Carta al bola que no vota

Mira, saco de papas que te abstienes y no votas, que te da como asquito o como latita, mi amor, la democracia: ahora vas a escuchar un par de cosas.

Está de moda, es light, es cool, es algo… no ejercer el derecho a voto. Y yo te digo que no ejercer ese derecho es innoble, es propio de pinochetista no asumido, o directamente de saco de bolas, y que me perdonen las damas y hagan la transliteración del caso.

Votar es un derecho, no una obligación, como lo son también el derecho a viajar, a opinar, a escribir algo, a tener un programa de radio, el derecho a casarse o a tener hijos o a dedicarse a una cosa y no a otra. Nadie puede obligar a la gente a casarse o a viajar. Pero no ejercer los derechos, jamás opinar, ni viajar, ni casarse, ni tener hijos, es vivir una vida de segunda, una existencia parasitaria y serie B.

Cuando se fue formando este miserable país, el de más lejano y difícil acceso de todo el pomposo imperio hispánico, aquí nadie tenía derecho ni a votar ni a imprimir algo ni a opinar ni a formar un grupo partidario. Era una dictadura española denominada monarquía.

En 1810, el petiso francés Napoleón invadió las Españas y puso a su hermanito Pepe al mando, entonces los chilenos, o sea, españoles criollos, se dijeron astutamente a sí mismos: no hay rey, no hay gobierno legítimo en Madrid, así es que: ¡junta queremos! Hicieron su junta, eligieron autoridades y comenzó la Independencia. Buscaban gobernarse a sí mismos, poder comerciar con los ingleses, ser más libres, ser modernos.

Votaban muy poquitos, era necesario ser aristócrata, oye, perdona. Tras las penosas guerras y el triunfo de O’Higgins con el hermano masón San Martín y los hermanos peruanos se fueron de aquí los españoles, y esto se transformó en una república. Votaba la gente, no mucho, un poco. Pero votaban. Tuvimos nuestra democracia o’higginiana o portaliana, no muy buena, demasiado ordenada, pero mejor que las guerras civiles o dictaduras que había en Colombia o en Argentina.

Chile fue durante el siglo XIX y tres cuartos del XX un país próspero, aristocrático, que de a poco fue creando sus clases medias. No soy historiador y seguro que otros lo explicarán mejor, pero el caso es que costó muchas batallas que tuvieran derecho a voto los que no eran propietarios, las mujeres, los que no sabían leer o escribir, o que los campesinos pudieran votar sin la influencia nefasta del latifundista.

Murió gente, loco, para que hubiera derecho a voto para todos, elecciones libres e informadas, para que no hubiese intervención electoral de los gobiernos caciquiles. Hubo guerras civiles para equilibrar las relaciones entre el gobierno y el parlamento. Arturo Alessandri, Ibáñez, la Universidad de Chile y finalmente los gobiernos radicales lograron incorporar a las clases medias, los así llamados por los paltones medio pelo o siúticos, a la plenitud de la vida pública. Ahí quedaron la Corfo, el ferrocarril que atravesó Chile, la educación fiscal, esa construcción republicana de la que podemos sentirnos orgullosos.

Y llegó, amigo no votante saco de papas, el compañero Allende. Se trataba de dar un paso más y llevar la democracia formal a la vida económica, a las relaciones de producción. Incorporar a la vida pública no ya a la clases medias, sino también a los más humildes o más vulnerables como se dice hoy, digamos la mitad de la población que vivía en la miseria y en el marginalidad. Salió mal la revuelta marxista, y nos sumimos en la noche negra de la dictadura. Melero, Cardemil, Orpis, Prokurica, Horvath, Cantero, Cristi, Chadwick, Coloma, García Ruminot, los niños Kast, el senador Pérez y otros próceres fueron activos funcionarios de ese régimen caracterizado por la presencia militar, la tortura, los asesinatos, el exilio y otras barbaridades que han hecho célebre a Chile en la vida moderna como un país desdichado y sojuzgado por los peores tiranos.

Mientras tú jugabas al luche o no nacías o te tirabas las pelotingas, hubo gente con dignidad que se enfrentó a la dictadura. Algunos cayeron, fueron asesinados, desaparecieron para siempre, se trozaron sus cuerpos para lanzarlos al mar en bolsas, y si quieres más detalles, so saco de cochayuyo, anda a Punta Peuco y pregúntales a esos dignos viejitos como le sacaban las uñas a la gente o les metían voltaje y perros a las chiquillas.

