El BID: la “nueva clase media” para la sedición y el terror

Las delegaciones de los 48 países miembros del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) iniciaron el pasado sábado 29 de marzo la versión 55ª de su asamblea anual. Por dos días ricos y mendigos jugaron a la “asistencia” para instrumentalizar el hambre, la sedición y la muerte de los pobres de la región. Los amos, sirviéndose de los siervos, adecuaron sus “Estrategias de país” para asegurar su voracidad y la de sus “socios inversionistas de impacto”, y para que nuestros obsecuentes gobernantes de siempre le sigan mintiendo a sus pueblos.

El BID fue fundado en 1959 como el aparato financiero de la hoy insepulta OEA. Actualmente su macro poder financiero lo comparte con la Corporación Interamericana de Inversiones (CII) y el Fondo Multilateral de Inversiones (FOMIN). Juntos forman el Grupo del BID (GBID) que sirve a sus propios intereses y a los de sus “socios inversionistas de impacto” de sus países miembros “no prestatarios” (22 en total) pertenecientes a Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá, Japón, Corea del Sur, Israel, Croacia, Suiza y China, entre otros.

Los 22 países “no prestatarios” se reservan el derecho de ser los únicos que pueden proveer los bienes y servicios a los proyectos financiados por el BID en nuestros países identificados como “prestatarios” (26 en total).

Esto quiere decir que el GBID impone a nuestros pueblos billonarios préstamos, que engrosan nuestra deuda externa, para comprarles bienes y servicios a los países “no prestatarios” que nada tienen americanos o de caribeños. Son norteamericanos, europeos y asiáticos. ¿Qué clase de Banco “Interamericano” es éste?

Los más de 50 años de esta lógica perversa que el BID comparte con los otros aparatos financieros de la Organización de las Naciones Unidas como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), y del Departamento de Estado de los EEUU como USAID, lo único que han producido es mayor miseria y muerte en nuestros pueblos, más migración, más bases militares y terror, más corrupción y cohecho, más narco-delincuencia y crimen organizado, más sedición y Golpes de Estado, “suaves y duros”, pero igualmente violentos.

Con el cinismo acostumbrado y su corrupta y corruptible doble moral, el BID dice en su Informe Anual Macroeconómico para la región, que la economía ha crecido entre 2.6 y 2.8 por ciento, pero que “todavía hay mucho qué hacer para enfrentar el reto de la desigualdad”. ¡Llevan casi 60 años “ayudándonos” y seguimos peor!

El BID, se define como “la principal y mayor fuente de financiamiento y pericia multilateral para el desarrollo económico, social e institucional de manera sostenible y respetuosa con el medio ambiente”. Sin embargo, son sus “inversionistas de impacto” (que son todas las grandes empresas extranjeras instaladas en nuestros países), los que depredan nuestras riquezas mineras, petrolíferas, acuíferas, forestales, pesqueras, turísticas, agrícolas, ganaderas; destruyen nuestra cultura, enajenan nuestra identidad, nuestra historia, nuestra música, nuestras costumbres, nuestras comidas (Ejemplo de esto último, en el Perú, la ONG Apega-Mistura).

Desde su fundación, la “ayuda” del BID y de sus “inversionistas de impacto” da cuenta de más del 50% de niños entre 0 y 11 años en extrema pobreza, según sus propias cifras. Esos niños son los condenados a extinguirse por inanición o por los efectos que esto apareja. Es la población descartable que no cuenta para la “nueva clase media”. Útil, sin embargo, para las estadísticas con las que el BID demuestra la necesidad de mayor “ayuda”.

Hoy, aparte de la amenaza que representa la “nueva clase media”, el BID ha enfilado sus recursos monetarios a destruir los proyectos de integración que se plantean UNASUR, la ALBA, Mercosur, CELAC, instrumentando para este efecto la “Alianza del Pacífico” que integran los gobiernos neoliberales de Chile, Colombia, México y Perú. Son los gobiernos que tienen el mayor financiamiento de esta institución, del BM y de USAID para adecuar sus fuerzas armadas y policiales, instalar nuevas bases militares, centros de entrenamiento militar y policial para “operaciones estratégicas”, obedeciendo las órdenes impuestas por el Comando Sur de los EEUU y su IV Flota.

La “nueva clase media”

La generación de una “nueva clase media” no es sino la estrategia de adoctrinamiento que se inicia en la escuela básica tal cual lo hizo el nazismo y el fascismo europeo, o el Khamerismo rojo de Pol Pot en Camboya, con las diferencias que el tiempo y los espacios otorgan a un mismo propósito: Enajenar la infancia y juventud para convertirla en una “masa” manipulable dispuesta a ser parte de los “ejércitos” estudiantiles “no violentos” que estamos presenciando en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, Brasil, Nicaragua como carne de cañón de la “sedición blanca” de los Golpes de Estado que tienen previsto las élites del poder mundial en esos y otros países. En el 2000, esa nueva clase media formó parte de las “revoluciones de colores”; luego lo hizo en las “primaveras árabes” que han erosionado los cimientos de la civilización en Irak, Palestina, Egipto, Libia, Siria.

