Emanciparnos del “mandato de masculinidad”

17 noviembre 2018
En diversos trabajos y entrevistas sostiene que el mandato de masculinidad, es “el mandato de tener que demostrarse hombre”. Esto lleva a los varones a la desesperación por no poder cumplir con su “obligación”, por “falta absoluta de poder y de autoridad a que los somete la golpiza económica que están sufriendo, una golpiza de no poder ser por no poder tener”.

Segato sostiene que la venganza masculina (no lo dice con esas palabras) se resuelve en violencia dura y pura, ante frustraciones que no son sólo sexuales, sino que afectan “también la potencia bélica, de fuerza física, económica, intelectual, moral, política”. Las razones hay que buscarlas en el neoliberalismo, donde esas potencias están siendo concentradas “por un grupo muy pequeño de personas”.

Aclaro que nada de esto implica tolerar la violencia machista, ni suavizar la condena a los feminicidas. Se trata de comprender cómo la pérdida de respeto del varón a sí mismo, lo lleva a situaciones de violencia, lo que supone adoptar una actitud profundamente anticapitalista, antipatriarcal y anticolonial.

Un reciente reportaje en The New York Times sobre la ultraderecha alemana, refleja todos estos problemas. El trabajo se titula “Los hombres que perdieron a las mujeres: los votantes de la ultraderecha en Alemania” y desgrana cómo la disolución de la antigua República Democrática Alemana condujo al crecimiento de la ultraderecha entre los varones.

El partido ultra Alternativa para Alemania (AfD), tuvo el 13% de los votos en las elecciones del año pasado. Pero en el este duplica ese porcentaje y entre los varones del este está rozando el 30%. Para ellos la gran enemiga es la canciller Angela Merkel, porque es “una mujer que también es del este y ascendió a la cima del poder”, lo que “les recuerda su propio fracaso”.

Aquí se juntan dos fenómenos. Después de la reunificación, los hombres del oeste vestidos de traje y en autos Mercedes Benz llegaban al este a dirigir negocios, universidades, oficinas de gobierno, “a dirigirlo todo”. Se perdieron tres millones de puestos de trabajo mientras muchas mujeres los abandonaron, y este es el segundo problema. “El comunismo tuvo éxito en crear una amplia clase de mujeres independientes, emancipadas, a menudo con más estudios y con trabajo en empleos de servicios más versátiles que los hombres del este”, dice el reportaje.

Del 10% de la población que se fue del este, dos terceras partes fueron mujeres. “Las regiones de donde desaparecieron éstas se sitúan casi con exactitud en las regiones que votan actualmente por Alternativa para Alemania”. Las desproporción entre varones y mujeres es enorme: dos mujeres por cada tres hombres de entre 22 y 35 años.

Una de las consecuencias de este desajuste es que el comenta Petra Köpping, ministra de integración en Sajonia: “Tenemos una crisis de masculinidad en el este y está alimentando a la ultraderecha”.

Estas realidades están sucediendo en muchas regiones del mundo. Un amigo traductor griego, buen conocedor de Rusia, asegura que muchos varones jóvenes se han volcado al alcoholismo luego de la caída de la Unión Soviética, al punto que “una gran parte son impotentes a los 35 años y odian a las mujeres”.

El punto al que quiero llegar es la necesidad de liberarnos del “mandato de masculinidad”. ¿Cómo se hace? No tengo la menor idea, pero lo primero es aceptar que es un paso necesario, imprescindible, que no implica dejar de ser varón sino algo mucho más profundo: abrirnos a lo incierto, a dejar el lugar de la certeza y caminar a tientas hacia otro que aún desconocemos.

Tal vez un buen comienzo sea liberar a la mujer que cada varón llevamos dentro, como decía el escritor y militante argentino Manuel Puig. Lean la novela “El beso de la mujer araña”, donde conviven en una misma celda un militante de una organización revolucionaria y un varón homosexual afeminado. Pueden también reírse del papel del varón revolucionario, o sea tomar distancia crítica de lo que fuimos y en gran medida aún somos. De paso, decir que esa novela fue rechazada por varias editoriales europeas, porque la consideraron inmoral (fue en la “revolucionaria” década de 1970).

A lo que apunto es que la emancipación, en cualquier lugar y condición, es básicamente una cuestión de sensibilidad, de sentir el dolor de las otras y los otros como si fuera el propio, como dijo el Che. No se trata de seguir una línea ni de actuar en base a lecturas o de lo políticamente correcto.

La emancipación parte del corazón, de los sentidos, y luego puede ser abonada con lecturas y militancias. Es un proceso siempre doloroso e inacabado, nada placentero pero vital. Como la vida misma.

*Fuente: Resumen Latinoamericano

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