Orlando Sáenz (Ex presidente de los empresarios chilenos): “El pueblo chileno es cobarde y extremadamente oportunista”

Viernes 1 de septiembre 2017

Orlando Saenz

En conversación con Juan Pablo Cárdenas, el empresario y ex presidente de la Sofofa habló sobre su reciente publicación, el libro “¿Cuentos o Recuerdos?” Donde por medio de historias personales se entrelazan la realidad y la ficción.

En conversación con Juan Pablo Cárdenas, su autor, el ingeniero civil, empresario, director de múltiples empresas; quien fuera estudiante y dirigente estudiantil en la Universidad Católica, pero también se desempeñara por largos años en la Universidad de Chile como profesor, Orlando Sáez, recordó momentos y personajes de su infancia y juventud. Sobre ellos tejió la historia de un libro que, a la vez, va contando lo que pasa en Chile y el mundo.

Sáenz jugó un papel fundamental en el periodo previo del quiebre institucional de 1973. Sobre él se puso el dedo acusador por el desenlace político del 11 de septiembre de ese año. Después, con el paso del tiempo, el presidente de la Asociación de industriales Metalúrgicos de Chile de esa época y, también, presidente de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa) se puso del lado de quienes, sinceramente, hicieron esfuerzos para la recuperación de la democracia.

Así, fruto de todas estas vivencias y memorias nació ¿Cuentos o recuerdos?,historias que la memoria se resiste a olvidar.

Entiendo que le tocó hacer primero unas memorias y que al no quedar conforme con el resultado, escribió este libro

Las memorias que después deseché fueron el envión desde el que surgió el libro Testigo privilegiado, que son episodios políticos, experiencias de mi vida durante el tiempo que estuve vinculado a la vida pública.

En ese libro aparecen 15 presidentes. Me tocó conocer 18 presidentes en total, pero hubo tres con los que no pasó nada contable, por lo tanto, no los mencioné. Pero de los 15 que menciono, las diferentes experiencias que tuve con ellos, quedaron plasmadas en ese libro.

Este otro, ¿Cuentos o recuerdos? es un libro más querido por mí. Cuando escribí mis memorias, descubrí que estas fueron una sorpresa para mí. Si bien uno piensa que abre un baúl sabiendo lo que hay adentro, se encuentra con una caja de pandora desde donde salen cosas distintas de las que uno originalmente pensó. Empiezan a surgir distintos sentimientos, personajes olvidados y un largo etcétera.

De esas vivencias nacieron estos cuentos. El libro está escrito antes que Testigo privilegiado, lo escribí hace unos quince años. Lo que lo gatilló fue la muerte de mi padre: una tremenda conmoción que desató el sentimiento de dejar constancia de estos recuerdos.

Encuentro magnífica la forma en que entrelazas los distintos cuentos o recuerdos de esta publicación. Uno está leyendo un capítulo referido a un personaje de los varios que son estrellas en el libro, que parte con la fiesta de Ferrillo y, después, cuando pienso que la narración de este personaje va a terminar con el capítulo, nos damos cuenta que vuelve a aparecer…

Son los mismos personajes. En el caso de Ferrillo, por ejemplo, es la historia de quien era mi compañero de colegio y, si bien, nuestros destinos fueron diversificándose, lo que ahí narro es tal cual yo lo describo. Existió tal cual yo lo describo, aunque algunos me pregunten cómo es posible que existiera un estudiante con dos piernas menos, un brazo menos y un ojo menos. ¡Era así! existió tal cual yo lo pinto.

Ahora, después de terminado el colegio no sé qué pasó con él. Eso ya entra en el terreno de la ficción, solo oí algunas cosas, entiendo que tuvo una vida mucho más normal de lo que podía haberse imaginado: Se casó, fue padre… algo que me reconfortó al saberlo.

¿Todos los personajes del libro existieron?

¡Todos! ninguno es solo ficción. El grupo entero fueron compañeros de curso. Los curitas que figuran también eran los curitas de entonces.

Eso es bien notable en el libro, porque te permite entender lo que pasaba en ese momento. A mí me pasó en otro colegio, uno de curas alemanes, estos (los del libro) son españoles marcados por la Guerra Civil. Incluso hay quienes no se hablan por estar de lados diferentes en ese conflicto…

Cosas que nosotros no entendíamos en un comienzo…

Esto se sitúa en el colegio Hispano Americano, en la década del 40 o 50. Pocos años antes había terminado la guerra, y la Guerra Civil española tenía heridas tan profundas que pasaba que entre ellos no se hablaban. Imagínate, lo que era ver una comunidad de 25 curas, todos españoles, donde había una mesita chiquita en la que se sentaban los únicos dos republicanos. En la mesa grande todos los demás. ¡Jamás se hablaban!

Los dos curas republicanos, que eran vascos, conversaban entre ellos y, la crueldad empezó cuando se llevaron a Japón a uno de ellos: a Justo Mocoroa.

El otro, el padre Aguirre, quedó solito. Ya no tenía compañero de nada. Yo me acuerdo que cuando era delegado de curso tenía que ir a buscarle alguna cosa, recoger alguna prueba y me acuerdo de su pieza: uno dormitorio enorme. Encima de su cama, una bandera de papel celofán enorme. Una bandera del País Vasco.

