Los ciento y diez años de Salvador Allende… y no ha terminado de nacer

Jueves 28 de junio 2018

“Este Chile que empieza a renovarse, este Chile en primavera y en fiesta, siente como una de sus aspiraciones más hondas, el deseo de que cada hombre del mundo sienta en nosotros a su hermano.”
Salvador Allende, ‘Para qué hemos vencido’. Estadio Nacional, 5 de noviembre de 1970.

Hace ciento y diez años que nació Salvador Allende, y no ha terminado de nacer. Su figura nace y renace en el cuerpo de una humanidad que busca alumbrar, como en un parto colectivo, nuevas formas de vivir y convivir. Salvador Allende asombra en su época con su estilo característico y sorprendente. Hacer carne la paz del mundo, la esquiva paz en un siglo que lució acumular poder y violencia, agresividad y odio. Donde la humanidad se fue perdiendo irremisiblemente.

“En el siglo pasado el problema era que Dios está muerto; en nuestro siglo el problema es que el hombre está muerto. En el siglo XIX, inhumanidad significaba crueldad; en el siglo XX significa enajenación esquizoide.” (Erich Fromm, La condición humana actual y otros temas de la vida contemporánea, 1964).

En el siglo de la enajenación esquizoide Salvador Allende apostó por la paz.

En 2013 nos enteramos de la apreciación histórica de Carlos Altamirano acerca de su correligionario Salvador: “[La] gran utopía de Allende se sustentaba en un proyecto revolucionario ‘desarmado’. Es decir: en un proyecto pacifista. En este sentido, la concepción de Allende era asimilable a la revolución no-violenta promovida por Mahatma Gandhi. El único líder mundial con el que se puede comparar el ‘ser político’ de Allende es, creo yo, con Gandhi.” (Gabriel Salazar, Conversaciones con Carlos Altamirano. Memorias críticas, 2013). ¡Tarde nos enteramos! En Allende nunca existió el odio contra las personas. Lo dijo en sus memorias Gabriel Valdés:

“[A Allende] nunca le vi expresarse con odio respecto de nadie y siempre sostuvo que no era adversario de los norteamericanos.” (Gabriel Valdés, Sueños y memorias, 2009).

¡Ni de los norteamericanos! Lo que para Allende era sencillamente indigno era el imperialismo, esto es, lo inhumano, el rostro desfigurado del propio pueblo de los Estados Unidos. No le gustaba el slogan ‘yankis go home’. Prefería decir ‘imperialismo go home’. El poeta y diplomático Humberto Díaz-Casanueva recordó las palabras de Allende decidido a dialogar con Nixon:

“Se me ha ocurrido enviarle una carta personal al Presidente Nixon en que toque puntos como los siguientes: el significado del proceso chileno, la doctrina, los planes económicos y de desarrollo, la nacionalización del cobre, la falsedad de la creación de un Estado marxista-leninista, la adhesión incondicional a la democracia, el mejoramiento de las relaciones con Estados Unidos sobre la base de la autodeterminación de los pueblos y otros puntos capitales, todo escrito en un tono que no sea altisonante, pero sí grave y digno.” (Humberto Díaz Casanueva, Evocando a Salvador Allende, APSI, 15 de agosto de 1990).

Este era el espíritu de Allende. La lucidez de su propia autodeterminación. Irremediablemente antibelicista. En 1949, en los inicios de la llevada y traída Guerra Fría, Gabriela Mistral, pacifista universal, le escribe a Salvador Allende:

“Si es posible, Dr., hágame la gracia de una paginita con alguna noticia sobre el momento chileno en relación con la paz mundial. Guardo viva simpatía hacia su noble, valeroso y valioso espíritu de paz. Mande a su servidora adicta. Gabriela Mistral.” (Gustavo Barrera, Camilo Brodsky, Tania Encina eds., Epistolario americano. Gabriela Mistral y su continente, 2012).

