Las lecciones del «Caso Cartes» para Tarapacá: La urgencia de más transparencia y más democracia

La manera de evitar que este bochorno se repita no es volver a enclaustrar la política, sino todo lo contrario, lograr que la ciudadanía ocupe el espacio que le corresponde como depositario original de la soberanía: elección popular de todas las autoridades de gobierno. Y esto nada tiene de subversivo, en todos los países de la OCDE, salvo en Chile, las autoridades regionales y locales son elegidas democráticamente. El mundo ha avanzado en torno a un silogismo claro y poderoso: sin transparencia no hay democracia; y sin democracia, no hay desarrollo. En la vereda opuesta, la apropiación privada del Estado es la esencia de la corrupción y el mal gobierno. La derrota de lo público nace cuando legitimamos que lo que atañe a todos -como instituciones, autoridades, regulaciones y presupuestos fiscales- se transforme en patrimonio de un grupo de auto escogidos.

Los seres humanos somos seres sociales, nuestras respuestas, reflexiones e incluso eso que algunos llaman «sentido común», responde a las relaciones culturales en que nos formamos y crecimos, el «Útero Social», como lo llamara algún profesor de mis años mozos. O, en términos «gramscianos», cultura como proceso de configuración del «yo» en medio de un campo de fuerzas históricas. Y no deja de ser ilustrativo del carácter históricamente antidemocrático de las relaciones de poder en la región, el revuelo que ha causado en algunos, las denuncias realizadas por el diputado Hugo Gutiérrez acerca de los sumarios y procesos judiciales sobre probidad pública, que pesan sobre el nominado intendente de Tarapacá, Mitchel Cartes. El debate abierto de los asuntos públicos, que es una práctica normal en países democráticos, para muchos aquí es inaceptable.

Y de hecho, no deja de llamarme más la atención aún, que algunos periodistas estén más interesados en cómo se filtraron los documentos de los sumarios, que lo que los sumarios mismos dicen; que les perturbe que el parlamentario comunista no haya «hecho las revelaciones en forma reservada» a las direcciones de su conglomerado político, en vez de hacerlas públicas; y les escandaliza de que esto muestre «contradicciones» dentro del bloque que se apresta a gobernar. Si en el mundo y a lo largo de la historia, el periodismo a luchado por abrir los canales de la información que el poder siempre quiere mantener cerrados, en la región hay colegas que parecen mirar en la dirección contraria. «Hegemonía» diría nuevamente Gramsci, en otras palabras, pareciera que los valores de los directores de medios, que en su mayoría responden a los intereses del poder, terminaron asentándose en las cabezas de algunos colegas, los asalariados de la prensa.

También me llama profundamente la atención la postura del senador Rossi, quien sataniza el que se informe a la ciudadanía sobre los antecedentes de quien les va a gobernar. Pareciera que pretende la normalización del «lobby» en política, de la negociación opaca, de la resolución de los asuntos públicos a espaldas de la ciudadanía y muchas veces a partir de intereses espurios… todo, excusándose en una supuesta lealtad a la mandataria electa, que se torna vacía de contenido. La idea de hacer política a partir de lealtades personales me resulta medieval, más parecido a la presta de juramento ante un monarca, que a las características de las sociedades democráticas modernas. Lo cierto es que los políticos de Nueva Mayoría se deben primeramente a la ciudadanía que representan y al programa por el cual fueron elegidos. Por demás, si se trata de lealtades al liderazgo presidencial, habría que recordar que Bachelet planteó dos criterios para todo quien aspire a ocupar cargos públicos: probidad e idoneidad.

Asimismo, cuando el senador acusa al diputado de no saber gobernar por formar parte de un partido político que lleva más de cuatro décadas en la oposición, formula un enunciado que parece coherente, pero que esconde una falacia originaria, porque omite la promesa fundamental de la campaña presidencial: haremos un gobierno distinto, que supone tanto un proyecto de cambio, como una nueva praxis política. Si hay honestidad en cumplir con esa promesa, en Nueva Mayoría todos son novatos. Otra historia sería, y al respecto debería sincerarse el senador, que lo que él busca realmente es un nuevo gobierno de la vieja Concertación, que no es el proyecto que votaron los chilenos.

¡Bienvenida la transparencia!