Después salí del colegio, me fui a estudiar a la Universidad Católica cuando, un día, me llaman del colegio (yo había sido un buen estudiante. Era el mateo) para decirme que se estaba muriendo y que sería bueno que mi curso hiciera algo para ir a verlo. Me junté con dos compañeros y lo fuimos a ver. Estuvimos ahí, conversando y, a la salida, me llama el rector, el padre Constantino. Me mete a rectoría y me dice: “mire Sáenz, el padre está muy mal. Hay que darle la extrema unción”. Yo lo miro con cara de qué me está diciendo a mí, cuando en el colegio hay 22 curas. “Es que usted sabe que hay problemas. ¿No podrían ustedes hacerse cargo?” Tuvimos que salir a buscar al párroco para que le diera la extrema unción.

Esta historia tiene un final feliz porque el cura se sanó. De pura rabia. Y siguió ahí, y dos o tres años después lo trasladaron a Brasil donde finalmente murió.

Esa es una de las tantas sabrosas anécdotas contenidas en el libro. Ahora, lo saco un poco de ahí, porque lo que cuenta me hizo pensar sobre los grandes dramas que afectan a los países, como también sucedió en Chile después. ¡Cómo cuesta la reconciliación! Incluso, entre sacerdotes.

¿Cuál es tu experiencia al respecto? su historia estuvo muy marcada por el golpe militar.

Mi historia es como la tuya. Las heridas causadas por el problema del gobierno de Allende y su trágico fin…

Yo soy sobrino de un personaje que fue supremo y, después, senador designado: Enrique Zurita. Cuando conversábamos, él con su visión muy pro gobierno militar y yo ya era disidente, siempre me decía que las odiosidades que había levantado el asunto de Allende iban a durar hasta que se muriera el último de los actores.

Yo creo que se quedó corto. Han pasado cosas que han hecho que esto se agrave. Por ejemplo, el hecho de que todos quienes fueron partidarios de Allende, sobre todo, la izquierda más extrema, no pueda aceptar la idea de que a Allende lo sacó de La Moneda la voluntad mayoritaria de Chile. Eso para ellos es demasiado duro. Entonces, lo que han hecho es comenzar una labor metódica de falsificación de la historia, de tergiversar las cosas, de presentar la caída de Salvador Allende como un complot internacional en el cual el pueblo chileno era ajeno. Eso no tiene nada de verdad.

Lamentablemente estas cosas avivan la odiosidad que existe. Es un escenario complejo.

Pero no solo eso, sino también los crímenes y otras cosas que se cometieron…

Si, pues. Fueron terribles.

Estamos llenos de presidentes que no gozan de la popularidad y, sin embargo, no son derrocados. Son derrocados porque las Fuerzas Armadas deciden derrocarlos.

Eso es cierto.

Yo me acuerdo en la niñez o en la juventud a los adultos discutir por Balmaceda o los que eran antibalmacedistas. Incluso, hasta el día de hoy hay diferencias entre los o´higginistas y los carreristas. Entonces, uno dice ¡Esto no se termina!

Las heridas históricas no se terminan y en todos los países es lo mismo. Por ejemplo, vas a España y la sombra de la dictadura de Franco no solo no ha pasado, sino que se renueva a diario con las heridas que quedaron abiertas. En Estados Unidos, recuerdo una vez que conversaba con un amigo norteamericano y le planteaba por qué después de tantos años no se sabía quién había matado a Kennedy. Entonces, me queda mirando, (tenía mucho sentido del humor) y me dice: “oye, no te pongas exigente. Todavía no sabemos quién mató a Lincoln y quieres que sepamos qué le pasó a Kennedy”.

Bueno, yo creo que es cierto. Las páginas de la historia están grabadas en bronce, plata, oro. Entonces, borrarlas es mucho más difícil que cualquier cosa.

Con alguno de los personajes de tu libro, ¿mantienes alguna relación?, ¿sabes qué ha pasado con ellos?

De todo lo que yo cuento, el que me llegó más fue el que afectó a mi peña, que éramos cinco. De ellos se han muerto dos, quedamos tres, algo meritorio a esta altura.

El primero en morir es el que relato en el libro, el milico. Murió y fue bien doloroso, pese a que pasó hace muchos años ya. Falleció de una enfermedad bien simbólica: se le agrandó el corazón. Eso es simbólico porque tenía un inmenso corazón.

Nuestra juventud es una edad muy marcada por las posiciones. Siempre digo que en ese entonces no militar en un partido era sospechoso. No tener religión también era extraño, pero aquí, en el libro, da la sensación que pese a las diferencias entre ustedes, eran capaces de ser amigos. Creo que hoy eso ha cambiado mucho.

Ha cambiado, pero creo que también la vida te muestra la fuerza de las amistades profundas. Uno se encuentra con amigos que opinaron totalmente distinto a uno, y pasa el tiempo y se vuelve a producir esa hermandad. También he tenido episodios muy negativos, pero otros muy positivos en ese sentido.

