Michelle Bachelet: De santa a cabeza de turco

26 octubre 2016
Para que el femicidio político sea completo, han mandatado a una mujer, otrora cercana, hoy ajena, quien ejecuta el disparo de Gutenberg Martínez y compañía cristiana. Se trata de Carolina Goic, que llegó de aliada a la presidencia de la DC y termina desenterrando el cuerpo de Bachelet para someterla a un nuevo juicio. Michelle Bachelet ya no puede bendecir a sus fieles, porque ya no tiene fieles.

Formoso I fue desenterrado en el siglo IX y fue juzgado ya muerto, para declararlo culpable en cuerpo (o huesos) presente. Había sido Papa hasta pocos meses antes y sus enemigos eran vengativos y poderosos, además de suertudos, pues entre el Papa que lo juzgó y Formoso había otro, afín a este último y sin ningún interés en juzgarlo por un asunto burocrático, pero justo ese pacífico Papa murió convenientemente a los 15 días de asumir.

Y es que en el Vaticano tienen mucha suerte los poderosos, como en todo el mundo. Y muy poca los débiles. No en vano, el infortunio hace que sean nada menos que diez los papas que han muerto antes de un mes y varias decenas los que duraron pocos meses. Y es que ser Papa, con cuidados permanentes y todo, es un deporte de alto riesgo. Los seguros de vida, de hecho, no se venden en el Vaticano.

Pero lo cierto es que lo importante para esta columna radica en la simple sentencia que confirma el triste destino de los débiles. El sentido común suele señalar que los débiles serán derrotados. Lo que no dice, porque el sentido común es muy de pobre, es que los derrotados serán humillados, ofendidos y, por si fuera poco, que luego de la derrota pasarán de ser agredidos a ser considerados agresores, convirtiéndose en los culpables de los males más graves y, al final del camino y Dios y su moral mediantes, serán culpables de todos los males.

Napoleón decía que la diferencia entre el héroe y el traidor era haber ganado la batalla. Por eso, cuando se busca un cabeza de turco, un chivo expiatorio, es decir, cuando se intenta imputar a alguien toda la responsabilidad de un evento, del cual o no es culpable o solo lo es en parte, se busca ante todo a débiles, cuyos argumentos suenen absurdos, tristes, lastimosos, graciosamente irrelevantes o patéticamente estúpidos.

La temporada de producción de cabezas de turco ha comenzado.

Dada la crisis de la Nueva Mayoría, es decisivo que haya un culpable, un monstruoso engendro que, por su maldad, su estupidez, su ceguera, su incompetencia (o lo que sea), todo lo explique. Y como están en los tiempos, equidad de género mediante, nada mejor que una cabeza de turca.

Así es la igualdad. Y hoy todos los pecados se concentran en un nombre: Michelle Bachelet.

Desde mis análisis no he sido el mayor defensor de ella, ni mucho menos. La serie de columnas que he escrito sobre sus errores y deficiencias acreditan mi pésima opinión sobre su política, tanto en lo formal como en lo sustantivo. Sin embargo, resulta evidente que no es la culpable de la crisis de la Nueva Mayoría.

En la investigación que redundó en mi libro La Nueva Mayoría y el fantasma de la Concertación, se señaló, en 2014, la irremediable evolución de la nueva coalición hasta su transformación en exactamente lo mismo que la antigua (reformismo limitado, neoliberalismo con rostro humano, diría Atria). En dicha obra se puede apreciar de modo indubitable el diseño realizado desde los sectores conservadores de la coalición para consolidar una operación donde Bachelet ponía los votos y los conservadores la música. El diseño no lo bosquejaré acá, el libro lo demuestra de modo –a mi juicio– indubitable y la obra está disponible enwww.cisec.cl, además de las librerías.

Es decir, hubo un doble diseño de gatopardismo: Michelle Bachelet y la G90 pensaron en ofrecer reformas moderadas y vestirlas de estructurales, mientras los conservadores de su coalición decidieron convertir las reformas moderadas en nada. ¿La tesis central? El malestar social era fiebre que se quitaría en la medida que la ‘gente’ moderara sus expectativas. Ya no se ofrecía que ganara la gente sino solo que aceptara.