Finalmente, la gente de la izquierda y de la democracia cristiana logró liderar el cambio, y sacó a Pinocho de su sitial terrorífico, y doña Lucía no pudo ser más esa satisfecha Primera Dama, y a partir del plebiscito, ese que la Roxana no se acuerda si votó SÍ o votó NO, no se acuerda, el país entró en la normalidad.

Aylwin, a quien ahora todos critican, fue el primer presidente de la nueva democracia, y le tenían la oficina de La Moneda tan llena de micrófonos que tenía que reunirse con sus ministros en su casa, cerca de Tobalaba con Avda Ossa, oye. Y estábamos todos tan felices en esa nueva normalidad sin toque de queda y sin milicos con las caras pintadas por la calle, que no nos dimos cuenta cuando Pinocho, que seguía de Comandante en Jefe del Ejército con su capa roja y su sonrisa siniestra, sacó a las tropas a la calle y el cielo se llenó de avioncitos y helicópteros, era el Ejercicio de Enlace, que manifestaba irritación porque trataban de enjuiciar al Mamo Contreras.

Pero finalmente al Mamo nuestros concertacionistas lo metieron en la cárcel. Y tú, que nada has hecho en tu puta vida para que esta huevá sea un poco mejor, debes saber que hubo personas que se la jugaron y metieron a estos asesinos en la cárcel, jueces que se jugaron la carrera y la vida abriendo procesos, parlamentarios que alegaron y alegaron, y empezó a impartirse justicia. Es fácil reclamar ahora porque el penal Cordillera aquí o la ley no sé cuántos allá, en fin. Mientras más inútiles y ociosos, más exigentes nos ponemos con el resultado.

Tú estabas, saco de espinacas, quizá donde, cuando esos tipos que hoy nadie valoriza, los compinches de la Concertación, hacían el penoso trabajo de ir normalizando esta cuestión impresentable que urdió tan finamente Jaime Guzmán mediante el texto constitucional y otros decretos o leyes horribles. Porque todo quedó amarrado y enrevesado, y los votos de la derecha empezaron a valer el doble, y había unos pacos de dos metros cúbicos y unos horrorosos ex jueces de bigotillo servil que eran senadores designados, y todo era lento, tedioso, asqueroso. Una democracia clase B. Pero a Chile venían los Rolling Stones, y presidentes diversos, y la economía empezó a despegar.

Parece hoy que los concertacionistas hicieron todos sus pactos con el poder duro a espaldas de la gente. No hay nada más falso. Tal como tú no quieres hoy ensuciar tus deditos pecadores en el voto, así también entonces una enorme mayoría de chilenos y chilenas quería cualquier cosa menos enfrentamientos y enredos. Estábamos chatos de violencia, de explosiones misteriosas, de cortes de luz, de tanques por las calles, de corvos y otras basuras. La gente quería vivir en paz.

Eso pedimos, eso tuvimos.

Y, ay, pasaron los años, murió el chacal después de su ridícula peripecia londinense adonde fueron a verlo y acariciarlo temblorosos y babosos todos los Longueiras, Moreiras, Lavineiras, Melereiras y Matheieiras, esa gente que lleva cuarenta años de funcionaria primero de la dictadura y hoy la demodura o democracia, whatever.

Hoy por hoy queda como bien, oye, encontrar que los que se jugaron el pellejo enfrentando al dictador son iguales que las ratas que jamás se han jugado nada, y que siempre son elegidos algo, y son a la vez partidarios de la dictadura y partidarios de la democracia, pinochetistas y postpinochetistas, y mantienen aún a este país anclado a una Constitución fascista.

Los que más claman son Marcel Claude, que nadie lo recuerda en lucha alguna, o Roxanita, que no estaba en ninguna trinchera, en fin. Sostener una posición, la que sea, implica un costo, deja una huella. Y esa gente, como los que no votan, no quieren pagar costos. No dejan huella. No tienen historia. Quieren comer puros postres, nada de lentejas ni de garbanzos.

