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El rol de la Memoria Ciudadana ante las elecciones presidenciales

Desde nuestra óptica, la memoria (en este caso ciudadana) está constituida por un conjunto de elementos concordantes o discordantes que conforman un repertorio de imágenes significativas que la mayor parte del tiempo permanecen en estado de latencia pero que al recibir un estímulo externo (con un determinada carga emocional) son evocadas dando pie con ello a determinadas disposiciones, acciones y decisiones por parte de la ciudadanía. Precisemos, por último, que este repertorio latente de significados podemos denominarlo como recuerdos. Ciertamente, los recuerdos son un repertorio de imágenes significativas sobre hechos o sucesos del pasado almacenados en la memoria ciudadana. Dependiendo de los estímulos externos estos recuerdos dejan su estado de latencia y son evocados, determinando con ello las disposiciones, acciones y decisiones de la sociedad civil.

Nos gustaría ejemplificar lo expuesto esbozando algunas situaciones ocurridas en Chile, esencialmente desde la emergencia masiva de los movimientos sociales hasta la derrota del oficialismo hace un par de días atrás.

La atmosfera socialmente reivindicativa creada por los movimientos sociales fue un potente estimulo emotivo que penetró en rincones de la memoria ciudadana otrora inaccesibles logrando evocar un tipo determinado de recuerdos. Nuestra sensación es que los recuerdos evocados tenían relación directa con un cierto ideario de izquierdas expresado en valores, significados y sentidos de mundo. En la memoria ciudadana aparecen como un flash back, imágenes del socialismo utópico, de la emergencia del movimiento popular, la lucha obrera, la solidaridad de clases, la vida en comunidad, la pertenencia a un cierto pasado utópico (mas ideal que real) y por último, pero no menos importante, la búsqueda colectiva del bienestar social.

Reaparecen, entonces, en la memoria ciudadana los recuerdas de una izquierda profundamente anclada en el mundo social. Vuelve la música popular, la poesía, la pintura, el muralismo, las expresiones artísticas propias de la ciudadanía. Retornan incluso los olores, los sabores, las sensaciones. Todo aquel ideario creídamente desaparecido emergía una vez más con toda fuerza y lleno de vitalidad.

Desde mi perspectiva, esta atmosfera y sus recuerdos evocados posibilitan el ascenso y la victoria de Bachelet II y su programa moderado (pero insólito dentro de la hegemonía concertacionista) de reformas sociales. Para los sectores más “progresistas” de la antigua concertación, el programa de Bachelet les permitía salir de su “marginalidad” y concretar un programa que solo por falta de fuerza política y condiciones sociales no se había propuesto antes. Para otros, esta vez más pragmáticos, las moderadas reformas de Bachelet -enfocadas adecuadamente- permitirían que en un futuro cercano se pudiera tensionar el legado pinochetista y junto con ello quebrar la jaula neoliberal. Desde esta mirada, ciertamente estratégica, la futura sociedad pos-neoliberal sería posible, entre otras cosas, gracias al antecedente entregado por un gobierno neo-concertacionista debidamente encauzado e instrumentalizado. Confiados o desconfiados, todos aquellos que apoyaron el gobierno de la Nueva Mayoría compartían cierto entusiasmo y hasta cierto optimismo aunque en niveles bastante moderados. Fue con este respaldo ciudadano –un capital político pocas veces antes visto- que Bachelet II dio punta pie inicial a su mandato.

Por contraparte, la derecha chilena no se quedó atrás. Gradualmente dio muestras públicas de su poder fáctico. Virtualmente dueña de los grandes medios de producción, la derecha controlaba también los medios de comunicación, piezas estratégicas para la producción del consenso ciudadano. Además, por si fuera poco, la derecha reforzó sus redes al interior de la Iglesia Católica que aseguraban cierta influencia cultural y moral aunque decreciente, hay que precisarlo. Por último, la derecha era fuerte en los aparatos coactivos del estado; la policía, el ejército quienes históricamente le habían sido favorables. La vieja frase allendista permite esclarecer este punto: se tenía el gobierno, es cierto, pero no el poder.

[Por el contrario…] “La desaceleración, la recesión, la inflación, el desempleo, la inseguridad; el caos social, en definitiva” son los gritos derechistas que fueron piedras angulares de su avanzada y la demostración de su poder factico. Un estímulo menos potente que el de los movimientos sociales, pero lo suficientemente efectivo como para evocar recuerdos recurrentes en la memoria ciudadana. Para la derecha fue menos difícil evocar recuerdos de imágenes pasadas, sobretodo porque la memoria ciudadana almacena mayores recuerdos de derrotas que de triunfos. A diferencia del recuerdo de la victoria –momento trascendental, pero efímero– el recuerdo de la derrota es permanente. El fracaso y sus consecuencias –sus violentas consecuencias– no son jamás y por ningún motivo recuerdos recónditos o pasivos dentro de la memoria ciudadana. Por el contrario, producto de las condiciones materiales de vivencia y sobrevivencia de la mayor parte de los ciudadanos, son recuerdos presentes y constantemente recurrentes que en cualquier momento y ante el más moderado estimulo externo son evocados. Se encuentran en una suerte de stand by. Con la arremetida derechista y sus demostraciones de fuerza, vuelven los recuerdos asociados a la experiencia traumática de un pasado-presente doloroso, trágico, dramático y cruel. Un pasado de violencia, maltrato, abusos, despojos, vulnerabilidad, tortura, exilio, muerte. Un pasado funesto de terribles derrotas y trágicos fracasos. Un pasado con pocas victorias significativas pero con muchas derrotas. En consecuencia, los recuerdos de experiencias traumáticas como las matanzas obreras, de la pobreza y la desigualdad, del fracaso del gobierno popular, del golpe de Estado, y de la dictadura, conducen a nuestra ciudadanía a un estado permanente de derrota y pesimismo que no permite olvidar aquellos recuerdos nacidos desde el trauma recurrente de la derrota. Es por ello que a la derecha chilena no le cuesta demasiado trabajo volver a evocarlos. Basta con demostraciones tibias de su fuerza y su poder de facto, para evocar recuerdos traumáticos que tendrán como corolario la desafección radical de los ciudadanos de sus anteriores disposiciones políticas y por ende la evidencia de su derrotismo y su inevitable fatalismo.

El resultado de esta situación es una ciudadanía carente de proyección utópica, permanentemente fatigada, escéptica frente a los procesos de reforma, derrotista y fatalista en exceso. No hay relato épico en ella, por el contrario, los recuerdos traumáticos anclados en su memoria la conducen hacia un nihilismo pasivo, hacia la contemplación melancólica de la realidad y la resignación política.

El autor, Camilo Urra Olivera, es Profesor de Historia y Ciencias Sociales, egresado de la Universidad de Valparaíso. Actualmente, se desempeña como docente en Liceo Manuel de Salas, Casablanca.

*Fuente: Red Seca

 

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