Fidel, tu honda es la David y ya está en millones de manos

Ponencia en homenaje a Fidel Castro
Lima, 2 de agosto 2013

He recibido con sorpresa y alegría la invitación a hablar en este homenaje a Fidel Castro. Lógicamente, me pregunté qué podía decir yo sobre la vida, acciones y pensamientos de Fidel, que no sobrara, estando al lado de un cuadro como la embajadora de Cuba en Perú cuya formación política y conocimientos sobre Fidel presumo sin temor a equivocarme son muy superiores a los míos. Razonamientos similares valen para la autora de una de las autobiografías conversadas de Fidel más completas que se hayan hecho, que también nos acompaña.

Hace mucho que no leía y no reflexionaba sobre Fidel, y hubo épocas en mi vida que lo hice abundante e intensamente. Y esta invitación me ha hecho reflexionar y darme cuenta que Fidel es una especie de compañero y maestro, al que nunca conocí personalmente, pero que ha estado siempre cruzando en mi vida y en la de generaciones enteras de militantes patriotas y socialistas latinoamericanos. No es una figura, es algo muy real este transitar de Fidel por nuestra vida, siempre importante, siempre formador, alguna vez discrepante por cierto, como es entre compañeros. Por eso, esta invitación me ha resultado como un nuevo cruce más de Fidel en mi biografía, uno de esos “círculos del destino que se cierran” de los que hablan los pueblos mayas.

Soy “hijo”, en sentido figurado, de la dictadura de Pinochet en Chile, nacido y criado en un país bajo ocupación militar, donde los partidos políticos estaban prohibidos y portar ciertos libros o cierta música era un delito, literalmente. No escuché canciones críticas en español hasta que fui adolescente y no supe de elecciones hasta que fui adulto. En ese mundo, hecho a imagen y semejanza de Pinochet, fui formado como hijo de una familia humilde sin experiencia política. Tuve que aprender obligatoriamente los himnos de las diferentes fuerzas armadas y policiales en el colegio, y algunos versos y entonaciones llegaron a gustarme auténticamente. En ese mundo, Fidel Castro era una especie de figura vaga, pero malévola, que había querido dominar el país y había contribuido a llevarlo a la ruina de la que lo salvaron los militares.

A inicios de los años ochenta el pueblo chileno, tras una década de aplastamiento inmisericorde, se levantó en protestas masivas. Muy rápidamente, casi en cuestión de meses, yo y cientos de miles de mi generación, nos politizamos. Vertiginosamente consumimos los libros y la música prohibida, desenterramos la memoria robada y mentida. Literalmente, nos volvimos otros. La aguda crisis de miseria y la salvaje represión criminal contra nuestro pueblo, nos hizo madurar aprisa, violentamente. Muchos compañeros y compañeras de mi generación, que asumieron la primera línea en la lucha popular fueron cobardemente asesinados siendo muy jóvenes, a veces apenas unos muchachos y muchachas. En esa lucha y en esa maduración, Fidel reapareció, esta vez como maestro, como ejemplo, como líder, en muchos libros y en vídeos. Cuba, se transformó en referencia obligada, indiscutida. Su solidaridad incondicional con el drama y el combate desigual del pueblo chileno no tuvo límites ni cálculos y no decepcionó ni una sola vez; algo que no podemos decir de otros países muchos más ricos y supuestamente más democráticos.

En esa larga época, que recorre las décadas del ochenta y el noventa del siglo pasado, recuerdo con toda claridad cómo fue creciendo para mí y mi generación la figura intelectual y ética de Fidel, como se fue ganando genuinamente un lugar de admiración.

