“La militarización de la política estadounidense en Oriente Medio ha fracasado irreversiblemente”

<p>Andrew Bacevich, coronel retirado del ejército de EE.UU y profesor en la Universidad de Boston.</p>

Andrew Bacevich, coronel retirado del ejército de EE.UU y profesor en la Universidad de Boston.

CEDIDA POR BOSTON UNIVERSITY
7 DE ABRIL DE 2017

 

Andrew Bacevich (Normal, Illinois, 1947) es una piedra en el zapato de la máquina de guerra estadounidense. En un país en el que decenas de exaltos cargos del ejército desfilan a diario por las televisiones apretando las tuercas del intervencionismo al tiempo que cobran lustrosas sumas de consultoras y contratistas que hacen negocio con la guerra, el coronel retirado defiende incansablemente la retirada de las tropas estadounidenses de Oriente Medio. Lo hace con el rigor del historiador militar y la fuerza del ejemplo. Bacevich, profesor emérito de Historia y Relaciones Internacionales en la Universidad de Boston, es veterano de Vietnam y la primera Guerra del Golfo. En 2007, la guerra a la que se había opuesto con más vehemencia se cobró la vida de su hijo, Andrew Jr. Autor de una decena de libros, Bacevich recibe a CTXT durante una reciente visita a Nueva York para hablar sobre su último trabajo, America’s War for the Greater Middle East (‘La Guerra de América por el Gran Oriente Medio’), un repaso exhaustivo a cuatro décadas de intervención militar en la región, que se extiende desde Pakistán a Marruecos.

Sitúa el comienzo de la guerra de Estados Unidos por el Gran Oriente Medio en torno a la promulgación de la llamada Doctrina Carter. ¿En qué consistió?

A comienzos de 1980, el presidente Carter declaró que EE.UU. iba a considerar el Golfo Pérsico un lugar de vital interés para la seguridad nacional, o, dicho de otro modo, que EE.UU. estaba dispuesto a ir a la guerra en la región. Hasta entonces, no había estado particularmente interesado, ni preparado, para la guerra en el mundo islámico. Eso cambia en 1980, y la primera indicación operativa es la Operación Garra de Águila, el intento fallido de rescatar a los rehenes estadounidenses en manos de Irán.

Señala que Carter puso en marcha esta nueva política inconscientemente. ¿Cómo pasó de ser partidario de la no intervención militar a inaugurar una guerra que dura hasta nuestros días?

A COMIENZOS DE 1980,  CARTER DECLARÓ QUE EE.UU. IBA A CONSIDERAR EL GOLFO PÉRSICO UN LUGAR DE VITAL INTERÉS PARA LA SEGURIDAD NACIONAL

Estoy convencido de que no era consciente de todo lo que iba a suceder a raíz de aquello. Lo hizo, en gran parte, como consecuencia de un cálculo político interno. Para principios de 1980, tenía una reputación de presidente ‘blando’. La economía iba mal. Habíamos sufrido la segunda crisis del petróleo, un pánico nacional por la percepción de escasez de crudo. Y ya sabía que Ronald Reagan iba a ser su adversario en las elecciones de 1980. De modo que tenía que demostrar que no era un presidente blando. El doble reto de la revolución iraní y la crisis de los refugiados, por un lado, y la intervención soviética en Afganistán en diciembre de 1979, por otro, le empujaron a concluir que necesitaba un golpe de efecto que demostrase que era lo suficientemente duro como para salir reelegido.

Menciona el petróleo. En su libro, escribe que la guerra vino motivada, desde el principio, por la concepción del “petróleo como un requisito previo para la libertad”. ¿No había advertido Carter precisamente contra eso?

Así es. En el verano de 1979, el presidente Carter pronunció un famoso discurso, que pasó a ser conocido como su “discurso del malestar”. Consistió en un lamento por el hecho de que EE.UU. hubiese tomado el camino equivocado en su infancia. Vino a decir: los americanos nos hemos vuelto demasiado materialistas, olvidando la definición tradicional de libertad como virtud, trabajo, la honestidad, el ahorro, la familia, etc. Y añadió que la dependencia del petróleo extranjero podría suponer una oportunidad para volver al sendero de la virtud, porque desengancharse de esa adicción requeriría un sacrificio colectivo, una disminución del énfasis en el materialismo y el consumismo, y en último término redimiría al país. Pero los estadounidenses no estaban interesados en el sacrificio, ni en apañárselas con menos, de modo que rechazaron su propuesta. Eso fue en verano. Para enero de 1980, Carter había renegado.

