Zeus, el gran amigo de los enfermos y ancianos

Sólo el que no tenga miedo a las respuestas
puede preguntar todo lo que quiera
 (Proverbio)

Cuando el ser humano pierde la juventud, la fuerza y la salud, y cae en la vejez y la enfermedad, se da cuenta de una de las verdades más terribles de la vida, y sufre el peor de los castigos: el abandono y desprecio de la sociedad, que lo considera un estorbo, una carga inútil que hay que sobrellevar –“en nuestra civilización”, con resignación  cristiana.

Aquí se hace cierto el proverbio que dice: la juventud es locura; la madurez, lucha y la vejez, lamento. Esa soledad, que sólo entienden la que la padecen, afecta a una gran mayoría de los ancianos que, de la noche a la mañana, pierden todos sus atractivos y se convierten en siluetas invisibles. Siempre hay algunas excepciones, claro. Los que en vida fueron invitados al banquete de los dioses: Pablo Picasso, Albert Einstein, Anaïs Nin, etc.

Hay muchos enfermos y ancianos, -sobre todo los que viven en la pobreza y no pueden hallar alivio en el arte, la adulación de los presuntos herederos, la música clásica o los vinos de lujo- que encuentran un bálsamo hablando con Dios, el Gran Psiquiatra de ojo triangular que consuela y apuntala nuestro derrumbe existencial, antes de darnos el abrazo que todos esperamos desde que nos expulsaron al mundo en forma de bebés.

A pesar de que profeso, al igual que Stephen Hawking (perdonad mi insolencia, propia de Tersites[1]), lo que el físico denomina “una religión para ateos inteligentes”, amo al Dios de los que han sido apartados de la vida, de esos miserables a los que el mundo ha cerrado todas las puertas.

En la vejez todos los dioses dan consuelo y es un crimen asesinarlos. He visto a una anciana centenaria, que sólo era huesos y piel, adorando a un árbol en una calle de Hanoi (Vietnam); a seres arrugados de piernas temblorosas inclinándose ante viejas y nuevas divinidades, algunas prehistóricas, y he meditado acerca de los tibetanos que dejan sus muertos a la intemperie para que los buitres coman su carne y la lleven al cielo.

Todo eso lo he respetado, pero a veces regreso a la rebeldía, y, cuando la sangre de la juventud vuelve a correr por mis venas, retorno a la sátira, a la burla, y, cuando leo que “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”, me pregunto si pensarán lo mismo destacadas lumbreras patrias como Mariano Rajoy o Miquel Iceta, por citar dos almas al azar, una del PP y otra del PSOE, empeñadas en salvar Hispania de las hordas bárbaras.

Terminaré con un texto de hace cuatro mil años y que trata de la correspondencia entre el egipcio Sinuhé y el faraón Sesostris, el tema va del destierro y la vejez.  Sinuhé, ya viejo, pide al faraón que le deje regresar a Egipto, pues desea morir viendo El Nilo. Veamos la respuesta del rey:

“Ven a Egipto
para que veas la tierra donde has nacido
ahora que has empezado a envejecer.
Ahora que has perdido
tu capacidad de amar y ser amado
tendrás el embalsamamiento
de los hombres rectos de espíritu
para que goces de la eternidad….”[2]

(Buena literatura ¡Eh! sobre el destino de los ancianos que el poder o el dinero les permite cambiar de canal con dignidad. Sobre la muerte de los miserables- como comprenderéis-, no se pueden escribir palabras bellas).

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para recordarnos al filósofo chino Lao Tsé: Las palabras hermosas no dicen la verdad, la verdad no se puede decir con palabras hermosas.

Javier Cortines
http://www.nilo-homerico.es/

 

Notas:

[1] El más feo de los griegos que fueron a combatir a Troya y cantaba las cuarenta a todos los reyes.

[2] Fragmento del Papiro de Berlín 3022 (Colección Athanasi). Este manuscrito data de la Dinastía XII (1980-1790 a.C).

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