Derecha venezolana: Con el culo al aire

No se me ofenda. Suena feo el título, pero no puede ser más exacto para lo que yo quiero decirle. Incluso los españoles lo tienen como nombre de un programa de la televisión. Veamos. Triunfar en una elección, la mayoría de las veces es motivo de fiesta para los vencedores y de amargura para los vencidos que pueden quedar un tiempo más o menos largo rumiando su derrota. Es la ley de los mecanismos que inventara la democracia cuyo basamento, en último término, es contar votos, nada más que eso. El que tiene más es el que gana, dándole al perdedor la oportunidad de volver a intentarlo en la siguiente elección para los cual debe convencer a los díscolos con mejores argumentos y, en lo posible, establecer nuevas alianzas, muchas veces con un tufillo de contubernio. Lo que la democracia, que tiene origen burgués —demás está decirlo— no contempla, es que los resultados de la consulta no siempre son aceptados con el espíritu del “beau geste” por el perdedor. Digámoslo derechamente: esto ocurre la gran mayoría de las veces cuando la elección está dirimiendo intereses económicos contrapuestos que son, en último término, intereses de clases.

Entonces, dirá usted, una elección establecida por la sacrosanta democracia, ¿es también el reflejo de la lucha de clases, ese concepto detestable, obsoleto y vomitivo que inventó el marxismo? Con toda la humildad y el respeto que le tiene a usted este modesto columnista, le digo casi en un susurro para que no se me ofenda, que sí, que la mayoría de las veces las elecciones que nos regaló la democracia, son una forma de enfrentamiento muchas veces sutil, muchas veces abierto, entre clases sociales política y económicamente en las antípodas, es decir con intereses diametralmente opuestos. Otras no, claro. Como en los países europeos, o más cercano en yanquilandia donde la disputa de las urnas no es ni social ni económica, es sólo política y se da dentro una misma clase, la de los poderosos burgueses, que en luchas civilizadas y versallescas, se turnan para cuidar los intereses capitalistas que les son comunes.

Aquí en América Latina no. Tampoco en otros lugares en lo que eufemísticamente se llamó el tercer mundo. Aquí las elecciones son a muerte. Aquí la burguesía acepta sólo un vencedor: los de su clase, la que domina la economía sin contrapeso. En tal caso, si son ellos los vencedores con buenas o malas artes, la elección ha sido democrática, justa y limpia, y entonces hay que defender esa democracia a como dé lugar. Pero si los que triunfan, con todos los sacrificios que ello representa, son los de las clases populares, los humillados y ofendidos de la sociedad humana, ahí se acaba de inmediato la democracia. Dos son los caminos a los que recurre prestamente la clase económica dominante, ambos pisoteando sin pudor los basamentos de la democracia creada por sus antecesores: desconocer los resultados adversos esgrimiendo un supuesto fraude y, si ello no resulta, recurriendo a su brazo armado que son los militares siempre listos a defender a la clase social de la cual ellos son su expresión más genuina.

La historia, por desgracia, está plagada de ejemplos. Nosotros en Chile no tenemos que ir muy lejos. En marzo de 1973, el contubernio de la derecha con la democracia cristiana esperaba que la política de desabastecimiento, de atentados, las asonadas callejeras, y los asesinatos incluso de militares, reducirían el apoyo al gobierno de Salvador Allende a su más mínima expresión. Esperaban aumentar tanto su mayoría en el Congreso que les permitiera destituir al presidente esgrimiendo fantasmales clausulas que la suma de los curules que pensaban obtener cubriría con un barniz democrático. Fracasaron rotundamente. No sólo el apoyo electoral a Unidad Popular había aumentado considerablemente, sino que el número de diputados y senadores obtenidos por la izquierda reducía los planes de la derecha a papel mojado. Lo peor era que, extrapolando, ineludiblemente para 1976 la Unidad Popular habría alcanzado la mayoría suficiente para continuar gobernando.

La derecha comprendió entonces que sólo le quedaba el otro camino, aquel que es historia ya sabida: se concreto seis meses después con el golpe militar del 11 de septiembre de ese mismo año. Si este análisis es correcto, entonces Venezuela comienza a correr a partir de este instante, un grave peligro. Fracasó el boicot alimentario, fracasó el acoso internacional al que se sumaron los traidores del socialismo chileno con el timorato liderazgo de doña Michelle, y sobre todo, fracasó el acoso de las calles, las “guarimbas” en las que se lanzaron a ingenuos y yanaconas a romper y quemar todo a su paso, sin importar si se trataba de bienes públicos como escuelas u hospitales. A estas horas la derecha venezolana ha ido asumiendo paso a paso que fracasó por la vía legal de las elecciones. Están perplejos porque son incapaces de entender la sabiduría del pueblo. La majadera acusación de fraude se diluyó a las pocas horas en una elección que contó con miles de observadores oficiales o voluntarios, con los ojos del mundo puesto en ella, que no permitían ninguna maniobra ilegítima que no fuera captada de inmediato por estos acuciosos testigos. Aún así, el presidente Maduro ha ofrecido una auditoría al 100% de los votos.

Es por eso, como ya dijimos, que la sedición pasa a tomar ahora el papel preponderante, y en la que la complicidad activa de EE.UU. representa el elemento más peligroso. Mr. Trump y sus aliados de la socialdemocracia europea, y la de los gobierno sumisos y obsecuentes de América Latina, incluido Chile, esperaron tras bambalinas con la respiración contenida, a que el pueblo bolivariano de diera el triunfo a sus cómplices de la derecha venezolana. Esta derrota le quitó a los conspiradores y a estos aliados internacionales, un importante pilar creado con las asonadas, los muertos y el complot económico: el pilar de hacer creer al mundo que estos “pobres y oprimidos” antichavistas, que se manifestaban en la zona este de Caracas que corresponde al barrio alto de la capital de Chile, eran la gran mayoría del pueblo de Bolívar y Chávez. La elección los dejó desnudos, con el culo al aire, “empelotados” como decimos en Chile, impúdicamente expuestos ante el mundo. Ha sido, sin duda, un triunfo de las masas populares de Venezuela. Pero extremadamente peligroso. Hay que estar, hermanos venezolanos “ojo pelado” como dicen ustedes, irse a vigilar día y noche, como aconsejaba la canción de Patricio Manns en los momentos del complot desatado de la derecha en nuestro país.

No sea que vayan a despertar demasiado tarde.

-El autor, Cristian Joél Sanchez, es escritor y cronista de cultura y política.

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