España: El largo interregno electoral

Puestos a especular, quizá el resultado del Brexit haya influido en el resultado de las elecciones celebradas en España el 26 de junio, tres días después del referéndum británico.  Puede que también incidiera el paradójico ascenso de Trump y la extrema derecha en Estados Unidos en los últimos meses, que volvía a dar alas a los valores más recalcitrantes.  Y puede que los últimos atentados del islamismo extremista en Europa y el incesante flujo de refugiados de la guerra en Oriente Medio también hayan aportado votos al PP en las segundas elecciones, parte del voto del miedo. Puede que los altibajos de la bolsa también fueran otros tantos sutiles mensajes que las grandes empresas y el Ibex mandaban a la clase política. Es imposible contar las variantes que pueden haber influido para que el PP, contra todo pronóstico, obtuviera 14 diputados más en las segundas elecciones y saliera afirmado frente a las aspiraciones alcistas de Ciudadanos.

Hace unos seis meses (06/01/16) comentábamos en estas páginas las perspectivas del panorama electoral español después de las primeras elecciones, donde podían cambiar muchas cosas debido a la irrupción de dos fuerzas nuevas en el parlamento, Ciudadanos y Podemos.  Eran las dos fuerzas que, en esos momentos, podían conformar nuevas alianzas y consolidar la orientación derechista del PP o darle a la izquierda una nueva composición para gobernar con una alianza PSOE-Podemos.  Antes de que cualquiera de esas dos fórmulas pudiera concretarse, había que superar innumerables escollos.  La alianza por la izquierda debía contar –además de PSOE y Podemos- con los partidos nacionalistas vascos y catalanes, un escollo casi insalvable ya que todos los partidos mayoritarios habían declarado su oposición cerrada a la deriva soberanista de Convergencia en Cataluña.  Pactar con esos partidos nacionalistas era –y seguirá siendo- un obstáculo mayor porque se rompería el consenso de la política nacional, que es negar todo tipo de declaraciones unilaterales de independencia. Era una de las llamadas “líneas rojas”, que los partidos decían tener para pactar.  Cada partido tenía sus propias líneas rojas, es decir, aquellos puntos en que no podían transar sin arriesgarse a perder franjas importantes de su electorado.  Sin ir más lejos, Podemos no renunciaría al principio del referéndum por la independencia en Cataluña, lo cual, a la hora del acuerdo con el PSOE, le garantizaba la férrea oposición –ya se comentaba- de los viejos patriarcas –“barones”- del PSOE, que le recomendaban al joven secretario general Pedro Sánchez hacer oídos sordos a esos cantos de sirenas izquierdistas y poner rumbo hacia la derecha del mapa.  Quizá respondiendo a esa presión, el PSOE quiso pactar con Ciudadanos, pero entonces el líder de Podemos, Pablo Iglesias, hizo saber inmediatamente a Sánchez que pediría el divorcio cuando ni siquiera se había consumado la boda entre los dos grandes partidos de la izquierda.

A Ciudadanos se le fue acabando el espacio para maniobrar.  Una vez destapado su pacto semisecreto con Sánchez, ya no tuvieron efecto alguno las presiones que Albert Rivera ejercía veladamente sobre el PP para que Mariano Rajoy abandonara toda aspiración a continuar como presidente, para que se destaparan las redes de corrupción del partido en el poder y se procediera a la correspondiente limpieza, y para que se cesara al Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, por su supuesta participación en investigaciones secretas emprendidas para desprestigiar a partidos rivales.  El PP nunca se tomó en serio esas presiones que le exigían depurar sus filas y acabar con la corrupción.