¿Así que la Doctrina Carter es el resultado de ese rechazo?

Fue una capitulación. La Doctrina Carter es la aceptación de que los estadounidenses no tienen interés en hacer sacrificios personales para purificarse. Quieren más petróleo, no menos. Pero la ironía del asunto es que, si bien entonces parecía que la única manera que EE.UU. tenía de sostener su estilo de vida apoyado en el petróleo era asegurándose el acceso al crudo extranjero, hoy en día ya no es el caso, porque tenemos más que suficientes combustibles fósiles en Occidente, aunque utilicemos otros medios para extraerlos. Así que seguimos inmersos en una guerra que vino motivada por el petróleo, pero ya no necesitamos el petróleo del Golfo Pérsico.

Menciona cómo antes de 1980, las tropas estadounidenses no habían sufrido casi ninguna baja en Oriente Medio, y desde los 90, casi no ha habido ninguna baja en otra región. ¿Qué importancia estratégica tiene ese giro hacia Oriente Medio?

EE.UU. decidió convertirse en una potencia militar permanente durante la Guerra Fría. Antes de 1945, lo era solo esporádicamente. Formamos un gran ejército en la década de 1860, para defender la Unión. Lo hicimos otra vez en 1917 para luchar contra Alemania, y de nuevo en los años 40. Pero la tradición había sido que una vez terminada la emergencia que requería el ejercicio del poder militar, desmantelábamos el gran ejército. En la Guerra Fría cambiamos de modelo, al decidir que queríamos ser una potencia militar permanente. Pero, estratégicamente, el propósito del poder militar estadounidense durante la Guerra Fría no era lanzar guerras, sino disuadirlas, contenerlas y evitar la Tercera Guerra Mundial. Es cierto que, dentro de ese propósito general, fuimos a la guerra en Corea o Vietnam. Pero la lógica estratégica del poder militar estadounidense era impedir la guerra. Desde 1980, esa estrategia se redefine. Hemos usado la fuerza militar para forzar cambios favorables a los intereses estadounidenses. Ese viraje de un énfasis en la contención y disuasión a la coerción ha producido resultados muy negativos. El uso de la guerra para ‘dar forma’ –esa es la expresión que les gusta usar en Washington, ‘dar forma’— al Gran Oriente Medio ha generado una enorme desestabilización en la región y en EE.UU.

SEGUIMOS INMERSOS EN UNA GUERRA QUE VINO MOTIVADA POR EL PETRÓLEO, PERO YA NO NECESITAMOS EL PETRÓLEO DEL GOLFO PÉRSICO.

Señala a Paul Wolfowitz como uno de los arquitectos de esa nueva estrategia. ¿Qué propugnaba en relación al Golfo, y qué importancia tuvieron sus propuestas?

Durante la Guerra del Golfo de 1990 y 1991, la llamada Operación Tormenta del Desierto, Wolfowitz era el número tres del Departamento de Defensa, y lo más parecido a un estratega de amplias miras en el Gobierno de George H.W. Bush. Fue uno de los grandes defensores de atacar a Sadam Husein después de su invasión de Kuwait. Cuando la Operación Tormenta del Desierto culminó en lo que entonces parecía una victoria decisiva de proporciones históricas, Wolfowitz se lanzó a liderar la interpretación en el contexto de la Guerra Fría. Conviene recordar que el Muro de Berlín cayó en el otoño del 89, y para agosto de 1990 Sadam invade Kuwait. Esos dos acontecimientos parecían marcar un antes y un después en la historia. De modo que Wolfowitz y los miembros de su equipo redactan un proyecto para la futura política de seguridad nacional estadounidense, defendiendo que la fortaleza militar de EE.UU. era tal que la estrategia para el futuro debía consistir en impedir el ascenso de un competidor y mantener una posición de dominio singular. La supremacía militar se convierte en la herramienta esencial para mantener el statu quo. Esas ideas tuvieron gran influencia y se expandieron entre los pesos pesados de la política exterior estadounidense en los 90. Durante la presidencia de Clinton, llevaron a una creciente disposición a usar la fuerza. Y, desde luego, después del 11-S, llevaron al Gobierno de George W. Bush a estar convencido de que se podían rehacer por la fuerza grandes partes del mundo islámico para favorecer los intereses estadounidenses, empezando por Irak.