Hay que recordar que no solo éramos hijos de la dictadura sino de esa época triste y sin brillo del predominio neoliberal, de caída del denominado “socialismo real” de los países del este, en que pseudos intelectuales latinoamericanos, bien rentados por los poderes fácticos, nos envenenaban con la celebración del capitalismo, el teórico, no el real, como sinónimo de libertad; y con la falsa idea de que para ser“objetivo”, para ser “libre”, para ser “crítico”, no se debe reconocer a las grandes personas y sus luchas y se debe asumir que todos y todas son siempre corruptos e interesados. No fue fácil superar esas trampas ideológicas y éticas, y en ello Fidel jugó un papel importante. Fue parte de mi aprendizaje de que toda obra y toda lucha humana es necesariamente imperfecta, tiene errores, y es válido y aún necesario señalarlos, pero que hay obras y luchas que son justas y otras que son injustas y esto es lo crucial y lo decisivo.

Fidel ha sido maestro y ejemplo, no sólo como autor de monumentos del pensamiento, ya clásicos y de una fuerza ética interminable, como la Segunda Declaración de la Habana o el Discurso por la caída del Che. Sino por innumerables pero importantes detalles que íbamos descubriendo, nos sorprendían, nos formaban más integralmente y alimentaban nuestra admiración. Fueron momentos que nos ayudaron a crecer en nuestra formación y ahora son recuerdos que tengo muy vívidos y comparto algunos con ustedes.

En ocasión de la muerte del Che, por ejemplo, Haydée Santamaría, compañera de los guerrilleros desde los primeros tiempos, escribe al Che caído y cuenta como todos se preguntaban que rango póstumo le daría Fidel al guerrillero heroico, todos los grados parecían pocos, chicos, pero Fidel como siempre encontró los verdaderos, ascendió al Che al grado póstumo de “artista”. Conocer y discutir esa carta fue una de las primeras veces en que aprendimos que, intelectualmente, el amor y la belleza pueden y deben ser inseparables complementos de la verdad y la justicia.

La misma famosa carta de despedida del Che, la habíamos leído y estudiado muchas veces, pero en algún momento reparamos en que por ahí, al pasar, le decía el Che a Fidel: “Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario”. Venía a confirmarnos que las confianzas y los liderazgos se construyen y se mantienen en el tiempo, son necesariamente un proceso, deben ganarse permanentemente en la práctica y no pueden decretarse ni nacen instantáneamente. Pero además, sabíamos porque lo habíamos estudiado mucho, que el Che era “jodido”, tan exigente como auto exigente, una personalidad fuerte, cuyo grado de consecuencia y capacidad hacía objetivamente difícil que reconociera otro liderazgo; y entonces caímos en la cuenta de qué clase de líder debía ser Fidel para que el Che, que era un gigante ético e intelectual, le hiciera semejante reconocimiento público de confianza y liderazgo.

En otras ocasiones encontramos pistas para explicarnos ese liderazgo de Fidel que le reconocía el Che. Por ejemplo, en una entrevista en vídeo a Fidel sobre la experiencia guerrillera del Che en Bolivia. Fidel, junto con destacar la epopeya militar que significó, apuntó algunas insuficiencias. Analizando una emboscada en que el Che y sus hombres caen estando de día, señalaba que eso era por el carácter del Che, que ya en mucha desventaja, enfrentaba el peligro haciéndose más temerario; “esa misma emboscada”, decía textualmente Fidel, “de noche no le hubiera causado gran daño”. Nosotros dijimos, “Anda! Mira lo que es Fidel, ha”. Eso nos formó y nos impresionó, discutimos aquel vídeo y nos hizo crecer, nos enseñó la necesidad de dominar al máximo las emociones en medio de la lucha.

Otro elemento similar lo descubrimos al conocer la experiencia del Che, bajo el nombre de guerra de “Tatu”, en el Congo, África, antes de partir finalmente a Bolivia. Aunque el propio Che había informado que las condiciones de los compañeros congoleños eran tan deficientes que había que retirar transitoriamente a los internacionalistas cubanos, él mismo se resistía a retirarse a pesar de estar cercado y casi sin posibilidades. Sólo un mensaje directo de Fidel recordándole que un repliegue táctico no era una derrota ni una deshonra, lo convence de salir para alivio de sus compañeros.

