Dos crisis de dominación oligárquica en Chile

La historia no se repite: la tesis del “eterno retorno” es sólo una concepción filosófica, no verificable en la historia, sin embargo, los períodos históricos son susceptibles de ser comparados  y en ellos descubrir una serie de similitudes muy sugerentes.

En este artículo compararemos dos períodos de crisis de representación y de legitimidad, generados por el derrumbe de la dominación oligárquica; el primero, de 1920 a 1921 y, el segundo, de 2005 al 2013. En ambas crisis encontramos algunos elementos de comparación que, extrañamente, presentan características análogas: 1) el desprestigio de la clase política y de sus instituciones, lo cual constituye, por definición, una grave crisis de representación; 2) el agotamiento de las combinaciones duopólicas, producto de sistemas electorales y de partidos espurios; 3) una sociedad que padece la extrema desigualdad – ricos y pobres, dos Chiles separados por el abismo de la desigualdad; la búsqueda  de salida a la crisis de representación, en base a la refundación de la república, a partir de la deliberación en una Asamblea Constituyente. La crisis entre los años 1920-1927 terminó con una Constitución ilegítima de origen, y el bonapartismo militar de Carlos Ibáñez del Campo – aún nos resta saber en qué terminará la crisis de representación y legitimidad a partir de 2005.

Tanto en 1920-1927, como en 2005-22013 predominan en el Congreso  fuerzas duopólicas: en el primer período, la Alianza Liberal y la Coalición Conservadora, que se diferenciaban solamente por los temas teológicos, fundamentalmente centrados en el conflicto Estado docente y Libertad de Enseñanza, pues en temas económico-sociales pensaban, esencialmente,de la misma manera. Los miembros de estas dos combinaciones pertenecían a la misma casta oligárquica  plutocrática, (la Fronda Aristocrática, Edwards Vives, y La tribu de Judá, Vicuña Fuentes). En la actual crisis de representación la Alianza y la Concertación, ambas plutocracias sólo tienen diferencias secundarias y, en substancial, han heredado y profundizado el legado de la dictadura. En ambos períodos, los políticos y los partidos y las instituciones han caído al máximo del desprestigio y, más del 80% de los ciudadanos los rechazan y confiesan no sentirse representados por el Parlamento, los partidos políticos y los políticos.

La corrupción también tuvo características similares en ambas crisis: en la primera, la literatura representó, en algunos personajes, la corrupción de los políticos parlamentarios: en La Casa Grande, de Luis Orrego Luco, el senador Jacinto Peñavel, un personaje que se enriqueció con la explotación de minas, en el norte del país, en su vejez se convirtió en un gozador de la vida, repitiendo siempre la muletilla de “vivir a costa del país”. Otro personaje de la novela El roto, de Edwards Bello, es el diputado Pantaleón Modroño, un conservador, “beato”, que dueño de un prostíbulo y contratante de sicarios – en ese tiempo, operadores políticos – como el personaje Fernando, en la novela.

En la vida real, estos  personajes estaban encarnados por políticos que, a su vez, eran abogados de las grandes empresas extranjeras del salitre – North y Gibbs – entre ellos destacaban líderes políticos como Julio Zegers, Joaquín Walker, Arturo Alessandri, Rafael Sotomayor, todos ellos senadores y ministros de gobierno. La mezcla entre política y negocios era total: el sindicato de Obras Públicas, por ejemplo, dirigido por Luis Barros Borgoño y José Pedro Alessandri – hermano de don Arturo – ganaban todas licitaciones y se hicieron millonarios gracias a la construcción del ferrocarril Arica-La Paz. En los años se hizo famosa la “execrable camarilla”, que se caracterizó por negociados tan repugnantes, como el de los  albergues, destinados a los cesantes, que venían de la crisis salitrera.

En la crisis de representación actual, la mezcla entre la política y los negocios es aún mayor pues antes, al  menos, había grandes novelistas que se atrevían a denunciar esta lacra, pero hoy el robo, por ejemplo, del MopGate, los sobresueldos, Inverling, y en este gobierno, Kodama, el lucro en algunas universidades privadas, Impuestos Internos, La Polar, la colusión de las Farmacias, las tarjetas Cencosud, las inversiones en “paraísos fiscales” y otras tantas lindezas, pasan incólumes o, al máximo, los culpables son condenados a penas irrisorias por los Tribunales de Justicia.

La fosa abierta entre ricos y pobres se ha mantenido incólume en ambos períodos de nuestra historia, con la salvedad de que las cifras de pauperización no son las mismas; en 1920, la mortalidad infantil era equivalente a Bombay – “Chile era un verdadero matadero”, según el escritor Tancredo Pinochet -, las cárceles, verdaderos tugurios y escuelas del delito – según Luis Emilio Recabarren –, y el quiebre entre la plutocracia parlamentaria y el chileno de a pie era  y es total en el parlamentarismo y, ahora, la actual monarquía presidencial.

En 1920, Arturo Alessandri se había convertido en el líder carismático capaz de capitalizar el descontento y el auge de un movimiento popular emergente, respecto a “la bacanal parlamentaria”, según don Arturo mismo, sin embargo, una vez llegado a la presidencia, poco pudo hacer a causa de la oposición de la derecha, en el senado. En la selecciones de 1925 llegamos al culmen de la intervención electoral, que aun cuando favoreció a la Alianza Liberal, liderada por Alessandri, terminó por provocar la crisis de representación y de legitimidad.

En septiembre de 1924, en el famoso “ruido de sables”, los militares terminan por apropiarse del poder y cerrar el Congreso, enviando a don Arturo Alessandri al exilio, en Italia; en enero de 1925, la juventud militar, dirigida por Ibáñez y Grove, derrocó a la Junta, entonces presidida por el Luis Altamirano, y vuelve a llamar a Alessandri, con la promesa hecha a los movimientos sociales de llamar a una Asamblea Nacional Constituyente.

El 18 de marzo de 1925, los movimientos populares convocan a una “Asamblea Constituyente de obreros e intelectuales”, a realizarse en el Teatro Municipal, a la cual asisten 1.200 delegados – de todo el país – de los cuales el 45% eran proletarios, el 20%, empleados, el 20%, profesores, el  7%, estudiantes y el 8%, intelectuales. En esa reunión se acordó aprobar los puntos fundamentales que debiera contener una Constitución, algunos de ellos de palpitante actualidad, como la educación gratuita para todos los chilenos, la declaración de Chile como un Estado federal, la socialización de las tierras y la producción industrial, y otras propias de la época, como un parlamento compuesto por corporaciones sindicales y profesionales,

Alessandri, que había prometido convocar a la Constituyente, captando muy bien que en ella no se aprobaría su proyecto constitucional presidencialista monárquico, con muy malos pretextos y engaños, prefirió hacer suya la idea de Agustín Edwards, y convocar a dos comisiones: una amplia, integrada por políticos y algunos dirigentes sindicales, que se dedicara a discutir la forma de llevar a cabo la Asamblea Constituyente, y una pequeña, encargada de redactar los contenidos: la primera, no se reunió nunca y, la segunda, por la imposición de los militares, se llamó a un plebiscito  y se  impuso la Constitución de 1925, que rigió hasta 1980.

13/07/2013

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