Además, hay que reconocer que el chileno, pueblo del que no soy admirador, es un pueblo bastante despreciable en varios de sus rasgos, por ejemplo, el ser muy cobarde y extremadamente oportunista. Entonces, uno ve cosas que hacen reír, como temas relacionados a Pinochet. Hoy hay que hacer una encuesta para encontrar a un partidario de Pinochet de esa época. ¡Están todos escondidos! y niegan el haber apoyado al régimen, pese a que votaron por él.

Tampoco logro entender cómo hay gente que ignoraba lo que pasaba con las violaciones a los derechos humanos. Para quienes estábamos en una posición alta en el Gobierno, era imposible de no advertir. Desconocerlo es hacerse el leso, y yo no nací con el don de hacerme el leso.

¿No será que los pueblos, en general, son así?

Puede ser, pero yo no tengo más experiencia que la propia y, el único pueblo que yo conozco es el chileno. Tiendo a creer que es un pueblo particularmente hipócrita, pero tal vez tienes razón y todos los pueblos son más o menos parecidos.

Pero cuando veo las actitudes del pueblo chileno, a veces, en muchas cosas, digo ¡caramba! la historia que me enseñaron en el colegio ¿será verdad?, ¿existieron hombres íntegros y valientes y pujantes como O´Higgins o los Carrera, o son fábulas?

Y como yo he visto fabular…

Ayer le decía a alguien, mira: la Guerra de Troya ocurrió en el siglo XII A.C. La Hiliada se escribió en el siglo VIII A.C, por lo tanto, a los griegos, el pueblo más inteligente que ha existido en la historia, le tocó como cuatro siglos mitificar la historia.

Bueno, en Chile, en menos de cuatro décadas tenemos convertida la historia de los últimos sesenta años en un verdadero mito, con cosas que son absolutamente falsas y cosas que son verdaderas.

Yo -que fui tan duro con el gobierno militar- que tanto alegué por las violaciones a los Derechos Humanos, y fui muy enconado en un tiempo donde no era fácil hacerlo, como cuando fui candidato a senador y el motivo de mi campaña era castigar las violaciones a los Derechos Humanos… De eso a estar hoy metiendo a la cárcel a gente que era teniente e incluso menos que eso, es como ignorar lo que son las Fuerzas Armadas. Todo ese tipo de mistificaciones te muestran por qué estás heridas son tan difíciles de sanar, y por qué, tal vez, como dices tú, si seguimos discutiendo balmacedistas y congresistas, ¿cuánto tiempo más vamos a discutir lo que pasó?

Qué te propones hacer, Orlando. ¿Seguir escribiendo?

Morirme. Si tengo 81 años… estoy sano… es cierto que tengo que estar agradecido de Dios porque tengo buena salud, pero comprendes que las matemáticas dicen que cuanto tú tienes 82 años tienes que vivir con las maletas listas. ¿Qué voy a hacer? Bueno, soy muy activo. No vas a creer tú que estoy sentado en la casa leyendo el diario. Tengo mi pega, mi oficina, soy director de Parque Arauco… Además hago asesorías financieras, pero mi principal preocupación es Parque Arauco. Es demasiado lindo ver cómo una idea que tuviste en la década del setenta se convierta en una empresa con 23 operaciones en Chile, 18 en Perú y 4 en Colombia. Ver eso es reconfortante.

Y en política, ¿sigues vinculado a algo?

No. Yo nunca he tenido partido político alguno. Soy demasiado insolente para pertenecer a un partido político. El meterse a una organización en la que uno está obligado a tener posiciones que no comparte, o ideas que a veces no se comparten, no va conmigo. Yo quiero conservar la libertad de decir “esto me gusta o esto no me gusta”.

¿Te has fijado en algo que es bien extraordinario? Nosotros, los seres humanos, le vemos el lado bueno y el lado malo a toda situación, salvo en política. En política somos absolutamente absolutistas: o es blanco o es negro, no hay tonalidades intermedias y la realidad es que cada gobierno tiene muchas cosas regulares y uno no tiene por qué escatimar méritos. Donde hay méritos, los hay y punto. Eso va más allá de cualquier frontera ideológica, porque encontrarlo todo malo es tan malo como encontrarlo todo bueno.

El libro conmociona mucho cuando en la parte final homenajeas a tu padre. ¿Por qué fue tan gravitante en tu formación?

Mi padre fue el mejor padre. Creo que tuve el privilegio de tener al mejor padre del mundo. Era una persona entrañable y no quisiera hablar de él porque me pondré a llorar. Cuando él murió yo estaba en una gran crisis personal y, tal vez, no le alcancé a decir lo que debería haberle dicho.

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  • olga larrazabal

    Estimado Orlando :espero que cuando hables del Pueblo de Chile incluyas a todo el mundo por igual, a tu familia, a tus amigos, a los ricos y a los pobres, incluso un poquito a ti mismo. Mira que eso de generalizar suena muy filosófico, pero suele ser una explicación pobre de los sucesos históricos, y no solamente pobre, sino que no sirve para cambiar nada.