Para esto el BID financia redes de centros educativos desde modernas infraestructuras, mobiliario, equipamiento, internet, materiales y capacitación de docentes. Lo hace a través de sus “socios inversionistas” y promotores nativos y extranjeros y a través de las instituciones educativas de las diferentes iglesias y sectas católicas y protestantes, de la masonería, de los sionistas, de las ONG, de los grupos pseudo filosóficos o metafísicos.

Ahora, para la “nueva clase media” no importa origen, raza, color, género, extracción social.

El macro crecimiento económico favorecido por el “boom” extractivo-exportador y narco-inmobiliario, la corrupción y el cohecho, la informalidad y el crimen organizado, vino acompañado del mito de la “igualdad de oportunidades” y de la “competitividad”. Las diferentes generaciones de inmigrantes que llegaron del campo a las ciudades, desarraigadas de sus propios lugares de origen, se desculturizaron con la misma velocidad que lo hizo su desclasamiento. Se integraron a la vorágine de una economía que ensanchó la brecha entre pobres y ricos pero que permitió, al mismo tiempo, el crecimiento de las actividades terciarias, el narcotráfico, la tecno-burocracia pública y privada, el incremento numérico de las fuerzas armadas y policiales, los “services”, y toda una gama de actividades que lindan entre lo legal y lo ilegal, lo público y lo clandestino, lo transparente y lo oculto, lo formal y lo informal, lo establecido y lo ambulatorio.

Lo que le importa al migrante o nuevo rico es asegurar un ingreso que le permita además de diversión y consumismo, educación para sus hijos sin tener que pasar por la escuela pública cada día más precaria y de ínfima calidad y reservada para los hijos de los que no saben aprovechar las oportunidades; esto es, para los pobres e infelices.

Tener a los hijos en una institución privada de curas y monjas (parroquiales) o de las sectas evangélicas, significa haber dejado de ser pobre. Mucho más si se trata de una institución educativa que tiene nombre en inglés (Innova School) y lo “apoyan” los norteamericanos, los canadienses, coreanos o europeos, judíos o chinos. Todos, “socios inversionistas” vinculados al BID.

Cuando en los Documentos de Santa Fe se dice que las políticas sociales decididas y financiadas por los organismos financieros e impuestas a nuestros gobiernos deben incentivar la emigración y movilidad social del campo a las ciudades, se advierte la previsión que esto supone en cuanto a quién y cómo se debe completar el círculo pernicioso del desarraigo y la enajenación. En este sentido, nadie puede suponer que las instituciones educativas financiadas por el BID son iniciativa de sus miembros “prestatarios”. Son parte de la estrategia diseñada para generar esa “masa” desclasada y manipulable en la que se ha cincelado desde los 3 años, o antes, la impronta imperialista del bienestar y la felicidad “Made in USA”.

La generación de una nueva clase media en las ciudades y en los enclaves extractivos mineros, energéticos, agro-forestales, pecuarios, acuíferos, es una estrategia escrita en los “Documentos de Santa Fe” producidos por la Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA). Actualmente, de acuerdo con las cifras mostradas por el BID en la reunión que acaba de concluir esa “nueva clase media”, que están generando, alcanza a un 32 por ciento de la población latinoamericana por encima del 30 por ciento de la clase pobre.

No es que uno suponga como indeseable el ascenso de la población a estándares superiores de calidad vida. De lo que se trata es que los pobres de América latina y del mundo dejen atrás el analfabetismo, la desnutrición, el abandono, la ignorancia. Pero no de la mano de aquellos a los que les interesa todo lo contrario. Esto es, perennizar la pobreza y la desigualdad para poder dividir y reinar. De lo que se trata es de acabar con estos males que se agravan con la llamada “ayuda” y la impagable “deuda externa”. Éstas se ceban de la miseria y de la exclusión de una población sin acceso a un ingreso digno que es la única manera de asegurar bienestar de manera sostenible.

Esto no se logra, “focalizando” el gasto público en aquellas ciudades y lugares donde los “inversionistas de impacto” del BID urgen “desclasar” a sus poblaciones embutiendo en las mentes de sus generaciones de niños, adolescentes y jóvenes el eufemismo de la “clase media” vinculada al individualismo, el consumismo, el egoísmo, la defensa de la propiedad privada y la imagen de los Estados Unidos como el país modelo de democracia y de libertad.

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*Fuente: AlaiNet

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