El arte de engañar a las familias consumidoras de la educación

Los neoliberales sostienen que las familias eligen la escuela a  donde envían a sus hijos, lo cual es completamente falso, pues son las escuelas las que escogen a los alumnos sobre la base de una selección, atropellando la LGE que, taxativamente, lo prohíbe. En Chile, la ley no existe para los ricos y es siempre soslayada por ellos. En el caso de las universidades, está vedado el lucro y, hasta los ministros, violan la ley sin ningún problema con su conciencia ni, menos, con la justicia. Desde la  época de la colonia, la ley se acata, pero no se cumple: desde Pedro de Valdivia, los poderosos y potentados son unos facinerosos, sin Dios, ni ley.

Para vender en el mercado una matrícula escolar a las familias, el precio de importe se define de acuerdo con el puntaje promedio, obtenido en las pruebas SIMCE. Cada año, el Diario del dios griego de los bandidos y ladrones, Mercurio, publica una lista de los puntajes obtenidos en esta prueba, que van del mayor al menor. Entre los mejores, los colegios particulares pagados, sin excepción, los emblemáticos fiscales y, a lo sumo, uno que otro particular subvencionado con co-pago o sin él – este último es como el periodista negro que lee las Noticias en la BBC -.

Las familias eligen el colegio, generalmente, según el puntaje del SIMCE, como lo harían para comprar su televisor en vísperas del mundial; en este caso, las pruebas estandarizadas equivaldrían a una determinada marca. Ya lo hemos dicho en una columna anterior, poco importa la calidad pedagógica y académica, el liderazgo de los rectores y profesores, pues lo fundamental está constituido por el enjambre de redes sociales que se generan a lo largo del proceso educativo.

Para lograr un buen SIMCE es necesario efectuar una cantidad de pillerías, como  someter a los alumnos, durante todo el año lectivo, al juego de permanente de repetir las estúpidas preguntas de selección múltiple  -“A, B. C. D, o todas las anteriores” – en que los dicentes terminan con los reflejos condicionados, de Pavlov, y domesticados, sin ninguna capacidad de reflexión, amén de lasa horas de clase que pierden, en las cuales podrían adquirir aprendizajes significativos, por ejemplo – ; otra de las tretas, cuando llega la fecha de esa prueba, se oculta a los discípulos con menor bagaje académico. En fin, vender justifica cualquier medio, sea lícito o condenable.

Según los neoliberales de la educación, todos los procesos de enseñanza-aprendizaje son medibles, numéricamente, y lo único que interesa es el indicador y no los avances pedagógicos, ni mucho menos, los aprendizajes significativos – para qué hablar de lo valórico – lo cual explica el por qué de tanto abuso, en general, contra la niñez y juventud chilena, mucho menos se  puede exigir a los colegios programas de educación cívica y de derechos humanos, razón por la cual tenemos una democracia de pésima calidad, unos ciudadanos analfabetos y una mediocre casta política.

Los profesores, a través de la historia de Chile, han sido el pato de la boda del desastre educacional. Si durante el Estado docente tuvieron alguna respetabilidad por parte de la opinión pública – aún se recuerda a brillantes educadores como Valentín Letelier, Abdón Cifuentes, Alejandro Venegas, y otros – actualmente, en esta sociedad donde impera la ley del mercado, los profesores son tan mal mirados como cualquier vendedor de una gran tienda. El profesor es siempre observado desde el “panóptico” (Foucault) y vigilado por los tets – SIMCE, Inicia, evaluación docente, y castigado cuando los alumnos no logran un puntaje suficiente para vender el colegio a los apoderados – se ha dado el caso de anuncios que venden colegio, universidades, institutos técnicos, con profesores y alumnos incluidos, como si fuera una merced de tierra, con indios en la  hacienda -.

Con el trato de “sirvientes”, más el modelo de mercado y la despreocupación, casi total del inútil ministerio de Educación, no es de extrañar los resultados de la prueba Inicia: en matemáticas, ciencias naturales y ciencias sociales, el 69% de los egresados de pedagogía arroja un resultado insuficiente, y sólo el 2%, sobresaliente. En conocimientos pedagógicos, el 42% tienen un desempeño deficiente. En comunicación escrita, un 63% de los egresados de educación parvularia y básica no logran un nivel de habilidad adecuado; en ortografía sólo un 4% tiene un nivel aceptable.

En cuanto a competencias docentes, las actuales de pedagogía de las universidades han demostrado una notoria incapacidad para formar docentes de excelencia, ni siquiera a nivel mediano. Durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva se formaron los profesores “olla a presión”, con un corto período y en cantidades; hasta hace poco tiempo, aún se formaban profesores, con asistencia de solo los sábados y, en el mejor de los casos, incluía los días de vacaciones escolares. La Universidad de Playa Ancha ofrecía cursos a distancia, que servían, algunas veces, para parchar el exiguo presupuesto de las universidades pedagógicas y a las de provincia, llamadas derivadas – abandonadas a la inopia por los gobiernos del duopolio -.

Mientras la educación sea un negociado de mercachifles, este país estará jodido. (Los datos de esta columna están extractados del libro “Cambio de Rumbo” de Mario Waissbluth).

22/10/2013

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