Los sinvergüenzas: los tuyos y los míos

Cada día se descubre nuevos prohombres caraduras por parte de las aún dos castas en el poder, y si los chilenos no fuéramos tan indolentes hace mucho tiempo que los hubiéramos arrojado de sus cargos – logrados sobre la base de trampas imperdonables -. Un país con el lema peculiar “pituto o muerte” no merece ningún respeto y que además, un político sea sinónimo de ladrón no es broma, pues está develando una sociedad basada en el abuso, la corrupción, la codicia, en fin, la podredumbre de los plutócratas que detentan el poder- más temprano que tarde, “llegará el día de rendición de cuentas”.

En estos días, al escándalo Penta-UDI se le agrega la entrega de dineros de la empresa Soquimich – nada menos que propiedad del yerno de Augusto Pinochet, Julio Ponce Lerou – al hijo del actual diputado Roberto León y a una ex secretaria del comando del senador Fulvio Rossi. En otra arista, por orden del fiscal Luis Toledo, ayer se allanaron las oficinas del Minvu de la VI Región de y, como consecuencia de esta diligencia, se conocieron nuevos datos del caso Dávalos, que dan cuenta de la compra del terreno, operación efectuada el mismo en que se iba a cambiar el uso del suelo de rural a urbano, con el consiguiente aumento significativo del valor de dichos terrenos.

De comprobarse la existencia de delito en la falsificación de boletas por parte del hijo del diputado Roberto León, se agregaría a Penta, como caja pagadora de la UDI, el yernísimo de Pinochet como financista de algunos personaros de la Nueva Mayoría- ex Concertación – lo corroboraría el aserto de llamarla “Nueva Pillería”

La democracia es más delicada que el famoso “jarrón” chino, del Presidente Ricardo Lagos, pues de un momento a otro se puede romper aún en los países de más antigua tradición republicana. Así nos ocurrió en 1973, que nos preciábamos de ser el país más democrático de América Latina, junto a Uruguay, países en los cuales las fuerzas armadas no intervenían en política y que, además, el último magnicidio en Chile se remontaba al siglo XIX, con el asesinato de Diego Portales. Bastó poco tiempo para que se sucediera una serie de crímenes, que comenzó con el del comandante en jefe del ejército, René Schneider, seguido por el político Edmundo Pérez Zujovic y que luego terminó con la muerte del Presidente Salvador Allende. En Uruguay también era impensable que tuvieran que vivir una dictadura militar.

Nada más fácil que destruir un sistema político, pues basta que el parlamento y los partidos estén dominados por personas corruptas y dependientes de los plutócratas: uno o dos escándalos son suficientes para provocar la ira popular. En Italia, por ejemplo, fiscales probos sirvieron para destruir la existencia de los tres partidos históricos de la democracia italiana – la Democracia Cristiana, el Socialista y el Comunista –   que habían refundado el país luego de la caída de Benito Mussolini.

En Venezuela, los peculados del Presidente Carlos Andrés Pérez y la corrupción de los dos grandes partidos políticos – Democracia Cristiana y ADECO – llevaron al fin del sistema de los partidos políticos, fundados después de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Por desgracia, pienso que cada día estamos más lejanos de aquel “que se vayan todos”, frase proferida por el pueblo argentino en masa, que derrocó a Fernando de La Rúa, provocando una sucesión de siete Presidentes en menos de un año. En Chile, cuando el 90% de los chilenos desprecia a los parlamentarios y el 95% considera que los partidos políticos constituye una cueva de ladrones, cuando cada día constatamos que los parlamentarios son lacayos del 1% más rico del país a costa de los trabajadores, cuando se considera el país más desigual del mundo, y la educación sólo sirve para segmentar aún más las diferencias entre ricos y pobres, es muy difícil que la democracia no sea otra cosa que “una tarea de ángeles”, como lo decía el gran filósofo de Ginebra, Jean Jacques Rousseau.

19/02/2015

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