¿Debemos permitir el burkini en nuestras playas?

No voy a responder a esa pregunta. Prefiero centrarme en lo gordo, lo trascendental, en aquello que cambió o cambiará el mundo. Para ello debo remontarme al acontecimiento histórico más importante del siglo XX (y posiblemente de los últimos cinco mil años): La revolución de la mujer y su conquista heroica, inconclusa, de los Derechos Humanos, en una pequeña parcela de este planeta de destino incierto.

Todas las conquistas posteriores de las minorías torturadas por las dictaduras monoteístas y los amos del circo, cogieron impulso y vitalidad de los levantamientos de las guerreras que reivindicaron el derecho a reinar en su reino, es decir: en su cuerpo y su mente. Ahí comenzó un paso sangriento hacia la igualdad.

Entiendo que los míticos escultores de la antigua Grecia (nuestra gran madre, ahora despreciada por ser pobre en euros), esculpiesen desnuda a Afrodita, en infinidad de manifestaciones, utilizando modelos reales que paseaban por las calles. ¿Acaso es ofensiva la desnudez y el alma abriéndose en la piel?

Todas las religiones monoteístas han considerado o consideran a la mujer un ser inferior que debe obedecer al hombre. Es por ese motivo que, cada vez que una hembra humana arranca un milímetro de libertad a su cancerbero, aparecen mil eunucos que, o se dedican al teatro (el trágico y el cómico) o se refugian en las iglesias donde todo es posible bajo la sotana, prenda que reivindica el eterno sueño del hombre de llevar faldas.

Muchos machos hociquean enfurecidos cuando las hembras tratan de romper las redes  (el combate de las vanguardias femeninas es especialmente duro en el mundo árabe) y se levantan para cuestionar la supremacía fálica. En la secta católica, la más influyente del planeta,  se identificaba a la mujer bella, valiente, sabia y apasionada, con el diablo.

Esta tradición sobrevive con fuerza en nuestra España (la de las Semanas Santas y las crucifixiones a granel) y está ilustrada con miles de leyendas populares que describen la maldad de los súcubos (ángeles caídos que han adoptado el cuerpo de mujer).

Hablando de este tema, hace unos días una boca me contó una historia que me puso “los pelos de punta”. Más o menos dice así:

Se cuenta en Cuenca, que un horrible día de invierno de la Edad Media, en el que caía un fuerte diluvio acompañado de truenos y relámpagos, un mozo se dirigía con una moza a la Iglesia para unirse en matrimonio. En el  camino, él le pregunta a ella: ¿Qué quieres que haga ahora? La joven mira a su amado y contesta: Que me lleves en brazos. El Romeo de turno levanta a la novia y la traslada en volandas. De repente llega una fuerte racha de viento, levanta la falda de la chica y ¡Ay! En lugar de piernas, aparecen dos patas peludas que terminan en pezuñas. El hombre se da cuenta que está llevando a Lucifer en brazos y lo suelta como si quemara. La maligno, que hasta hace unos segundos era el no va más de la mujer, da un salto descomunal y desaparece, con el rabo entre las piernas, en el oscuro cielo. El seducido se ilumina, da gracias a Dios, y se hace monje.

Sobre el uso del burkini, – y para los que se quedaron con ganas de recibir una respuesta-, un verso de nuestro aedo Luis Eduardo Aute:

No te desnudes todavía, espera un poco más….

 Y otro escrito en el corazón del tiempo, de autor anónimo:

El reloj no se detiene, verás morir a Satanás
Caracolas vendrán, con su perla de azahar
Labios de espuma, te susurrarán:
Contra la libertad, nunca más, nunca más.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano. Esta vez con un pañuelo en cada mano para secarse las lágrimas del dramón político. Si la almeja de Islandia y el tiburón de Croenlandia viven más de cuatro siglos, ¿Cómo no vamos a sobrevivir a Rajoy y al resto de momias que nos gobiernan o intentan gobernarnos?

Javier Cortines
http://www.nilo-homerico.es/

 

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