Votar es como comer garbanzos o deglutir un bistec con sus nervios y sus asperezas. Votar es tomar posición concreta, es resolver las cosas no en las nubes o en el I-phone sino en la tierra, y elegir a quienes quieras o evitar que salgan elegidos quienes no quieras. Nadie va a hacer por ti lo que a ti te corresponde.

No votar es una ordinariez. Un acto inhumano de levedad. Un anticivismo cómplice pasivo. Un caballero y una dama bien plantados tienen su ocupación, sus preferencias estéticas, sus amores, su posición religiosa o no religiosa. Y también una presencia cívica, una visión política.

Lo demás es de seres subdesarrollados, o de clientes de la democracia neoliberal que ve a los candidatos como los ven esos dos descerebrados Golborne y Labbé Jr., que se presentan en cientos de miles de pancartas vistiendo monos de operario, como si la vida democrática fuera hacer una pega técnica.

La vida democrática es lo que le da al país el tono, la calidad de vida, las prioridades, la visión de futuro. No tiene nada que ver con solucionarles cosas a las personas, aunque pasa también lógicamente por ahí. El ambiente de tolerancia, los valores compartidos, la legislación de género, la educación, la manera de hacerse las ciudades, el sentido de los servicios de salud, todo ello es resultado de si nuestra gente va o no va a votar. La democracia no es un producto de consumo, no es un servicio, es una creación colectiva. Una conversación. Y a ella estamos llamados todos. No participar es de trogloditas, de idiotas, de inconscientes, de niños caprichosos que no se hacen cargo de que están vivos, de que viven junto a otros, y de que van a morir, ellos y los otros, dejando esta cuestión a los más jóvenes.

Cuando hay elecciones, los cargos de aquellos ratones untados en el excremento de la dictadura salen a subasta popular.

La ley electoral que ellos mismos hicieron es repugnante, ya que privilegia por su carácter binominal a las dos fuerzas mayoritarias y hace desaparecer al resto.

O sea, la mitad del país queda sin representación. Pero se pregunta uno cómo puede sacar cada elección altas votaciones alguien como Cardemil, que la noche del plebiscito, al ver que su general Pinochet iba perdiendo, se puso a falsear los resultados y a decir con cara de tortuga enferma que iba ganando el Sí. Cuando un país soporta estoicamente, y aplaude, y deja elegir a personajes así, es que estamos muy mal.

Yo no digo que el rostro de Escalona sea bonito. O que los senadores Navarro o Girardi representen novedades, no. Se han ido poniendo así por obra y gracia de un sistema binominal corrupto y de una ciudadanía bolitranca que no sale, que no opina, que no concurre a las urnas, que deja que manden los peores y se dedica a pelar como las viejas. Pero por feos que sean estos compadres están a años luz de los entusiastas del corvo y el degüello.

Finalmente, en esta vuelta vemos a una derecha extenuada, con una candidata fuera de sí y un sistema entero que ya no resiste. Es la hora, es el momento, es la posibilidad del cambio, de una vida más normal, de un país cuyos gobernantes coincidan mínimamente con la sensibilidad pluralista de las personas.

Podemos exigirles a los políticos, es la moda, que sean superhéroes e impongan puritanamente sus puntos de vista, pero resulta que la política es el arte de lo posible. No está bien una justicia en la medida de lo posible como pedía Aylwin, en cambio la política es siempre en la medida de lo posible, una infinita negociación con resultados jamás muy brillantes. Tal como vivimos cada uno de nosotros en la medida de lo posible, quizá no en la casa soñada ni con la vida amorosa o sexual que algún día imaginamos, ni en el trabajo u ocupación que más nos gustarían: es que transamos. Hacemos nuestra vida en la medida de lo posible.

Y de la misma manera hemos de hacer la vida colectiva, que de eso se trata votar. Votar es entenderse con los demás. Cuando alguien dice que no le gusta la política dice que no le gustan los demás seres humanos.

Somos seres sociales. Estamos condenados a entendernos. Y para entendernos tenemos que estar todos, no delegar lo que somos y lo que sentimos, nuestros valores, nuestras convicciones, en quizás qué otros personajes.

Anda a votar, saco de huevas.

El autor, Juan Guillermo Tejeda, es artista visual

*Fuente: El Mostrador

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