεόφιλε) que en el griego helenístico solía omitirse. Su presencia aquí no tiene carácter enfático, sino que sirve para mostrar el afecto con que Lucas se dirige al amigo. De ahí la acertada traducción: querido Teófilo”.

Teófilo ofrece a Lucas una seguridad sin fisuras. Este cuenta con la absoluta certidumbre de que deja sus libros en las mejores manos. Hasta tal punto es así que incluso parece que hubiese escrito su evangelio exclusivamente para él:

“…después de investigarlo todo de nuevo con rigor, ponértelo por escrito de forma conexa…” (Lc 1,3).

Esta forma de hablar (ponértelo por escrito) indica cuando menos que Lucas deja la total responsabilidad de su manuscrito bajo custodia de su amigo.

Ahora bien, sería desacertado concluir que Lucas dirige el original y único ejemplar de su libro para uso personal de un solo individuo. Es cierto, como advierte el prólogo, que el autor ha pensado en Teófilo a la hora de escribirlo y lo tiene presente como depositario de su obra. Pero, sin duda, con la certeza de que Teófilo era la persona idónea para hacer llegar el mensaje contenido en sus escritos a un amplio universo humano. Lucas escribió convencido de que Teófilo estaba preparado para entender las claves de su evangelio y tenía capacidad suficiente para transmitir su contenido con fidelidad.

PERSONAJE AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD

La lógica conduce a pensar en Teófilo como un personaje perteneciente a una comunidad o grupo de comunidades de adheridos al proyecto del Galileo cuyo cometido en dicho colectivo tenía una relación directa con la recepción y la comprensión del manuscrito de Lucas.     

En el evangelio de Marcos encontramos un dato de especial relevancia en orden a descubrir la ignorada identidad de nuestro personaje Teófilo. En un discurso del Galileo a los discípulos en el que les está ofreciendo claves de interpretación histórica, Marcos abre un pequeño paréntesis para infiltrarse como narrador y lanzar una advertencia al individuo encargado de hacer comprensible a la comunidad el mensaje contenido en un apunte cifrado de su escrito:

“Cuando veáis que el execrable devastador ha puesto el pie donde no tiene que hacerlo –téngalo presente el lector, entonces, los que estén en Judea huyan a los montes…”  (Mc 13,14)

Mateo (24,15), no así Lucas, recogió al pie de la letra el inciso de Marcos: Entiéndalo el lector (ὁ ἀναγινώσκων νοείτω). El imperativo νοείτω (entienda o tenga presente) del verbo νοέω (percibir, reflexionar, entender) pone sobre aviso a alguien denominado lector instándole a saber interpretar los detalles en clave ofrecidos por Jesús en su discurso. El participio sustantivado ὁ ἀναγινώσκων (el que lee) del verbo ἀναγινώσκω (leer en voz alta) señala al personaje a quien va destinada la indicación.

Pero, ¿a quién se refieren concretamente Mateo y Marcos al dirigirse al lector? Es equivocado pensar que ellos imaginaban a una multitud de personas leyendo individualmente un sinfín de copias de sus manuscritos.

En las primeras comunidades no resultaba fácil hacer copias de un texto de tales dimensiones ni encontrar a alguien que supiera leerlo. La gran mayoría de sus integrantes tenían acceso a su contenido a través de la persona que leía en voz alta para todos con el único ejemplar disponible.

La función de lector/a constituía, pues, un servicio específico, imprescindible y de valor incalculable para la transmisión del mensaje y el desarrollo de la comunidad a la que iba dirigido.

El lector/a o el/la que lee en voz alta tenía encomendada la gran responsabilidad de servir de vehículo inteligente a un escrito pedagógico cuyas claves actuaban como guías para el perfecto entendimiento del proyecto del Galileo. Para tal tarea requería haber sido preparado/a previamente en la comprensión y la praxis de dicho proyecto.

Se trataba, pues, de persona de probada confianza, conocedor/a profundo/a del texto y de los detalles con que el evangelista marcó su exposición. Es más que probable que el/la lector/a se encargara incluso de la custodia del texto y de elaborar copias del mismo.

El/la lector/a actuaba, pues, como un/a doble servidor/a:

  1. del único Magisterio: el de Jesús.
  2. de la asamblea a la que dirigía su lectura y explicaciones, teniendo como tarea fijar un hilo directo entre la comunidad y el proyecto al que ella estaba adherida y representaba históricamente con su praxis.

Es comprensible, por lo tanto, que se tuviera en muy alta consideración el servicio de leer en voz alta a la comunidad. El libro del Apocalipsis, un texto con una fuerte carga simbólica que requiere una lectura inteligente, destaca por tal motivo al lector/a nombrándole explícitamente:

“Dichoso el que lee (ναγινώσκων) y los que escuchan esta profecía y hacen caso de lo que está escrito en ella, porque el momento está cerca” (Ap 1,3).

El/la lector/a o el/la que lee en voz alta conocía en sus pormenores el mensaje de Jesús y sabía interpretarlo para la asamblea (ἐκκλησία; iglesia). La asamblea se regía exclusivamente por ese mensaje. Sus decisiones y su praxis no se sujetaban a una doctrina; surgía libremente de la escucha y la comprensión del encargo del Galileo.

El/la lector/a no ambicionaba adquirir poder. Se desvivía para hacer real la alternativa al poder. El/la lector/a tampoco se plantaba por encima del mensaje para dominarlo y manipularlo a su antojo. Su tarea se distinguía por la lealtad incorrupta a esa propuesta y a la asamblea de los adheridos a ella. Por eso su servicio tenía la más alta consideración.

Resulta verosímil desde esta comprensión que Lucas entregara sus libros a un lector de categoría excepcional y se dirigiera a él utilizando un epíteto adecuado a la naturaleza de su quehacer: Excelentísimo Teófilo.

EL “LECTOR” ¿ESLABÓN PERDIDO?

De ser así, Teófilo habría salido de la espesa niebla que le ha envuelto durante tanto tiempo para mostrarse como figura representativa de una actividad de vital importancia para que las comunidades encuentren hoy la ruta a seguir. Ya no aparecerá como observador impávido de identidad impenetrable. Ha resultado ser el amigo que invita e incita a recuperar una imprescindible función en cada comunidad, la de excelentísimo/a lector/a.

El oficio del/de la que lee en voz alta a la asamblea no está asociado a liturgias ni a culto ni a espiritualidades ni a sacramentos ni a teologías ni a místicas ni a ascéticas ni a dogmas ni a dictados doctrinales. Su cometido, laico, está vinculado a la explicación y enseñanza del mensaje de Jesús a la comunidad. Como respuesta a esa lectura, a la asamblea corresponde desarrollar el proyecto en cada momento y circunstancia histórica. El/la lector/a no posee competencia para dictar a la comunidad el camino a seguir. Tal iniciativa corresponde a la asamblea a la que él/ella pertenece y presta servicio.

Quizá Teófilo represente un eslabón perdido en la historia de los colectivos adheridos al proyecto de Jesús. Su rescate resulta necesario para que ni estructura ni persona alguna puedan escamotear el contenido del evangelio sin que el fraude quede a la vista.

La figura de Teófilo plantea también si no será imprescindible en las comunidades cristianas restablecer y dar prioridad a la excelentísima tarea de lector/a. Quizá sea la manera de salir por fin de la base y recobrar altura suficiente para obtener el protagonismo y la libertad que corresponde en propiedad a cada asamblea (ἑκκλησία).

 

“El Evangelio leído de Sur a Norte” [Presentación]
por Salvador Santos Pacheco
Publicado el 30 junio, 2019 , en Teología de la Liberación

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