Crisis de dominación Plutocrática

            José Ortega y Gasset que, sin duda, es uno de los mejores  publicistas de la lengua española, escribió uno de los textos más sugestivos en  la Revista de  Occidente titulado  El tema de  nuestro tiempo. En efecto, cada época tiene un problema central a resolver: después de concluida la Primera Guerra Mundial, el desafío que se enfrentaba era el derrumbe  de la democracia parlamentaria y el conflicto entre los regímenes estalinistas versus el fascismo-nazismo y, como telón de fondo,  se presentaba la crisis de representación y de las instituciones políticas.

En la actualidad vivimos  una nueva crisis de dominación oligárquica que pone en cuestión no sólo la democracia, sometida a los bancos y a las grandes empresas, sino también a todas las instituciones que le son consubstanciales – el sufragio, el régimen político, los partidos políticos, en fin la esencia de la misma política -.

Los tópicos que caracterizan la actualidad política no son muy distintos a los ocupados por los cientistas políticos, sociólogos y economistas pertenecientes a la escuela de las élites del siglo pasado, es decir, Gaetano Mosca, (1858-1941); Vilfredo Pareto, (1847-1923); Robert Michels, (1876-1936). Los términos “clase política, casta política, crisis de las élites” son usados a diario en columnas  periodísticas y en análisis políticos, por ejemplo en España, el Partido Podemos, dirigido por Pablo Iglesias, ha hecho de la crítica a la casta política empresarial y financiera uno los baluartes de su programa político.

Gaetano Mosca orienta su trabajo intelectual a refutar las teorías democráticas colectivistas – es especial al marxismo – en el sentido de que sería una utopía opuesta al realismo, que pretende desarrollar a través de la concepción sobre la clase política, mediante la cual el Estado no sería un órgano de clase, como  tampoco se concebiría una lucha entre explotados y explotadores, sino entre las mismas clases políticas que recurren a los dominados en momentos claves para fortalecer su poder.

Mosca se inspira en el socialismo utópico de Saint Simon, que plantea un sistema de clases donde hay una minoría dominante y una gran mayoría dirigida. En la visión de Saint Simon las clases nobiliarias feudales son reemplazadas por las clases productivas de los empresarios, trabajadores y científicos. En el fondo, las clases generadas en feudalismo  – ociosas e inútiles – fueron reemplazadas por la clase burguesa – productivas, creadoras de riqueza, de conocimiento y de saberes -.

Para Mosca es cierto que el descontento e indignación popular puede provocar la caída de una determinada clase dominante, pero no traerá consigo la hegemonía proletaria, sino más bien el surgimiento de una nueva clase dominante. No es sólo la fuerza el monopolio de la coerción legítima – como lo decía Weber – el que asegura la permanencia de la clase política, sino que debe tener una prestancia y autoridad moral e intelectual que le permitan mantenerse frente a la presión de los desprovistos de poder.

Mosca tuvo siempre un gran desprecio por el sufragio universal y los sistemas electorales argumentando que los sufragistas no elegían a sus representantes, sino que tenían que seleccionar una candidatura surgida de un grupo de personas que conformaban un partido político, cuyo fin era imponer su voluntad a la gran mayoría desorganizada de electores. Para este politólogo, las elecciones del individuo ante la urna se reducían a abstenerse o votar por algún candidato con probabilidades de triunfar perteneciente a los partidos representativos de la clase política.

Estas dos ideas de Mosca – la primera, la de la clase política, que sólo puede ser reemplazada en las crisis, debido a la presión de los dominados, o bien, a la pérdida de peso moral e intelectual de los miembros de la casta política y, la segunda,  la falsa ilusión del sufragio universal como un sistema capaz de expresar la representación del pueblo – son tópicos de plena actualidad.

A la clase política, financiera y empresarial habría que ubicarla dentro del parámetro de las oligarquías que, por ejemplo, el caso de la democracia bancaria, se convierten en plutocracia. En el fondo, a diferencia de la concepción de Mosca, no hay un combate entre diferentes clases políticas que intentan legitimarse a través de  los sistemas electorales y del sufragio universal, sino que se ha instalado una crisis de dominación de la casta oligárquica, de difícil pronóstico.

