Los septiembres chilenos

Para Europa, agosto fue el mes de las grandes conmemoraciones: los cien años del comienzo de la primera guerra mundial, que significó, nada menos, que el sacrificio de 14 millones de seres humanos – soldados y civiles – y que fue el prólogo de la segunda guerra mundial, que triplicó el número de muertos. También se recordó el centenario del asesinato de Jean Jaurès, fundador del socialismo francés, un hombre muy decente y honrado, que contrasta con la miseria y carencia de mística de los actuales socialdemócratas, transformados en servidores conscientes del neoliberalismo. Otra de las efemérides en este mes de agosto fue el 70 aniversario de la liberación de París, hecho de la mayor trascendencia, que determinó el del triunfo de las democracias contra el nazismo.

Para Chile, septiembre es el mes de aniversarios: el 4 de septiembre se cumplió los cincuenta años del triunfo de Eduardo Frei Montalva y de su partido, la Democracia Cristiana, un hecho que determinó el cambio radical en la política chilena, pues desde esta fecha, la derecha política nunca pudo acceder al poder por la vía electoral – salvo el caso de Sebastián Piñera, que triunfó en 2009 -. La Democracia Cristiana es el único partido político chileno en lograr un porcentaje de 42,3% de los votos en las elecciones parlamentarias, contar con 80 diputados – sobre un total de 150 – y de poder gobernar sin alianzas. También se conmemora el aniversario del 4 de septiembre de 1970, fecha del triunfo de Salvador Allende. En el septiembre chileno de hoy asimismo se recuerdan los 41 años del golpe de Estado contra el gobierno legítimo de Salvador Allende, que acarreó la destrucción de la democracia y la implantación del terrorismo de Estado.

El agosto europeo corresponde al pleno verano, que este año estuvo muy cambiante, y en las distintas celebraciones predominaron las lluvias y las bajas temperaturas; en Chile, parece que está ocurriendo lo mismo: el 4 septiembre lluvioso, que no corresponde al recuerdo que yo tengo del día primaveral en el cual se efectuaban los comicios presidenciales. En la actualidad, el sistema climático no ha colaborado para lograr el brillo a rememoración de los acontecimientos históricos del pasado.

En el caso chileno, estos días traen a la memoria los triunfos de Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende Gossens, dos importantes opciones que en 1964 y en 1970 se presentaron como revolucionarias: la primera, como La Revolución en Libertad y, la segunda, como la Vía chilena al Socialismo, con empanada y vino tinto; una, como la realización de la utopía cristiana y, la otra, como la búsqueda inédita del socialismo en pluralismo, democracia y libertad.

El período de auge de la Democracia Cristiana, en los años 60, no podría ser comprendido sin el rol del llamado internacionalismo democratacristiano, que posibilitó el ingreso de millones de marcos a favor de la candidatura de Eduardo Frei, que eran recibidos por el sector más cercano al candidato Frei Montalva dentro del partido; a este considerable aporte hay que sumar la ayuda norteamericana, que apostaba a las democracias cristianas, especialmente a la chilena y venezolana – a Frei y a Rafael Caldera – como una forma eficaz para competir en el seno de los sectores populares, frente a la exitosa revolución cubana, cuyo ideario penetraba en todas las izquierdas latinoamericanas.

La actitud de la iglesia católica siempre ha sido fundamental en la determinación de la política de los partidos democratacristianos – no en vano se inspiraron en las encíclicas papales Rerum Novarum y Quadragesimo Anno -, así, en los 60, la mayoría de los miembros de la jerarquía eclesiástica era favorable a la democracia cristiana, pues el Concilio Vaticano II y la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM), celebrada en Medellín, había optado preferencialmente por los pobres e impulsado la creación de las Comunidades Cristianas Populares. En Chile, tanto los jesuitas, que publicaron dos Números extraordinarios en la Revista Mensaje –fundada por el padre Alberto Hurtado – sobre la revolución en América Latina, como el Cardenal Raúl Silva Henríquez , que se anticipó a la reforma agraria distribuyendo a los campesinos las tierras que pertenecían a la iglesia, dieron un fuerte apoyo al triunfo de Eduardo Frei Montalva.

La Democracia Cristiana tuvo la audacia de penetrar en sectores que habían sido dejados de lado por el Frente Popular, y los partidos políticos de izquierda, dominados por una concepción obrerista, les impedía entrar en estos sectores – me refiero, fundamentalmente, a los movimientos campesino, poblacional y femenino, donde las señoras democratacristianas jugaron un papel importante en enganchar a los centros de madres y a las organizaciones vecinales, lo cual originó la concepción de un tejido social hegemonizado por la Democracia Cristiana de entonces -.

En los años 60, la Democracia Cristiana era dueña de la presidencia de todas las federaciones de estudiantes universitarios, predominio que le permitió movilizar a la juventud en la famosa Marcha de la Patria Joven, recorriendo el país durante dos meses, hasta atraer a la juventud, que llenó el Parque Cousiño – hoy Parque O´Higgins -.

La Democracia Cristiana tenía todo para cumplir el mesiánico discurso de Radomiro Tomic, que prometía una hegemonía de 30 años, terminando reducido este plazo sólo a la primera parte del período del Presidente Frei, pues los dos últimos años estuvieron marcados por la división del Partido y el comienzo de su declive electoral – del 42,3% bajó, en las parlamentarias de 1969, a 29,8%, y en las municipales, al 25,7%.

La Democracia Cristiana ha pasado del auge a convertirse en un partido secundario en el esquema político chileno. Ya están lejos los tiempos del mesianismo y del famoso “vuelo de cóndor”: el famoso tejido social cristiano está semidestruído a causa del egoísmo y carencia de mística de sus líderes, y sólo quedan las fracciones, además de un grupo autoritario de “príncipes”, hegemonizado por la familia Walker. Por lo demás, internacionalmente, tanto las democracias cristianas, como la socialdemocracia hoy tienen un medrado papel frente al poder absoluto del sistema financiero.

En mi opinión, no creo que el drama de la Democracia Cristiana chilena esté en su ubicación en el espectro político actual – viajar de la izquierda hacia el centro, como lo deja entrever la actual directiva – mucho menos la posibilidad de abandonar la Nueva Mayoría y aventurar hacia la derecha, el tema de fondo es que perdió toda consistencia ideológica y los tiempos de auge de los partidos de masas están agotados.

05/09/2014

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