Y es que, en reciprocidad de ese liderazgo tan grande que el Che le reconocía a Fidel, éste también le prodigaba una relación especial al Che, propia de la amistad sincera entre gigantes de la ética y la acción. Así lo descubrimos, debatimos y reflexionamos en una ocasión en torno a una entrevista de Fidel. Ante la bajeza de la propaganda imperial que pretendía diseminar supuestas discrepancias y traiciones entre ambos y que habrían llevado a “abandonar” al Che en Bolivia, Fidel responde relatando como el Che puso como condición de su incorporación, al inicio de la lucha guerrillera en Cuba, que una vez triunfante esa lucha se le permitiera ir a combatir en otras tierras del mundo. Fidel cuenta que el Che hizo valer ese compromiso para ir a Bolivia, a pesar de que Fidel le aconsejaba más tiempo y preparación. En una frase reveladora del respeto mutuo que se profesaban, Fidel decía: “Lo acompañamos lo mejor que pudimos en esa lucha; no podíamos ordenarle que no la emprendiera, aunque estuviéramos en desacuerdo, porque no era ese el tipo de relación que teníamos”.

Tras inmensos sacrificios y luchas del pueblo chileno, la democracia, al menos formalmente, que no es poca cosa, llegó a Chile. En ese camino, pude conocer luchas y esfuerzos de otros pueblos de Nuestra América. Confirmé en todas partes que Fidel, como Bolívar, es compañero del camino en todo el continente.

Cayó el socialismo real y Cuba atravesó, en transitoria y heroica soledad, uno de los peores momentos de la larga agresión política y económica del poder fáctico, ilegítimo e ilegal, norteamericano. Las condiciones tan adversas y el coraje del pueblo cubano en ese “período especial” nunca serán suficientemente aquilatados. Yo personalmente y con dolor llegué a creer que era posible la derrota transitoria de la revolución, que era una posibilidad objetiva. Fidel, una vez más, emergió como un gigante. Recuerdo una vez que un país europeo, ya ni recuerdo que país, creo que España u otro, pretendió sacar ventaja del momento tan crítico del pueblo cubano y suspendió una ayuda humanitaria que daba a Cuba para presionar decisiones del gobierno cubano. Fidel respondió públicamente que “no sólo se suspendía sino que se anulaba esa y cualquier ayuda que pretendiera comprar la soberanía de Cuba”. Cuando parecía que ya no era posible, después de tanto tiempo y tantas cosas, Fidel volvió a emocionarme hasta las lágrimas y a hacerme sentir orgulloso, aún en medio de las peores circunstancias, de ser latinoamericano.

Finalmente, nuestros pueblos superaron la larga noche de predominio neoliberal y numerosas luchas y gobiernos populares y progresistas surgieron y surgen para disputar la hegemonía en el continente. Cuba y Fidel estuvieron y están siempre al lado de todos ellos, sin excepción. Rompiendo los mandatos extranjeros, Fidel y Cuba volvieron a ser parte de los procesos continentales. Fidel recorrió todos los países y, ante la impotencia de sus enemigos, fue y ha sido siempre recibido, públicamente, por muchedumbres cariñosas y reconocidas. Yo comprendí entonces que, más allá de las generaciones de militantes patriotas y socialistas, son los pueblos mismos los que reconocen la talla de gigante de Fidel. En mi opinión, y así lo ha dicho el mismo Fidel, no desean ser como Cuba o seguir su camino de liberación, cada pueblo construye su propio camino. Sino que saben que Fidel y el pueblo cubano simbolizan objetivamente la dignidad y la soberanía frente a quienes con su prepotencia se creen literalmente dueños del mundo y de los pueblos.

Por eso, desde aquí, me permito sencillamente enviar un mensaje, modesto, casi anónimo, al comandante Fidel Castro, a nombre de mi generación. Gracias, comandante compañero, por acompañarnos todo el camino, por ser maestro de la dignidad, la solidaridad y la inteligencia. Tu honda es la de David y ya está en millones de manos.

Artículo escrito por su autor con motivo de un «Homenaje a Fidel Castro», organizado por Todas Las Voces en Lima, Perú, 2 de agosto de 2013

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