Por su parte, Robert Michels profundizó en su tesis  “la ley del hierro de las oligarquías” sosteniendo que toda organización entre más compleja, siempre crea una oligarquía. Por esencia, los partidos políticos persiguen la toma del poder y no ahorrarán esfuerzo para mantenerlo o para conquistarlo

Michels comparte con Mosca y Pareto la posición crítica respecto a la democracia representativa: la democracia conduce a la Aristocracia  y contiene, necesariamente, un núcleo oligárquico.

A comienzos del siglo XX Michels emprende el estudio del funcionamiento de los partidos políticos, fundamentalmente, la Socialdemocracia alemana, el partido más poderoso de la época y que suponía, además, sobre la base de sus principios, una negación de cualquier tendencia oligárquica. Este cientista político, en su libro Los Partidos políticos, (1911), termina formulando la tesis de que toda organización da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los representados – quien dice organización, dice oligarquía.

Las causas de la burocratización al interior de los partidos políticos emanan tanto de razones psicológicas, como sociológicas y organizativas. Al igual que Mosca, Michels está convencido de que las masas se encuentran lejanas de la política y que, por lógica, tienden a delegar en sus representantes esta tarea. Las masas son débiles y maleables y por consiguiente, se entregan fácilmente a la conducción del líder que, muchas veces, corresponde al criterio carismático de conducción, definido por Max Weber.

La razón más fuerte para negar la soberanía la soberanía de las masas radica, según Michels, en la imposibilidad mecánica y técnica de su realización: las masas son incapaces de tomar decisiones en el plano político. Este autor niega la idea rousseauniana del mandato directo. Citando a Louis Blanc en su polémica contra Proudhon preguntó “si era posible que treinta y cuatro millones de ciudadanos (la  población de Francia en aquella época) resolviera sus problemas sin aceptar lo que hasta el último hombre de negocios encuentra necesario: la intervención de representantes”.

Para Michels la democracia directa, en la cual todos los ciudadanos participan y toman decisiones, se haría imposible en las sociedades de masas y con un Estado poseedor de una compleja y amplia red burocrática y de partidos políticos dirigidos por líderes especializados en política y en enfrentar los problemas técnicos, y que tienden a perpetuarse en el poder e, incluso, heredarlo a sus familiares.

La soberanía popular, aun cuando estuviera garantizada en un sistema político representativo y si, además, aceptáramos en teoría la idea de que el gobierno parlamentario constituyera realmente un gobierno de masas, en la vida práctica no sería más que un  continuo fraude por parte de la clase dominante que por medio de “la ley de hierro de las oligarquías” (Michels) logra imponer a los líderes, y sólo le queda al elector   optar entre los candidatos  en competencia, nominados por la clase política (Mosca).

Michels sostiene que la diferencia en un gobierno representativo entre democracia y monarquía es insignificante y solamente formal: el pueblo elige, en vez de un rey, a diversos reyezuelos, y el único derecho del pueblo es el de elegir periódicamente un cambio de amos. Como lo hemos escrito anteriormente, en el caso de la mayoría de los países latinoamericanos, lo que elige en una democracia representativa es, posiblemente, el cambio de rey-presidente, mientras no haya reelección  ad aeternum cuando la Constitución lo permite.

Durante el período que media entre las elecciones, el ciudadano común bien podría ser objeto de agasajo – prebendas y cariño – por parte de los representantes de la  convertidos en oligarcas gracias a la clase política o bien, asalariados de su respectivo partido. En cierto sentido, el líder también forma parte de la burocracia que tiende a eternizarse en el poder.

La persona que es acreedora de un cargo político sea por elección o nominación, tiende, por lógica, a evitar el desalojo, y si permanece por un determinado tiempo, considera el cargo que desempeña como su coto de caza o su propiedad privada. Michels captó muy bien la feudalización de la clase política, es decir, el dirigente siente su parcela de poder como el señor feudal a su feudo y, por consiguiente,  consideran como un   derecho a ser confirmado por sus camaradas y los ciudadanos, a veces con amenazas de abandonar el partido político, o tomar represalias si no se le mantiene en su cargo.

