Donald Trump, el yanqui idiota

Este candidato a la presidencia de Estados Unidos representa al sector más recalcitrante,  xenófobo y racista de la sociedad norteamericana: los “blancos” de la clase media, analfabetos políticos y discapacitados socialmente, son los habitantes de la América profunda, es decir, el yanqui idiota, que tan acertadamente pintara un escritor de los años 50. Esta clase de espécimen repugnante fue la  fuente de reclutamiento del Ku klux Klan – organización racista norteamericana, surgida durante la guerra civil, de 1878 -. Barack Obama, muy hábilmente, promoviendo una campaña de terror, achaca a Trump la cercanía con la organización de las tres K.

La democracia norteamericana, si es que la podemos llamar así, está podrida, pues la mayoría de la opinión pública considera corruptos y escasos de ideas,  tanto  a  Clinton como a Trump, y que, durante la campaña presidencial se han dedicado a lanzarse mutuas acusaciones, incluso de índole personal, en vez de defender ideas y programas que muestren un proyecto de país.

El bipartidismo y la democracia formal están agotadas no sólo en Estados Unidos, sino también en la mayoría de los países del mundo. La habilidad de Trump ha consistido en la habilidad para transmitir, por medio de titulares simples, para gente atrasada mental, mensajes como por ejemplo, “la decadencia norteamericana se debe a la población de inmigrantes, en su mayoría, según él, delincuentes, atorrantes, ignorantes y ladrones y que, en consecuencia, es necesario expulsar a estos apestosos e indeseables y, además construir un muro que impida el acceso de esta nueva peste negra”.

Muy hábilmente, Trump ha logrado identificar a Hillary Clinton con todo lo podrido que existe en la sociedad norteamericana: los sinvergüenzas de Wall Street, cuyos paquetes malos llevaron a la crisis de 2008 – y que aún no termina -; a los políticos de Washington, inútiles, corruptos y fatuos; a los partidos políticos, que no representan a nadie, en fin todo lo que significa política y políticos para él.

Hillary Clinton, por su parte, cuenta con mala fama debido entre  otros cargos que le imputa el FBI, como el enriquecimiento ilícito de la Fundación que dirige su marido, el ex Presidente Bill Clinton y, sobre todo, los mails, cuyo contenido lo encuentra cada vez más grave y delictual. Estos correos, ilegalmente enviados desde su computador personal, estarían demostrando que la otrora Secretaria de Estado había tenido un rol fundamental en la persecución y asesinato de la familia Gadafi, como también el inicio y desarrollo de la guerra  civil en Siria y, en general, el apoyo a los movimientos terroristas musulmanes.

Donald Trump ha fracasado en su campaña para probar que el Presidente Obama no posee la nacional norteamericana, sin embargo, dirige sus certeros ataques culpándolo de la decadencia de Estados Unidos durante su mandato y, además, lo acusa de injerencia indebida en la actual campaña presidencial. Su mujer, Michelle Obama, ha surgido como una gran líder, y que apoya con vehemencia  a la candidata Clinton, perfilándose como una futura candidata, sobre todo si la desprestigiada candidata demócrata  fracasa.

Trump, por su parte, sigue explotando la agusanada mente del norteamericano idiota, xenófobo e ignorante, resucitando la vieja idea de Estados Unidos como el elegido de Dios y que, por consiguiente, debe aislarse del resto de los mortales para seguir conservado su pureza, la vieja estupidez puritana, que fue explotada por los ex Presidentes Woodrow Wilson y Franklin Delano Roosevelt, quienes a comienzos de la primera y segunda guerra mundial se negaron a participar con los aliados en acciones bélicas contra Alemania.

El americano común nacionalista adora el uso de  las armas para defender su familia de la delincuencia, por consiguiente, es partidario de la cuarta enmienda, que ha convertido a las ciudades del país en verdaderos antros de asesinatos y masacres, en manos de locos y policías armados, especialmente contra los afroamericanos y los inmigrantes latinos.

A consecuencia de la falta de carisma, sumada a las acusaciones de delitos por parte de FBI en contra de Hillary Clinton, las encuestas señalan que la elección del martes 8 de noviembre de 2016 estaría, prácticamente, en un empate técnico, y no es muy difícil que Trump no sólo aventaje a Clinton en votos y Estados, sino que también logre la mayoría del Senado y de la Cámara de Representantes.

Como en el caso del triunfo de George W. Bush, el estado de Florida sería definitorio en esta elección para definir cuál de los dos candidatos logra la mayoría en el voto de los Estados. En el sistema indirecto norteamericano, en que no son los sufragios de todos los ciudadanos los que deciden quién será el próximo Presidente de los Estados Unidos, lo más posible es Trump, de perder la elección, proceda de igual forma que el candidato demócrata Al Gore, quien reclamó ante los tribunales por su derrota, pretextando una elección fraudulenta que, finalmente, fue decidida por el tribunal supremo a favor de Bush.

De triunfar Donald Trump, el imperio yanqui llegaría al máximo de su decadencia, desatando una crisis económico-política  mundial e instalaría el reinado del yanqui idiota. Afortunadamente, todos los imperios tienen que morir alguna vez, como ocurrió, con el romano, el británico, el japonés, y otros.

Lo que caracteriza el derrumbe de los imperios es la rebelión de los idiotas, al    mando de emperadores degenerados y decadentes. Sólo faltaría, como ocurrió con Roma, comandada por una diarquía de mandatarios que, en el caso de Estados Unidos, serían Trump y Clinton (cuál de ellos más ladrón). Yanquis de mierda  váyanse al diablo

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

05/11/2016

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    La última frase es para el bronce.