La urgencia de quitarnos las vendas

Domingo 28 de junio 2015
Cuenta Gina que ese 24 diciembre de 1986, su torturador le preguntó qué era lo que más deseaba como regalo de Navidad. Debía ser algo sencillo, solo un gesto, dadas las condiciones en las que estaba, desde que había sido detenida por la CNI como unas las integrantes del FPMR que participó en el atentado en contra de Augusto Pinochet, meses antes. Nunca le creyeron que ella no estaba involucrada en el intento de magnicidio ni que no era parte de ese movimiento revolucionario. En una celda vendada, sometida a la tortura y a un simulacro de fusilamiento, sus necesidades eran esenciales: sólo le pidió verlo a los ojos. La solicitud incomodó al “sensible torturador” que le diría luego que esa noche de Navidad, junto a su señora, habían puesto un plato más en su mesa, recordándola…pero accedió, aunque solo unos segundos. Fueron los únicos instantes en que Gina pudo ver la cara de uno captores. Al bajar la sucia venda que le cubría los ojos, descubrió el rostro de un hombre insano, los ojos desorbitados y perdidos de un ser trastornado…unos breves segundos en los que pudo ver el horror en el que se encontraba.

El relato de Gina y su venda que aparece en el libro Mujeres tras las rejas de Pinochet (Ediciones Radio Universidad de Chile) dibuja un momento preciso en el que esta ex prisionera política se enfrentó a la realidad en la que estaba sumida entonces. Su petición la dejaba en una posición más riesgosa y debilitada, cuando accedía a una información que le podía costar la vida después. Pero para ella, el gesto de bajarse la venda y ver directamente a los ojos a quien la torturaba era la única posibilidad de encontrar algo de humanidad en un contexto de violencia y crueldad desconcertante.

Las vendas con que la dictadura cegó la visión de millares de chilenos, no las de aquellos que pasaron por sus centros de detención y tortura, sino de quienes viven hoy las consecuencias de las reformas que se hicieron entonces, siguen a medio sacar. Después de 25 años desde que se terminara formalmente ese período en el que era el Estado el que ejercía el terrorismo en contra de su pueblo, no queremos ver del todo que es el mismo Estado el que no quiere terminar con la pesadilla que significa para muchos chilenos la vida a la que están sometidos. Cuando la educación, la salud, las pensiones, la vida misma, está mediatizada por un sistema económico liberal descentralizado, desnaturalizado, deshumanizado…

Porque basta con asomarse por los balcones de La Moneda para darse cuenta que el aire se hace irrespirable, que los niños que viven en las comunas más pobres son los que más lo sufren y que los consultorios no dan abasto con las mismas dolencias. Enfermedades respiratorias que no matan a los niños, solo a unos pocos, los suficientes para no decir que se trata de una pandemia. A la mayoría, en cambio, los convierte en enfermos crónicos, en clientes cautivos y permanentes de la industria farmacéutica que es la que domina el sistema de salud de los chilenos, si no es por el daño respiratorio lo hará por el alimenticio, con los trastornos producto de la desregulación en la manufactura y consumo de productos dañinos.

En su encíclica Laudato si, un nombre poco usual, cuando lo ha hecho en italiano y no en latín como se acostumbra, el Papa Francisco propone una “ecología integral”, que incorpore al medio ambiente, lo humano y lo social. Una propuesta profundamente política y espiritual que viene de quien sabe que esto sí es posible, cuando los pueblos originarios de nuestra América de la que él viene, lo vivieron, lo experimentaron, pero no pudieron heredárnoslo debido al consumismo rapaz que hemos instalado.

Puede resultar paradojal que la institución milenaria que ya parecía derrumbarse del todo con las acusaciones en contra de la mafia de la curia vaticana o los delitos sexuales de algunos de sus miembros, sea la que nos señale el camino de salvación. La salvación de la raza humana cuya habitabilidad en el planeta se hace improbable e insostenible en el futuro. El Papa Francisco como el Hermano Francisco clama por el término de la degradación del medioambiente, el agotamiento de las reservas naturales y la contaminación, y en su llamado no se detiene en la denuncia del egoísmo e irresponsabilidad de los grandes intereses económicos que nos han llevado a este colapso. Este Francisco, como el Santo de Asís, clama por la incorporación orgánica del ser humano en la reflexión sobre el medio ambiente, que es nuestra casa.

Una encíclica incómoda para el poder que invita a todos los habitantes del planeta a quitarse la venda, a asumir el horror en el que estamos sumidos, donde “todo está relacionado”, la economía con la educación, la salud con el trabajo, con nuestro equilibrio mental y emocional.

*Fuente: Radio U de Chile

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