Según Michels, cuando estos dirigentes encuentran un obstáculo insalvable se apresuran a presentar la renuncia a su cargo con el pretexto cansancio y bien, motivos altruistas, como dejar el paso a las nuevas generaciones. En general, la mayoría de estas renuncias se hacen para reafirmarse en el poder ante la “obligada” petición de los subordinados que también aspiran a continuar, ojalá indefinidamente, en sus puestos de trabajo.

Al líder se le atribuyen, en la visión de Michels, cualidades superiores que le han servido por ser conducido al poder y mantenerse en él. Como en las religiones, a los hijos se les nombra con los patronímicos de los santos de la iglesia, (Pablo, Juan, Agustín Lucía…), en los partidos laicos, los hijos reciben los nombres de sus líderes (Lenín, Vladimir, León…), es decir, en el partido oligárquico se practica un verdadero culto al líder.

Vilfredo Pareto, en oposición a la teoría marxista de la lucha de clases, presenta su teoría de “la circulación de las élites”. Para él, la historia no es más que el “cementerio de las aristocracias”, es decir, toda élite está a ser reemplazada por otra puesto que degeneran con el transcurso del tiempo. En muchos casos, la élite en el poder logra incorporar elementos de las clases subordinadas, que le aportan nuevas fuerzas y vigor.

Los movimientos populares, dentro de este contexto, sólo acarrearían el fin de una vieja élite, pero llevando consigo el surgimiento de una nueva sobre la esencia de la misma.

Para las élites es más fácil mantener el poder mientras más ignorantes sean las masas, pero esta situación no es eterna – lo prueba la historia de los movimientos sociales – pues, poco a poco, los subordinados comienzan a adquirir conciencia de su situación de explotación y sumisión. Según Pareto, el surgimiento de un nuevo líder de la élite, desde su posición crítica, logra captar el descontento de las masas y, en consecuencia, la necesidad de instalar una nueva élite en el poder.

Para Pareto, las élites y las clases gobernantes emplean recursos verbales, exacerbando sus sentimientos y emociones, a fin de conquistar o bien, mantener vigente su poder y, para lograr su cometido, usará diferentes elementos que le permitan defenderse y eliminar a aquellos individuos capaces de arrebatarle el poder – la muerte, las persecuciones, la cárcel, la ruina económica, la exoneración de sus trabajos, el exilio, o bien la cooptación mediante de la incorporación de algunos descontentos a la élite en el poder -.

Según Pareto, la élite en el poder debe usar la violencia para mantener a raya a los subordinados, pero ninguna clase gobernante puede mantenerse en el poder recurriendo solamente a la fuerza, en consecuencia tiene que recurrir a estrategias de convicción sobre su superioridad materia y moral, dirigida a los gobernados, a fin de conservar la hegemonía.

Mosca, Pareto y Michels han sido durante criticados por su cercanía con fascismo de Mussolini que, para Mosca, por ejemplo, no corresponde, pues fue crítico al fascismo, sobre todo en la decidida defensa de la libertad de pensamiento y de prensa; en el caso de Michels, está clara su adhesión al gobierno de Mussolini; respecto de Pareto, el asunto es más discutible, pues murió a comienzos del triunfo del Duce.

Las teorías de la escuela elitista han adquirido un carácter de actualidad en plena crisis de representación, de credibilidad e institucionalidad de las “democracias bancarias”, instaladas en la mayoría de los países del mundo.

La crítica de Mosca respecto del sistema parlamentario y la representación política, surgida del sufragio popular, adquiere validez, pues las grandes masas populares en la mayoría de los países llamados democráticos-representativos, captan perfectamente que el representante, una vez conducido al poder, se aleja del pueblo y traiciona el mandato popular.

Una fuerte corriente de opinión pública ha tomado el camino del abstencionismo como una forma de protesta y rechazo a sistemas electorales, que siempre terminan por garantizar una especie de “rotación entre las élites” – la terminología de Pareto -.

Los partidos políticos, que pretendían canalizar las corrientes de opinión ciudadana, se han transformado en mafias que se distribuyen tanto los cargos del Estado, como la dirección de las empresas estatales y privadas. La “ley del hierro de las oligarquías” en los partidos se cumple, a cabalidad, en la política actual.

Los partidos están sometidos, dentro de esta dinámica, al mando de las empresas – bancos y, sobre todo, los organismos financieros internacionales [en el caso de muchos países, el imperio de la famosa troika, FMI, Banco Mundial y Banco Europeo, que termina por enajenar toda soberanía y poder de decisión a los países y gobiernos] – que se encargan de dictar las políticas a su amaño.

