Francia: el derrumbe de la casta política conduce al triunfo de la ultraderecha

La historia no se repite, sin embargo, el desarrollo de los procesos sociales son susceptibles de comparación: no estamos en la Francia de 1934, ni en la Alemania de 1933, pero hoy, en plano siglo XXI, algunas de las características de estos procesos son, inquietamente, parecidas. En primer lugar, en ambas fechas se generó un gran escándalo, pues en 1934 el asunto Stavinski, en Francia, dio pábulo a las manifestaciones fascistas, frente al Parlamento; hoy, el asunto Bygmalion sacude al principal partido de la derecha gaullista francesa, pues se descubrió que el entonces candidato presidencial, Nicolas Sarkozy, había emitido facturas por el doble de la suma que permite la ley para los candidatos a la presidencia de la república que, en Francia, asciende a 21 millones de Euros; el partido de Sarkozy, UMP, (Unión por el Movimiento Popular), ha sido conducido a la justicia, y su presidente, Jean Francois Copé, se vio obligado a renunciar.

Al derrumbe de la derecha gaullista se suma la peor gestión gubernativa en la historia de Francia, la del burócrata socialista Francois Hollande – que apenas logró el 16% de los votos en las elecciones europeas, contra 20% de la derecha, y 26% del Frente Nacional, partido de Marine le Pen – que el 90% de la opinión pública francesa rechaza su gestión; este pésimo gobierno, que viró de la izquierda a la derecha para tener contentos a los empresarios, ha conducido a Francia al peor de los desastres económicos.

Lo mismo que ocurrió en Alemania en 1933, ahora en Francia asistimos a un derrumbe del sistema político, que está siendo muy bien aprovechado por el partido ultraderechista, Frente Nacional, ahora dirigido por Marine le Pen quien, con el triunfo en las elecciones europeas, se ha convertido en dueña de la política francesa; se da el lujo, por ejemplo, de pedir al Presidente Hollande, la disolución de la Asamblea Nacional, segura de poder triunfar.

Es tal el desprestigio del duopolio (PS-UMP) en Francia  que, muchos de los militantes ex comunistas, ex socialistas y ex gaullistas están pasando a este partido de corte fascista. Sobre la base de las mismas ideas conservadoras de Jean Marie le Pen, el fundador del Frente Nacional, como son el racismo, el ultranacionalismo, (la Francia para los franceses), el antisemitismo y, ahora, el rechazo a los árabes, inmigrantes en el país. Su hija, Marine le Pen, pretende presentar una visión actualizada de la extrema derecha: ha abandonado, por ejemplo, el monarquismo ultra católico que profesaban los seguidores de Jeanne D´Arc, a fin de adecuarse a los ideales laicos republicanos actuales, rechazando , en otros, el uso del velo de las mujeres árabes y, sobre todo, la influencia religiosa integrista-islamista en las escuelas francesas; este viraje, supuestamente republicano de los fascistas no es más que uno de los aspectos del viejo chauvinismo del Frente Nacional.

En otra faceta de su nueva cara, Marine le Pen se muestra enemiga de la Unión Europea y, sobre todo, de la mundialización, y quiere terminar con el Euro como moneda, devaluando el Franco en un 20%. En su rechazo total a la política de inmigración, propone poner fin al Tratado que permite el libre desplazamiento de los europeos dentro de zona de la Comunidad, que la integra 28 países.

Los llamados euro-escépticos son muy populares, no sólo en Francia, sino en muchos países de Europa, lo cual explica el éxito de esta líder de la derecha dura en la política francesa.

El lenguaje de Marine le Pen es, en extremo, populista, agitando las bajas pasiones de los franceses, en especial, el odio contra los extranjeros, a quienes llaman “meteques”, sobre todo los habitantes del Magreb – argelinos, tunecinos y marroquíes -.

Por desgracia, muchos ciudadanos no logran aquilatar, en toda su importancia, el derrumbe de los partidos históricos – Socialdemocracia, Democracia Cristina y gaullismo – problema que se suma a la hegemonía de la “democracia bancaria” y, sobre todo, a la desafección respecto a los procesos electorales – en Francia, por ejemplo, el 57% de abstención a las elecciones europeas; el Colombia, un 60%, igual cifra que en las últimas elecciones presidenciales en Chile – y, aunque legales y legítimos, los gobiernos y parlamentos ya no surgen de la soberanía popular, sino de una minoría de votantes.

Del descalabro del sistema de partidos políticos y de las instituciones, sólo puede surgir un fascismo de masas desinformadas, despolitizadas y asqueadas de los duopolios. Ante esta situación reinante, sólo cabría esperar una reacción oportuna y urgente que, de seguro, no vendrá de los partidos tradicionales.

28/05/2014

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