Frente a esto, como periodista, ciudadano activo y político intrínseco como sólo puede serlo el ser humano, afirmo: ¡Bienvenida la transparencia! y qué bueno que rompamos ese viejo vicio en donde los políticos profesionales, afincados en las estructuras de poder del Estado, resuelven «sus» asuntos en la oscuridad cómplice de cuatro paredes. Este es el paso decisivo de la perversión de lo público, en dónde lo que atañe a todos -como las instituciones, regulaciones y presupuestos fiscales- se transforman en un asunto privado, o privativo de un grupo de auto escogidos. Es la «patrimonialización» del Estado como esencia de la corrupción. Hoy, como vecino de Tarapacá, exijo conocer los antecedentes de quien me va a gobernar y rechazo que haya algunos que se auto-arroguen la capacidad de decidir por mí… «No en mi nombre» fue una telúrica frase acuñada en tiempos de la invasión a Irak de 2001, cuando tres presidentes se adjudicaban la representación del mundo para atacar un país, violando la legalidad internacional.

Quienes quieren seguir manipulando los asuntos públicos a espaldas de la ciudadanía, no entienden el mundo, ni el Chile de hoy. Las sociedades más desarrolladas coinciden con las más democráticas, que a su vez, responden a parámetros cada vez más altos de transparencia. No es casual que coincidan países con buenos índice de desarrollo humano (IDH del PNUD), índice GINI de desigualdad e ingreso per cápita; con países que ostentan altos estándares democráticos. El Nobel de Economía Amartya Sen plantea este concepto en su teoría de «Desarrollo como Libertad», en el que enfatiza que no hay contradicción entre las libertades humadas y los avances en términos socioeconómicos y que, por el contrario, éstas realidades se retroalimentan. ¿Por qué?… quizás la mejor explicación a esta dialéctica se sintetiza con el siguiente enunciado: cuando hay más transparencia, como derecho a estar informado; y mientras hay más democracia, como capacidad de participar en el debate de lo público; más personas, o cabezas, pueden abocarse a la resolución de los problemas comunes. Asimismo, la transparencia es una herramienta esencial para controlar el abuso de poder y la corrupción.

Tampoco entienden que Chile cambió. Las históricas movilizaciones populares vividas a lo largo del último lustro marcan un punto de inflexión: los ciudadanos ya no queremos ser espectadores de la políticas, sino actores. Los tiempos de la «Democracia de baja Intensidad», que fue uno de los peores hijos de la salida pactada a la dictadura, llegaron a su fin. Vivimos ante una eclosión democrática que remeció todo el escenario, teniendo como una de sus consecuencias más dramáticas, el fin de la Concertación y el nacimiento de Nueva Mayoría.

Democracia y el desafío del desarrollo

Esto está muy presente en el conflicto que se vive en Tarapacá: si la designación de Cartes no se hubiera realizado en la oscuridad, bajo negociaciones y presiones aún desconocidas, si se hubieran debatido los nombres de cara a la ciudadanía, las investigaciones que ponen en duda su ética pública se hubieran conocido antes y el problema se hubiera evitado. Y aquí esto no se resuelve con una lógica de defensa corporativa de la élite política ni intentando echar tierra sobre el problema, sino y por el contrario, dando más luz donde nunca debió de haber oscuridad. Los ciudadanos de Tarapacá tenemos derecho a saber y tenemos derecho a decidir, no sólo cada cuatro años, siempre. No quiero la gobernabilidad del caudillo y el regimiento, quiero la estabilidad que emana de la legitimación democrática.

La manera de evitar que este bochorno se repita no es volver a enclaustrar la política, sino todo lo contrario, lograr que la ciudadanía ocupe el espacio que le corresponde como depositario original de la soberanía, mediante la elección popular de todas las autoridades de la región y más aún, por la aplicación complementaria de mecanismos efectivos de control ciudadano sobre esas autoridades, como la posibilidad de revocar el mandato. Y nada tiene de subversivo lo que digo: en todos los países de la OCDE, salvo en Chile, las autoridades de los gobiernos regionales y locales son elegidos democráticamente. No deja de ser interesante que en los propios EE.UU., referente para muchos conservadores criollos, los ciudadanos eligen a sus gobernadores y parlamentos estatales, que no sólo hacen sus leyes y manejan sus presupuestos, ¡sino que tienen hasta sus propias fuerzas militares!

En este punto, el propio programa de Nueva Mayoría se compromete en avanzar hacia la democratización del gobierno regional, y en tal caso me pregunto, ¿qué es más coherente con el esfuerzo democratizador que se promete impulsar, la opacidad o la transparencia?… me quedo con lo segundo. Porque sin transparencia no hay democracia y sin democracia no hay desarrollo, el camino para la construcción de un mejor Tarapacá para nosotros y nuestros hijos, parte por abrir las puertas al ejercicio efectivo de la soberanía popular.

– El autor, Iván Valdés, es periodista, ex subdirector de «El Siglo» y ex editor de «Diario Uno».

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