¡El momento chileno en relación con la paz mundial!

Ese fue el Allende de toda la vida. En 1963 conmovido con la muerte del papa Juan XXIII expresó que el pensamiento de la encíclica Pacem in Terris era la inspiración de su propia concepción política. El papa estaba ofreciendo un vuelco impresionante en la marcha de las religiones del mundo en favor del antibelicismo y la solidaridad con los pueblos pobres de la tierra sometidos a la Guerra Fría. Esta encíclica de la paz fue una guía para Allende. La condena de la segregación política, el rechazo del racismo, la denuncia de los medios de comunicación que difaman a las naciones, la crítica al armamentismo y a las armas nucleares, la defensa de la autodeterminación de los pueblos, de los derechos humanos, de la mujer, entre otros postulados de la encíclica, fueron para Allende un modelo de acción social y cultural. Había allí una enseñanza para trascender el modelo civilizador y barbarizador de las potencias superpoderosas y superodiosas del hemisferio norte (Salvador Allende, Discurso ante la muerte del papa Juan XXIIIArauco, 50, 1964). El sucesor de Juan XXIII, Pablo VI, pronunció su discurso antibelicista ¡Nunca más la guerra! en la asamblea de las Naciones Unidas en 1965. En 1972, tras el célebre ‘paro de octubre’, informado de la agresión imperialista de Estados Unidos a Salvador Allende y a su pueblo, envió a Chile dos mil seiscientas toneladas de harina (La Tercera de la Hora, 22 de noviembre de 1972).

La causa de la paz estaba jugándose a nivel mundial en el Chile de Salvador Allende.

Salvador Allende se atrevió a cuestionar la lógica patriarcal que enfrentaría a la humanidad en ricos y pobres, fuertes y débiles, en estructuras excluyentes y aún vigentes de fortaleza y debilidad. Para él lo decisivo, lo promisorio, era pensar en una humanidad horizontal, compañera, donde todo el mundo fuera capaz de pensar en la humanidad de todos. Este fue el sentido profundo del actuar de toda su vida. En 1960, cuando se discutía apasionadamente acerca de los modelos de cambio social en el continente, definió el carácter de una revolución:

“Deben ser revoluciones humanas, en el sentido del respeto a la dignidad individual y colectiva, y democráticas, o sea, que expresen el sentimiento mayoritario.”

Su ideario universal se expresó en el discurso de inauguración de la UNCTAD III en 1972. Obligado a colaborar o a destruirse, Allende abogó entonces a favor de una economía solidaria en escala mundial, fundada en el desarme. La ferocidad de su tiempo, y de todos quienes resultaron atrapados en el laberinto del superhombre, no comprendieron el mensaje universal, compasivo y plural de Allende y de su vía pacífica al socialismo.

La humanidad de Salvador Allende nace y renace, a pesar del crimen y de la fuerza. La historia continúa más allá de las raquíticas ofertas individualistas y colectivistas venidas del hemisferio norte en el siglo que pasó. Más allá del individualismo -el consumidor recluido consigo mismo- o del colectivismo -el burócrata recluido en su ser social- renace la humanidad, despojada de toda soledad, del compañero Allende, brindando generosamente su vida ante los rostros reconocidos de su pueblo y de todos los pueblos del mundo:

“El encuentro del hombre consigo mismo, sólo posible y, al mismo tiempo, inevitable, una vez acabado el reinado de la imaginación y de la ilusión, no podrá verificarse sino como encuentro del individuo con sus compañeros, y tendrá que realizarse así. Únicamente cuando el individuo reconozca al otro en toda su alteridad como se reconoce a sí mismo, como hombre, y marche desde este reconocimiento a penetrar en el otro, habrá quebrantado su soledad en un encuentro riguroso y transformador.” (Martin Buber, ¿Qué es el hombre?, 1942).

*Fuente: Diario UdeChile

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