El determinismo de la teoría de las élites que, en el fondo, pretendía dar respuesta a la visión marxista de la lucha de clases  planteando la imposibilidad de que las élites fueran desplazadas por las grandes mayorías y que, históricamente, por medio de la rotación – para usar la terminología de Pareto – lograban perpetuarse en el poder, convirtiendo el cambio y la revolución en sólo el reemplazo de una clase política por otra que, en esencia, mantenía la dominación sobre aquellos que no tienen el poder.

El fracaso de la democracia electoral y representativa no debiera conducirnos a un nihilismo y negativismo total, pues siempre existen caminos para la superación:

El primer paso debiera darse en el sentido de poner fin a la representación, considerada como un poder fiduciario, es decir, que por medio del sufragio el ciudadano delega en un representante el poder que le es inherente, durante un período determinado – cuatro, seis u ocho años – a fin de que el mandatario pueda actuar según su conciencia o bien, siguiendo las órdenes de su partido, sin que el mandante pueda controlarlo y exigirle el cumplimiento de lo prometido en su campaña electoral. La teoría de  representación, expresada por Edmund Burke  en su discurso a los electores de Bristol (1774), que consagra el poder del representante y rechaza el voto imperativo de los ciudadanos, ha perdido validez en la actualidad, pues el representante ha dejado de expresar los intereses ciudadanos, para convertirse en un obsecuente servidor de los intereses de las grandes empresas nacionales internacionales.

Para superar las deficiencias propias de la democracia representativa se requiere dar un vuelco radical instaurando el voto imperativo, es decir, que el ciudadano entrega a su representante un sufragio condicionado al cumplimiento de un programa, por consiguiente, en cualquier momento tiene el derecho de revocar su mandato. En este sentido, el representante no es más que un comandado del elector.

El segundo paso, en la actualidad, la democracia directa rousseauniana es perfectamente compatible con la representación en el sentido de que puede incluir el plebiscito revocatorio, dirigido a todos los mandatos surgidos de la soberanía popular, además de referéndum sobre temas de interés nacional y de políticas internacionales, iniciativas populares de ley, y otros.

El tercer paso y más difícil es el de liberar a la democracia secuestrada  por las élites plutocráticas y los grandes poderes bancarios, fundamentalmente, los dueños del poder financiero internacional. Para lograr esta meta no basta con un solo acto de voluntad, se requiere imperiosamente que la política se libere e su esclavitud respecto a la economía, cumpliendo los dos primeros pasos y, además, comenzar a desarrollar formas de poder popular que orienten hacia una economía al servicio de las personas, más igualitaria y con un rol creciente del Estado en la defensa de las materias primas y la promoción de un nuevo desarrollo en el cual la educación sea el elemento central.

Quien dice plutocracia, dice corrupción

En los casos mundiales de corrupción, existentes desde el comienzo de la humanidad, los árboles no permiten ver el bosque. Para algunos, la esencia de la corrupción surge de los vicios propios de la naturaleza humana – avaricia, codicia -. Para moralistas como Bernard de Mandeville, en su fábula de las abejas, los vicios se convierten en virtudes.

Otra visión en el mismo orden dice relación con que la fuente de la corrupción está en el poder, “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, (Lord Acton). El líder mexicano, Emiliano Zapata, cuando entró triunfante a la Ciudad de México junto a Pancho Villa quien le ofreció la silla de los presidentes de la república, Zapata se negó argumentando que en esa silla se sentaba un “hombre bueno”, pero terminaba siendo un malhechor al calor del poder.

Max Weber distingue entre los hombres que viven para la política por vocación de aquellos que viven de la política, que la utilizan para enriquecerse económicamente, y vivir del cohecho, saciar su sed de poder, arribismo y búsqueda de estatus social.

En libro El político como vocación Weber define la relación ética y política como “lo que determina la singularidad de todos los problemas éticos de la política es ese medio específico de la violencia legítima como tal  en manos de las asociaciones humanas”, (Weber el político como vocación  pág. 159), es decir, el político en el manejo del Estado tiene que usar el monopolio de la violencia legítima.

