El Panteón Republicano de Francia y su ausencia en Chile

3 de junio de 2015
El miércoles 27 de mayo, la república francesa honró a cuatro nuevos ciudadanos galos ilustres. Jean Zay, Pierre Brossolette, Germaine Tillion y Geneviève De Gaulle-Anthonioz. Dos hombres y dos mujeres, cuatro resistentes al yugo nazi, símbolos del coraje pero también de la libertad, de la igualdad, fraternidad y defensores del laicismo. Sus restos descansan ahora en el templo republicano de Francia, el Panteón, al lado de otros 71 destacados compatriotas.

Este imponente monumento, concebido y construido por Jacques-Germain Soufflot constituye una obra maestra del neoclasicismo francés del siglo XVIII. Instalado en las alturas del barrio latino de París, fue elegido en 1791 por los revolucionarios franceses para “recibir las cenizas de los grandes hombres a partir de la época de la libertad francesa”. La ironía de la historia es que el edificio, originalmente, estaba destinado a ser una iglesia. Lejos de ser contradictorio, el Panteón es un resumen de la historia política de Francia: héroes de la república albergados en un ex monumento religioso del Antiguo Régimen, monárquico y católico.

¿Qué República necesita Chile? ¿Una visión “portaliana”, que imita a la República Romana, conservadora, exclusiva y aristocrática? ¿O una visión más universalista, democrática e inclusiva? Luego de doscientos años de existencia, la República de Chile se encuentra lo suficientemente madura para celebrar, no sólo a los padres de la independencia sino también a sus hijas e hijos más ilustres, cualquiera sea el ámbito y el contexto del que provengan. Ingenieros, mineros, intelectuales, músicos o agricultores. En fin, ciudadanos que, encarnando el ideal republicano chileno, consoliden a través de sus existencias su perpetuación.

Fue la Revolución francesa de 1789 la que le dio el nombre de Panteón (del latín Panthĕon: “Templo de todos los dioses”), una clara referencia a las religiones de la Antigua Grecia y Antigua Roma (fuentes de inspiración para encontrar un nuevo modelo de civilización). Recién a partir de 1885, el monumento se consagra definitivamente por la República como el “templo de la patria”.

La “Panteonización” es un buen termómetro para conocer el estado de salud de la república francesa y un acertado indicador sobre cuáles son los temas que agitan a la democracia gala.

Es una arma política muy potente utilizada por la República como una herramienta para reafirmar su legitimidad y derrotar a sus enemigos.

Así, durante el período de la Tercera República, se eligieron ciudadanos profundamente republicanos y laicos (Victor Hugo, Emile Zola, entre otros) por asentar sus principios y valores en una sociedad en la que –por parte de algunos– aún se recordaba nostálgicamente la monarquía. El general De Gaulle, en su afán por reconciliar a todos los franceses después de la ocupación nazi, hizo entrar en el Panteón al más ilustre de sus resistentes, Jean Moulin, ejecutado por los nazis luego de terribles torturas. Con este acto, quedó plasmado en el imaginario colectivo que el país entero fue resistente al invasor y ocupante nazi, cuando la realidad es mucho más matizada. François Mitterrand, por su parte, eligió personalidades que encarnaban otros valores republicanos: la lucha contra las discriminaciones y la promoción de la igualdad (Victor Schoelcher y René Cassin), el progreso científico (Pierre y Marie Curie) y un militante de la paz (Jean Monnet).

Han pasado 12 años desde la última vez que el destacado monumento recibió los restos de alguna personalidad. Por eso, la ceremonia celebrada hace algunos días por el Presidente François Hollande es reveladora de la actual crisis que sacude a Francia. No es solamente una crisis económica o social, es algo mucho más profundo. Se trata de una crisis de identidad. El Presidente invoca el pasado glorioso de Francia intentando restaurar la confianza perdida de los ciudadanos, muchos de los cuales no creen en el futuro de su país. La elección de estos dos hombres y mujeres resistentes al totalitarismo nazi no es un azar. Estas personas, que descansan ahora junto a Victor Hugo y Jean-Jacques Rousseau, entre otros, representan el coraje. Supieron decir no a la decadencia y la barbaridad. Estuvieron dispuestos a sacrificar sus vidas por un ideal. Entrega y convicción, que en una sociedad marcada por un fuerte individualismo, en donde muchos franceses no se sienten parte de la comunidad nacional, sirven de ejemplo. Virtudes que han sido celebradas por todos los ciudadanos porque la necesidad de admirar es parte de la democracia.

Francia hoy está debilitada por una crisis económica, golpeada por el fascismo del siglo XXI (el de los yihadistas islámicos) y recurre como fuerza e inspiración a su pasado. François Hollande se quiere comparar a un resistente. La gran novedad es que, a diferencia de Jean Moulin, los nuevos próceres no son héroes, son ciudadanos comunes y corrientes, que fueron fieles a su conciencia y a los principios fundadores de la República (“Libertad, Igualdad, Fraternidad”). Hollande decidió, además, como signo de los tiempos y la evolución de estos, nombrar igual número de mujeres que de hombres, considerando otro de los grandes principios de la República: la paridad.

¿Un panteón para las chilenas y los chilenos ilustres?

Una necrópolis nacional es una potente herramienta para representar, celebrar y difundir los valores republicanos.
¿En Chile? Existen algunos mausoleos individuales (O’Higgins), pero ningún lugar donde descansen juntos hijas e hijos ilustres.

Esta ausencia significa mucho. Podría revelar, por ejemplo, que la república chilena aún desconoce cuáles son sus principios y qué valores en común congregan a sus ciudadanos. Por lo mismo, desconoce e ignora qué compatriotas podrían encarnar estos principios (salvo los padres de la Independencia).

El anuncio de un cambio de Constitución es una clara señal de la crisis de valores que sacude al país. Elaborar un texto fundamental tendrá por meta elaborar y determinar los principios sobre los cuáles será organizado el convivir de todos los chilenos.

¿Cuál es el ideario común?: ¿El orden de Portales? ¿La utopía de Allende? ¿El realismo desencantado post-Pinochet?

¿Qué República necesita Chile? ¿Una visión “portaliana”, que imita a la República Romana, conservadora, exclusiva y aristocrática? ¿O una visión más universalista, democrática e inclusiva?

Luego de doscientos años de existencia, la República de Chile se encuentra lo suficientemente madura para celebrar, no sólo a los padres de la independencia sino también a sus hijas e hijos más ilustres, cualquiera sea el ámbito y el contexto del que provengan. Ingenieros, mineros, intelectuales, músicos o agricultores. En fin, ciudadanos que, encarnando el ideal republicano chileno, consoliden a través de sus existencias su perpetuación.

Definir con claridad la identidad republicana de Chile es una tarea urgente. Luego quizás vendrá el momento oportuno para pensar en crear una necrópolis donde acoger a los ciudadanos chilenos que personificaron en carne propia los valores republicanos. Porque la República no solamente se decreta: se defiende y se cuida.

El autor Florente Sardou, es analista Internacional – Historiador Máster en Historia contemporánea; Universidad de Toulouse – Francia. Twitter: @FlorentSARDOU flosardou@gmail.com

*Fuente: El Mostrador

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