Se constata, por lo tanto, que una de las afirmaciones hechas en el artículo publicado hace seis meses era errada, a saber la afirmación de que el PP sufriría una constante erosión de votantes conforme se fueran conociendo los casos de corrupción en que sus dirigentes estaban supuestamente implicados.  Como si la opinión pública hubiera acabado cansada o saturada de tanta corrupción, ésta ha pasado a ser un ingrediente típico del menú de la política española y ya no llama la atención a nadie salvo a jueces y periodistas.  El PP no sólo no sufrió erosión alguna sino que incluso logró recuperarse y volvió a ganar en la Comunidad Valenciana, donde buena parte de sus dirigentes están en prisión preventiva o esperando juicio, investigados por diferentes corruptelas.   Ganó igualmente en Madrid, la comunidad donde probablemente haya más alcaldes y ediles del PP investigados por prácticas depredadoras.  Son resultados que contradicen el discurso de Ciudadanos de que los españoles quieren limpiar la casa de la política.  Al contrario, hay un principio no dicho de la política en España según el cual nadie está dispuesto a renunciar, al llegar al poder, a las prácticas depredadoras y a enriquecerse en un Estado donde los mecanismos de transparencia y rendición de cuentas, a pesar de existir en el papel, sencillamente no funcionan, o funcionan como tapaderas del expolio.  Puede que la corrupción haya “pasado de moda” como fuente de indignación de los ciudadanos, pero sigue teniendo importancia si se considera que equivale al 4% del PIB, suficiente para eliminar gran parte de los brutales recortes hechos en educación y salud, en ciencia y en investigación y desarrollo.

El panorama surgido de estas segundas elecciones es prácticamente igual al anterior.  Hay una diferencia: la presión de los barones socialistas sobre su secretario general, Pedro Sánchez, ha aumentado, y ahora se perfila como un fenómeno que, de no ser bien gestionado desde la dirección del partido, podría crear fisuras o constituir el embrión de futuras escaramuzas que determinarán quién ejerce, efectivamente el liderazgo en el PSOE.  La decisión de este partido de abstenerse o no en la siguiente votación de investidura de Rajoy en el Congreso (si ésta llega a producirse) no será tanto fruto de las decisiones “patrióticas” que todos en la derecha –más los barones- le vienen exigiendo a Sánchez, sino del resultado de esa pugna interna por decidir quién tiene el timón, o la vieja guardia o el difuso y voluble Sánchez.

Entretanto, es relativamente fácil entender por qué Podemos ha tenido resultados tan pobres, contrariamente a lo que pronosticaban casi todas las encuestas.  Su condición de novatos en la arena política se manifestó en diversas ocasiones después de los resultados de las primeras elecciones, en sus aspiraciones a tener determinados cargos ministeriales en un hipotético futuro gobierno de izquierdas, en su concepción de la figura y función de la judicatura en un Estado “progresista”, en su manera de transmitir su mensaje con cierta bisoñada –cuando no manierismo- publicitario, o en la manera de Iglesias o Errejón de definir la política como “sexy” o menos “sexy” (no se sabe en función de qué) y declararse montoneros de corazón, lo cual ha sumido a no pocos simpatizantes que les han votado en una horrible confusión y les ha hecho dudar de la solidez intelectual de sus máximos dirigentes.  Además de tener una figuración estelar en las redes sociales, Podemos sucumbió de manera relativamente rápida a las costumbres, al lenguaje, a las evasivas y doble juego de los partidos y de la política de siempre, y en un partido que parecía nuevo eso se nota muy especialmente.

En un artículo de análisis del actual panorama, cuarenta días después de las segundas elecciones, resulta difícil proyectar posibles soluciones para un futuro próximo, que aparece plagado de otras líneas rojas, menos explícitas pero igual de presentes que las anteriores, en un ambiente caracterizado por una especie de inmovilismo patrocinado por el funcionamiento constitucional.  Y es difícil hacerlo cuando se empieza a escuchar voces que hablan del panorama al que nos enfrentaremos no después de las terceras elecciones sino después de las cuartas.  El interregno electoral español está garantizado, y se parecerá a un largo invierno ruso.

Alberto Magnet
Barcelona 2016

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