La falacia del «empate moral»

Cada vez que los golpistas y derechistas chilenos quieren justificar moralmente el golpe militar de Estado de 1973 contra el gobierno del Presidente Allende, echan mano del mismo viejo argumento del "empate moral", que puede formularse brevemente más o menos así: "todos los crímenes y brutalidades que cometimos a partir de aquella fecha se justifican, porque ustedes (los izquierdistas) hubieran hecho lo mismo en contra nuestra, si nosotros no lo hubiéramos impedido mediante el golpe de Estado y sus acciones posteriores". Este razonamiento se sostiene a lo menos sobre dos supuestos indemostrados que funcionan como sus premisas implícitas, y ocultas:

1. Allende y sus partidarios tenían la intención de matar, o reprimir, a todos los que no estuvimos en favor de su gobierno,

2. Los partidarios del Presidente contaban con los recursos bélicos y logísticos para realizar aquel (imaginario) genocidio.

La conclusión que de estas dos premisas falsas buscan extraer los defensores de la dictadura sería, entonces, la siguiente:

por lo tanto, todo lo que hicimos en contra de los partidarios de Allende, desde el 11 de septiembre en adelante, es moralmente justificable.
Sin embargo dicha conclusión no sólo sería falsa, sino además totalmente arbitraria, a menos que se introduzca en el argumento una especie de falso principio, potencialmente universalizable, de carácter puramente moral, que la sostenga, y que diría algo así como:

P. "La mera intención, o propósito, de cometer un determinado acto criminal en contra de otros es moralmente equivalente a realizarlo efectivamente".

Examen y refutación de las diferentes partes del argumento:

El supuesto, o premisa, No.1 no es más que una fabricación, salida de la mente de los publicistas y expertos en guerra psicológica que al interior del gobierno de Nixon venían trabajabando desde 1970 en la creación de las distintas condiciones que hicieran posible una intervención militar en Chile.(1) A contrapelo con esta supuesta intención criminal de su gobierno, el verdadero camino que el Presidente Allende se disponía a tomar en respuesta a la grave crisis de septiembre de 1973, era el de un plebiscito, que iba a ser anunciado el mismo 11 de septiembre en un acto público en el Campus de la Universidad Técnica del Estado. Los golpistas supieron, por el propio Pinochet, que Allende recurriría a este tipo de consulta democrática, lo que los impulsó a adelantar la fecha del golpe. Esto demuestra que los golpistas no le temían a ningún supuesto plan represivo de la Unidad Popular, sino que se proponían el derrocamiento de aquel gobierno, sin que importara cuál pudiera ser su conducta ante sus enemigos, ni sus futuros pasos ante la crisis.   

Si hay algo que la conducta del propio Allende, antes y durante el 11 de septiembre, vino a demostrar, es el enorme respeto que el presidente-médico tenía por la vida humana, como lo evidencia el hecho de que se negó a convocar y a movilizar a sus partidarios para una defensa armada de su gobierno; y en sus incansables esfuerzos por salvarle la vida a la mayoría de los defensores de La Moneda, entre ellos a varios altos funcionarios de su gobierno, y a varias mujeres, incluídas la Payita y sus hijas Isabel y Beatriz. Esto son hechos innegables, como lo sabe cualquiera que conozca lo que ocurrió en el Palacio Presidencial aquel trágico día. Si toda su conducta de respeto a la legalidad de 40 años como dirigente de la Izquierda, como Senador, y como Presidente no fueran suficientes, lo anterior estaría demostrando, por sí solo, que Allende no hubiera permitido que bajo la covertura de su gobierno se hiciera ninguna matanza, ni de los sectores de izquierda más radicales e intransigentes (2), ni de sus enemigos u opositores.   

La premisa, No. 2. se ha mostrado, también, completamente falsa, luego de 17 años de dictadura y más de tres décadas de investigación de la historia reciente de Chile. Más allá de la agresividad y el extremismo de sus palabras, ni siquiera los sectores más radicales de la izquierda, como el MIR y algunos grupos al interior del PS, contaban con los recursos (armas y municiones), los hombres, ni la organización, que pudiera haberles permitido realizar una acción represiva de tales proporciones.    

El espurio principio moral que subyace a la conclusión (P), es igualmente falso, ya que no puede existir equivalencia moral entre matar efectivamente y la mera intención, o el deseo, de hacerlo. Esto es patentemente así, y para confirmarlo no se requiere recurrir a conocimientos especiales de teoría moral, ni de jurisprudencia. De allí que no pueda haber empate moral entre lo que (supuestamente) se proponían hacer los defensores de la Unidad Popular con sus enemigos y opositores, de acuerdo con la pretensión del Plan Zeta, y lo que efectivamente hicieron los milicos golpistas y sus aliados civiles, no sólo en los días inmediatos al golpe del 11 septiembre de 1973, sino durante diecisiete largos años.    

De manera que todo intento de justificar el golpe por medio del argumento del "empate moral" que existiría entre un (supuesto) intento de la Unidad Popular de matar a sus enemigos y opositores, y el hecho efectivo de la represión y los sistemáticos atropellos de los derechos humanos bajo el régimen de Pinochet, no es más que una falacia, es decir, una "argumento falsificado", o una argumento que tiene la apariencia de ser correcto, o válido, pero que en realidad no lo es.

Nota de la Redacción: Relacionado con este tema, recomendamos leer el artículo publicado  el día martes recién pasado en el diario La Nacion

Notas:

1. Como se han probado de modo irrefutable en un sinnúmero de documentos secretos, de la CIA y otras agencias del gobierno norteamericano, que fueron producidos durante la presidencia de Richard Nixon, y que han venido siendo desclasificados desde 1975. Véase por ejemplo: Peter Kornbluh, PINOCHET:LOS ARCHIVOS SECRETOS, Barcelona, Editorial Crítica, 2004.

2. En su libro CONVERSACION INTERRUMPIDA CON ALLENDE (Santiago, LOM/Universidad Arcis, s/f) Tomás Moulian plantea con gran lucidez el "dilema moral" que con respecto a los sectores más radicales del P.S y el MIR  debió haber enfrentado el Presidente. 
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