Tanto Nicolás Maquiavelo como Max Weber distinguen entre la ética política y la religiosa: quien quiera regirse por la segunda opción no debe dedicarse a la política. Se puede ser un buen padre de familia y una buena persona en general, pero estas cualidades no están relacionadas con la política. El gran aporte de Maquiavelo fue haber separado, radicalmente, la ética común inherente en el actual de cada individuo  – en esa época inspirada en la moral cristiana – y la ética política, cuyo fin es propender a la grandeza,  toma y conservación del poder. (El asesinato cometido por Rómulo en la persona de su hermano Remo es, desde el punto de vista de la ética política es impecable, pero no lo es en la ética cristiana). Max  Weber sostiene algo parecido cuando dice que “quien busque la salvación de su alma y de las otras almas no la busque por el camino de la política, que tiene otras tareas muy distintas, que sólo se pueden cumplir con la violencia”. (Op.Cit, pág. 160).

El camino de San Francisco de Asís y de otros santos que han elegido el camino de la santidad es contradictorio con el del político que, necesariamente, “tiene que pactar con el diablo”, es decir, hacer uso de la coerción para mantener el poder.

“Quien quiera en general hacer política, y sobre todo quien quiera hacer política como profesión, ha de tener conciencia de que quien hace política pacta con los poderes diabólicos que acechan en torno a todo poder. Quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia ha sellado un pacto con el diablo”. (Op. cit. Pág. 161).

Para Maquiavelo, el político debe tener las cualidades del león y la zorra: el poder y la fuerza del león y la astucia de la zorra, a fin de que sea capaz de sortear todas las trampas que la tarea de gobernar, es decir, “el príncipe” debe actuar con habilidad y destreza para conquistar y mantener el poder y, de esta manera, llegar a la gloria donde sea recordado y admirado.

Para Weber en cierto grado el político debe responder a los “demonios” y como ellos, debe estar imbuido de la capacidad de tentar, de encantar, de deslumbrar, de prometer, en fin, de convencer sobre la base de la habilidad y  del poder carismático, es decir, poseer las cualidades demoníacas de Fausto – de la parábola de Goethe -.

Maquiavelo retrataba a Giacomo Savonarola como el “profeta desarmado” y que nunca podría triunfar un profeta sin armas – gobernó Florencia durante un corto período implantando un moralismo religioso extremo como reacción frente a lo que él consideraba la depravación de la gente de la ciudad, bajo la dirección de los Médici.

El corto gobierno de este monje franciscano era fatal para la Ciudad-Estado de Florencia, pues sus prédicas lograron atraer, incluso, a algunos de los mejores artistas de la época, Sandro Botticelli, quien luego dejó de pintar obras basadas en la antigüedad clásica – Nacimiento de Venus, La Primavera – para dedicarse a la pintura de motivos sacros, todos ellos muy pulcros. Savonarola se dedicó a quemar las obras más brillantes del Renacimiento,  entre ellas, las de Giovanni  Boccaccio, en la Piazza de la Signoria – aún se mantiene el monolito que recuerda el lugar exacto en que fue quemado este monje, en extremo moralista, que pretendía regresar al cristianismo primitivo y pretender reformar radicalmente las costumbres, que él consideraba depravadas y anticristiana-.

Max Weber define las cualidades del político profesional sobre la base de virtudes como la pasión y la responsabilidad – la ética de la convicción y la de la  responsabilidad – y la mesura. La sola pasión no hace al buen político, además necesita visualizar la consecuencia de sus actos y decisiones, es decir, una ética de la responsabilidad.

El enfrentamiento de la corrupción en la actividad política debe considerar, necesariamente, los aportes del realismo político que emanan de Nicolás Maquiavelo y de Max Weber. Si la enfocamos desde el punto de vista de un extremo moralismo – Savonarola – seguramente erraremos en la comprensión de la ética política liberada, desde el Renacimiento, de los preceptos de la moral cristiana, lo cual significa la comprensión de que el político pacta con el diablo y se mueve entre eses poderes demoníacos, propios del monopolio de la fuerza. Por otra parte, comprender bien la corrupción hay que referirse al carácter de clase, que la explica y le da sentido: la corrupción emana de la hegemonía de la clase plutocrática en procesos de crisis de legitimidad.

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