BUSH ESTABA CONVENCIDO DE QUE SE PODÍAN REHACER POR LA FUERZA GRANDES PARTES DEL MUNDO ISLÁMICO PARA FAVORECER LOS INTERESES ESTADOUNIDENSES

Escribe que Carter sentó las bases de la intervención estadounidense en Afganistán, que luego Reagan llevó a cabo. Dicha intervención estaba guiada por la retórica de la Guerra Fría, no tanto por una confrontación con el islam.

Así es. Carter y Reagan quisieron aprovecharse de lo que veían como una vulnerabilidad soviética, por haber invadido un país tan difícil de ocupar. Eso les lleva a apoyar a los muyahidines, de la mano de los británicos y los saudíes. Desde el punto de vista de la Guerra Fría, la estrategia es un éxito.

Pero el tiro les salió por la culata. ¿Cuál es la conexión entre aquella intervención en Afganistán y la que siguió al 11-S?

La URSS se retira de Afganistán en 1989. Poco después, cae el imperio soviético y declaramos la victoria en la Guerra Fría. Entonces le damos la espalda a Afganistán, dejándolo en una situación de anarquía. Se produce una guerra civil brutal, de las que emergen vencedores los talibanes. Estos pasan a ofrecer refugio a Al Qaeda y Osama Bin Laden, y de este modo Afganistán se convierte en el lugar desde el que se trama la conspiración del 11-S. Hay una conexión causal entre nuestras maniobras de la Guerra Fría para desestabilizar Afganistán y el 11-S.

Es uno de los temas recurrentes de su libro: que lo que parecen victorias inmediatas terminan siendo desastres pasado un tiempo.

Las consecuencias inesperadas. Pese a la enorme capacidad del poder militar estadounidense, la valía de sus soldados, la enorme precisión técnica de nuestro arsenal, no sabemos cómo traducir ese poderío en los resultados políticos que buscamos. A menudo, logramos nuestros objetivos nominales, solo para descubrir consecuencias inesperadas negativas, que resultan en la creación de nuevos problemas que requieren, o traen consigo, el uso de más fuerza militar. La actual campaña en Irak es un muy buen ejemplo. En 2011, el presidente Obama retiró las últimas tropas de combate, dando por terminada la guerra. Pero resultó un juicio erróneo, porque la debilidad militar y política de Irak creó una oportunidad para que una nueva entidad como el Estado Islámico se afianzase allí. Y ahora volvemos a estar metidos de lleno en la guerra en Irak.

Escribe sobre la importancia de la creación del U.S. Central Command, o CENTCOM, dentro del nuevo marco ofensivo en Oriente Medio que viene describiendo. Otro de los asuntos recurrentes de su libro es que una vez que se crea ese tipo de mecanismos, es casi imposible deshacerlos ¿A qué se refiere?

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. divide el mundo en comandos militares regionales. Pero antes de Carter, no existía un comando al que se le asignase específicamente Oriente Medio. Él crea un comando interino, pero CENTCOM nace en la era Reagan. De pronto existe un comando, con un general de alto rango y decenas de oficiales, responsables de diseñar planes de intervención militar en Oriente Medio. Pasan a ser una pistola cargada constantemente. Si algo sucede en la región, el ejército tiene una respuesta lista para que el presidente la implemente. Se convierte en algo inevitable. CENTCOM se creó en 1983, y en 2017 seguimos inmiscuidos en guerras en Oriente Medio.

Cuenta que los documentos fundacionales de CENTCOM no hacían referencia alguna al islam o a las rivalidades regionales que hoy en día copan cualquier discusión sobre la región. ¿Cuándo se produjo ese cambio?

Así es. Se tuvieron en cuenta solo cuestiones logísticas. Eso se mantuvo así hasta 2003, durante la Guerra de Irak. De nuevo, la invasión se concibió como un problema técnico, de tiempo-distancia, con el objetivo de derrocar a Sadam. Eso se logró con gran expedición y eficiencia. Paro rápidamente, el país se quedó sumido en el caos. La reacción de los líderes militares y políticos de EE.UU. fue: “Vaya. Esto de los chiíes y suníes es muy complicado”. Solo entonces se empezó a prestar atención a las dimensiones históricas, culturales y sectarias del asunto.

Menciona que Reagan tendía a la sobresimplificación, y que eso resultó muy problemático en Oriente Medio, no solo en Afganistán, sino en Líbano o Libia. ¿Cómo valora su legado?