Junto a José Miguel Ahumada, en un libro titulado Economía política del fracaso (2015), diferenciamos entre ‘fracaso’ y ‘derrota’. La Concertación no necesitó ser derrotada, pues fracasó. Es decir, su proyecto sencillamente estaba anulado, ausente. Lo que llenó a la coalición fue un proyecto ajeno y, a ratos, el vacío propio. Para que haya derrota, en cambio, sí se requiere agencialidad, es decir, alguien que destruya lo que se pretende hacer.

La Nueva Mayoría nace con un proyecto, que por supuesto es equívoco, ambivalente, histérico, mediocre, en fin, pero un proyecto, cuyo rasgo central es que intentaba realizar algo inaceptable en la estructura elitaria transicional: ponía al Gobierno y la política a comandar un país antes comandado desde fuera de la política (el empresariado).

En ese sentido, al proyecto de Bachelet hubo que derrotarlo, no por ambicioso, no por socialista, sino por el temor a una posible consecuencia: que se abra la puerta de la política y entonces sí llegue la ambición o el socialismo, que para el Chile actual son lo mismo y que resulta intolerable desde la derecha dura hasta… el socialismo.

Michelle Bachelet era nombre santo. Mientras el sistema político en 2013 tenía a todos los líderes con puntajes de aprobación mediocres, Bachelet rozaba el cielo. Mientras el sistema político flaqueaba por ilegitimidad de sus coaliciones, el arribo de Bachelet y su proyecto de reformas aumentó la aprobación de ambas coaliciones de modo sistemático hasta la crisis conjunta Penta/SQM/Caval. Mientras Bachelet estuvo con su proyecto de ‘reformas estructurales’ vivo, las crisis del orden político se mantuvieron contenidas (esto se puede demostrar con datos, bastará la paciencia de unos días). Lo concreto es que Bachelet subvencionó a los conservadores, al partido del orden.

Somerset Maugham hace decir a un personaje en La luna y seis peniques que hay personas que lo único que no te pueden perdonar son los favores que les has procurado. Los conservadores nunca aceptan deber algo a alguien concreto, solo aceptan la deuda con Dios, abstracto y de su propiedad a la vez. Por eso, Bachelet que esperó que la felicitaran, terminó asediada por los que salvó. Y cuando parecía que ya no se podía ir más lejos, la decisión fue simple: no solo debe ella (y su proyecto) morir políticamente, también debe ser la culpable de su muerte y de todas las muertes existentes en un escenario de crisis y abstención.

Al Papa Formoso, que ya citamos, a nueve meses de muerto le montaron el denominado «Sínodo del cadáver», en que se le vistió de sus adornos papales, se le sentó en la silla de Pedro y se le condenó, entre otras cosas, a perder sus nobles vestiduras, para quedar en harapos de pobre. Por supuesto, fueron más lejos, que el pueblo a veces quiere leña de árbol caído o de político muerto: le cortaron tres dedos para que no pudiera bendecir (aunque estaba muerto). Y luego lo amarraron a un caballo (pero no arriba, sino atrás) y lo arrastraron por la plaza, ante la risa de los habitantes. Y luego lo enterraron, castigado y humillado. Pero luego hubo otras causas para formalizarlo. Y lo desenterraron de nuevo, lo desnudaron y volvieron a pasearlo por la plaza, con cada vez menos trozos de su santo cuerpo. Hay quienes dicen que esto se repitió muchas veces, hay quienes dicen que solo dos. Lo cierto es que al final lo arrojaron a un río y al carajo con él, que ya había servido bastante de cabeza de turco.

Terminada la elección del domingo, a Michelle la convirtieron en el ponderado Formoso. El sistema político se afirmó en Bachelet y, cuando ella cayó, la convirtió en la culpable de todo.