La mayoría de estadounidenses tiene un recuerdo muy favorable de Reagan como el hombre que supuestamente ganó la Guerra Fría, restauró la prosperidad y la confianza estadounidenses. Pero su historial en el mundo islámico es muy sombrío. La intervención para mantener la paz en Líbano en 1982 tuvo consecuencias desastrosas. Vista con perspectiva, su intervención en la guerra entre Irak e Irán a favor de Sadam Husein tampoco fue nada buena. La venta ilegal de armas a Irán a la espera de que el Gobierno iraní liberase a algunos rehenes es ridícula. Y la breve campaña de bombardeos contra Libia no consiguió casi nada, por mucho que se vendiera como una manera de darle una lección a Gadafi. Su historial es muy pobre.

Ha mencionado la alianza con Sadam Husein. El juego de alianzas en la región parece arbitrario en muchos casos. ¿Por qué son Kuwait y Arabia Saudí aliados estadounidenses, mientras Irak, por ejemplo, pasa de aliado a enemigo? ¿Qué motiva esos cambios?

Apoyamos a Sadam Husein en los 80 porque la Administración Reagan le veía como el mal menor frente al Irán revolucionario. Pero Sadam cometió el gran error de cálculo de tratar de anexionar Kuwait en el 90, creyendo que EE.UU. le dejaría hacerlo. No fue el caso. De modo que la ‘Sadamfobia’ motivada por la invasión de Kuwait sigue durante los 90, después de que sobreviviera la primera Guerra del Golfo, hasta 2003, cuando Bush hijo finalmente va a por él por segunda vez tras el 11-S.

ARABIA SAUDÍ CUENTA CON LA PROTECCIÓN DE EE.UU. PERO AL MISMO TIEMPO, EN LOS 90, SE DEDICÓ A EXPORTAR LA IDEOLOGÍA RADICAL ISLAMISTA QUE HA AYUDADO A LA PROLIFERACIÓN DE AL QAEDA 

Los países que piden protección a EE.UU. y ‘se portan bien’, reciben el apoyo estadounidense, en especial si tienen algo que ofrecer, como el petróleo. Pero aquellos que no se comportan, como Irán después de la revolución, o Irak a partir de 1990, resultan castigados.  Detrás de todo eso, y desde 1980, está el deseo de los EE.UU. de estar en una posición en la que pueden determinar el orden existente, sobre todo en el Golfo Pérsico. Esta estrategia ha fracasado. No hay más que fijarse en Arabia Saudí, que cuenta con la protección de EE.UU. pero al mismo tiempo, en los 90, se dedicó a exportar la ideología radical islamista que ha ayudado a la proliferación de Al Qaeda y el Estado Islámico.

Señala también que EE.UU. no estuvo cruzado de brazos en los 90. ¿Por qué es importante resaltarlo?

Porque la gente ha olvidado la predilección por el intervencionismo armado del Gobierno Clinton, que intensificó la intervención en Somalia, y lanzó las de Bosnia, Kosovo, atacó Sudán y Afganistán con misiles crucero y bombardeó reiteradamente a Irak.

Entonces, ¿qué cambia con el 11-S?

Bush eliminó cualquier freno, y se lanzó a invadir países, derrocar regímenes y rehacer naciones de acuerdo con los intereses estadounidenses. Lo intentó con Afganistán e Irak. Si lo hubiera logrado, el proyecto habría continuado para incluir a otros países. Pero nunca pasó de Irak y Afganistán.

Han pasado casi cuarenta años desde la promulgación de la Doctrina Carter, y EE.UU. está intensificando la guerra de Irak, nunca se fue de Afganistán, y ahora está presente en Yemen, entre otros lugares. ¿Cómo termina esta historia?

Es imposible saberlo. He escrito la historia de una guerra que sigue en marcha. Es imposible vislumbrar el final de la intervención militar estodounidense en la región. En mi opinión, no cabe esperar ningún resultado positivo. Estamos dando palos de ciego.

¿Qué tendría que ocurrir para que los EE.UU. se conviertan en una fuerza de paz en Oriente Medio?

En primer lugar, reconocer que la militarización de la política estadounidense que empezó en 1980 ha fracasado. El fracaso es irreversible. Y por eso mismo, los políticos deben empezar a pensar en métodos para lograr la estabilidad que no conlleven bombardear a otros pueblos. Es el reto del estadista creativo, que creo que debe empezar por aceptar que los países de la región deberán resolver sus propios problemas. Los de fuera no pueden hacerlo. ¿Cómo conseguimos que los países de la región acepten eso y colaboren entre sí en defensa de sus propios intereses? Es difícil, pero es lo que deberíamos estar intentando hacer.

AUTOR

Álvaro Guzmán Bastida

Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

*Fuente: CTXT


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