Ahora la coalición de Gobierno quiere que Bachelet asuma las culpas de todo. Y que, luego de asumirlo, cosa que en su infinita ingenuidad tiende a hacer, pueda ser nuevamente culpable y castigable. El Gobierno está muerto y debe ser enterrado junto con todos los males en la misma tumba. Y la culpa debe recaer en un solo sujeto, en la síntesis perfecta de todos los males.

Michel Foucault decía que la construcción del ‘monstruo’ social (el violador, el criminal, el raro) permite la operación de deshumanizar y despolitizar la problemática: ha surgido un ser que, en su maldita extravagancia, todo lo ha destruido. Y así el orden social sigue igual. Hoy hay una nueva coalición, donde confluyen de nuevo la Nueva Mayoría y la derecha. Pero esa confluencia, que antes fue gubernamental, ahora es antigubernamental.

La Nueva Mayoría debe demostrar que Michelle Bachelet es la culpable de su derrota, que ella es en algún sentido el monstruo foucaultiano, por su falta de tino, por su incompetencia, por lo que sea. Y ello redundará en que no son los partidos los culpables, que no es la coalición, que no es el sistema político. Hay que separarse del Gobierno, abandonar como ratas el palacio naufragante. Ya no es tiempo de afirmarse en La Moneda, es tiempo de hundirla y salvarse, para luego acusar a los muertos del horror vivido.

La Nueva Mayoría debe demostrar que Michelle Bachelet es la culpable de su derrota, que ella es en algún sentido el monstruo foucaultiano, por su falta de tino, por su incompetencia, por lo que sea. Y ello redundará en que no son los partidos los culpables, que no es la coalición, que no es el sistema político. Hay que separarse del Gobierno, abandonar como ratas el palacio naufragante. Ya no es tiempo de afirmarse en La Moneda, es tiempo de hundirla y salvarse, para luego acusar a los muertos del horror vivido.

Y mientras, la derecha emprendedora ve una oportunidad y pretende destruir en la misma jugada todo reformismo, todo proyecto de transformación. Mira el escenario sanguinolento y acusa al Gobierno de fracasar por ambicioso y socialista, por ajeno a la realidad del flagrante triunfo conceptual de la economía de mercado y del triunfo electoral (que en rigor es derrota de todos) del fin de semana.

Michelle Bachelet pasó de santa a cabeza de turco. Y no hay quien la salve.

Para que el femicidio político sea completo, han mandatado a una mujer, otrora cercana, hoy ajena, quien ejecuta el disparo de Gutenberg Martínez y compañía cristiana. Se trata de Carolina Goic, que llegó de aliada a la presidencia de la DC y termina desenterrando el cuerpo de Bachelet para someterla a un nuevo juicio. Michelle Bachelet ya no puede bendecir a sus fieles, porque ya no tiene fieles.

Se dice que ella tiene el 15%, pero el sistema político tiene el 30% y eso no se dice. Pero ella es la culpable… de todo. Y claro que lo es. En política ser derrotado es lo mismo que tener la culpa de todo. Y Bachelet hizo carne la palabra derrota, pero no entendió una parte de la doctrina de toda derrota: luego de reconocerla, debes asumir la humillación y el castigo por los males tuyos y de todos tus compañeros.

Eso es ser cabeza de turco, práctica medieval de poner una cabeza de un turco asesinado en un poste para que, cual tótem invertido, esa cabeza sangrante representara todos los males que acaecían a los cristianos durante las cruzadas. Y es que echarle la culpa al empedrado es de pobre. Los verdaderos líderes necesitan la cabeza de un turco. Y como está de igualitario el mundo, tiene que ser una turca la que sea condenada. Y la denuncia también debe encabezarla una mujer, para que no se vea patriarcal… y ojalá que sea cercana a la turca descabezada, para que sea una señal suficiente del horror de la derrota.

El papa Formoso ya lo enseñó con su terrible historia: se puede estar muerto y seguir siendo culpable de la vida de los vivos.

Fuente: El Mostrador

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